ECR 188.6 · Volumen 3
El Evangelio como me ha sido revelado
Cita
No te inclines hacia el pecado, antes bien, aspira a la santidad, hijo.
Notas del tema
Comodidad de lectura
ECR 188.6 · Volumen 3
No te inclines hacia el pecado, antes bien, aspira a la santidad, hijo.
ECR 192.1 · Volumen 3
«¿Señor, aquella cima es el Carmelo?» pregunta Santiago, el primo de Jesús.
«Sí, hermano. Aquélla es la cadena montañosa del Carmelo. La cúspide más alta le da el nombre».
«Debe ser bonito también desde allí el mundo. ¿Has estado alguna vez?».
«Una vez, Yo solo, al principio de mi predicación. Al pie de ese monte curé a mi primer leproso. Pero iremos de nuevo, juntos, para rememorar a Elías...».
«Gracias, Jesús. Me has comprendido, como siempre».
«Y, como siempre, te perfecciono, Santiago».
«¿Por qué?».
«El porqué está escrito en el Cielo».
«¿No me lo dices, hermano, Tú que lees lo que está escrito en el Cielo?».
Jesús y Santiago van caminando el uno al lado del otro; sólo el pequeño Yabés, que va también ahora de la mano de Jesús, puede oír la conversación confidencial de los dos primos, que se sonríen mirándose a los ojos.
Jesús, pasando un brazo por encima de los hombros de Santiago para acercárselo aún más, pregunta: «¿Realmente quieres saberlo? Pues bien, te lo voy a decir en forma de adivinanza; cuando encuentres la clave serás sabio. Escucha: “Habiéndose reunido los falsos profetas en el monte Carmelo, se acercó Elías y dijo al pueblo: ‘¿Hasta cuándo seguiréis cojeando de dos partes? Si el Señor es Dios, seguidle; si Baal, seguid a éste’. El pueblo no respondió. Entonces Elías siguió diciendo al pueblo: ‘De los profetas del Señor he quedado yo sólo’, y la única fuerza de este hombre solo era el grito: ‘Escúchame, Señor, escúchame, para que este pueblo reconozca que eres el Señor Dios y que has convertido de nuevo sus corazones’. Entonces el fuego del Señor cayó y devoró el holocausto”. Hermano, adivina».
Santiago agacha la cabeza y se pone a pensar. Jesús le mira sonriendo.
Caminan unos metros así, luego Santiago dice: «¿Tiene que ver con Elías o con mi futuro?».
«Con tu futuro, naturalmente...».
Santiago se queda de nuevo pensativo y susurra: «¿Seré destinado a invitar a Israel a que siga con autenticidad un camino? ¿Seré llamado a quedarme solo en Israel? Si la respuesta es afirmativa, quieres decir que los otros serán perseguidos y que los dispersarán y que... que... elevaré mi oración a ti por la conversión de este pueblo... como sacerdote... como... víctima... Si es así, ¡oh, inflámame ya desde este momento, Jesús!...».
«Lo estás ya. Mas ha de raptarte el Fuego, como a Elías; por este motivo subiremos al Carmelo tú y Yo solos, y hablaremos».
«¿Cuándo? ¿Después de la Pascua?».
«Después de una Pascua, sí. Entonces te diré muchas cosas...».
Primer libro de los Reyes, 18, 20-22.37-38
1 Reyes 18, 20-22.37-38: Acab envió mensajeros a todos los hijos de Israel y reunió a los profetas en el monte Carmelo. Entonces Elías se acercó a todo el pueblo y les dijo: "¿Hasta cuándo vais a tener campanas a ambos lados? Si Yahvé es Dios, id tras él; si Baal, id tras él". El pueblo no le respondió nada. Entonces Elías dijo al pueblo: "Yo soy el único de los profetas de Yahvé, y hay cuatrocientos cincuenta profetas de Baal (...) ¡Escúchame, Yahvé, escúchame! Para que este pueblo sepa que tú, Yahvé, eres Dios, y que eres tú quien hace volver su corazón". Entonces cayó el fuego de Yahvé, que consumió el holocausto, la leña, las piedras y la tierra, y absorbió el agua que había en la zanja.
ECR 194.3 · Volumen 3
«Dices que abrirás las puertas de los Cielos. ¿No están cerradas por el gran Pecado? Mi mamá me decía que ninguno podría entrar hasta que no viniera el perdón y que los justos lo esperaban en el Limbo».
«Así es. Pero Yo, tras predicar la palabra de Dios y obteneros el perdón, iré al Padre, y le diré: “He cumplido toda tu voluntad, ahora quiero mi premio por mi sacrificio. Que vengan los justos que están esperando tu Reino”. Y el Padre me dirá: “Sea como quieres”. Entonces descenderé a llamar a todos los justos y el Limbo abrirá sus puertas al oír mi voz, y saldrán jubilosos los santos Patriarcas, los luminosos Profetas, las mujeres benditas de Israel y... ¿te imaginas cuántos niños? ¡Será como un prado florecido de niños de todas las edades! Y me seguirán, cantando, ascendiendo al hermoso Paraíso».
ECR 194.5 · Volumen 3
«Al final no me has dicho quién habla de mí en el Libro».
«Los Profetas, Señor; y antes todavía. Habla de ti el Libro desde la expulsión de Adán del paraíso. Luego cuando Jacob y cuando Abraham y Moisés... Me decía mi padre, que había ido a visitar a Juan — no a éste, sino al otro Juan, al del Jordán —, que él, el gran Profeta, te llamaba el Cordero... Ahora entiendo, sí, el cordero de Moisés... ¡La Pascua eres Tú!».
ECR 194.5 · Volumen 3
«Al final no me has dicho quién habla de mí en el Libro».
«Los Profetas, Señor; y antes todavía. Habla de ti el Libro desde la expulsión de Adán del paraíso. Luego cuando Jacob y cuando Abraham y Moisés... Me decía mi padre, que había ido a visitar a Juan — no a éste, sino al otro Juan, al del Jordán —, que él, el gran Profeta, te llamaba el Cordero... Ahora entiendo, sí, el cordero de Moisés... ¡La Pascua eres Tú!».
Juan le estimula: «Pero, ¿qué Profeta es el que profetizó mejor de Él?».
«Isaías y Daniel. Pero prefiero a Daniel, ahora que te quiero como a mi padre. ¿Puedo decir que te quiero como he querido a mi padre? ¿Sí? Pues ahora prefiero a Daniel».
«¿Por qué, si quien habla mucho del Cristo es Isaías?...».
«Sí, pero habla de los dolores del Cristo; sin embargo, Daniel habla del ángel hermoso y de tu venida. Es verdad que también Daniel dice que el Cristo será inmolado, pero yo creo que el Cordero será inmolado de un sólo golpe, no como dicen Isaías y David. Yo lloraba siempre al oírlos, así que mi madre no volvió a leérmelos». Casi llora también en este momento, mientras acaricia una mano de Jesús.
«No pienses en eso por ahora.».
Yabeç acababa de comprender quién era Jesús. Sabe que es el Mesías, y Yabeç le pregunta quién habló de él en el Antiguo Testamento.
ECR 199.4 · Volumen 3
Gritan: «¡Piedad de nosotros, Jesús, Salvador nuestro!» y tienden hacia Él sus manos, deformes y llagadas. «¡Jesús, Hijo de David, ten piedad!».
«¿Qué deseáis que os haga?» pregunta Jesús alzando el rostro hacia esas ruinas humanas.
«Que nos liberes del pecado y de la enfermedad».
«Del pecado libera la voluntad y el arrepentimiento...».
«Pero, si Tú quieres, puedes cancelar nuestros pecados. Al menos eso, si no quieres curar nuestros cuerpos».
«Si os digo: “Elegid entre las dos cosas”, cuál queréis?».
«El perdón de Dios, Señor; para sentirnos menos desolados».
Jesús hace un gesto de aprobación, sonriendo luminosamente, y luego alza los brazos y grita: «Sea como queréis. Lo quiero».
¡Como queréis!: puede referirse al pecado o a la enfermedad, o a las dos cosas; los cinco desdichados quedan en la incertidumbre; ellos sí, pero no los apóstoles, que no pueden menos que gritar su hosanna cuando ven que la lepra desaparece rápidamente, como el copo de nieve caído en la llama. Entonces los cinco comprenden que se les ha concedido todo lo que habían pedido... y su grito resuena como un tañido de victoria: se abrazan entre sí, lanzan besos a Jesús — no pueden arrojarse a sus pies —, y luego se vuelven a sus compañeros: «¿No queréis todavía creer? ¡Qué desdichados sois!».
«¡Calma! ¡Tranquilos! Estos pobres hermanos necesitan pensar. No les digáis nada. La fe no se impone; se predica con paz, dulzura, paciencia, constancia, que es lo que haréis después de vuestra purificación, como hizo Simón con vosotros. Por lo demás, el milagro predica ya por sí mismo. Vosotros, los curados, iréis a presentaros al sacerdote lo antes posible; vosotros, los enfermos, esperad para esta tarde nuestro regreso: os traeremos comida. La paz sea con vosotros».
Jesús fue a ver a unos leprosos.
ECR 200.4 · Volumen 3
«¿Y quién me va a hablar en lo sucesivo de Dios?».
«Por ahora, tu alma resucitada».
«¿Te volveré a ver?».
«No en este mundo. Pero dentro de poco te redimiré del todo y entonces visitaré tu espíritu para prepararte a la ascensión hacia Dios».
«¿Cómo se producirá mi completa redención si no te voy a volver a ver? ¿Cómo me la vas a dar?».
«Muriendo por todos los pecadores».
«¡Oh,... morir!... ¡No, Tú no!».
«Para daros la Vida debo darme la muerte. Por esto he venido en cuerpo humano. No llores... Vendrás conmigo pronto después de nuestro sacrificio».
«¡Mi Señor! ¿Voy a morir yo también por ti?».
«Sí; pero de otra forma. Hora a hora morirá tu carne por deseo de tu voluntad. Hace ya casi un año que está muriendo. Cuando haya muerto del todo, te llamaré».
Jesús habla a Aglaia, antigua pecadora convertida, que va a aislarse de todo.
ECR 203.1 · Volumen 3
Fijaos, Yo me muevo entre continuas contrariedades y desilusiones. Desilusiones por vosotros. Convenceos de que por mí no tengo ninguna desilusión, pues no me ha sido concedido el don de ignorar... Por esta razón también os aconsejo que os dejéis guiar por mí. Si permito una cosa, la que sea, no opongáis resistencia a ello; si no intervengo para poner fin a algo, no os toméis la iniciativa de hacerlo vosotros. Cada cosa a su debido tiempo. Confiad en mí, en todo».
Jesús habla de las pruebas por las que está pasando el grupo apostólico y exhorta a los apóstoles a confiar en Dios.
ECR 203.6 · Volumen 3
“Padre nuestro”.
Yo le llamo “Padre”. Es Padre del Verbo, Padre del Encarnado. Así quiero que le llaméis vosotros, porque vosotros sois uno conmigo, si permanecéis en mí.
El hombre debía echarse rostro en tierra para exclamar, suspirando, envuelto en los temblores del miedo, la palabra “Dios”. Quien no cree en mí y en mi palabra está todavía inmerso en este temblor paralizador... Observad lo que sucede en el Templo: no sólo Dios, sino incluso el recuerdo de Dios, están celados tras triple velo a los ojos de los fieles. Separaciones de espacio, separaciones con velos, todo se ha tomado y aplicado para decir al que ora: “Tú eres fango; Él, Luz. Tú, abyecto; Él, Santo. Tú, esclavo; Él, Rey”.
¡Mas ahora!... ¡Alzaos! ¡Acercaos! Yo soy el Sacerdote eterno, puedo tomaros de la mano y deciros: “Venid”. Puedo descorrer el velo del Templo y abrir de par en par el inaccesible lugar que ha permanecido cerrado hasta ahora. ¿Y por qué cerrado?... Por la Culpa, sí; pero aún más clausurado por el pensamiento degradado de los hombres. ¿Por qué cerrado, si Dios es Amor, si Dios es Padre?... Yo puedo, debo, quiero elevaros al azul del cielo, no rebajaros al polvo; no que estéis lejanos, sino cerca; no como esclavos, sino como hijos que se reclinen sobre el pecho de Dios.
“¡Padre! ¡Padre!”, decid. No os canséis de pronunciar esta palabra. ¿No sabéis que cada vez que la decís el Cielo resplandece por la alegría de Dios? Aunque no expresarais otra palabra, diciendo ésta con verdadero amor ya haríais una oración grata al Señor. “¡Padre! ¡Padre mío!”, dicen los pequeñuelos a sus padres. Ésta es la primera palabra que dicen: “Madre, padre”. Pues vosotros sois los pequeñuelos de Dios. Yo os he generado: con mi amor he destruido el hombre viejo que erais, haciendo nacer así al hombre nuevo, al cristiano. Invocad, pues, al Padre santísimo que está en los cielos con la primera palabra que aprenden los niños.
ECR 203.8 · Volumen 3
“Venga tu Reino a la tierra como está en el Cielo”. Desead con todas vuestras fuerzas que venga; si viniera, la alegría habitaría la tierra. El Reino de Dios en los corazones, en las familias, en las gentes, en las naciones. Sufrid, trabajad, sacrificaos por este Reino. Sea la tierra espejo que refleje en las personas la vida del Cielo.