«¡Simón! ¡Simón! ¡Andrés! Voy...». Juan corre jadeante hacia ellos. «¡Maestro! ¿Te he hecho esperar?». Juan mira a Jesús con su ojo enamorado.
Pedro interviene: «Verdaderamente empezaba a pensar que quizás ya no venías. Prepara pronto tu barca. ¿Y Santiago?...».
«Eso... nos hemos retrasado por un ciego. Creía que Jesús estaba en nuestra casa y ha ido allí. Le hemos dicho: “No está aquí. Quizás mañana te curará. Espera”. Pero no quería esperar. Santiago decía: “Has esperado mucho la luz, ¿qué te supone esperar otra noche?”. Pero no atiende a razones...».
«Juan, si tú estuvieras ciego, ¿tendrías prisa de volver a ver a tu madre?».
«¡Claro!».
«¿Y entonces?... ¿Dónde está el ciego?».
«Está viniendo con Santiago. Se le ha agarrado al manto y no le deja. Pero viene despacio, porque la orilla es pedregosa y él se tropieza... Maestro, ¿me perdonas el haberme comportado con dureza?».
«Sí. Pero en reparación ve a ayudarle al ciego y tráemele».
Juan se marcha corriendo.
Pedro hace un ligero movimiento de cabeza, pero calla. Mira al cielo, que tiende a hacerse azul después de tanto color cobre, mira al lago y a otras barcas que ya han salido a pescar, y suspira.
«¿Simón?».
«¿Maestro?».
«No tengas miedo. Tendrás una pesca abundante aunque salgas el último».
«¿También esta vez?».
«Todas las veces que tengas caridad, Dios te concederá la gracia de la abundancia».