ECR 8.6
El Evangelio como me ha sido revelado
Cita
8.6 Un sonido de trompetas argentinas y la puerta gira sobre los goznes, los cuales, al moverse sobre las esferas de bronce, parecen producir sonido de cítara. Se ve el interior, con sus lámparas en el fondo. Un cortejo viene desde allí hacia el exterior. Es un pomposo cortejo acompañado de sonidos de trompetas argénteas, nubes de incienso y luces.
Ya ha llegado al umbral; delante, el que debe ser el Sumo Sacerdote: un anciano solemne, vestido de lino finísimo, cubierto con una túnica más corta, también de lino, y sobre ésta una especie de casulla — recuerda en parte a la casulla y en parte al paramento de los diáconos — multicolor: púrpura y oro, violáceo y blanco se alternan en ella y brillan como gemas al sol; y dos piedras preciosas resplandecen encima de los hombros más vivamente aún (quizás son hebillas con un engaste precioso); al pecho lleva una ancha placa resplandeciente de gemas sujeta con una cadena de oro; y colgantes y adornos lucen en la parte de abajo de la túnica corta, y oro en la frente sobre la prenda que cubre su cabeza (una prenda que me recuerda a la de los sacerdotes ortodoxos, con su mitra en forma de cúpula en vez de en punta como la mitra católica).
El solemne personaje avanza, solo, hasta el comienzo de la escalinata, bajo el oro del sol, que le hace todavía más espléndido. Los otros esperan, abiertos en forma de corona, fuera de la puerta, bajo el pórtico umbroso. A la izquierda hay un cándido grupo de niñas, con Ana, la profetisa, y otras maestras ancianas.
El Sumo Sacerdote mira a la Pequeña y sonríe. ¡Debe parecerle bien pequeñita al pie de esa escalinata digna de un templo egipcio! Levanta los brazos al cielo para pronunciar una oración. Todos bajan la cabeza como anonadados ante la majestad sacerdotal en comunión con la Majestad eterna.
Luego... una señal a María, y Ella se separa de su madre y de su padre y sube, sube como hechizada. Y sonríe, sonríe a la zona del Templo que está en penumbra, al lugar en que pende el preciado Velo... Ha llegado a lo alto de la escalinata, a los pies del Sumo Sacerdote, que le impone las manos sobre la cabeza. La víctima ha sido aceptada. ¿Alguna vez había tenido el Templo una hostia más pura?
Luego se vuelve y, pasando la mano por el hombro de la Corderita sin mancha, como para conducirla al altar, la lleva a la puerta del Templo y, antes de hacerla pasar pregunta:
«María de David, ¿conoces tu voto?». Ante el «sí» argentino que le responde, él grita: «Entra, entonces. Camina en mi presencia y sé perfecta».
Y María entra y desaparece en la sombra, y el cortejo de las vírgenes y de las maestras, y luego de los levitas, la ocultan cada vez más, la separan... Ya no se la ve...
La puerta se vuelve, girando sobre sus armoniosos goznes. Una abertura, cada vez más estrecha, permite todavía ver al cortejo, que se va adentrando hacia el Santo. Ahora es sólo una rendija. Ahora ya nada. Cerrada.
Anotación
Es un anciano solemne, vestido de lino muy fino; sobre esta primera prenda, lleva una túnica más corta, también de lino, y sobre esta última una especie de casulla, algo entre una dalmática y el hábito de los diáconos, multicolor: púrpura y oro, violeta y blanco se alternan y brillan al sol como joyas; en el conjunto, dos verdaderas joyas brillan aún más a la altura de los hombros. Pueden ser pendientes con un precioso bisel. Sobre el pecho, una gran placa centellea con piedras, sostenida por una cadena de oro. Colgantes y otros ornamentos brillan en la parte inferior de su corta túnica, y el oro resplandece en su frente en la parte superior de un tocado que me recuerda al de los sacerdotes ortodoxos, siendo su mitra abovedada en lugar de puntiaguda como la de los católicos. Esta descripción es coherente con el atuendo tradicional del sumo sacerdote: efod, pectoral, tiara, etc., cuyos nombres Maria Valtorta parece que desconocía en aquella época. El sumo sacerdote del Templo entre el 23 a.C. y el 6 a.C. (es decir, cuando la Virgen María estaba en el Templo) era Simón ben Boethos, 2 de cuyos hijos fueron sumos sacerdotes como él, poco después del nacimiento de Jesús, y luego miembros del Sanedrín durante la vida pública de Jesús. Por lo tanto, Simón ben Boethos debía tener al menos 55 años en aquel momento.