34.2 Veo Belén, pequeña y blanca, recogida como una parvada bajo el claror de las estrellas. Dos calles principales la cortan en cruz: una, que llega desde fuera, y es la vía principal, que luego prosigue más allá del pueblo; la segunda va de un extremo a otro de éste, y ahí termina. Hay otras callecitas que dividen a este pueblecillo, pero sin la más mínima norma de planificación urbana como nosotros concebimos, sino adaptándose más bien al terreno sinuoso y a las casas que han ido surgiendo aquí o allá, según el capricho del suelo o del constructor. Estando unas hacia la derecha, otras hacia la izquierda, algunas formando arista con la calle que pasa por ellas, estas casas obligan a las calles a ser como una cinta que se desenrede tortuosamente, en vez de algo rectilíneo que vaya de una a otra parte sin desviarse. Una placita de vez en cuando, o bien por un mercado, o bien por una fuente, o porque se ha construido desperdigadamente sin criterio: restos de suelo al sesgo en que no es posible ya construir nada.
En el punto en que de forma particular me parece estar, hay precisamente una de estas placitas irregulares. Debería haber sido cuadrada, o, al menos, rectangular; sin embargo ha resultado un trapecio tan extraño que parece un triángulo acutángulo con el vértice truncado. En el lado más largo — la base del triángulo — hay una construcción ancha y baja, la más grande del pueblo. La rodea un muro liso y desnudo, abierto sólo en dos puntos: dos puertas, que ahora están perfectamente cerradas. Al otro lado del muro, sin embargo, en su vasto cuadrado, se abren en el primer piso muchas ventanas; en la planta baja hay unos pórticos que rodean a unos patios que tienen paja y detritos en el suelo y sus correspondientes pilones para abrevar a los caballos o a otros animales. En las toscas columnas de las arcadas hay unas argollas para atar a los animales, y, en uno de los lados, existe un vasto cobertizo para cobijar a rebaños y cabalgaduras. Comprendo que se trata de la posada de Belén.
En los otros dos lados iguales de la placita hay casas más o menos grandes, unas con un poco de huerto delante, otras no; efectivamente, algunas de ellas tienen la fachada hacia la plaza, mientras que otras, por el contrario, la parte de atrás. Finalmente, en el lado más corto, de frente al caravasar, hay una única casita con una escalerita externa que introduce a mitad de la fachada en las habitaciones del piso habitado. Todas las casas están cerradas porque es de noche. No hay nadie por las calles, dada la hora.
34.3 Veo intensificarse la luz nocturna que llueve del cielo lleno de estrellas, hermosísimas en el cielo oriental, tan vivas y grandes que parecen cercanas y se ve fácil llegarse adonde esas flores resplandecientes que están en el terciopelo del firmamento, y tocarlas. Levanto la mirada para tratar de comprender el origen de este aumento de luz... Una estrella, cuyo insólito tamaño le hace asemejarse a una pequeña Luna, avanza por el cielo de Belén. Las otras parecen eclipsarse y apartarse, cual siervas al paso de su reina, pues el resplandor es tan grande que las sumerge y las anula. Su globo, que parece un enorme zafiro pálido encendido internamente por un Sol, va dejando una estela en la que con el predominante color del zafiro claro se funden los amarillos de los topacios, los verdes de las esmeraldas, los opalescentes de los ópalos, los sanguíneos destellos de los rubíes y el delicado titilar de las amatistas. Todas las piedras preciosas de la Tierra están presentes en esa estela que barre el cielo con un movimiento veloz y ondulante, como si estuviera viva. El color que predomina, no obstante, es el que emana del globo de la estrella: el paradisíaco color de pálido zafiro que desciende a colorar de plata azul las casas, las calles, el suelo de Belén, cuna del Salvador. No es ya esa pobre villa que para nosotros no sería ni siquiera un pueblo; es una villa fantástica de fábula, en que todo es de plata, y el agua de las fuentes y de los pilones es de diamante líquido.
El efluvio de resplandor se hace más vivo. La estrella se detiene encima de la casita que está situada en el lado más corto de la plazuela. Ni los que en aquélla habitan ni los betlemitas la ven, pues están durmiendo en sus casas cerradas. Pero la estrella acelera sus latidos de luz; su cola vibra y ondula más intensamente trazando casi semicírculos en el cielo, que se ilumina todo por la red de astros que la estrella arrastra, por esta red llena de joyas resplandecientes que tiñen de los más hermosos colores a las otras estrellas, casi como si les transmitieran una palabra de alegría.
La casita ahora está toda bañada de este fuego líquido de gemas. El techo de la breve terraza, la escalerita de piedra oscura, la pequeña puerta... todo es como un bloque de pura plata sembrado todo de polvo de diamantes y perlas. Ningún palacio de la Tierra ha tenido jamás, ni la tendrá, una escalera como ésta, hecha para recibir el paso de los ángeles, para ser usada por la Madre que es Madre de Dios; sus pequeños pies de Virgen Inmaculada pueden apoyarse sobre ese cándido esplendor, esos sus pequeños pies destinados a descansar sobre los escalones del trono de Dios. Y, sin embargo, la Virgen está ajena de ello; Ella vela orante junto a la cuna de su Hijo. En su alma tiene resplandores que superan a éstos con que la estrella embellece las cosas.