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Notas de la palabra clave

Localizaciones - Torre Antonia (fortaleza)

Tema: Ciudad de Jerusalén

Comodidad de lectura

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ECR 41.1

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

41.1 Veo a Jesús. Es ya un adolescente. Lleva una túnica blanca que le llega hasta los pies; me parece que es de lino. Encima, se coloca, formando elegantes pliegues, una prenda rectangular de un color rojo pálido. Lleva la cabeza descubierta. Los cabellos, de una coloración más intensa que cuando le vi de niño, le llegan hasta la mitad de las orejas. Es un muchacho de complexión fuerte, muy alto para su edad (muy tierna aún, como refleja el rostro).

Me mira y me sonríe tendiendo las manos hacia mí. Su sonrisa de todas formas se asemeja ya a la que le veo de adulto: dulce y más bien seria. Está solo. Por ahora no veo nada más. Está apoyado en un murete de una callecita toda en subidas y bajadas, pedregosa y con una zanja que está aproximadamente en su centro y que en tiempo de lluvia se transforma en regato; ahora, como el día está sereno, está seca.

Me da la impresión de estarme acercando yo también al murete y de estar mirando alrededor y hacia abajo, como está haciendo Jesús. Veo un grupo de casas; es un grupo desordenado: unas son altas; otras, bajas; van en todos los sentidos. Parece — haciendo una comparación muy pobre pero muy válida — un puñado de cantos blancos esparcidos sobre un terreno oscuro. Las calles, las callejas, son como venas en medio de esa blancura. Ora aquí, ora allá, hay árboles que descuellan por detrás de las tapias; muchos de ellos están en flor, muchos otros están ya cubiertos de hojas nuevas: debe ser primavera.

A la izquierda respecto a mí que estoy mirando, se alza una voluminosa construcción, compuesta de tres niveles de terrazas cubiertas de construcciones, y torres y patios y pórticos; en el centro se eleva una riquísima edificación, más alta, majestuosa, con cúpulas redondeadas, esplendorosas bajo el sol, como si estuvieran recubiertas de metal, cobre u oro. El conjunto está rodeado por una muralla almenada (almenas de esta forma: “M”, como si fuera una fortaleza). Una torre de mayor altura que las otras, horcada en su base sobre una vía más bien estrecha y en subida, cual severo centinela, domina netamente el vasto conjunto.

Jesús observa fijamente ese lugar. Luego se vuelve otra vez, apoya de nuevo la espalda sobre el murete, como antes, y dirige su mirada hacia una pequeña colina que está frente al conjunto del Templo. El collado sufre el asalto de las casas sólo hasta su base, luego aparece virgen. Veo que una calle termina en ese lugar, con un arco tras el cual sólo hay un camino pavimentado con piedras cuadrangulares, irregulares y mal unidas; no son demasiado grandes, no son como las piedras de las calzadas consulares romanas; parecen más bien las típicas piedras de las antiguas aceras de Viareggio (no sé si existen todavía), pero colocadas sin conexión: un camino de mala muerte. El rostro de Jesús toma un aspecto tan serio, que yo fijo mi atención buscando en este collado la causa de esta melancolía. Pero no encuentro nada de especial; es una elevación del terreno, desnuda, nada más. Eso sí, cuando me vuelvo, he perdido a Jesús; ya no está ahí. Y me quedo adormilada con esta visión.

ECR 41.2

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

(...) Me encuentro en un lugar que nunca antes había visto. En él hay patios y fuentes, pórticos y casas (más bien pabellones, porque tienen más las características de pabellones que de casas). Hay una gran muchedumbre de gente vestida al viejo uso hebreo, y... mucho griterío. Me miro a mi alrededor y, al hacerlo, me doy cuenta de que estoy dentro de esa construcción que Jesús estaba mirando; efectivamente, veo la muralla almenada que circunda el conjunto, y la torre centinela, y la imponente obra de fábrica que se yergue en su centro, pegando a la cual hay pórticos, muy bellos y amplios, y, bajo éstos, multitud de personas ocupadas, quiénes en una cosa, quiénes en otra.

Comprendo que se trata del recinto del Templo de Jerusalén. Veo fariseos, con sus largas vestiduras ondeantes, sacerdotes vestidos de lino y con una placa de precioso material en la parte superior del pecho y de la frente, y con otros reflejos brillantes esparcidos aquí o allá por los distintos indumentos, muy amplios y blancos, ceñidos a la cintura con un cinturón también de material precioso. Luego veo a otros, menos engalanados, pero que de todas formas deben pertenecer también a la casta sacerdotal, y que están rodeados de discípulos más jóvenes que ellos; comprendo que se trata de los doctores de la Ley. Entre todos estos personajes me encuentro como perdida, porque no sé qué pinto yo ahí.

ECR 41.3-5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Gamaliel, rodeado de un nutrido grupo de discípulos, habla de la venida del Mesías, y, apoyándose en la profecía de Daniel, sostiene que el Mesías debe haber nacido ya, puesto que ya han pasado unos diez años desde que se cumplieron las setenta semanas profetizadas contando desde que fue publicado el decreto de reconstrucción del Templo. Siammai le plantea batalla afirmando que, si bien es cierto que el Templo fue reconstruido, no es menos cierto que la esclavitud de Israel ha aumentado, y que la paz que debía haber traído Aquel que los Profetas llamaban “Príncipe de la paz” está bien lejos de ser una realidad en el mundo, y especialmente en Jerusalén, oprimida bajo el peso de un enemigo que osa extender su dominio hasta incluso dentro del recinto del Templo, controlado por la Torre Antonia, que está llena de legionarios romanos dispuestos a aplacar con la espada cualquier tumulto de independencia patria.

La disputa, llena de cavilosidades, está destinada a durar. Cada uno de los maestros hace su alarde de erudición, no tanto para vencer a su rival, cuanto para atraerse la admiración de los que escuchan; este propósito es evidente.

41.4 Del interior del nutrido grupo de fieles se oye una tierna voz de niño: «Gamaliel tiene razón».

Movimiento en la gente y en el grupo de doctores: buscan al que acaba de interrumpir; de todas formas, no hace falta buscarle, Él no se esconde; antes bien, se abre paso entre la gente y se acerca al grupo de los “rabíes”. Reconozco en Él a mi Jesús adolescente. Se le ve seguro y franco, y sus ojos centellean llenos de inteligencia. (...)

«¿En qué basas tu seguridad?» pregunta Hil.lel.

(Encabezo las respuestas con los nombres para abreviar y para que sea más claro).

Jesús: «En la profecía, que no puede errar respecto a la época, y en los signos que la acompañaron cuando llegó el tiempo de su cumplimiento. Cierto es que César nos domina. Pero el mundo gozaba de gran paz y estaba muy tranquila Palestina cuando se cumplieron las setenta semanas. Tanto es así que le fue posible a César ordenar el censo en sus dominios; no habría podido hacerlo si hubiera habido guerra en el Imperio o revueltas en Palestina. De la misma forma que se cumplió ese tiempo, ahora se está cumpliendo ese otro de las sesenta y dos más una desde la terminación del Templo, para que el Mesías sea ungido y se cumpla lo que conlleva la profecía para el pueblo que no le quiso. ¿Podéis dudarlo? No recordáis que la estrella fue vista por los Sabios de Oriente y que fue a detenerse justo en el cielo de Belén de Judá, y que las profecías y las visiones, desde Jacob en adelante, indican ese lugar como el destinado a recibir el nacimiento del Mesías, hijo del hijo del hijo de Jacob, a través de David, que era de Belén? ¿No os acordáis de Balaam? “Una estrella nacerá de Jacob”. Los Sabios de Oriente, cuya pureza y fe abría sus propios ojos y sus propios oídos, vieron la Estrella y comprendieron su Nombre: “Mesías”, y vinieron a adorar a la Luz que había descendido al mundo».

41.5 Siammai, con mirada maligna: «¿Dices que el Mesías nació cuando la Estrella, en Belén Efratá?».

Jesús: «Yo lo digo».

Siammai: «Entonces ya no existe. ¿No sabes, niño, que Herodes mandó matar a todos los nacidos de mujer de un día a dos años de edad de Belén y de los alrededores? Tú, Tú que sabes tan bien la Escritura, debes saber también que “un grito se ha oído en lo alto... Es Raquel que está llorando por sus hijos”. Los valles y las alturas de Belén, que recogieron el llanto de la agonizante Raquel, se llenaron de llanto revivido por las madres ante sus hijos asesinados. Entre ellas estaba, sin duda, también la Madre del Mesías».

Jesús: «Te equivocas, anciano. El llanto de Raquel hízose himno, pues donde ella había dado a luz al “hijo de su dolor”, la nueva Raquel dio al mundo al Benjamín del Padre celestial, Hijo de su derecha, Aquel que ha sido destinado para congregar al pueblo de Dios bajo su cetro y liberarle de la más terrible de las esclavitudes».

Siammai: «¿Y cómo, si le mataron?».

Jesús: «¿No has leído de Elías que fue raptado por el carro de fuego? ¿Y no va a haber podido salvar el Señor Dios a su Emmanuel para que fuera Mesías de su pueblo? Él, que separó el mar ante Moisés para que Israel pasase sin mojarse hacia su tierra, ¿no va a haber podido mandar a sus ángeles a librar a su Hijo, a su Cristo, de la crueldad del hombre? En verdad os digo: el Cristo vive y está entre vosotros, y cuando llegue su hora se manifestará en su potencia». La voz de Jesús, al decir estas palabras que he subrayado, resuena en un modo que llena el espacio. Sus ojos centellean aún más, y, con un gesto de dominio y de promesa, tiende el brazo y la mano derecha, y luego los baja, como para jurar. Es todavía un niño, pero ya tiene la solemnidad de un hombre.

Anotación

Daniel 9, 21-27 : Todavía estaba hablando en oración cuando Gabriel -el ser que había visto al principio de la visión- vino rápidamente hacia mí a la hora de la ofrenda vespertina. Me instruyó diciendo: "Daniel, he salido ahora para abrir tu entendimiento. Desde el principio de tu súplica, ha surgido una palabra, y he venido a anunciártela, pues eres amado por Dios. Comprended la palabra y procurad comprender la aparición.

Setenta semanas se han reservado para tu pueblo y tu ciudad santa, para poner fin a la perversidad y acabar con el pecado, para expiar la iniquidad y realizar la justicia eterna, para cumplir la visión y la profecía, y para consagrar el Lugar Santísimo. ¡Conócelo y compréndelo! Desde el momento en que se dio la orden de reconstruir Jerusalén hasta la venida de un mesías, un líder, habrá siete semanas. Durante sesenta y dos semanas, reconstruirán las plazas y los muros, pero será en la angustia de los tiempos. Y despues de las sesenta y dos semanas, un mesias sera removido. El pueblo de un futuro líder destruirá la ciudad y el Lugar Santo. Entonces, en una inundación, su fin vendrá. Hasta el final de la guerra, las devastaciones decidido tendrá lugar.

Durante una semana, este gobernante reforzará el pacto con una multitud; durante la mitad de la semana, hará cesar el sacrificio y la ofrenda, y en un ala del Templo estará la Abominación de la Desolación, hasta que el exterminio decidido se derrita sobre el autor de esta desolación."

ECR 199.3-4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Hasta las cercanías de Jerusalén van todos juntos. Luego se separan: Judas se va por su cuenta (entra en la ciudad, probablemente por la Puerta que está hacia la Torre Antonia); Tomás, Felipe y Natanael, con María y el niño, caminan todavía con Jesús y los otros compañeros unas cuantas decenas de metros para luego entrar en la ciudad por la parte del suburbio de Ofel.

199.4

«¡Bien! ¡Encaminémonos hacia estos infelices!» dice Jesús, y, volviendo las espaldas a la ciudad, empieza a andar en dirección a un lugar desolado, situado en las laderas de un cerro rocoso que está entre los dos caminos que de Jericó van a Jerusalén. Es un lugar extraño: después de la primera subida por la que trepa un escarpado sendero, presenta una estructura escalonada, de forma que, hasta el primer desnivel, hay al menos tres metros a pico, y así el segundo desnivel... Es un lugar árido, muerto... tristísimo.

«Maestro — grita Simón Zelote — estoy aquí; párate, que te enseño yo el camino...» y Simón, que estaba apoyado en la roca buscando un poco de sombra, viene, y conduce a Jesús por una vereda también escalonada, que va en dirección a Getsemaní, aunque del otro lado del camino que une el Monte de los Olivos con Betania.

«Hemos llegado. Yo viví entre los sepulcros de Siloán. Aquí están mis amigos; parte de ellos, porque los otros están en Ben Hinnom y no han podido venir porque habrían tenido que atravesar el camino y los habrían visto».

«Iremos a verlos también a ellos».

«¡Gracias!, por ellos y por mí».