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Notas del tema

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Comodidad de lectura

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ECR 183

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Título del capítulo: Curación de un herido en casa de María Magdalena.

Fecha de la visión: sábado 12 de agosto de 1944

Calendario: Miércoles 23 febrero 28 (10 Adar I 3788) según maria-valtorta.org; viernes 3 marzo 28 según Valtorta.fr

Lugar (mapa): Magdala. La encrucijada que toma Jesús se encuentra probablemente en este mapa.

Ciclo: Apostolado en Galilea

Resumen: Jesús sigue su camino Pedro se pregunta si van a Cafarnaún, y se entera por Jesús de que van a Magdala. Esto le escandaliza un poco, y Jesús le informa que tendrá que ir a verdaderos burdeles por amor a Él. Pero ni Juan, ni él, ni los demás se contaminarán mientras nos neguemos a que la impureza entre en nuestros corazones. Judas refunfuña para sus adentros, y el Maestro le ordena que no calumnie para sus adentros y que no se confíe. Después de pedir consejo a Mateo en el camino, el grupo apostólico se dirige al barrio más rico de Madgala y oyen un grito. Había habido una pelea entre un romano y un judío que se estaba muriendo por culpa de María de Magdala. La madre del moribundo está desesperada y acusa a María de haberlo puesto en ese estado. Jesús se fija en la hermana de Lázaro, pero se interesa más por el moribundo y pide que lo lleven a casa de su madre para poder realizar el milagro. Finalmente, pide a la madre que perdone a María Magdalena y cura al adúltero por su mujer y sus hijos.

Después se marcha sin decir una palabra a María Magdalena y reprende a Pedro cuando habla mal de ella.

Contenido del capítulo: 183.1: Decisión sorprendente de ir a Magdala. 183.2: Se ha cometido un asesinato. 183.3: Es en casa de María Magdalena. 183.4: Jesús cura a la víctima por parentesco, pero fuera de la casa del pecado. 183.5: ¡Pedro! No insultes. Reza por los pecadores.

Edición antigua: Tomo 3, capítulo 43

ECR 183.2-5 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

(...) Se oye un gran coro de llanto, proveniente del interior de una rica mansión: son voces de mujeres y niños, y, agudísima, una voz femenina que grita: «¡Hijo! ¡Hijo!».

Jesús se vuelve y mira a los apóstoles. Judas se adelanta unos pasos. «Tú no» ordena Jesús. «Tú, Mateo; ve y pregunta».

Mateo va y regresa. «Una pelea, Maestro. Un hombre está muriendo. Es un judío. El que le ha herido se ha escapado; era un romano. Han llegado enseguida su mujer y su madre y los niños... Está muriendo».

«Vamos».

«Maestro... Maestro... Ha ocurrido en casa de una mujer... que no es la esposa».

«Vamos».

183.3

La puerta de la casa está abierta. Entran en un largo y ancho vestíbulo que da a un bonito jardín (la casa parece estar dividida por esta especie de peristilo cubierto y muy rico en plantas verdes en macetas y con muchas estatuas y objetos taraceados; mitad sala, mitad invernáculo). Hay mujeres llorando en una habitación que da al vestíbulo y cuya puerta está abierta de par en par. Jesús entra sin vacilaciones. No pronuncia su saludo habitual.

Entre los hombres presentes hay un mercader que debe conocer a Jesús, porque nada más verle dice: «¡El Rabí de Nazaret» y le saluda respetuosamente.

«José, ¿qué ha sucedido?».

«Maestro, una puñalada en el corazón... Está muriendo».

«¿Cuál ha sido la causa?».

Una mujer entrecana y despeinada se levanta — estaba arrodillada junto al moribundo, sujetándole una mano ya inerte — y, con ojos de loca, dice a voz en grito: «Ella, ella... Me lo ha maleado... ¡Para él ya no había ni madre ni mujer ni hijos! ¡Al infierno has de ir, diablo!».

Jesús alza los ojos siguiendo la mano que temblando acusa, y ve en el rincón, contra la pared de color rojo oscuro, a María de Magdala, más procaz que nunca; la mitad del cuerpo vestida... yo diría... de nada, porque de la cintura hacia arriba está semidesnuda, con una especie de redecilla, de malla exagonal, de unas cositas redondas que parecen pequeñas perlas (de todas formas, estando en penumbra, no veo bien).

Jesús baja de nuevo sus ojos. A María le sienta como un bofetón esta indiferencia; se endereza — antes estaba ligeramente agachada — y finge una actitud desenvuelta.

«Mujer — dice Jesús a la madre — no impreques. Responde: ¿Por qué estaba tu hijo en esta casa?».

«Ya te lo he dicho. Porque ella le había desquiciado. Ella».

«Silencio. También él entonces — siendo adúltero y padre indigno de estos inocentes — pecaba; merece, por tanto, su castigo. Ni en esta vida ni en la otra hay misericordia para el que no se arrepiente.

No obstante, siento piedad de tu dolor y de estos inocentes.

183.4

¿Está lejos tu casa?».

«A unos cien metros».

«Levantad a este hombre y llevadle».

«No es posible, Maestro» dice el mercader José. «Está para morir de un momento a otro».

«Haz lo que digo».

Pasan una tabla por debajo del cuerpo del moribundo. El cortejo sale lentamente, cruza la calle, entra en un sombreado jardín. Las mujeres siguen llorando rumorosamente.

Nada más entrar el cortejo en el jardín, Jesús se vuelve a la madre: «¿Puedes perdonar? Si tú perdonas, Dios perdona. Es necesario hacerse bueno el corazón para obtener gracia. Este hombre ha pecado y pecará más veces; mejor le sería morir, porque, viviendo, volverá a caer en el pecado y tendrá que responder además de la ingratitud hacia Dios salvador. Pero, tú y estos inocentes — y señala a la esposa y a los niños — caeríais en la desesperación. Yo he venido para salvar y no perder. Hombre, Yo te lo digo: ¡vuelve y queda curado!».

El hombre reprende vida y abre los ojos; ve a su madre, a sus hijos, a su mujer, e inclina la cabeza avergonzado.

«Hijo, hijo» dice la madre. «Hubieras muerto si no te hubiera salvado Él. Torna en ti. No delires por una...».

Jesús interrumpe a la anciana. «Mujer, calla. Sé misericordiosa como contigo se ha sido. Tu casa ha sido santificada por el milagro, que es siempre prueba de la presencia de Dios. Por este motivo no lo he podido cumplir donde había pecado. Que al menos tú sepas conservarla, aunque este hombre no sepa hacerlo. Cuidadle ahora. Es justo que sufra un poco. Sé buena, mujer. Y tú. Y vosotros, pequeños. Adiós». Jesús ha posado la mano sobre la cabeza de las dos mujeres y de los pequeñuelos.

183.5

Luego sale, pasando por delante de la Magdalena, que ha seguido al cortejo hasta el otro lado de la calle y se ha quedado apoyada contra un árbol. Jesús aminora el paso como aguardando a los discípulos, pero creo que su verdadera intención es la de darle a María ocasión de hacer un gesto; pero ella no lo hace.

Los discípulos se unen a Jesús. Pedro no puede contenerse y entre dientes dice a María un epíteto adecuado. Ella, que quiere aparentar desenvoltura, rompe a reír con una carcajada de mísera victoria.

Pero Jesús ha oído la palabra de Pedro y se vuelve a él severo: «Pedro, Yo no insulto; no insultes tú. Ruega por los pecadores, nada más».

María quiebra el gorjeo de su risa, agacha la cabeza y huye como una gacela en dirección a su casa.

Detalle

Caso de adulterio en Magdala.

Anotación

Su casa queda santificada por el milagro, que es siempre prueba de la presencia de Dios. En EMV 234.4/5, Jesús se extiende sobre este milagro y su contexto.