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Notas del tema

Biblia, tradición y textos sagrados - Antiguo y Nuevo Testamento

Página 37 de 221

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ECR 41.8

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

41.8 Siammai: «Tu boca tiene al mismo tiempo sabor de leche y de blasfemia, nazareno. Responde: ¿Dónde está el Precursor? ¿Cuándo lo tuvimos?».

Jesús: «Él ya es una realidad. ¿No dice Malaquías: “Yo envío a mi ángel para que prepare delante de mí el camino; en seguida vendrá a su Templo el Dominador que buscáis y el Ángel del Testamento, anhelado por vosotros”? Luego entonces el Precursor precede inmediatamente al Cristo. Él es ya una realidad, como también lo es el Cristo. Si transcurrieran años entre quien prepara los caminos al Señor y el Cristo, todos los caminos volverían a llenarse de obstáculos y a hacerse retortijados. Esto lo sabe Dios y ha previsto que el Precursor preceda en una hora sólo al Maestro. Cuando veáis al Precursor, podréis decir: “Comienza la misión del Cristo”. Y a ti te digo que el Cristo abrirá muchos ojos y muchos oídos cuando venga a estos caminos; mas no vendrá a los tuyos, ni a los de los que son como tú. Vosotros le daréis muerte por la Vida que os trae. Pero cuando — más alto que este Templo, más alto que el Tabernáculo que está dentro del Santo de los Santos, más alto que la Gloria que está sostenida por los Querubines — el Redentor ocupe su trono y su altar, de sus numerosísimas heridas fluirán: maldición para los deicidas; vida para los gentiles. Porque Él, ¡oh, maestro insipiente!, no es, lo repito, Rey de un reino humano, sino de un Reino espiritual, y sus súbditos serán únicamente aquellos que por su amor sepan renovarse en el espíritu y, como Jonás, nacer una segunda vez, en tierras nuevas, “las de Dios”, a través de la generación espiritual que tendrá lugar por Cristo, el cual dará a la humanidad la Vida verdadera».

Anotación

Libro de Malaquías 3, 1:

He aquí que envío a mi mensajero para que prepare el camino delante de mí; y de repente vendrá a su Templo el Señor que buscáis. El mensajero de la Alianza que deseáis, he aquí que viene, - dice el Señor del universo".

ECR 41.9

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

41.9 Siammai y sus seguidores: «¡Este nazareno es Satanás!».

Hil.lel y los suyos: «No. Este niño es un Profeta de Dios. Quédate conmigo, Niño; así mi ancianidad transfundirá lo que sabe en tu saber, y Tú serás Maestro del pueblo de Dios».

Jesús: «En verdad te digo que si muchos fueran como tú, Israel sanaría; mas la hora mía no ha llegado. A mí me hablan las voces del Cielo, y debo recogerlas en la soledad hasta que llegue mi hora. Entonces hablaré, con los labios y con la sangre, a Jerusalén; y correré la misma suerte que corrieron los Profetas, a quienes Jerusalén misma lapidó y les quitó la vida. Pero sobre mi ser está el del Señor Dios, al cual Yo me someto como siervo fiel para hacer de mí escabel de su gloria, en espera de que Él haga del mundo escabel para los pies del Cristo. Esperadme en mi hora. Estas piedras oirán de nuevo mi voz y trepidarán cuando diga mis palabras últimas. Bienaventurados los que hayan oído a Dios en esa voz y crean en Él a través de ella: el Cristo les dará ese Reino que vuestro egoísmo sueña humano y que, sin embargo, es celeste, y por el cual Yo digo: “Aquí tienes a tu siervo, Señor, que ha venido a hacer tu voluntad. Consúmala, porque ardo en deseos de cumplirla”».

Detalle

Jesús responde a los maestros en el Templo.

ECR 41.11-13

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

41.11 Dice Jesús:

«Volvemos muy atrás en el tiempo, muy atrás. Volvemos al Templo, donde Yo, con doce años, estoy disputando; es más, volvemos a las vías que van a Jerusalén, y de Jerusalén al Templo.

Observa la angustia de María al ver — una vez congregados de nuevo juntos hombres y mujeres — que Yo no estoy con José.

No levanta la voz regañando duramente a su esposo. Todas las mujeres lo habrían hecho; lo hacéis, por motivos mucho menores, olvidándoos de que el hombre es siempre cabeza del hogar. No obstante, el dolor que emana del rostro de María traspasa a José más de lo que pudiera hacerlo cualquier tipo de reprensión. No se da tampoco María a escenas dramáticas. Por motivos mucho menores, vosotras lo hacéis deseando ser notadas y compadecidas. No obstante, su dolor contenido es tan manifiesto (se pone a temblar, palidece su rostro, sus ojos se dilatan) que conmueve más que cualquier escena de llanto y gritos.

Ya no siente ni fatiga ni hambre. ¡Y el camino había sido largo, y sin reparar fuerzas desde hacía horas! Deja todo; deja al camastro que se estaba preparando, deja la comida que iban a distribuir. Deja todo y regresa. Está avanzada la tarde, anochece; no importa; todos sus pasos la llevan de nuevo hacia Jerusalén; hace detenerse a las caravanas, a los peregrinos; pregunta. José la sigue, la ayuda. Un día de camino en dirección contraria, luego la angustiosa búsqueda por la Ciudad.

¿Dónde, dónde puede estar su Jesús? Y Dios permite que Ella, durante muchas horas, no sepa dónde buscarme. Buscar a un niño en el Templo no era cosa juiciosa: ¿qué iba a tener que hacer un niño en el Templo? En el peor de los casos, si se hubiera perdido por la ciudad y, llevado de sus cortos pasos, hubiera vuelto al Templo, su llorosa voz habría llamado a su mamá, atrayendo la atención de los adultos y de los sacerdotes, y se habrían puesto los medios para buscar a los padres fijando avisos en las puertas. Pero no había ningún aviso. Nadie sabía nada de este Niño en la ciudad. ¿Guapo? ¿Rubio? ¿Fuerte? ¡Hay muchos con esas características! Demasiado poco para poder decir: “¡Le he visto! ¡Estaba allí o allá!”.

41.12 Y vemos a María, pasados tres días, símbolo de otros tres días de futura angustia, entrando exhausta en el Templo, recorriendo patios y vestíbulos. Nada. Corre, corre la pobre Mamá hacia donde oye una voz de niño. Hasta los balidos de los corderos le parecen el llanto de su Hijo buscándola. Mas Jesús no está llorando; está enseñando. Y he aquí que desde detrás de una barrera de personas llega a oídos de María la amada voz diciendo: “Estas piedras trepidarán...”. Entonces trata de abrirse paso por entre la muchedumbre, y lo consigue después de una gran fatiga: ahí está su Hijo, con los brazos abiertos, erguido entre los doctores.

María es la Virgen prudente. Pero esta vez la congoja sobrepuja su comedimiento. Es una presa que derriba todo lo que pilla a su paso. Corre hacia su Hijo, le abraza, levantándole y bajándole del escabel, y exclama: “¡Oh! ¿Por qué nos has hecho esto! Hace tres días que te estamos buscando. Tu Madre está a punto de morir de dolor, Hijo. Tu padre está derrengado de cansancio. ¿Por qué, Jesús?”.

No se preguntan los “porqués” a Aquel que sabe, los “porqués” de su forma de actuar. A los que han sido llamados no se les pregunta “por qué” dejan todo para seguir la voz de Dios. Yo era Sabiduría y sabía; Yo había “sido llamado” a una misión y la estaba cumpliendo. Por encima del padre y de la madre de la tierra, está Dios, Padre divino; sus intereses son superiores a los nuestros; su amor es superior a cualquier otro. Y esto es lo que le digo a mi Madre.

Termino de enseñar a los doctores enseñando a María, Reina de los doctores. Y Ella no se olvidó jamás de ello. Volvió a surgir el Sol en su corazón al tenerme de la mano, de esa mano humilde y obediente; pero mis palabras también quedaron en su corazón. Muchos soles y muchas nubes habrían de surcar todavía el cielo durante los veintiún años que debía Yo permanecer aún en la tierra. Mucha alegría y mucho llanto, durante veintiún años, se darán el relevo en su corazón. Mas nunca volverá a preguntar: “¿Por qué nos has hecho esto, Hijo mío?”.

¡Aprended, hombres arrogantes!

41.13 He explicado e iluminado Yo la visión porque tú no estás en condiciones de hacer más».

ECR 42

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

María ve el banco del carpintero en Nazaret. Jesús está trabajando allí. María llega y llama a su Hijo: entran en una habitación donde José agoniza. Jesús se acercó a su padre, intentó reanimarlo e hizo sentar a su Madre. Luego rezó junto al moribundo y lo consoló. José murió apaciblemente en sus brazos, rodeado de su Hijo y de su santísima Esposa.

Jesús da entonces un dictado e insiste en el sufrimiento de María en ese momento, porque amaba verdaderamente a su José. Para encontrar fuerzas en esta prueba, y para dar su fiat, ella se aferra a Jesús. Ella también se aferró a Dios en la hora de la prueba.

Jesús nos invita a hacer lo mismo, y a invocarle en la hora de nuestra muerte, porque entre sus medias pierde toda su dureza. Jesús dijo por todos nosotros: "Señor, en tus manos encomiendo mi espíritu", por todos los que morimos pensando en Él, para que se alivien nuestras agonías.

ECR 42.1-7

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

42.1 Con irresistible fuerza, mientras estoy corrigiendo el fascículo, y más concretamente el dictado que trata sobre las seudorreligiones actuales, entra en mí esta visión, y la escribo mientras la veo.

Veo un interior de taller de carpintero; dos de sus paredes parecen estar formadas de roca (como si se hubieran aprovechado grutas naturales para hacer habitaciones). En este caso, para mayor detalle, son de roca los lados norte y oeste; las otras dos paredes, sin embargo, la sur y la este, están enlucidas, como las nuestras.

En el lado norte, un entrante de la roca ha sido adaptado para fogón rudimentario; en él hay una cazuelita con barniz o cola, no lo distingo bien. La leña quemada desde hace años en ese lugar ha ennegrecido tanto la pared, que parece alquitranada. Y ¿como chimenea para aspirar el humo de la combustión?... Un agujero en la pared con una especie de teja grande y cóncava en su parte alta. Pero esta chimenea ha debido cumplir mal su función; en efecto, no solo esta pared sino también las otras están muy ennegrecidas a causa del humo; en este momento, incluso, por toda la habitación hay una niebla de humo.

42.2 Jesús está trabajando en un banco de carpintero. Está alisando unas tablas, y las va apoyando en la pared que está a sus espaldas. Luego va a donde tiene una especie de taburete apretado por dos lados en una mordaza; lo saca, mira si el trabajo está perfectamente hecho, observa el objeto desde todos los puntos, luego se acerca al fogón, coge la cazuelita y remueve dentro con un palito, o quizás un pincel, no lo sé; yo sólo veo la parte que sobresale y que parece un palo.

Jesús está vestido de color castaño oscuro, la túnica es más bien corta, está remangado hasta más arriba del codo, y, delante, lleva puesto una especie de delantal, en el cual se restriega los dedos que han tocado la cazuelita.

Está solo. Trabaja sin pausas, pero con sosiego. No hay en él ningún movimiento desordenado o impaciente. Trabaja con continuidad y precisión. No pierde la paciencia por nada: ni por un nudo en la madera, que no se deja alisar; ni por un destornillador — eso al menos me parece — que dos veces se le ha caído del banco; ni por el humo del ambiente, que debe estarle entrando en los ojos.

De vez en cuando levanta la cabeza para mirar hacia la pared sur, donde hay una puerta que está cerrada, como queriendo escuchar. Después hay un momento en que abre una puerta que está en la pared este y que da a la calle, y se asoma. Veo un trecho de una callejuela polvorienta. Parece como si estuviera esperando a alguien. Luego vuelve a su labor. No está triste, pero sí serio. Cierra de nuevo la puerta y reanuda su trabajo.

42.3 Y, mientras está ocupado en fabricar unos componentes — al menos eso me parece — del aro de una rueda, entra su Madre. Entra por una puerta de la pared situada al Sur. Entra con prisa y corre hacia Jesús. Está vestida de azul oscuro y lleva la cabeza descubierta. Su vestido es una túnica sencilla ceñida a la cintura con un cordón del mismo color. Acongojada, apoyada con las dos manos en un brazo de su Hijo, le llama con un gesto de súplica y dolor. Jesús la acaricia, le pasa un brazo por encima de los hombros y la consuela. Luego, dejando inmediatamente el trabajo y quitándose el mandil, va con Ella.

Supongo que usted querrá saber también las palabras que han pronunciado. Por parte de María, muy pocas: «¡Oh! ¡Jesús! ¡Ven! ¡Ven! ¡Está mal!». Han sido pronunciadas por labios temblorosos, y con un brillo de llanto en sus enrojecidos y cansados ojos. Jesús únicamente dice: «¡Mamá!», mas todo está incluido en esa palabra.

Pasan a la habitación de al lado; el sol, que entra por una puerta que da a un huertecillo lleno de luz y de verdor en que revolotean unas palomas por entre el ondear de ropa tendida, hace encantadora esta habitación, que es pobre, sí, pero está ordenada. Hay en ella un lecho bajo, cubierto de colchoncitos (digo colchoncitos porque son unas cosas altas y mullidas, pero no es una cama como las nuestras). Sobre él, recostado sobre muchos almohadones, está José. Agoniza. Lo refleja claramente la palidez cárdena de su rostro, la mirada apagada, el pecho jadeante, y el completo decaimiento de todo el cuerpo.

42.4 María se pone a su izquierda. Le coge la mano rugosa, cárdena en las uñas, y la frota, la acaricia y la besa. Luego, con un paño de lino, le seca el sudor, que crea surcos brillantes en las sienes hundidas; y la lágrima, que en el lagrimal se vuelve vítrea. Y le humedece los labios con un paño mojado en un líquido que parece vino blanco.

Jesús se pone a la derecha. Alza levemente, ligero pero con cuidado, este cuerpo que se está hundiendo, le incorpora apoyándole sobre los almohadones, y, junto con María, pone en orden éstos. Acaricia la frente del moribundo, trata de reanimarle.

María llora quedo; sin hacer ruido, pero llora. Los lagrimones ruedan hacia abajo por las pálidas mejillas y caen sobre el vestido azul oscuro; parecen zafiros resplandecientes.

José se reanima bastante y mira fijamente a Jesús, le da la mano como para decirle algo y para recibir, con el contacto divino, fuerza en la última prueba. Jesús inclina su cabeza hacia esta mano y la besa. José sonríe; luego se vuelve buscando a María con la mirada, y le sonríe también a Ella. María se arrodilla al lado de la cama tratando de sonreír. No le sale la sonrisa, y entonces agacha la cabeza. José le pone la mano encima de ella con una casta caricia que parece una bendición.

Sólo se oye el revoloteo y el arrullo de las palomas, el frufrú de las hojas, un gorgoritear de agua, y, en la habitación, el respiro del moribundo.

Jesús pasa al otro lado de la cama, toma un taburete y se lo ofrece a María para que se siente en él, llamándola una vez más, y solamente, «Mamá». Luego vuelve adonde estaba y coge de nuevo entre sus manos la mano de José. La escena es tan real, que me echo a llorar a causa del dolor de María.

42.5 Y Jesús, inclinándose hacia el moribundo, le susurra un salmo.

Sé que es un salmo, pero ahora no sé decirle cuál de ellos. Empieza así:

«“Protégeme, Señor, porque en ti he puesto mi esperanza...

En pro de los santos que en la tierra de él están, ha dado cumplimiento admirablemente a todos mis deseos...

Bendeciré al Señor, que me aconseja...

Tengo siempre la presencia del Señor. Él está a mi derecha para que no vacile.

Por ello se alegra mi corazón y exulta mi lengua, y mi cuerpo también descansará en la esperanza.

Porque Tú no abandonarás a mi alma en su estancia entre los muertos, y no permitirás que tu santo vea la corrupción.

Me darás a conocer los caminos de la vida, me colmarás de alegría mostrándome tu rostro”».

José se reanima mucho, sonríe a Jesús con una mirada más viva y le aprieta los dedos.

Jesús responde a la sonrisa con otra sonrisa, y al gesto de la mano con una caricia; y continúa, dulcemente, inclinado hacia su padre putativo:

«“¡Cuán grande es el encanto de tus Tabernáculos, Señor!

Mi alma se consume en el deseo de los atrios del Señor.

El gorrión encuentra una casa, la tortolita un nido para sus criaturas. Yo deseo tus altares, Señor.

¡Dichosos los que habitan en tu casa!... ¡Dichoso el hombre que encuentra en ti su fuerza! Él tiene en su corazón las veredas para subir del valle de las lágrimas al lugar electo.

¡Oh, Señor, escucha mi oración...!

¡Oh, Dios, vuelve tus ojos y mira el rostro de tu Cristo...!”».

José, visiblemente conmovido, mira a Jesús, y hace ademán de querer hablar, como para bendecirle, pero no puede; se ve que entiende, pero no puede hablar. No obstante, está feliz y mira con vivacidad y confianza a su Jesús.

«“¡Oh, Señor — continúa Jesús —, Tú has sido propicio a tu tierra, has liberado de la esclavitud a Jacob...!

Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu Salvador.

Quiero oír lo que dice dentro de mí el Señor Dios. Él, sin duda, hablará de paz a su pueblo para sus santos y para quien de corazón vuelve a Él.

Sí, tu salvación está cercana... y la gloria habitará sobre la tierra... Se han dado encuentro la bondad y la verdad; la justicia y la paz se han besado. La verdad ha germinado de la tierra, la justicia ha mirado desde el Cielo.

Sí, el Señor se mostrará benigno y nuestra tierra dará su fruto. La justicia caminará en su presencia y dejará imprimidas en el camino sus huellas”.

Tú has visto esta hora, padre, y por ella has trabajado fatigosamente. Has colaborado en el cumplimiento de esta hora y el Señor te premiará por ello. Yo te lo digo» añade Jesús, enjugando una lágrima de alegría que desciende lentamente por la mejilla de José.

Y sigue: «“¡Oh, Señor, acuérdate de David y de toda su benignidad!

Acuérdate de que juró al Señor: ‘Yo no entraré en mi casa, no me echaré en el lecho de mi reposo, no concederé sueño a mis ojos ni descanso a mis párpados ni quietud a mis sienes, mientras no encuentre un lugar para el Señor, una morada para el Dios de Jacob...’.

¡Levántate, Señor, y ven a tu reposo, Tú y el Arca de tu santidad! (María comprende la alusión y rompe a llorar).

Revístanse de justicia tus sacerdotes, regocíjense tus santos.

Por amor de David, tu siervo, no nos niegues el rostro de tu Cristo­.

El Señor ha jurado a David la promesa y la mantendrá: ‘Pondré en tu trono al fruto de tu seno’.

El Señor la ha elegido como morada...

Yo haré florecer la potencia de David preparando una antorcha encendida para mi Cristo”.

42.6 Gracias, padre mío, por mí y por mi Madre. Tú has sido para mí un padre justo, y el Eterno te ha puesto como custodio de su Cristo y de su Arca. Tú fuiste la antorcha encendida para Él. Para con el Fruto del seno santo has tenido entrañas de caridad. Ve en paz, padre. La Viuda no quedará desamparada. El Señor ya ha provisto a que no se quede sola. Ve sereno a tu reposo. Yo te lo digo».

María llora con su rostro apoyado contra las cobijas (parecen mantos) que cubren este cuerpo de José que se está enfriando. Jesús se prodiga aún más en confortarle, pues el respiro se ha hecho más fatigoso y la mirada ha vuelto a velarse.

«“¡Dichoso el hombre que teme al Señor y sólo se complace en sus mandamientos!...

Su justicia permanecerá por los siglos de los siglos.

En medio de los hombres rectos, se alza luminoso en las tinieblas el misericordioso, el benigno, el justo...

El justo será recordado eternamente... Su justicia es eterna, su potencia se elevará hasta la gloria...”.

Y tú tendrás esta gloria, padre. Pronto iré a llevarte, junto con los Patriarcas que te han precedido, a la gloria que te espera. Exulte tu espíritu con estas palabras mías.

“Quien confía en la ayuda del Altísimo vive bajo la protección del Dios del Cielo”.

Ésa es tu morada, padre mío.

“Él me libró del lazo de los cazadores y de las palabras duras.

Te cubrirá con sus alas; bajo sus plumas encontrarás amparo.

Su verdad te protegerá como un escudo; no temerás miedos nocturnos...

No se acercará a ti el mal... porque ha dado orden a sus ángeles de protegerte en todos tus caminos.

Te llevarán en sus palmas, para que tu pie no tropiece en las piedras.

Caminarás sobre el áspid y el basilisco; hollarás al dragón y al león­.

Porque has esperado en el Señor, Él te dice, padre, que te librará y te protegerá.

Puesto que has elevado a Él tu voz, te escuchará; estará contigo en la última tribulación; te glorificará después de esta vida, haciéndote ver ya desde ésta su Salvación”, y en la otra haciéndote entrar, por la Salvación que ahora te conforta y que pronto, ¡oh..., pronto irá, te lo repito, a ceñirte con un abrazo divino y a llevarte consigo, a la cabeza de todos los Patriarcas, al lugar preparado para morada del Justo de Dios que fue el padre mío bendito!

Precédeme para decirles a los Patriarcas que la Salvación está en el mundo y que el Reino de los Cielos pronto les será abierto. Ve, padre. Que mi bendición te acompañe».

42.7 Ahora la voz de Jesús es más alta, para que pueda llegar a la mente de José, que está abismándose en las nieblas de la muerte. El final es inminente. El anciano respira a duras penas. María le acaricia. Jesús se sienta en el borde de la cama y abraza y atrae hacia sí al moribundo, el cual, exhausto, se apaga sin convulsión alguna.

Es una escena llena de paz solemne. Jesús coloca de nuevo al Patriarca y abraza a María, que, al final, angustiada de dolor, se había acercado a Él.

Detalle

Muerte de San José.

ECR 42.5-7

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

42.5 Y Jesús, inclinándose hacia el moribundo, le susurra un salmo.

Sé que es un salmo, pero ahora no sé decirle cuál de ellos. Empieza así:

«“Protégeme, Señor, porque en ti he puesto mi esperanza...

En pro de los santos que en la tierra de él están, ha dado cumplimiento admirablemente a todos mis deseos...

Bendeciré al Señor, que me aconseja...

Tengo siempre la presencia del Señor. Él está a mi derecha para que no vacile.

Por ello se alegra mi corazón y exulta mi lengua, y mi cuerpo también descansará en la esperanza.

Porque Tú no abandonarás a mi alma en su estancia entre los muertos, y no permitirás que tu santo vea la corrupción.

Me darás a conocer los caminos de la vida, me colmarás de alegría mostrándome tu rostro”».

José se reanima mucho, sonríe a Jesús con una mirada más viva y le aprieta los dedos.

Jesús responde a la sonrisa con otra sonrisa, y al gesto de la mano con una caricia; y continúa, dulcemente, inclinado hacia su padre putativo:

«“¡Cuán grande es el encanto de tus Tabernáculos, Señor!

Mi alma se consume en el deseo de los atrios del Señor.

El gorrión encuentra una casa, la tortolita un nido para sus criaturas. Yo deseo tus altares, Señor.

¡Dichosos los que habitan en tu casa!... ¡Dichoso el hombre que encuentra en ti su fuerza! Él tiene en su corazón las veredas para subir del valle de las lágrimas al lugar electo.

¡Oh, Señor, escucha mi oración...!

¡Oh, Dios, vuelve tus ojos y mira el rostro de tu Cristo...!”».

José, visiblemente conmovido, mira a Jesús, y hace ademán de querer hablar, como para bendecirle, pero no puede; se ve que entiende, pero no puede hablar. No obstante, está feliz y mira con vivacidad y confianza a su Jesús.

«“¡Oh, Señor — continúa Jesús —, Tú has sido propicio a tu tierra, has liberado de la esclavitud a Jacob...!

Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu Salvador.

Quiero oír lo que dice dentro de mí el Señor Dios. Él, sin duda, hablará de paz a su pueblo para sus santos y para quien de corazón vuelve a Él.

Sí, tu salvación está cercana... y la gloria habitará sobre la tierra... Se han dado encuentro la bondad y la verdad; la justicia y la paz se han besado. La verdad ha germinado de la tierra, la justicia ha mirado desde el Cielo.

Sí, el Señor se mostrará benigno y nuestra tierra dará su fruto. La justicia caminará en su presencia y dejará imprimidas en el camino sus huellas”.

Tú has visto esta hora, padre, y por ella has trabajado fatigosamente. Has colaborado en el cumplimiento de esta hora y el Señor te premiará por ello. Yo te lo digo» añade Jesús, enjugando una lágrima de alegría que desciende lentamente por la mejilla de José.

Y sigue: «“¡Oh, Señor, acuérdate de David y de toda su benignidad!

Acuérdate de que juró al Señor: ‘Yo no entraré en mi casa, no me echaré en el lecho de mi reposo, no concederé sueño a mis ojos ni descanso a mis párpados ni quietud a mis sienes, mientras no encuentre un lugar para el Señor, una morada para el Dios de Jacob...’.

¡Levántate, Señor, y ven a tu reposo, Tú y el Arca de tu santidad! (María comprende la alusión y rompe a llorar).

Revístanse de justicia tus sacerdotes, regocíjense tus santos.

Por amor de David, tu siervo, no nos niegues el rostro de tu Cristo­.

El Señor ha jurado a David la promesa y la mantendrá: ‘Pondré en tu trono al fruto de tu seno’.

El Señor la ha elegido como morada...

Yo haré florecer la potencia de David preparando una antorcha encendida para mi Cristo”.

42.6 Gracias, padre mío, por mí y por mi Madre. Tú has sido para mí un padre justo, y el Eterno te ha puesto como custodio de su Cristo y de su Arca. Tú fuiste la antorcha encendida para Él. Para con el Fruto del seno santo has tenido entrañas de caridad. Ve en paz, padre. La Viuda no quedará desamparada. El Señor ya ha provisto a que no se quede sola. Ve sereno a tu reposo. Yo te lo digo».

María llora con su rostro apoyado contra las cobijas (parecen mantos) que cubren este cuerpo de José que se está enfriando. Jesús se prodiga aún más en confortarle, pues el respiro se ha hecho más fatigoso y la mirada ha vuelto a velarse.

«“¡Dichoso el hombre que teme al Señor y sólo se complace en sus mandamientos!...

Su justicia permanecerá por los siglos de los siglos.

En medio de los hombres rectos, se alza luminoso en las tinieblas el misericordioso, el benigno, el justo...

El justo será recordado eternamente... Su justicia es eterna, su potencia se elevará hasta la gloria...”.

Y tú tendrás esta gloria, padre. Pronto iré a llevarte, junto con los Patriarcas que te han precedido, a la gloria que te espera. Exulte tu espíritu con estas palabras mías.

“Quien confía en la ayuda del Altísimo vive bajo la protección del Dios del Cielo”.

Ésa es tu morada, padre mío.

“Él me libró del lazo de los cazadores y de las palabras duras.

Te cubrirá con sus alas; bajo sus plumas encontrarás amparo.

Su verdad te protegerá como un escudo; no temerás miedos nocturnos...

No se acercará a ti el mal... porque ha dado orden a sus ángeles de protegerte en todos tus caminos.

Te llevarán en sus palmas, para que tu pie no tropiece en las piedras.

Caminarás sobre el áspid y el basilisco; hollarás al dragón y al león­.

Porque has esperado en el Señor, Él te dice, padre, que te librará y te protegerá.

Puesto que has elevado a Él tu voz, te escuchará; estará contigo en la última tribulación; te glorificará después de esta vida, haciéndote ver ya desde ésta su Salvación”, y en la otra haciéndote entrar, por la Salvación que ahora te conforta y que pronto, ¡oh..., pronto irá, te lo repito, a ceñirte con un abrazo divino y a llevarte consigo, a la cabeza de todos los Patriarcas, al lugar preparado para morada del Justo de Dios que fue el padre mío bendito!

Precédeme para decirles a los Patriarcas que la Salvación está en el mundo y que el Reino de los Cielos pronto les será abierto. Ve, padre. Que mi bendición te acompañe».

42.7 Ahora la voz de Jesús es más alta, para que pueda llegar a la mente de José, que está abismándose en las nieblas de la muerte. El final es inminente. El anciano respira a duras penas. María le acaricia. Jesús se sienta en el borde de la cama y abraza y atrae hacia sí al moribundo, el cual, exhausto, se apaga sin convulsión alguna.

Es una escena llena de paz solemne. Jesús coloca de nuevo al Patriarca y abraza a María, que, al final, angustiada de dolor, se había acercado a Él.

Anotación

Salmo 16 (15): Guárdame, Dios mío: he hecho de ti mi refugio.

Dije al Señor: "¡Tú eres mi Dios! No tengo más felicidad que tú.

Todos los ídolos de la tierra, los dioses que yo amaba, siguen haciendo estragos, y la gente se precipita tras ellos. No les ofreceré sangre de sacrificio; * ¡su nombre no estará en mis labios!

Señor, mi porción y mi copa: de ti depende mi destino. Mi porción es mi delicia; ¡incluso tengo la herencia más hermosa!

Bendigo al Señor que me aconseja: incluso de noche mi corazón me advierte.

Siempre tengo al Señor delante de mí; está a mi diestra: estoy firme.

09 Mi corazón se alegra, mi alma se regocija, mi carne está llena de confianza:

10 No puedes entregarme a la muerte ni dejar que tu amigo vea la corrupción.

Tú me enseñas el camino de la vida: ¡ante tu rostro, alegría desbordante! A tu derecha, delicias eternas.

Salmo 84 (83): Señor, tú has amado esta tierra; has hecho volver a los desterrados de Jacob; has quitado el pecado de tu pueblo; has cubierto toda su iniquidad; has puesto fin a toda tu cólera; has vuelto de tu gran ira.

Devuélvenos, Dios, nuestra salvación; olvida tu resentimiento contra nosotros. ¿Estarás siempre airado contra nosotros? ¿Continuará tu cólera de edad en edad? ¿No volverás para darnos vida y ser la alegría de tu pueblo?

Muéstranos, Señor, tu amor y danos tu salvación.

Escucho: ¿qué dirá el Señor Dios? Lo que dice es paz para su pueblo y sus fieles; ¡que nunca vuelvan a su locura!

Su salvación está cerca de los que le temen, y la gloria habitará en nuestra tierra.

El amor y la verdad se encontrarán, la justicia y la paz se abrazarán; la verdad brotará de la tierra y la justicia del cielo.

El Señor dará sus bendiciones, y nuestra tierra dará su fruto.

La justicia irá delante de él, y sus pasos marcarán el camino.

Salmo 85 (84): Tú, Señor, has amado esta tierra; has hecho volver a los desterrados de Jacob; has quitado el pecado de tu pueblo, has cubierto toda su iniquidad; has puesto fin a toda tu cólera, has vuelto de tu gran ira.

Devuélvenos, Dios, nuestra salvación; olvida tu resentimiento contra nosotros.

¿Estarás siempre airado contra nosotros? ¿Continuará tu ira de edad en edad? ¿No volverás para darnos vida y ser la alegría de tu pueblo?

Muéstranos, Señor, tu amor y danos tu salvación.

Estoy escuchando: ¿qué dirá el Señor Dios? + Lo que dice es paz para su pueblo y sus fieles; ¡que nunca vuelvan a su locura!

Su salvación está cerca de los que le temen, y la gloria habitará en nuestra tierra. El amor y la verdad se encontrarán, la justicia y la paz se abrazarán; la verdad brotará de la tierra y la justicia del cielo.

El Señor dará sus bendiciones, y nuestra tierra dará su fruto. La justicia irá delante de él, y sus pasos marcarán el camino.

Salmo 132 (131):

Acuérdate, Señor, de David y de su gran sumisión cuando hizo un juramento al Señor, una promesa al Poderoso de Jacob: "Nunca entraré en mi tienda, ni me acostaré en mi lecho; prohibiré a mis ojos que duerman y a mis párpados que descansen

hasta que encuentre un lugar para el Señor, una morada para el Poderoso de Jacob".

He aquí que se nos anuncia en Efrata; la hemos encontrado cerca de Yagar.

Entremos en la morada de Dios y adoremos a los pies de su trono.

Sube, Señor, al lugar de tu reposo, tú y el arca de tu fortaleza.

Que tus sacerdotes se vistan de justicia, que tus fieles griten de alegría.

Por amor a David, tu siervo, no apartes la vista del rostro de tu Mesías.

El Señor juró a David, y nunca se retractará de su palabra: "Pondré en tu trono a un hombre salido de ti.

"Si tus hijos guardan mi alianza, la voluntad que les doy a conocer, también sus hijos se sentarán en el trono erigido para ti para siempre.

Porque el Señor ha elegido a Sión; es la morada que él desea:

"Este es mi lugar de descanso para siempre; esta es la morada que he anhelado.

"Bendeciré, bendeciré sus cosechas para saciar de pan a sus pobres.

Vestiré de gloria a sus sacerdotes, y sus fieles gritarán y darán voces de júbilo.

"Haré brotar allí la fuerza de David; he encendido una lámpara para mi Mesías.

18 Vestiré de vergüenza a sus enemigos, pero sobre él florecerá la corona".

Salmos 112 (111): ¡Aleluya! ¡Alabad, siervos del Señor, alabad el nombre del Señor!

¡Bendito sea el nombre del Señor, ahora y siempre!

Desde la salida del sol hasta su ocaso, ¡alabad el nombre del Señor!

El Señor domina sobre todos los pueblos; su gloria domina los cielos.

¿Quién como el Señor, nuestro Dios? Está sentado en las alturas. Pero baja su mirada al cielo y a la tierra.

Del polvo levanta a los débiles, de las cenizas resucita a los pobres para sentarlos entre los príncipes, entre los príncipes de su pueblo.

Coloca a la mujer estéril en su hogar, a la madre feliz entre sus hijos.

Salmo 90: Cuando estoy al abrigo del Altísimo y descanso a la sombra del Poderoso, digo al Señor: "Refugio mío, baluarte mío, Dios mío, de quien estoy seguro".

Él es quien te salva de las redes del cazador y de la peste maligna; él te cubre y te protege. Su fidelidad es tu armadura y tu escudo.

No temerás los terrores de la noche, ni la flecha que vuela en pleno día, ni la peste que merodea en la oscuridad, ni el azote que golpea a mediodía.

Aunque caigan mil a tu lado o diez mil a tu derecha, permanecerás fuera de su alcance.

Abre los ojos y verás la paga de los impíos. Sí, el Señor es tu refugio; has hecho del Altísimo tu baluarte.

La desgracia no te tocará, ni el peligro se acercará a tu morada: ha encomendado a sus ángeles la tarea de guardarte en todos tus caminos.

Te llevarán de la mano para que tu pie no tropiece con las piedras; pisarás la víbora y el escorpión; aplastarás al león y al dragón.

"Porque se aferra a mí, yo lo libero; lo defiendo, porque conoce mi nombre. Me llama y yo le respondo; estoy con él en su prueba. "Lo liberaré y lo glorificaré; lo saciaré por muchos días y le haré ver mi salvación.

ECR 42.8-10

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

42.8 Dice Jesús:

«Mi lección para todas las mujeres casadas que sienten una pena acongojante es ésta: imitar a María de viuda; y lo que Ella hizo fue unirse a Jesús.

Se equivocan los que piensan que las penas del corazón no hicieran sufrir a María. Mi Madre sufrió, sabedlo. Sufrió, sí, santamente — todo en Ella era santo —, mas no por ello no sufrió intensamente.

Igualmente se equivocan aquellos que piensan que María amó tibiamente a su esposo, fundándose en que José era su esposo de espíritu, no de carne. No. María amaba intensamente a su José, al cual le había dedicado seis lustros de vida fiel. Y José había sido para Ella un padre, un esposo, un hermano, un amigo, un protector.

Y Ella ahora se sentía sola, como un sarmiento si le talan el árbol que le servía de apoyo. Su casa estaba como si la hubiera asestado su golpe el rayo; se dividía. Primero era una unidad cuyos miembros se sostenían mutuamente; ahora venía a faltar el muro maestro. Éste fue el primer golpe asestado a esa Familia, y fue símbolo del otro abandono, que ya estaba próximo: el de su amado Jesús.

La voluntad del Eterno había querido que fuera esposa y Madre; ahora, por ésta misma voluntad, habría de experimentar la viudez y el que su Hijo la dejara. Y María responde, entre lágrimas, con uno de esos “síes” sublimes suyos: “Sí, Señor, hágase en mí según tu palabra”. Y ¿qué hace, en esa hora, para tener la necesaria fuerza?: se abraza a Jesús.

María, siempre, en las horas más graves de su vida, se había abrazado a Dios. Así lo hizo en el Templo, cuando recibió la llamada al matrimonio; como en Nazaret, cuando fue llamada a la Maternidad, o llorando al verse viuda, o, en Nazaret también, cuando tuvo que pasar por el suplicio de verse separada de su Hijo; como en el Calvario, bajo la tortura que le supuso el verme morir.

42.9 Aprended, vosotros, los que lloráis. Aprended vosotros, que morís. Vosotros, que para morir vivís, aprendedlo. Tratad de merecer las mismas palabras que Yo dije a José. Ellas serán vuestra paz en medio de la batalla de la muerte. Aprended, vosotros, que morís, a merecer que Jesús esté a vuestro lado para confortaros. Mas, aunque no lo hubierais merecido, tened la osadía, de todas formas, de llamarme para que vaya a vuestro lado. Yo iré, llenas mis manos de gracias y consuelo, lleno mi corazón de perdón y de amor, llenos mis labios de palabras de absolución y de palabras de aliento.

La muerte, vivida entre mis brazos, pierde toda su parte cruda; creedlo. Yo no puedo abolir la muerte, pero sí puedo hacérsela dulce a aquel que muere confiando en mí.

Ya dijo Cristo, en su Cruz, por todos vosotros: “Señor, te confío mi espíritu”. Lo dijo en su agonía pensando en la de cada uno de vosotros, pensando en vuestros sentimientos de terror, en vuestros errores, en vuestros temores, en vuestros deseos de perdón. Lo dijo con el corazón quebrado más que por la lanzada por la congoja, por una congoja más espiritual que física; para que la agonía de aquellos que mueren pensando en Él fuera dulcificada por el Señor, y para que el espíritu pasara de la muerte a la Vida, del dolor al gozo, para siempre.

42.10 Ésta es, pequeño Juan, la lección de hoy. Sé buena y no temas. Sentirás siempre en ti el reflujo de mi paz, a través de la palabra, a través de la contemplación. Ven. Piensa que eres José, piensa que, como él, tienes como almohada el pecho de Jesús, y que tu enfermera es María. Descansa entre nosotros como un niño en la cuna».

ECR 42.9

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Aprended, vosotros, que morís, a merecer que Jesús esté a vuestro lado para confortaros. Mas, aunque no lo hubierais merecido, tened la osadía, de todas formas, de llamarme para que vaya a vuestro lado. Yo iré, llenas mis manos de gracias y consuelo, lleno mi corazón de perdón y de amor, llenos mis labios de palabras de absolución y de palabras de aliento.

ECR 42.9

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Aprended, vosotros, que morís, a merecer que Jesús esté a vuestro lado para confortaros. Mas, aunque no lo hubierais merecido, tened la osadía, de todas formas, de llamarme para que vaya a vuestro lado. Yo iré, llenas mis manos de gracias y consuelo, lleno mi corazón de perdón y de amor, llenos mis labios de palabras de absolución y de palabras de aliento.

La muerte, vivida entre mis brazos, pierde toda su parte cruda; creedlo. Yo no puedo abolir la muerte, pero sí puedo hacérsela dulce a aquel que muere confiando en mí.

Ya dijo Cristo, en su Cruz, por todos vosotros: “Señor, te confío mi espíritu”. Lo dijo en su agonía pensando en la de cada uno de vosotros, pensando en vuestros sentimientos de terror, en vuestros errores, en vuestros temores, en vuestros deseos de perdón. Lo dijo con el corazón quebrado más que por la lanzada por la congoja, por una congoja más espiritual que física; para que la agonía de aquellos que mueren pensando en Él fuera dulcificada por el Señor, y para que el espíritu pasara de la muerte a la Vida, del dolor al gozo, para siempre.

ECR 43.1-7

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

43.1 Dice María:

«Antes de que entregues estos cuadernos, uno a ellos mi bendición.

Ahora — tan sólo se necesita que queráis hacerlo con un poco de paciencia — podéis tener una colección completa de los hechos de la vida íntima de mi Jesús. Tenéis, desde la Anunciación hasta el momento en que sale de Nazaret para predicar, no sólo los dictados, sino también la ilustración de los hechos que acompañaron la vida familiar de Jesús.

Los Evangelios, al describir el vasto cuadro de la vida de mi Hijo, engloban, en breves referencias, sus primeros años, su niñez, su adolescencia y su juventud. En los Evangelios, Él es el Maestro. Aquí, es el Hombre, el Dios que se humilla por amor al hombre.

43.2 Mas también obra milagros aquí, en el anonadamiento de una vida corriente; los obra en mí, sintiendo mi alma llevada a la perfección al vivir en contacto con este Hijo mío que estaba formándose en mi seno; los obra en casa de Zacarías, santificando al Bautista, ayudando a Isabel en el momento del parto, devolviéndole la palabra, y la fe, a Zacarías; los obra en José, abriéndole el espíritu a la luz de una verdad tan excelsa que no hubiera podido comprenderla por sí solo, a pesar de ser justo.

43.3 José, después de mí, fue el más consolado de esta lluvia de divinos beneficios.

Observa cuánto camino recorre, espiritual camino, desde que viene a mi casa hasta el momento de la huida a Egipto. Al principio era solamente un hombre justo según los cánones de su tiempo; luego, por fases, deviene el justo del tiempo cristiano. Se enriquece de la fe en Cristo y, tanto se abandona a esta fe segura, que de la frase pronunciada al principio del viaje de Nazaret hacia Belén — “¿Cómo nos las arreglaremos?” —, frase en que estaba comprendido todo el hombre, todo ese hombre que se revela con sus temores humanos, con sus humanas preocupaciones, pasa a la esperanza. Así, en la gruta, antes del nacimiento, dice: “Mañana irá mejor”. Jesús, ya cercano, le fortifica con esta esperanza, que entre los dones de Dios es uno de los más bellos. Y luego, cuando el contacto con Jesús le santifica, pasa de esta esperanza a la intrepidez. Siempre se había dejado dirigir por mí, llevado del respeto de altísima veneracíon que hacia mí abrigaba. Ahora, por el contrario, dirige él, tanto las cosas de orden material como las de otro orden superior, y, en calidad de cabeza de la Familia, decide todo él. Es más, cuando, tras los meses de unión con el Hijo divino que le saturaron de santidad, llega la penosa hora de la huida, es él quien alivia mi pena, y me dice: “Aun en el caso de perderlo todo, teniéndole a Él tenemos todo”.

43.4 Y también en los pastores mi Jesús obra milagros de gracia. Así, el Ángel se dirige al pastor ya predispuesto a la Gracia por su fugaz encuentro conmigo, y le conduce a la Gracia, para que sea de ella salvado para siempre.

Obra milagros por doquiera que pasa, ya en exilio, ya de nuevo en su pequeña patria de Nazaret. Dondequiera que estuviese, en efecto, la santidad se expandía como el aceite sobre un lienzo, o la fragancia de las flores por el aire, y todo aquel que recibía su toque, a menos que no fuera un demonio, salía ansioso de santidad. Tal anhelo es ya raíz de vida eterna, pues quien quiere ser bueno consigue la bondad, que lleva al Reino de Dios.

43.5 Ahora ya tenéis, en escenas que reflejan momentos diversos, la santa Humanidad de mi Hijo, desde el alba al ocaso. Si el padre M. lo considera oportuno, puede componer una secuencia ordenada, de forma que quede un todo sin lagunas. Si es que lo estima útil.

Podríamos haber dado todo junto, pero la Providencia juzgó que así estaba bien; por ti, alma mía. En cada uno de los dictados te hemos dado la medicina para aquellas heridas que te serían infligidas. Te la hemos ido dando con antelación, para prepararte. Mientras está granizando, nada parece protegernos, mas no es así. Si bien es cierto que la tempestad reaviva la humanidad que duerme sepultada bajo las aguas espirituales, no lo es menos que también saca a la superficie las gemas de una doctrina sobrenatural que, habiendo sido depositadas en vuestro corazón, esperaban precisamente esa hora de tempestad para emerger y deciros: “Acordaos de que también existimos nosotros”.

Y no es sólo una razón de Providencia, alma mía, sino que también hay en ello una razón de bondad. En efecto, ¿cómo te hubiera sido posible, en el actual estado de postración en que te encuentras, ver u oír ciertas visiones o ciertos dictados? Te habrían lesionado en modo tal, que te habrían incapacitado para tu misión de “portavoz”. Por eso, los hemos dado antes, evitando así quebrarte el corazón — pues somos buenos — con visiones y palabras demasiado acordes con tu sufrir, que te lo habrían agudizado hasta portarlo al espasmo. No somos crueles, María. Siempre actuamos de forma que recibáis de Nosotros consuelo, y no temor o aumento de vuestro dolor. Nos es suficiente que os fiéis de Nosotros. Nos es suficiente que, con José, digáis: “Si me queda Jesús, todo me queda”, para que vayamos con dones celestes a consolar vuestro espíritu.

43.6 No te prometo dones y consolaciones humanas; sí, las mismas consolaciones que tuvo José: sobrenaturales. Todos han de saber, efectivamente, que, bajo la presión de la usura, que sofoca a todo pobre fugitivo, los dones de los Magos se disiparon, con la rapidez del relámpago, en conseguir un techo y ese mínimo de enseres o del necesario alimento, proveniente de aquella única fuente mientras no pudimos encontrar trabajo.

En la comunidad hebrea ha habido siempre mucha ayuda mutua, pero la de Egipto en concreto estaba formada en su mayor parte por gente perseguida que había tenido que expatriarse; gente pobre, por tanto, como nosotros, que nos añadíamos a su número. Y una pequeña parte de aquella riqueza, que queríamos reservarla para Jesús, para cuando fuera adulto, (la que se había salvado de los gastos de asentarnos en Egipto) nos sirvió para cubrir las necesidades del regreso a la patria, y fue apenas suficiente para organizar de nuevo en Nazaret casa y taller. Los tiempos cambian, pero la avidez humana es siempre la misma, y siempre aprovecha la necesidad ajena para, abusivamente, succionar su parte.

No. El tener con nosotros a Jesús no nos procuró bienes materiales. Muchos de vosotros es esto lo que pretendéis en cuanto os sentís un poquito unidos a Jesús. Os olvidáis de que Él dijo: “Buscad las cosas del espíritu”. Todo lo demás es añadidura. Es verdad que Dios proporciona también el alimento a los hombres, como a las aves, pues sabe que, mientras la carne sea armadura de vuestra alma, lo necesitáis. Cierto; pero, pedid primero su Gracia, pedid primero por vuestro espíritu. El resto se os dará por añadidura.

A José, humanamente hablando, la unión con Jesús no le procuró sino trabajos, esfuerzos, persecuciones, hambre. Pero, dado que tendía sólo hacia Jesús, todo esto se transformó en paz espiritual, en alegría sobrenatural. Yo quisiera conduciros al punto en que estaba mi esposo cuando decía: “Aunque nos quedáramos sin nada, tendremos siempre todo, porque tenemos a Jesús”.

43.7 Sé que el corazón se rompe, sé que la mente se nubla, sé que la vida se consume. Sí, María, pero... ¿Eres de Jesús? ¿Quieres serlo? ¿Dónde, cómo murió Jesús? Niña querida mía, llora, pero persevera en la fortaleza. El martirio no está en la forma del tormento, está en la constancia con que el mártir lo soporta. Por tanto, tan martirio es una pena moral cuanto lo es un arma, cuando aquélla se soporta con la misma finalidad. Tú soportas por amor a mi Hijo. Todo lo que haces por los hermanos es siempre amor a Jesús, el cual los quiere salvos. Por tanto, lo que vives es martirio; persevera en él. No quieras actuar por ti sola. Es suficiente — puesto que estás sometida a presión demasiado fuerte como para poder tener todavía el vigor de guiarte por ti sola y de dominar incluso tu humanidad, impidiéndole llorar —, es suficiente con que dejes que el dolor te torture sin rebelarte. Basta que le digas a Jesús: “¡Ayúdame!”. Lo que tú no puedes hacer, Él lo hará en ti. Permanece en Él. Siempre en Él. No quieras salir de Él; y no saldrás si tú no lo quieres. Y aunque de hecho, como ahora, la intensidad del dolor te impida ver dónde estás, tú estarás siempre en Jesús.

Te bendigo. Di conmigo: “Gloria Patri et Filio et Spiritui Sancto”. Que éste sea siempre tu grito. Hasta que lo digas en el Cielo. La gracia del Señor esté siempre en ti».