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ECR 174

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Título del capítulo: Sexto Sermón de la Montaña: elegir entre el bien y el mal, el adulterio y el divorcio. Llegada intempestiva de María Magdalena.

Fecha de la visión: martes 29 de mayo de 1945 (174.1-10); sábado 12 de agosto de 1944 (EMV 174.11-14); martes 29 de mayo de 1945 (174.15-22).

Calendario: viernes 18 de febrero 28 (5 Adar I 3788)

Lugar (mapa): Los Cuernos de Hattin

Ciclo: Sermón de la Montaña

Resumen: Hay una multitud. Tomás y Judas la dividen en varios grupos: uno para los enfermos, otro para los que esperan un centavo, otro para los que esperan las enseñanzas de Jesús. Pedro está con los niños, a algunos de los apóstoles les gusta llevar al Señor a los enfermos, Andrés y Juan recogen limosnas de los fieles. Les aborda una mujer que necesita hablar con el Maestro de asuntos personales, que nada tienen que ver con la salud o la enfermedad. Así que Juan la lleva a una tienda mientras Andrés va a contárselo al Maestro, y otros dos desgraciados se unen a la mujer para exponerle sus miserias. Antes de acudir a ellos, el Maestro curó a los enfermos y a una niña con una lesión en la columna. Luego fue a escuchar a estas tres almas que le esperaban. La primera tenía un marido que se había ido con una prostituta: consiguió su conversión. La segunda tenía una hija que se había vuelto lasciva después de una visita a Tiberíades: el padre fue a ver a Juana de Kouza y ella le invitó a encontrar a Jesús. El padre consiguió la conversión de su hija, pero tuvo que encargarse de perdonarla. Por último, el tercero cuenta una disputa con sus hermanos por la herencia. Le acusaron de haber robado el dinero, pero había sido el padre, ya fallecido, quien había trasladado el cofre sin avisarles. Jesús le dice que sus hermanos encontraron el dinero mientras él estaba fuera y que se han arrepentido. Pero el hombre prefiere escuchar a Jesús antes que marcharse de inmediato.

Jesús da entonces un sermón. El hombre puede elegir entre tomar el camino que lleva hacia arriba, es decir, hacia Dios, o tomar el camino que lleva hacia abajo, es decir, hacia Satanás. Tiene libre albedrío. Por supuesto, Satanás tienta, pero Dios también tienta a las almas con su Palabra, con sus promesas, con su amor. Si alguien dice que quería convertir a un alma, pero se dejó corromper por el mal de su prójimo, es porque su corazón estaba dispuesto a aceptar ese mal o ese pecado. Por eso Cristo nos anima a resistir a la sensualidad, al mundo, a la ciencia y al demonio. Debemos procurar no ser incoherentes y elegir un solo Amo, porque no podemos servir a Dios o a las riquezas.

Tras describir brevemente a Eva y su corrupción, Cristo habla de la lámpara del cuerpo. Si nuestro ojo es puro, todo será puro. En cuanto a la tentación, no es un mal: sufrimos por resistirla, pero con la victoria adquirimos una eternidad de paz. Dicho esto, debemos ser siempre misericordiosos con nuestros hermanos que han caído.

Jesús es interrumpido por la llegada intempestiva de María Magdalena, entonces una gran pecadora. La acompañan varios hombres, entre ellos un romano al que parece preferir. La hermana de Lázaro se comporta realmente de forma escandalosa y, tras mirarla un momento, Jesús aparta la cabeza y ya no la mira. Al contrario, reanuda su discurso: habla de adulterio e impureza, y reprocha a los ricos y a los que se divierten. María Magdalena, ofendida, se marcha entre los murmullos de la multitud, y Cristo anuncia que van a abandonar los Cuernos de Hattin, ya que llevan dos días perturbados por los silbidos de Satanás. Sin embargo, indica que hablará una vez más, después de que la multitud se haya refugiado del calor y haya comido. A continuación, Jesús habla brevemente a Pedro, luego a Judas, a quien renueva su promesa de ir a Judea. Por último, Simón de Jonás obliga a su Maestro a comer.

Mientras Bartolomé recuerda que dentro de unas horas es sábado, Jesús exhorta a marcharse a los que no confían en la Providencia del Padre. Cincuenta personas se marchan y él reanuda su discurso. Vuelve a insistir en el adulterio, el divorcio y el repudio, recordándoles que sólo la muerte puede romper un matrimonio. Además, son sobre todo los hijos los que sufren cuando su padre o su madre se vuelven a casar, por lo que el Señor nos exhorta a ser fieles a nuestro marido o a nuestra mujer.

Finalmente, para concluir sus palabras, Cristo anima a las almas a la caridad y a la prudencia: no se trata de dar verdades eternas a hombres que las tergiversarían y jugarían al profeta. No hay que echar perlas a los cerdos. Por último, concluyó diciendo que quien pone en práctica sus palabras construye su casa sobre roca, y que quien no le escucha construye sus cimientos sobre arena. Luego se despidió de la multitud, pero ésta le siguió y no le abandonó...

Contenido del capítulo: 174.1: El horizonte en una mañana de primavera. 174.2: Jesús pide a los apóstoles que reúnan a los que piden ayuda. 174.3: Los apóstoles se agitan entre la multitud. 174.4: Andrés advierte a Jesús que tres personas en particular quieren verlo. 174,5: Jesús tranquiliza a una mujer abandonada por su marido. 174,6: Promete a un padre la conversión de su hija. 174.7: Guía hacia una solución una disputa por una herencia. 174.8: No se puede pertenecer por igual a Dios y a las riquezas. 174.9 : Cómo Satanás sedujo a Eva. 174.10 : No te dejes llevar por la tentación y sé misericordioso con el pecador. 174.11: La misma mañana floreció en la montaña. 174.12 : La llegada pomposa y provocativa de María Magdalena. 174.13: ¡Ay de vosotros, ricos y adinerados! 174.14: Bajo un reproche indirecto, María Magdalena huye. 174.15: Jesús da tiempo a la multitud para descansar. 174.16: Judas, turbado por la Magdalena, es consolado por Jesús, que va a ver a su madre en Judea. 174.17: Pedro hace beber un huevo a Jesús. 174.18: Enseñanza sobre el adulterio. 174.19 : Quien despide a su propia mujer la expone al adulterio. 174.20 : Grabad en vuestros corazones el Sermón de la Montaña, es vuestra guía. 174.21 : Escuchen mis palabras y pónganlas en práctica. 174.22 : Jesús baja a Cafarnaún con la multitud.

Edición antigua: Tomo 3, capítulo 34

ECR 174.2-7

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

La muchedumbre comienza a fluir para separarse en tres partes: los enfermos, los pobres y los que sólo desean doctrina.

Entre estos últimos, dos — luego tres — parecen necesitar algo que no es ni salud ni dinero, pero que es más necesario que estas cosas: son una mujer y dos hombres. Miran, miran a los apóstoles sin atreverse a hablar. (...)

Jesús está ya dedicándose a los enfermos, y los gritos de hosanna de la multitud se intercalan entre cada uno de los milagros.

La mujer, que parece llena de pena, por fin se decide a tirar de la túnica a Juan, que está hablando con Andrés y sonríe; Juan se inclina hacia ella y le pregunta: «¿Qué quieres, mujer?».

«Quisiera hablar con el Maestro...».

«¿Tienes alguna dolencia? No eres pobre...».

«Ni tengo dolencias ni soy pobre, pero le necesito, porque hay enfermedades sin fiebre, como también miserias sin pobreza, y la mía... y la mía...» y se echa a llorar.

«Andrés, mira, esta mujer lleva una pena en su corazón y querría manifestársela al Maestro; ¿cómo podemos resolverlo?».

Andrés mira a la mujer y dice: «Claro, se tratará de algo que te duele manifestar...». La mujer asiente con la cabeza. Andrés prosigue: «No llores... Juan, preocúpate de que vaya a la parte de atrás de la tienda; yo llevaré allí al Maestro».

Juan, con su sonrisa, ruega a la gente que se abra para dejar paso. Andrés va, en dirección contraria, hacia Jesús.

Pero los dos hombres de aspecto afligido han observado este propósito y uno detiene a Juan y el otro a Andrés; poco después, tanto el uno como el otro están con Juan y la mujer detrás de la pared de ramajes que protege la tienda.

Andrés llega donde Jesús en el momento en que está curando al tullido, el cual levanta las muletas como si fueran dos trofeos, lozano como un bailarín, bendiciendo a gritos. Andrés susurra: «Maestro, detrás de nuestro cobertizo hay tres personas afligidas. Su angustia es por un asunto íntimo que no puede ser dado a conocer públicamente...».

«Bien. Todavía tengo a esta niña y a esta mujer. Luego voy. Ve a decirles que tengan fe».

Andrés se marcha (...)

Todas las expectativas de los enfermos han quedado satisfechas: ellos son los que más gritan entre la numerosa muchedumbre que aplaude al «Hijo de David, gloria de Dios y nuestra».

Jesús se dirige hacia el cobertizo.

Judas de Keriot grita: «¡Maestro!, ¿y éstos?».

Jesús se vuelve y dice: «Que esperen ahí; también serán consolados» y continúa su camino, con paso veloz, hacia la parte de atrás del entramado de ramajes, donde están, con Andrés y Juan, los tres afligidos.

«Primero la mujer. Ven conmigo. Entre esos matorrales. Habla sin temor».

«Señor, mi marido me abandona por una prostituta. Tengo cinco hijos; el último tiene dos años. Mi dolor es grande. Pienso en mis hijos... no sé si los querrá él o si me los dejará a mí. Querrá los varones, al menos el primero... ¿Y yo, que le he dado a luz, habré de privarme en el futuro de la alegría de verle? ¿Qué pensarán ellos de su padre y de mí? De uno de los dos tienen que pensar mal. No quisiera que juzgaran a su padre...».

«No llores. Soy el Dueño de la Vida y de la Muerte. Tu marido no se casará con esa mujer. Ve en paz y sigue siendo buena».

«Pero, ¿No le irás a matar, no! ¡Yo le amo, Señor!».

Jesús sonríe: «No mataré a ninguno; eso sí, habrá alguien que actuará en lo que es su oficio. Debes saber que el demonio no está por encima de Dios. Regresando a tu ciudad vendrás a tener noticia de que alguien mató a la criatura maléfica, y de un modo tal que tu marido comprenderá lo que estaba haciendo, y su amor por ti renacerá».

La mujer besa la mano que Jesús le había puesto sobre la cabeza, y se marcha.

174.6

Viene uno de los hombres. «Tengo una hija, Señor. Desgraciadamente, fue a Tiberíades con unas amigas. Fue como si hubiera respirado un gas tóxico. Volvió a mí como ebria. Quiere irse con un griego... y luego... Pero, ¿por qué tuvo que nacer! Su madre está enferma a causa de este dolor, hasta el punto de que quizás morirá. Sólo las palabras que te oí pronunciar el invierno pasado me disuaden de matarla. Pero — te lo confieso — mi corazón la ha maldecido ya».

«No. Dios, que es Padre, no maldice sino tras el pecado cumplido y obstinado. ¿Qué quieres de mí?».

«Que la conviertas».

«No la conozco, y está claro que ella no va a venir a mí».

«¡Tú puedes cambiar su corazón a distancia! ¿Sabes quién me ha enviado a ti? Juana de Cusa. Llegué a su palacio en el momento en que estaba saliendo para Jerusalén, para preguntarle si conocía a este griego infame. Pensaba que Juana no le conocería, porque, aunque viva en Tiberíades, es buena; pero, dado que Cusa trata con los gentiles... Efectivamente no le conocía, pero me dijo: “Ve donde Jesús, que me llamó el espíritu desde muy lejos y, al llamarme, me curó de mi etiquez: curará también el corazón de tu hija. Yo haré oración, tú ten fe”. Tengo fe, ya lo ves; ¡ten piedad, Maestro!».

«Tu hija, antes de que acabe el día, llorará sobre las rodillas de su madre; tú, por tu parte, sé bueno como la madre: perdona. El pasado ha muerto».

«Sí, Maestro. Será como Tú quieres. Bendito seas». Se vuelve para irse... Luego torna sobre sus pasos: «Perdona, Maestro, pero... tengo mucho miedo... ¡La lujuria es un demonio tan...! ¡Dame un hilo de tu vestido para meterlo bajo el cabezal de mi hija, para que el demonio no la tiente mientras duerme».

Jesús sonríe y menea la cabeza... Pero, para que el hombre se quede satisfecho, da su consentimiento y dice: «De acuerdo, para que estés más tranquilo. De todas formas, debes creer que cuando Dios dice: “quiero” el diablo se aleja sin necesidad de más cosas. Significa que conservarás esto como recuerdo mío». Y le da un fleco de una orla.

174.7

Viene el tercer hombre: «Maestro, mi padre ha muerto. Creíamos que tenía riquezas en dinero, pero no las hemos encontrado. El mal no sería grave porque entre los hermanos no nos falta el pan. Lo que sucede es que yo vivía con mi padre, porque soy el primogénito, y mis hermanos me acusan de haber hecho desaparecer las monedas, y quieren proceder contra mí por ladrón. Tú, que ves mi corazón, sabes que no he robado ni una perra. Mi padre conservaba sus denarios en un cofre, en una cajita de hierro. Cuando ha muerto hemos abierto el cofre, y ya no estaba la cajita. Ellos dicen: “Esa noche, mientras dormíamos, la has robado”. No es verdad. Ayúdame a poner paz y afecto entre nosotros».

Jesús le mira muy fijamente y sonríe.

«¿Por qué sonríes, Maestro?».

«Porque el culpable es tu padre. Su culpa ha sido como la de un niño que esconde su juguete por miedo a que se lo cojan».

«Pero si no era avaro. Créeme. Hacía el bien».

«Lo sé; pero era muy anciano... Son las enfermedades de los ancianos... Quería conservar su dinero para vosotros, y, por excesivo amor, ha provocado un choque entre tus hermanos y tú. La cajita está enterrada al pie de la escalera de la bodega. Esto te lo digo para que sepas que sé las cosas. Mientras te estoy hablando, por pura casualidad tu hermano menor, golpeando airado el suelo, ha hecho vibrar la cajita y la han descubierto; ahora se sienten confundidos y arrepentidos por haberte acusado. Vuelve a casa sereno y sé bueno con ellos. No les recrimines nada por su falta de estima».

«No, Señor. Ni siquiera iré. Me quedo aquí escuchándote. Ya iré mañana».

«¿Y si te quitan el dinero?».

«Tú dices que no debemos ser codiciosos. No quiero serlo. Me basta con que la paz reine entre nosotros. Por lo demás... ni siquiera sabía cuánto dinero había en la caja. No sentiré ningún pesar porque no me digan la verdad. Pienso que ese dinero se podría haber perdido... Como habría vivido, viviré, si me lo niegan. Me basta con que no me llamen ladrón».

«Estás muy avanzado en el camino de Dios. Sigue así. La paz sea contigo».

Y también éste se va contento.

ECR 174.3-4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Pasa Bartolomé, anciano y serio; pasa Mateo con Felipe, llevando en brazos a un tullido, el cual, si no, hubiera tenido demasiada dificultad para abrirse paso entre la apiñada muchedumbre; pasan los primos del Señor, ofreciendo el brazo a un mendigo casi ciego, y a una pobre que quién sabe cuántos años podrá tener y que llora mientras le cuenta a Santiago todas sus desventuras; pasa Santiago de Zebedeo llevando en brazos a una pobre niña enferma que ha tomado de su madre — que le sigue angustiada — para impedir que la muchedumbre le haga daño (...).

Jesús está ya dedicándose a los enfermos, y los gritos de hosanna de la multitud se intercalan entre cada uno de los milagros. (...)

Andrés llega donde Jesús en el momento en que está curando al tullido, el cual levanta las muletas como si fueran dos trofeos, lozano como un bailarín, bendiciendo a gritos. Andrés susurra: «Maestro, detrás de nuestro cobertizo hay tres personas afligidas. Su angustia es por un asunto íntimo que no puede ser dado a conocer públicamente...».

«Bien. Todavía tengo a esta niña y a esta mujer. Luego voy. Ve a decirles que tengan fe».

Andrés se marcha mientras Jesús se inclina hacia la niña, a la que su madre ha tomado de nuevo sobre su regazo. «¿Cómo te llamas» le pregunta Jesús.

«María».

«¿Y Yo cómo me llamo?».

«Jesús» responde la niña.

«¿Y quién soy?».

«El Mesías del Señor, venido para curar los cuerpos y las almas».

«¿Quién te lo ha dicho?».

«Mi mamá y mi papá, que tienen puesta en ti la esperanza de mi vida».

«Vive y sé buena».

La niña — yo creo que estaba enferma de la columna, pues a pesar de tener ya unos siete años, o más, sólo movía las manos y estaba toda envuelta en gruesas y duras fajas desde las axilas hasta las caderas, que se ven porque su madre ha abierto el vestidito de la niña para mostrarlas — permanece así como estaba, durante unos minutos; luego, bruscamente, desciende del regazo materno al suelo y se echa a correr hasta Jesús, que ahora está curando a la mujer cuyo caso no alcanzo a entender.

Todas las expectativas de los enfermos han quedado satisfechas: ellos son los que más gritan entre la numerosa muchedumbre que aplaude al «Hijo de David, gloria de Dios y nuestra».

ECR 174.8-10 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«La paz esté con vosotros.

Si os enseño los caminos del Señor es para que los sigáis. ¿Podéis, acaso, recorrer el sendero que baja por la derecha y el que baja por la izquierda juntos? No podéis porque, si tomáis uno, debéis dejar el otro. Ni siquiera tratándose de dos senderos adyacentes podríais manteneros caminando siempre con un pie en cada uno. Acabaríais cansándoos, y equivocándoos, aunque se tratara de una apuesta. Pero es que entre el sendero de Dios y el de Satanás hay una gran distancia, que además cada vez se ahonda más, exactamente como sucede con esos dos senderos que terminan aquí: a medida que van descendiendo se alejan el uno del otro; uno en dirección a Cafarnaúm, el otro en dirección a Tolemaida.

La vida es así, fluye como arco a caballo entre el pasado y el futuro, entre el mal y el bien. En el centro está el hombre con su voluntad y su libre albedrío. En los extremos están: en una parte, Dios con su Cielo; en la otra, Satanás con su Infierno. El hombre puede elegir. Nadie lo obliga.

Que no se me diga: “Pero Satanás tienta” como disculpa de bajar hacia el sendero bajo. Dios también tienta con su amor, que es bien fuerte; con sus palabras, que son muy santas; con sus promesas, que son muy seductoras. ¿Por qué, entonces, dejarse tentar por uno sólo de los dos, y además por el que no merece ser escuchado? Palabras, promesas, amor de Dios: ¿no son suficientes para neutralizar el veneno de Satanás? Fijaos que ello no testifica a favor de vosotros. Una persona que tenga fuerte salud física supera con facilidad los contagios aun no siendo inmune a ellos. Sin embargo, si uno está ya de por sí enfermo, y por tanto débil, es casi seguro que perecerá si cae en una nueva infección, o, si sobrevive, quedará más enfermo que en el estadio precedente, porque no tiene fuerza en su sangre para destruir completamente los gérmenes infecciosos. Pues lo mismo sucede con la parte superior. Si una persona está moral y espiritualmente sana y fuerte, no es que esté exenta de ser tentada, creedlo, pero el mal no echará raíces en ella.

Cuando oigo a alguno que me dice: “He conocido a tal o cual persona, he leído tal o cual libro, he tratado de llevar a éste o a aquél al bien, pero ha sucedido que el mal que había en su mente y en su corazón, el mal que había en el libro, ha entrado en mí”, Yo concluyo: “Lo que demuestra que ya habías creado en ti el terreno favorable para que entrase; lo que demuestra que eres una persona débil, completamente carente de nervio moral y espiritual. Porque incluso de nuestros enemigos debemos sacar cosas buenas. Observando sus errores debemos aprender a no caer en ellos. El hombre inteligente no es juguete de la primera doctrina que llega a sus oídos. Quien está saturado de una doctrina no puede hacer espacio dentro de sí para otras. Esto explica las dificultades que uno encuentra cuando trata de persuadir de seguir la verdadera Doctrina a quienes están convencidos de otras. Pero, si me confiesas que tu pensamiento cambia al mínimo soplo del viento, veo que estás lleno de vacíos, veo que tu fortaleza espiritual está llena de fisuras, los diques de tu pensamiento están agrietados en mil puntos por los que salen las aguas buenas y entran las contaminadas. Y eres tan necio y apático, que ni siquiera te das cuenta y no pones el necesario remedio. Eres un desdichado”.

Sabed elegir, pues, entre los dos senderos, el bueno; y proseguir en él, resistiendo, resistiendo, oponiendo resistencia a las seducciones de la carne, del mundo, de la ciencia y del demonio. Las fes a medias, compromisos o pactos hechos con dos (el uno contrario al otro), dejádselos a los hombres del mundo. Ni siquiera en ellos deberían existir, si los hombres fueran honestos. Pero, al menos vosotros, hombres de Dios, no los tengáis. Ni con Dios ni con Satanás, podríais tenerlos; pero es que ni con vosotros mismos debéis tenerlos, porque no tendrían valor. Vuestras acciones, compuestas de bien y mal, no tendrían valor alguno. Además, las que fueran enteramente buenas quedarían anuladas por las no buenas. Las malas os conducirían directamente a los brazos del Enemigo. No sean, por tanto, así vuestras acciones; antes bien, sed leales en vuestro servicio. Nadie puede servir a dos señores que piensan de forma distinta: amará a uno y odiará al otro, o viceversa. No podéis ser, al mismo tiempo, de Dios y de Satanás. El espíritu de Dios no puede conciliarse con el espíritu del mundo: el uno sube, el otro baja; el uno santifica, el otro corrompe. Y, si estáis corrompidos, ¿cómo podréis actuar con pureza?

174.9

Ya sabéis cómo se corrompió Eva, y Adán por ella. Satanás besó los ojos de la mujer y los embrujó, de modo que todo lo que veía puro hasta ese momento para ella tomó aspecto impuro y despertó curiosidades extrañas. Luego Sanatás le besó los oídos, y se los abrió a palabras de una ciencia ignota, la suya. También la mente de Eva quiso conocer lo que no era necesario. Luego Satanás mostró a los ojos y a la mente, despertados al Mal, aquello que antes no habían visto ni entendido, y todo en Eva quedó despertado y corrompido; y la Mujer fue al Hombre y le reveló su secreto, y persuadió a Adán de que saborease el nuevo fruto, tan hermoso para la vista, tan prohibido hasta ese momento. Y le besó y le miró, con la boca y las pupilas, estando ya presente la mezquindad de Satanás. Y la corrupción penetró en Adán, que vio, y que a través del ojo sintió el apetito de lo prohibido, y lo mordió con su compañera, y cayó desde tanta altura al lodo.

Cuando uno está corrompido arrastra hacia la corrupción, a menos que el otro sea un santo en el verdadero sentido de la palabra.

Atención, hombres, con la mirada, la del ojo y la de la mente: una vez corrompidas, por fuerza corromperán lo demás. El ojo es faro del cuerpo; del corazón, tu pensamiento. Si tu ojo no es puro — ten en cuenta que por la sujección de los órganos al pensamiento los sentidos se corrompen por un pensamiento corrompido — todo en ti será tenebroso, seductores velos crearán impuros fantasmas en ti. Todo es puro en quien tiene pensamiento puro, que a su vez da una mirada pura; entonces la luz de Dios, señora, desciende donde no encuentra el obstáculo de la carne. Mas si por mala voluntad has educado tu ojo a torpes imágenes, todo en ti se transformará en tinieblas. Inútilmente mirarás incluso a las cosas más santas; en la oscuridad no serán sino tinieblas, y harás obras de tinieblas.

174.10

Por tanto, hijos de Dios, tutelaos contra vosotros mismos. Vigilaos atentamente contra todas las tentaciones. No hay mal en el hecho de ser tentados. El atleta se prepara para la victoria con la lucha. El mal está en ser vencidos por falta de preparación o de atención. Sé que todo puede servir de tentación. Sé que defenderse debilita. Sé que la lucha cansa. De todas formas, ¡ánimo!; pensad en lo que conseguís por estas cosas. ¿Estaríais dispuestos a perder una eternidad de paz por una hora de placer, del tipo que sea? ¿Qué os deja el placer de la carne, del oro y del pensamiento? Nada. ¿Qué conseguís de repudiarlos? Todo. Hablo a pecadores, porque el hombre es pecador. Bien, decidme, de verdad: ¿una vez aquietado el apetito de la carne o el orgullo o la avaricia, os sentís más lozanos, contentos, seguros? ¿En el tiempo que sigue a la satisfacción del deseo — que es siempre tiempo de reflexión — verdaderamente os habéis sentido felices? Yo no he probado este pan de la carne, pero respondo por vosotros: no; lo que habéis sentido es decaimiento, desagrado, incertidumbre, náusea, miedo, desasosiego: ése ha sido el contenido sacado a la hora transcurrida.

Ahora bien, de la misma forma que os digo: “No hagáis eso nunca”, os digo también: “No seáis crueles para con los que yerran”, os lo ruego. Recordad que todos sois hermanos, hechos de una carne y de un alma. Pensad que muchas son las causas que inducen a pecar. Sed misericordiosos para con los pecadores; levantadlos bondadosamente y conducidlos a Dios, mostrando que el camino que han recorrido está erizado de peligros para la carne, la mente y el espíritu. Si hacéis esto, obtendréis un alto premio, porque el Padre que está en los cielos es misericordioso con los buenos y sabe dar el céntuplo por uno. Por lo cual os digo...».

(Y en este momento Jesús me dice que usted me debe copiar la visión-dictado del 12 de agosto de 1944 B 961 desde el renglón 35 de la visión hasta el final de ella, o sea, hasta la partida de la Magdalena, en las palabras: “y ríe de rabia y por burla”. Posteriormente continuará con cuanto sigue, naturalmente omitiendo este inciso.)[1]

12 de agosto de 1944.

174.11

Dice Jesús: «Mira y escribe: es Evangelio de la Misericordia[7] para todos, pero especialmente para las mujeres que se identifiquen en la pecadora, a las cuales invito a que la sigan en la redención».

Jesús está en pie, subido a una voluminosa piedra. Está hablando a una gran muchedumbre. El paisaje es alpestre. Una colina solitaria entre dos valles. La cima de la colina tiene forma de yugo, o, aún más exactamente, forma de joroba de camello; de forma que a pocos metros de la cumbre tiene un anfiteatro natural donde la voz retumba neta como en una sala de conciertos muy bien construida. La colina está toda florida. Debe ser el final de la primavera; los cereales de las llanuras tienden ya a dorarse y a madurar para la siega. Al Norte, un alto monte resplandece con su nevero expuesto al sol. Inmediatamente más abajo, al Este, el Mar de Galilea parece un espejo reducido a innumerables fragmentos (cada uno de ellos, un zafiro encendido por el sol). Deslumbra con su cabrilleo azul y oro, y no se refleja en su superficie sino alguna que otra esponjosa nube que surca el purísimo cielo, o la furtiva sombra de alguna barca de vela. Al otro lado del lago de Genesaret, un alejarse de llanuras que, debido a una leve niebla al ras del suelo (quizás vaporación de rocío, pues deben ser todavía las primeras horas de la mañana, dado que la hierba montana tiene todavía algún diamante de rocío disperso entre sus tallitos), parecen continuar el lago, aunque con tonalidades casi de ópalo veteado de verde; más lejos todavía, una cadena montañosa de perfil muy caprichoso, que hace pensar en un diseño de nubes en el cielo sereno.

La gente está sentada, quién en la hierba, quién en gruesas piedras; otros están de pie. El colegio apostólico no está completo. Veo a Pedro y a Andrés, a Juan y a Santiago, y oigo llamar a otros dos, Natanael y Felipe. Luego hay otro, que está y no está en el grupo; quizás es el último llegado: le llaman Simón. Los otros no están, a menos que sea que no los veo entre la masa de gente.

El discurso ha empezado ya hace un rato. Me doy cuenta de que es el discurso de la Montaña. Pero las bienaventuranzas han sido ya predicadas. Es más, creo que el discurso está entrando en sus últimas fases, porque Jesús dice: «Haced esto y recibiréis una gran recompensa, porque el Padre que está en los cielos es misericordioso con los buenos y sabe dar el céntuplo por uno. Por lo cual os digo...».

Detalle

Esta es la primera predicación de Cristo en el MTS 174. Hay tres en total.

ECR 174.8 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

La vida (...) fluye como arco a caballo entre el pasado y el futuro, entre el mal y el bien. En el centro está el hombre con su voluntad y su libre albedrío. En los extremos están: en una parte, Dios con su Cielo; en la otra, Satanás con su Infierno. El hombre puede elegir. Nadie lo obliga.