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Notas del tema

La Virgen María en la vida pública de Cristo

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ECR 26

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Título del capítulo: José pide perdón a María. Fe, caridad y humildad para recibir a Dios.

Fecha de la visión y del dictado: Miércoles 31 de mayo de 1944

Calendario: Sábado 17 de agosto del año -5

Lugar (mapa) : Nazaret

Ciclo: Nacimiento e infancia de Jesús

Resumen: María está sola en su casa de Nazaret. Está sola, rezando, hasta que llaman a la puerta: es José. Viene a pedirle perdón y la Virgen le dice que no tiene nada que perdonarle. Pero su marido le responde que sabía que estaba embarazada de Emmanuel, y que había hecho mal al no dejar que se lo explicara. Iba a actuar sin consultarla primero, y lo consideró un insulto a su esposa. Así que le pide perdón, y el carpintero le revela todo el sufrimiento de sus últimos días. Él le preguntó por qué no le había contado su secreto, y María le respondió que si su humildad no hubiera sido tan perfecta, no se le habría concedido la gracia de ser la Madre del Salvador. Sea como fuere, José propuso celebrar la boda cuanto antes y empezar a planear la venida de Jesús. Él se angustia ante la idea de recibir a su Dios en su casa, pero María le tranquiliza y le habla de la alegría de ser los padres del Redentor.

A continuación, la Virgen dicta y comenta este episodio. A continuación, habla de las condiciones esenciales para agradar a Dios y tenerlo en el corazón: la fe, la caridad y la humildad absoluta. Además, la Madre nos anima a permanecer ocultos y a dejar que el Señor nos proclame sus siervos, como María, que le dejó actuar como quiso cuando estaba encinta del Espíritu Santo.

Contenido del capítulo: 26.1: Ver a María. 26.2: María se escabulle bajo la sombra de un manzano. 26.3: José llega y se disculpa por haber sospechado de ella. 26.4: María no hizo más que obedecer a Dios. 26.5: La boda tendrá lugar la semana siguiente. 26.6: Estaba pálida porque sufría el dolor de José. 26.7: Humildad en su máxima expresión, como la que llevaba. 26.8 : Las condiciones para agradar y recibir a Dios. 26.9 : Dejad que el Señor os proclame sus siervos.

ECR 26.2

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

26.2 Así, veo el huertecillo de Nazaret. María está hilando a la sombra de un tupidísimo manzano repleto de frutos, que ya empiezan a tomar color rojo y que parecen, con su redondez y color rosado, carrillos de niño.

Sin embargo, María no tiene, de ninguna manera, ese color. Le ha desaparecido la linda coloración que, en Hebrón, avivaba su cara. En la palidez de marfil de su rostro, sólo los labios trazan una curva de pálido coral. Bajo los párpados semicerrados hay dos sombras oscuras y los bordes de los ojos están hinchados como en quien ha llorado. No veo los ojos, porque Ella está con la cabeza más bien agachada, pendiente de su trabajo y, sobre todo, de un pensamiento suyo, que debe afligirla, pues la oigo suspirar como quien tuviera un pesar en el corazón.

Está toda vestida de blanco, de lino blanco; es que hace mucho calor, a pesar de que la frescura todavía intacta de las flores me dice que es por la mañana. Tiene la cabeza descubierta, y el Sol, que juega con las frondas del manzano movidas por un ligerísimo viento, y se filtra con agujas de luz hasta tocar la tierra oscura de los parterres, deposita en su cabeza rubia aritos de luz en que los cabellos parecen de oro obrizo.

De la casa no viene ningún ruido, ni tampoco de los lugares cercanos. De la casa no viene ningún ruido, ni tampoco de los lugares cercanos. Se oye sólo el murmullo del regatillo que va a un pilón del fondo del huerto.

Detalle

María sufre por José, que se ha dado cuenta de que está embarazada. Ella no puede explicarle lo sucedido, obedeciendo al mandato divino de guardar silencio (cf. EMV 18.7-10).

ECR 26.3-5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

26.3 María se estremece al oír un golpe dado con resolución a la puerta de la casa. Apoya rueca y huso y se levanta para ir a abrir. A pesar de que el vestido sea suelto y amplio, no llega a ocultar completamente la rotundidad de su pelvis.

Se encuentra de frente a José. María palidece, hasta incluso en los labios. Ahora su rostro parece una hostia de lo pálido que está. María mira con ojo que escruta tristemente; José, con ojo que parece suplicar. Guardan silencio, mirándose. María rompe el silencio: «¿A esta hora, José? ¿Necesitas algo? ¿Qué deseas decirme? Ven».

José entra y cierra la puerta. Todavía guarda silencio.

«Habla, José. ¿Qué deseas de mí?».

«Tu perdón». José se curva como si quisiera arrodillarse. Pero María, siempre tan reservada al tocarle, le agarra con resolución por los hombros y se lo impide.

El color aparece y desaparece del rostro de María, ora completamente roja, ora de nieve como antes. «¿Mi perdón? No tengo nada que perdonarte, José. No debo sino agradecerte una vez más todo cuanto has hecho aquí dentro, en mi ausencia, y el amor que me tienes».

José la mira. Veo formarse dos gruesas gotas en la cavidad de su ojo profundo, permanecer como en el borde de un recipiente, y luego deslizarse por las mejillas y por la barba. «Perdóname, María. He desconfiado de ti. Ahora veo. Soy indigno de poseer tan gran tesoro. He faltado a la caridad, te he acusado en mi corazón, te he acusado injustamente porque no te había preguntado la verdad. He faltado contra la ley de Dios no amándote como yo me habría amado a mí mismo...».

«¡Oh, no, no has faltado!».

«Sí, María. Si yo hubiera sido acusado de un delito así, me habría defendido. Tú... No te concedía defenderte, porque ya iba a tomar decisiones sin preguntarte primero. He faltado contra ti ofendiéndote con una sospecha. El solo hecho de sospechar ya es ofensa, María. El que sospecha no conoce. Yo no te he conocido como debía. Pero, por el dolor que he sufrido... tres días de suplicio..., perdóname, María».

«No tengo nada que perdonarte. Es más, te pido yo perdón por el dolor que te he causado».

«¡Oh, dolor sí que fue! ¡Cuánto dolor! Fíjate, esta mañana me han dicho que tengo las sienes canosas y arrugas en la cara. ¡Estos días han significado más de diez años de vida!

26.4 Pero, María, ¿por qué has sido tan humilde de celarme a mí, tu esposo, tu gloria, y permitirme que sospechara de ti?».

José no está de rodillas, pero sí tan curvado que es como si lo estuviera. María le pone su manita en la cabeza, y sonríe. Parece como si le absolviera. Dice: «Si no lo hubiera sido de modo perfecto, no habría merecido concebir al Esperado, que viene a anular la culpa de soberbia que ha destruido al hombre. Y además no he hecho sino obedecer... Dios me pidió esta obediencia... Me ha costado mucho... por ti, por el dolor que te produciría... pero, tenía que obedecer. Soy la Esclava de Dios, y los siervos no discuten las órdenes que reciben; las ejecutan, José, aunque provoquen lágrimas de sangre».

María, mientras dice esto, llora silenciosamente, tan silenciosamente que José, agachado como está, no lo advierte hasta que no cae una lágrima al suelo. Entonces, levanta la cabeza y — es la primera vez que le veo hacer este gesto — aprieta las manitas de María entre las suyas, oscuras y fuertes, y besa la punta de sus rosados y delgados dedos, de esos dedos que sobresalen del anillo de sus manos como capullos de melocotonero.

26.5 «Ahora habrá que tomar las medidas necesarias para que...». José no sigue; mira al cuerpo de María, y Ella se pone como la púrpura, y se sienta de golpe para apartar sus formas de la mirada que la observa. «Habrá que actuar rápidamente. Yo vendré aquí... Cumpliremos la ceremonia de la boda... La próxima semana. ¿Te parece bien?».

«Todo lo que tú haces está bien, José. Tú eres el jefe de la casa; yo, tu sierva».

«No. Yo soy tu siervo. Yo soy el beato siervo de mi Señor que crece en tu seno. Bendita tú entre todas las mujeres de Israel. Esta tarde aviso a los parientes. Y después... ya estando yo aquí, nos dedicaremos a preparar todo para recibir... ¡Oh, cómo podré recibir en mi casa a Dios; en mis brazos, a Dios? ¡Moriré de gozo!... ¡Jamás podré osar tocarle!...».

«Podrás, como yo, por gracia de Dios».

«Pero tú eres tú. ¡Yo soy un pobre hombre, el más pobre de los hijos de Dios!...».

«Jesús viene por nosotros, pobres, para hacernos ricos en Dios; viene a nosotros dos porque somos los más pobres y reconocemos que lo somos. Exulta, José. La estirpe de David tiene a su Rey esperado, y nuestra casa va a ser más fastuosa que el palacio de Salomón, porque aquí estará el Cielo y compartiremos con Dios el secreto de paz que después conocerán los hombres. Crecerá entre nosotros dos. Nuestros brazos le servirán de cuna al Redentor durante su crecimiento, y nuestras fatigas le procurarán el pan... ¡Oh, José! Oiremos la voz de Dios llamándonos “¡padre y Madre!” ¡Oh!...».

María llora de alegría; ¡un llanto tan feliz...! Y José, arrodillado ahora, a sus pies, llora, con su cabeza casi oculta en el amplio vestido de María que cae, formando pliegues, sobre las pobres baldosas de la reducida estancia.

La visión termina en este momento.

ECR 26.6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

26.6 Dice María:

«Que nadie interprete erróneamente mi palidez. No provenía de miedo humano. Humanamente no podía esperar sino la lapidación. Pero no temía por eso. Sufría por el dolor de José. Y, en cuanto al pensamiento de que me acusara, no me turbaba tampoco por mí; lo único que me contrariaba era que él, insistiendo en acusarme, hubiera podido faltar a la caridad. Cuando le vi, por este motivo, la sangre me fue toda al corazón; era el momento en que un justo, ofendiendo a la Caridad, habría podido ofender a la Justicia. Y el hecho de que un justo hubiera cometido una falta — él, que no la cometía nunca — me hubiera producido un dolor supremo.»

ECR 27

El Evangelio como me ha sido revelado

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Título del capítulo : El edicto del censo. Enseñanzas sobre el amor al marido y la confianza en Dios.

Fecha de la visión y del dictado: Domingo 4 de junio de 1944

Calendario: Domingo 17 de noviembre 5 d.C.

Lugar (mapa) : Nazaret

Ciclo: Nacimiento e infancia de Jesús

Resumen: María está en casa. Su embarazo está muy avanzado. María lo describe y explica que así se verá en su cuerpo glorificado. Luego retoma el relato y llega José. Sonríe a su esposa, pero está preocupado. María se da cuenta, y él le explica que se acaba de publicar un edicto. Él estaba preocupado por María, que tendría que hacer el viaje, pero la Virgen pensaba en las Sagradas Escrituras y sentía que el nacimiento tendría lugar allí. Confió sus pensamientos a José, que se alarmó y preocupó aún más, y ella le tranquilizó, diciéndole que confiara en Dios. Al escucharla, José se tranquilizó, sonrió y decidió ponerse manos a la obra en el viaje que tenía por delante.

Contenido del capítulo: 27.1: El avanzado embarazo de María y su eterna juventud. 27.2: Se publica el edicto: hay que ir a Belén. 27.3: Allí nacerá el Mesías. 27.4: José vuelve a sonreír. 27.5: Lo que pesa sobre los hombros de los novios respectivamente. 27.6: La confianza en Dios resume las virtudes teologales. 27.7: Nada puede suceder sin el permiso de Dios.

ECR 27.1

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

27.1 De nuevo veo la casa de Nazaret, la pequeña habitación en que María habitualmente come. Ahora Ella está trabajando en una tela blanca. La deja para ir a encender una lámpara, pues está atardeciendo y no ve ya bien con la luz verdosa que entra por la puerta entornada que da al huerto. Cierra también la puerta.

Observo que su cuerpo está ya muy engrosado, pero sigue viéndosela muy hermosa. Su paso continúa siendo ágil; todos sus movimientos, donosos. No se ve en Ella ninguna de esas sensaciones de peso que se notan en la mujer cuando está próxima a dar a luz a un niño. Sólo en el rostro ha cambiado. Ahora es “la mujer”. Antes, cuando el Anuncio, era una jovencita de carita serena e ingenua (como de niño inocente). Luego, en la casa de Isabel, cuando el nacimiento del Bautista, su rostro se había perfeccionado, adquiriendo una gracia más madura. Ahora es el rostro sereno, pero dulcemente majestuoso, de la mujer que ha alcanzado su plena perfección en la maternidad.

Ya no recuerda a esa “Virgen de la Anunciación” de Florencia que usted tanto aprecia, padre. Cuando era niña, yo sí que la veía reflejada en ella. Ahora el rostro es más alargado y delgado; el ojo, más pensativo y grande. En pocas palabras: como es María actualmente en el Cielo. Porque ahora ha asumido el aspecto y la edad del momento en que nació el Salvador.

Tiene la eterna juventud de quien no sólo no ha conocido corrupción de muerte, sino que ni siquiera ha conocido el marchitamiento de los años. El tiempo no ha tocado a esta Reina nuestra y Madre del Señor que ha creado el tiempo. Es verdad que en el suplicio de los día­s de la Pasión — suplicio que para Ella empezó muchísimo antes, podría decir que desde que Jesús comenzó la evangelización — se la vio envejecida, pero tal envejecimiento era sólo como un velo corrido por el dolor sobre su incorruptible cuerpo. Efectivamente, desde cuando Ella vuelve a ver a Jesús, resucitado, torna a ser la criatura fresca y perfecta de antes del suplicio: como si al besar las santísimas Llagas hubiera bebido un bálsamo de juventud que hubiese cancelado la obra del tiempo y, sobre todo, del dolor. También hace ocho días, cuando he visto la venida del Espíritu Santo el día de Pentecostés, veía a María “hermosísima y, en un instante, rejuvenecida”, como escribía; ya antes había escrito: “Parece un ángel azul”. Los ángeles no experimentan la vejez. Poseen eternamente la belleza de la eterna juventud, del eterno presente de Dios que en sí mismos reflejan.

La juventud angélica de María, ángel azul, se completa y alcanza la edad perfecta — que se ha llevado consigo al Cielo y que conservará eternamente en su santo cuerpo glorificado, cuando el Espíritu pone el anillo nupcial a su Esposa y la corona en presencia de todos — ahora, y no ya en el secreto de una habitación ignorada por el mundo, con un arcángel como único testigo.

He querido hacer esta digresión porque la consideraba necesaria. Ahora vuelvo a la descripción.

María, pues, ahora ya es verdaderamente “mujer”, llena de dignidad y donaire. Incluso su sonrisa se ha transformado, en dulzura y majestad. ¡Qué hermosa está María!

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Descripción física de Marie

ECR 27.2-4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Entra José. Da la impresión de que vuelve del pueblo, porque entra por la puerta de la casa y no por la del taller. María levanta la cabeza y le sonríe. También José le sonríe a Ella... no obstante, parece como si lo hiciera forzado, como quien estuviera preocupado. María le observa escrutadora y se levanta para coger el manto que José se está quitando, para doblarlo y colocarlo encima de un arquibanco.

José se sienta al lado de la mesa. Apoya en ella un codo y la cabeza en una mano mientras con la otra, absorto, se peina y despeina alternativamente la barba.

«¿Estás preocupado por algo?» pregunta María. «¿Te puedo servir de consuelo?».

«Tú siempre me confortas, María. Pero esta vez es una gran preocupación... por ti».

«¿Por mí, José? ¿Y qué es, pues?».

«Han puesto un edicto en la puerta de la sinagoga. Ha sido ordenado el empadronamiento de todos los palestinos. Hay que ir a anotarse al lugar de origen. Nosotros tenemos que ir a Belén...».

27.3 «¡Oh!» interrumpe María, llevándose una mano al pecho.

«¿Te preocupa, verdad? Es penoso. Lo sé».

«No, José, no es eso. Pienso... pienso en las Sagradas Escrituras: Raquel, madre de Benjamín y esposa de Jacob, del cual nacerá la Estrella, el Salvador. Raquel, que está sepultada en Belén; de la que se dijo: “Y tú, Belén Efratá, eres la más pequeña entre las tierras de Judá, mas de ti saldrá el Dominador”, el Dominador prometido a la estirpe de David; Él nacerá allí...».

«¿Piensas... piensas que ya ha llegado el momento? ¡Oh! ¿Qué podemos hacer?». José está enormemente preocupado y mira a María con ojos llenos de compasión.

Ella lo percibe, y sonríe. Su sonrisa es más para sí que para él. Es una sonrisa que parece decir: «Es un hombre; justo, pero hombre. Y ve como hombre, piensa como hombre. Sé compasiva con él, alma mía, y guíale a la visión de espíritu». Y su bondad la impulsa a tranquilizarle. No mintiendo, sino tratando de quitarle la preocupación, le dice: «No sé, José. El momento está muy cercano, pero, ¿no podría el Señor alargarlo para aliviarte esta preocupación? Él todo lo puede. No temas».

«¡Pero el viaje!... Y además, ¡con la cantidad de gente que habrá!... ¿Encontraremos un buen lugar para alojarnos? ¿Nos dará tiempo a volver? Y si... si eres Madre allí, ¿cómo nos las arreglaremos? No tenemos casa... No conocemos a nadie...».

«No temas. Todo saldrá bien. Dios provee para que encuentre un amparo el animal que procrea, ¿y piensas que no proveerá para su Mesías? Nosotros confiamos en Él, ¿no es verdad? Siempre confiamos en Él. Cuanto más fuerte es la prueba, más confiamos. Como dos niños, ponemos nuestra mano en su mano de Padre. Él nos guía. Estamos completamente abandonados en Él. Mira cómo nos ha conducido hasta aquí con amor. Ni el mejor de los padres podría haberlo hecho con más esmero. Somos sus hijos y sus siervos. Cumplimos su voluntad. Nada malo nos puede suceder. Este edicto también es voluntad suya. ¿Qué es César, sino un instrumento de Dios? Desde que el Padre decidió perdonar al hombre, ha predispuesto los hechos para que su Hijo naciera en Belén. Antes de que ella, la más pequeña de las ciudades de Judá, existiera, ya estaba designada su gloria. Para que esta gloria se cumpla y la palabra de Dios no quede en entredicho — y lo quedaría si el Mesías naciera en otro lugar — he aquí que ha surgido un poderoso, muy lejos de aquí, y nos ha dominado, y ahora quiere saber quiénes son sus súbditos, ahora, en un momento de paz para el mundo... ¡Qué es una pequeña molestia nuestra comparada con la belleza de este momento de paz! Fíjate, José, ¡un tiempo en que no hay odio en el mundo! ¿Existe, acaso, hora más feliz que ésta, para que surja la “Estrella” de luz divina y de influjo redentor? ¡Oh, no tengas miedo, José! Si inseguros son los caminos, si la muchedumbre dificulta la marcha, los ángeles serán nuestra defensa y nuestro parapeto; no de nosotros, sino de su Rey. Si no encontramos un lugar donde ampararnos, sus alas nos harán de tienda. Nada malo nos sucederá, no puede sucedernos: Dios está con nosotros».

27.4 José la mira y la escucha beato. Las arrugas de la frente se alisan, la sonrisa vuelve. Se pone en pie, ya sin cansancio y sin pena. Sonríe. «¡Bendita tú, Sol del espíritu mío! ¡Bendita tú, que sabes ver todo a través de la Gracia que te llena! No perdamos tiempo, pues, porque hay que partir lo antes posible y... volver cuanto antes, porque aquí todo está preparado para el... para el...».

«Para el Hijo nuestro, José. Tal debe ser a los ojos del mundo, recuérdalo. El Padre ha velado de misterio esta venida suya, y nosotros no debemos descorrer el velo. Él, Jesús, lo hará, llegada la hora...».

La belleza del rostro, de la mirada, de la expresión, de la voz de María al decir este «Jesús» no es describible. Es ya el éxtasis, y con este éxtasis cesa la visión.

ECR 27.4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

¡Bendita tú, Sol del espíritu mío! ¡Bendita tú, que sabes ver todo a través de la Gracia que te llena!

ECR 28

El Evangelio como me ha sido revelado

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Título del capítulo : La llegada a Belén

Fecha de la visión: Lunes 5 de junio de 1944

Calendario: Martes 10 de diciembre -5 d.C.

Lugar (mapa) : Belén

Ciclo: Nacimiento e infancia de Jesús

Resumen: María y José se ponen en camino hacia Belén. María va en burro y José a pie, ya que no pudo conseguir dos burros. El marido de la Virgen le pregunta si está cansada, pero ella le tranquiliza. Cuando José le pregunta si tiene frío, ella también le tranquiliza, pero esta vez su tutor no queda satisfecho con su respuesta y juzga que tiene los pies fríos. Así que le da una manta más.

Por el camino, la pareja se encuentra con Elías, uno de los futuros pastores que vendrán a adorar a Cristo. Le acompaña su rebaño de ovejas y les da leche fresca. Dado el estado de María, les da información sobre Belén y les dice que está llena de gente a causa del edicto. El hombre les dio algunos consejos valiosos si no encontraban refugio, y les dijo que fueran a las cabañas de la montaña si realmente no encontraban nada.

Cuando se ponen de nuevo en camino, María le dice a su marido que cree que ha llegado el momento. La Virgen estaba realmente feliz por el nacimiento de su Hijo, pero José no lo estaba tanto y se apresuró a buscarles alojamiento. Nadie les recibe y ya es de noche. Así que se ven obligados a ir a los refugios mencionados por Elías, pero los mejores lugares están ocupados. Finalmente, fueron dirigidos a un cubil muy pobre, donde sólo había un buey. Se instalaron allí a falta de algo mejor, pero como dijo José, "es mejor que nada". El animal era muy dócil y aceptó a los nuevos visitantes. José prepara un lugar para María calentando heno y luego, cuando todo está listo, la anima a dormir. Y así termina la visión.

Contenido del capítulo: 28.1: En el camino, en pleno invierno. 28.2: No sé si encontrarás un lugar donde quedarte. 28.3: No hay sitio en la posada. 28.4: Una especie de cueva donde hay un buey. 28.5: José está ocupado instalándose. 28.6: La visión habla por sí misma.

ECR 28.1-6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

28.1 Veo una vía de primer orden muy transitada. Jumentos que van cargados de todo tipo de cosas y de personas. Jumentos que regresan. La gente azuza a sus cabalgaduras. Otros, los que van a pie, caminan deprisa porque hace frío.

Hay un aire terso y seco, el cielo está sereno; todo tiene, no obstante, ese filo neto de los días de pleno invierno. El campo, desnudo, parece más grande; está poco crecida y ya requemada por los vientos invernales la hierba de los pastos en que las ovejas buscan un poco de alimento, y también de sol, que está saliendo poco a poco. Están pegadas las unas a las otras, porque también ellas tienen frío; y balan, levantando el morro y mirando al Sol como diciendo: «¡Ven pronto, que hace frío!». El terreno es ondoso. Las sinuosidades se hacen cada vez más netas; es propiamente una zona de colinas, con depresiones herbosas y laderas, con pequeños valles y cimas. El camino pasa por el medio en dirección sudeste.

María va montada en un borriquillo pardo, toda arropada en su grueso manto. En la parte de adelante de la albardilla está ese arnés ya visto en el viaje hacia Hebrón; encima, el baulillo con las cosas más necesarias.

José camina al lado llevando las riendas. De vez en cuando le pregunta a María si está cansada.

Ella le mira sonriendo y le responde que no; pero a la tercera vez añade: «Tú sí que estarás cansado, que vas a pie».

«¡Oh!, ¿yo? Para mí no es nada. Lo que pienso es que si hubiera encontrado otro asno podrías ir más cómoda y además llegaríamos antes. Pero, me ha sido imposible encontrarlo; ahora todos necesitan una cabalgadura. ¡Ánimo de todas formas! Pronto llegaremos a Belén. Al otro lado de aquel monte está Efratá».

Ahora guardan silencio. La Virgen cuando calla parece recogerse internamente en oración. Sonríe dulcemente por un pensamiento suyo, y, cuando mira a la gente, parece como si no viera en ella lo que es (un hombre, una mujer, un anciano, un pastor, un rico o un pobre), sino eso que sólo Ella ve.

«¿Tienes frío?» pregunta José, dado que empieza a levantarse viento.

«No, gracias».

Pero José no se fía. Le toca los pies, que penden por el lado del borriquillo, los pies calzados en las sandalias y que apenas si se ven sobresalir del largo vestido; debe sentirlos fríos porque menea la ca­beza y se quita una manta que llevaba en bandolera y arropa con ella las piernas de María, y se la extiende también sobre el regazo, de forma que sus manos, bajo la cobija y el manto, estén bien calientes.

28.2 Encuentran a un pastor, que corta el camino con su rebaño, pasando de los pastos de la derecha a los de la izquierda. José se inclina hacia él para decirle algo. El pastor hace un gesto afirmativo. José toma el borriquillo y tira de él detrás del rebaño hasta el prado. El pastor saca de una alforja una tosca escudilla, ordeña a una gruesa oveja de ubres llenas, da la escudilla a José y éste a su vez se la ofrece a María.

«¡Que Dios os bendiga a los dos! — dice María —. A ti, por tu amor; y a ti por tu bondad. Oraré por ti».

«¿Venís de lejos?».

«De Nazaret» responde José.

«¿Y vais hacia...?».

«A Belén».

«Largo viaje para esta mujer en este estado. ¿Es tu esposa?».

«Es mi esposa».

«¿Tenéis dónde ir?».

«No».

«¡Mala cosa! Belén está llena de gente llegada de todas partes para inscribirse o para ir a otro lugar. No sé si encontraréis alojamiento. ¿Conoces bien este lugar?».

«No mucho».

«Bueno, pues... yo te digo... por Ella (y señala a María). Preguntad por la posada. Estará llena. Más que nada os lo digo como referencia. Está en una plaza, en la más grande. Se llega por este mismo camino, no hay pérdida posible. Delante hay una fuente. La posada es grande y baja y tiene un portal grande. Estará llena. De todas formas, si no encontráis nada en ella ni en las otras casas, id a la parte de atrás de la posada, hacia el campo. En el monte hay unos establos que algunas veces les sirven a los mercaderes que van a Jerusalén para meter a los animales que no tienen sitio en la posada. Son establos — ya sabéis — que están en el monte; por tanto, húmedos, fríos y sin puerta. Pero son al menos un refugio; esta mujer... no puede quedarse en la calle. Quizás allí encontráis un sitio... y heno para dormir y para el burro... ¡Y que Dios os acompañe!».

«¡Y que alegre tus días!» responde María. José en cambio dice: «La paz sea contigo».

28.3 Vuelven al camino. Salvan una prominencia del terreno desde la que se ve una depresión más vasta limitada por delicadas pendientes. En la cuenca y arriba y abajo por las laderas hay casas y más casas: es Belén.

«Estamos en la tierra de David, María. Ahora podrás descansar. Te veo muy cansada...».

«No. Estaba pensando... estoy pensado...». María le coge la mano a José y, sonriendo con beatitud, le dice: «Tengo la firme impresión de que ha llegado el momento».

«¡Dios de misericordia! ¿Qué hacemos?».

«No te preocupes, José. Permanece firme. ¿No ves lo tranquila que estoy yo?».

«Pero estás sufriendo mucho».

«¡Oh! ¡no! Estoy llena de gozo. Siento un júbilo tal, tan fuerte, tan hermoso, tan incontenible, que mi corazón late fortísimamente y me dice: “¡Va a nacer! ¡Va a nacer!”. Lo dice en cada latido. Es mi Niño, que llama a mi corazón y me dice: “Mamá, estoy aquí, vengo a darte el beso de Dios”. ¡Oh, qué alegría, José mío!».

José, sin embargo, no está jubiloso. Piensa más bien en la urgencia de encontrar un lugar donde ampararse, y acelera el paso. Puerta por puerta lo solicita... Nada. Todo lleno. Llegan a la posada... Está llena, incluso con gente prácticamente al raso bajo el rústico pórtico que rodea el vasto patio interior.

José deja a María montada en su burrito, dentro del patio, y sale para buscar en las otras casas. Vuelve desconsolado. No hay ningún sitio. El rápido crepúsculo invernal comienza a extender sus velos. José le suplica al posadero, suplica a los que han venido de fuera: ellos son hombres, y están sanos; aquí hay una mujer que está para dar a luz a un hijo; que tengan piedad... Nada.

Un rico fariseo, que los está mirando con desprecio manifiesto, cuando María se acerca, se separa como si hubiera sido una leprosa la que se hubiera acercado. José le mira, y se le enciende de indignación el rostro. María le pone una mano en su muñeca, para calmarle, y le dice: «No insistas. Vamos. Dios proveerá».

28.4 Salen. Siguen el muro de la posada. Tuercen por una callejuela encajonada entre aquélla y unas casas pobres. Giran hacia la parte de atrás de la posada. Buscan. Hay una especie de grutas. Por lo bajas que son y lo húmedas que están, diría que más que establos son bodegas. Las más lindas ya están ocupadas. José siente caérsele el alma a los pies.

«¡Eh! ¡Galileo!» le grita por detrás un viejo. «Allí, en el fondo, bajo aquellas ruinas, hay una guarida. Quizás todavía no se ha metido nadie».

Se apresuran hacia esa “guarida”. Es realmente una guarida. Entre las ruinas de lo que sería un edificio, hay una abertura; dentro, una gruta, más que una gruta una cavidad excavada en el monte. Diríase que son los cimientos de la antigua construcción, cuyos restos derrumbados, apuntalados con troncos de árbol casi sin desbastar, hacen de techo.

Para ver mejor, puesto que hay poquísima luz, José trae yesca y piedra de chispa, y enciende una lamparita que ha sacado del talego que lleva cruzado al pecho. Entra. Un mugido le saluda. «Ven, María; está vacía, sólo hay un buey». José sonríe. «¡Mejor que nada...!».

28.5 María baja del burrito y entra.

José ha colgado la lamparita de un clavo que está hincado en uno de los troncos de sostén. Se ve la techumbre llena de telas de araña, y pajas esparcidas por todo el suelo (que es de tierra batida y su superficie es completamente irregular; con hoyos, guijarros, detritos y excrementos). En la parte del fondo, un buey, con heno colgándole de la boca, se vuelve y mira con ojos tranquilos. Hay un tosco taburete y dos piedras en un ángulo ennegrecido — señal de que en ese lugar se enciende fuego — que está junto a una tronera.

María se acerca al buey. Tiene frío. Le pone las manos sobre el cuello para sentir su calorcillo. El buey muge; se deja. Parece como si hubiera comprendido. Se deja también cuando José le separa un poco para coger abundante heno del pesebre para hacerle a María una yacija — el pesebre es doble: está el en que come el buey, y, encima, una especie de estante con heno de reserva; éste es el que coge José. Y le hace sitio al burrito, que, cansado y hambriento, en seguida se pone a comer.

José encuentra también un cubo volcado y todo abollado. Sale — porque fuera había visto un regato — y vuelve con agua para el borriquillo. Luego se hace con un haz de ramajes que estaba en un rincón y trata de barrer un poco el suelo. Después extiende el heno, hace con él una yacija, junto al buey, en el ángulo más seco y resguardado; pero siente que este mísero heno está húmedo, y suspira. Enciende el fuego y, con una paciencia de cartujo, lo seca a manojos cerca del calor.

María, sentada en el taburete, cansada, mira sonriente. Ya está. María se dispone mejor sobre el mullido heno, con los hombros apoyados en un tronco. José termina de... aparejar la estancia extendiendo su manto como si fuera una cortina en la apertura que hace de puerta. Una protección muy relativa. Luego le ofrece a la Virgen pan y queso, y le da a beber agua de un boto.

«Duerme ahora» le dice. «Yo velaré, para que la lumbre no se apague. Menos mal que hay leña. Esperemos que dure y que arda. Así podré ahorrar aceite de la lámpara».

María se echa obedientemente. José, con la manta que tenía en los pies y con el manto de la misma María, la tapa.

«¿Y tú?... Vas a pasar frío».

«No, María. Estoy junto al fuego. Trata de descansar. Mañana irá mejor».

María cierra los ojos sin insistir más. José se pone en su rinconcillo, sentado en el taburete, con unas — pocas — ramillas secas al lado; no creo que duren mucho.

Están colocados así: María a la derecha, dando la espalda a la... puerta, semioculta por el tronco y por el cuerpo del buey, que está recostado ahora en la cama de paja; José a la izquierda y de cara a la puerta, en diagonal por tanto; estando frente al fuego, da la espalda a María, pero, de vez en cuando, se vuelve a mirarla, y la ve tranquila, como si durmiera. Rompe lentamente sus ramitas, y las va echando, una a una, en el débil fuego para que no se apague, para que dé luz, para que la poca leña dure. La única luz, ora más viva, ora mortecina, es la del fuego; la lámpara está ya apagada; en la penumbra resalta sólo el blancor del buey y del rostro y manos de José. Todo el resto es una masa que se confunde en la penumbra densa.

28.6 «No hay dictado» dice María. «La visión habla por sí sola. Tarea vuestra es entender la lección de caridad, humildad y pureza que de ella emana. Descansa. Velando, descansa, como yo velaba esperando a Jesús. Vendrá a traerte su paz».

Anotación

Lucas 2:4-5:

También José subió de Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David llamada Belén. Porque era de la casa y del linaje de David. Vino a empadronarse con María, que le había sido dada en matrimonio y estaba embarazada.