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Notas del tema

Presciencia de Jesucristo

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Comodidad de lectura

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ECR 50.6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Jesús se queda solo hasta que vuelve Felipe con Natanael-Bartolomé.

«He aquí un verdadero israelita en quien no hay engaño. La paz sea contigo, Natanael».

«¿Cómo me conoces?».

«Antes de que Felipe fuera a llamarte, te he visto debajo de la higuera».

«¡Maestro, Tú eres el Hijo de Dios, Tú eres el Rey de Israel!».

«¿Porque he dicho que te he visto pensando debajo de la higuera, crees? Cosas mucho más grandes que éstas verás. En verdad os digo que los Cielos están abiertos y vosotros, por la fe, veréis a los ángeles bajar y subir sobre el Hijo del Hombre: Yo, quien te está hablando».

«¡Maestro! ¡Yo no soy digno de tanto favor!».

«Cree en mí y serás digno del Cielo. ¿Quieres creer?».

«Quiero, Maestro».

Detalle

Jesús llamó a Felipe y éste fue a buscar a Natanael-Bartolomé.

ECR 51.4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Llegará un momento en que todos me abandonen. Quizás durante pocos minutos, pero la vileza se adueñará de todos, y pensaréis que hubiera sido mejor, por cuanto se refiere a vuestra seguridad, no haberme conocido nunca. Pero Ella, que ha comprendido y que sabe, Ella estará siempre conmigo. Y vosotros volveréis a ser míos por Ella. Con la fuerza de su amorosa, segura fe, Ella os aspirará hacia sí, y, por tanto hacia mí, porque Yo estoy en mi Madre y Ella en mí, y Nosotros en Dios. Esto querría que comprendierais vosotros todos, parientes según el mundo, amigos e hijos según lo sobrenatural. Tú, y contigo los otros, no sabéis quién es mi Madre. Si lo supierais, no la criticaríais en vuestro corazón por no saberme tener sujeto a Ella, sino que la veneraríais como a la Amiga más íntima de Dios, la Poderosa que todo lo puede en orden al corazón del Eterno Padre, que todo lo puede en orden al Hijo de su corazón.

ECR 53.5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

¿No me conocéis? Me conoceréis. ¿No sabéis de dónde vengo? Lo sabréis.

Detalle

Jesús habla a los sacerdotes después de la purificación del Templo.

ECR 54.2

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«(...) Me han dicho que anteayer tarde te has manifestado como Voz de Dios y Portador de la Gracia. Me han dicho que has asegurado que alzando tu signo sanas todo mal. Álzalo sobre mí. Vengo de los sepulcros... Allí... Me he arrastrado como una serpiente entre los arbustos del torrente para llegar hasta aquí sin ser visto. He esperado a que anocheciera para hacerlo, porque en la penumbra se me identificaba menos. He osado... he encontrado a éste, de la casa, que es rico en bondad. No me ha matado. Sólo me ha dicho: “Espera apoyado en el muro”. Ten Tú también piedad». Y dado que Jesús se acerca — Él solo, porque los seis discípulos y el propietario del lugar, con los dos desconocidos, se han quedado lejos y muestran claramente repulsa — insiste: «¡No más adelante! ¡No más! ¡Estoy infectado!». Pero Jesús prosigue. Le mira con tanta piedad, que el hombre se echa a llorar y se arrodilla hasta casi tocar con el rostro en el suelo y gime: «¡Tu signo! ¡Tu signo!».

«Será alzado en su hora. Pero a ti te digo: “Levántate. Queda curado. Lo quiero. Y tú séme signo en esta ciudad que debe conocerme. ¡Levántate, digo! ¡Y no peques, en reconocimiento hacia Dios!”».

Detalle

Simón el Zelote, enfermo de lepra, se acerca a Jesús y le habla del signo de la Cruz. Allí mostró toda su fe y Jesús le prometió que su signo resucitaría a su debido tiempo.

ECR 54.5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Yo quiero ser llamado el Hijo del hombre, porque me anonado cargándome todas las miserias del hombre, para llevarlas — mi primer patíbulo — y anularlas después (“llevarlas”, no “tenerlas”). ¡Qué peso, amigos! Pero lo porto con alegría. Mi alegría es portarlo, porque, siendo el Hijo de la humanidad, haré a la humanidad hija de Dios.

ECR 55.3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Un día los sepulcros sellados arrojarán a los muertos verdaderos, que aparecerán para reír, a través de sus cuencas vacías y sus mandíbulas descarnadas, por el lejano júbilo — oído no obstante por los esqueletos — de los espíritus liberados del Limbo de espera. Aparecerán para sonreírle a esta liberación y para conmoverse sabiendo a qué la deben...

ECR 56.6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

56.6 Jesús se vuelve hacia Tomás: «Has obedecido fielmente. Primera virtud del discípulo».

«He venido para serte fiel».

«Y lo serás.»

ECR 59.5.6-7

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

59.5 Se levanta a rebatirle un israelita togado y de barba abundante. Habla así: «Maestro, cuanto dices me parece en contraste con lo que está escrito en el libro segundo de los Macabeos, gloria de Israel. En él puede leerse: “Efectivamente, es signo de gran benevolencia el no permitir a los pecadores que sigan durante largo tiempo sus caprichos, sino pasar en seguida al castigo. El Señor no hace como con las otras naciones, que las espera con paciencia, para castigarlas en el día del juicio, colmada ya la medida de los pecados”. Sin embargo Tú hablas como si el Altísimo pudiera ser muy tardo a la hora de castigarnos, esperándonos, como a los otros pueblos, para el tiempo del Juicio, cuando esté colmada la medida de los pecados. Verdaderamente los hechos te desmienten. Israel sufre el castigo, como dice el historiógrafo de los Macabeos. Si fuera como Tú dices, ¿no habría desacuerdo entre tu doctrina y la contenida en la frase que te he mencionado?».

«No sé quién eres, pero quienquiera que seas te respondo.

[Jesús da su explicación y la conversación continúa. Él proclama ser el Mesías.]

«Yo soy Jesús de José de la tribu de David, nacido en Belén Efratá, según las promesas, llamado nazareno porque tengo casa en Nazaret. Esto según el mundo. Según Dios soy su Mensajero. Mis discípulos lo saben».

«¡Oh, ellos!... Pueden decir lo que quieran, o lo que Tú les hagas decir».

«Hablará otro, que no me ama, y dirá quién soy. Espera que llame a uno de los presentes».

59.7

Jesús mira a la muchedumbre (asombrada de la disputa, enfrentada y dividida en corrientes opuestas), la mira, buscando a alguno con sus ojos de zafiro, y dice con fuerte voz: «¡Ageo! ¡Pasa adelante! ¡Te lo ordeno!».

Se oye un gran murmullo entre la multitud, que se abre para dejar pasar a un hombre todo convulso, sujetado por una mujer.

«¿Conoces a este hombre?».

«Sí. Es Ageo de Malaquías, de aquí, de Cafarnaúm, poseído por un espíritu malvado que le arrastra a repentinos y furiosos estados de locura».

«¿Todos le conocen?».

La multitud grita: «¡Sí, sí!».

«¿Puede alguien decir que haya hablado conmigo, aunque sólo sea durante algunos minutos?».

La multitud grita: «No, no, es casi un idiota; no sale nunca de su casa y nadie te ha visto en ella».

«Mujer, acércamelo».

Detalle

Esta afirmación de Jesús se explica por la siguiente nota de Maria Valtorta en una copia mecanografiada:
"Cristo, como Dios y como Santo de los Santos, penetró en las conciencias; traspasó sus pensamientos más secretos (perfecta introspección); como Hombre, conoció personas y lugares sólo de un modo humano, cuando su Padre y su propia naturaleza divina no consideraron útil que los conociera sin tener que preguntar."

Sobre esta misma copia María Valtorta añade la siguiente nota sobre las palabras: "Hageo, acércate":
"Aquí es porque debe probar al fariseo su omnisciencia divina por lo que llama por su nombre a Hageo, que le era desconocido, pero al que sabe poseído, mientras que en la página anterior, como Hombre, había dicho al fariseo: "No sé quién eres"."

Estas dos notas de Maria Valtorta serán confirmadas por los textos de 224.2, 357.3, 527.4/6, 554.7 y justifican las declaraciones de "ignorancia" de Jesús, que encontraremos por ejemplo en: 73.7, 75.3, 362.2, 365.10, 376.9, 377.2, 382.5, 395.2, 406.9, 413,8, 433.5, 472.4, 488.5, 583.23, 584.6.

Anotación

«No sé quién eres »: esta afirmación de Jesús se explica mediante la siguiente nota de María Valtorta en una copia mecanografiada:

«Cristo, como Dios y como Santo de los santos, penetraba en las conciencias; discernía sus pensamientos más secretos (introspección perfecta); como Hombre, conocía a las personas y los lugares únicamente de manera humana, cuando su Padre y su propia naturaleza divina no consideraban útil que los conociera sin tener que preguntarlo».

En esa misma copia, María Valtorta añade la siguiente nota sobre las palabras: «Ageo, acércate»:

«Aquí, como debe demostrar al fariseo su omnisciencia divina, llama por su nombre a Hageo, a quien no conocía, pero del que sabe que existe, mientras que en la página anterior, como hombre, le había dicho al fariseo: “No sé quién eres».

Estas dos notas de María Valtorta se ven confirmadas por los textos de 224.2, 357.3, 527.4/6, 554.7 y justifican las declaraciones de «ignorancia» de Jesús, que encontraremos, por ejemplo, en: 73.7, 75.3, 362.2, 365.10, 376.9, 377.2, 382.5, 395.2, 406.9, 413.8, 433.5, 472.4, 488.5, 583.23 y 584.6.

Nota del editor: Se ofrece una segunda explicación de las «ignorancias» de Jesús en relación con una serie de preguntas que él le formula a Annalie en 156.3. He aquí la nota que María Valtorta recoge al respecto en una copia mecanografiada: «Jesús sabía y recordaba, pero quería que las almas se abrieran con total libertad y confianza».

Esta explicación se ve confirmada por los pasajes 128.1 y 153.1, así como por una expresión concreta de Judas en 468.4: «Sé que tú lo sabes, pero que esperas a que yo te lo diga».

Una tercera explicación es objeto de una larga nota de María Valtorta sobre esta afirmación de Jesús: «No sé de quién se trata» (175.5). Reproducimos lo esencial de la nota manuscrita que ocupa cuatro páginas de una hoja insertada en una copia mecanografiada: *«Y el Padre eterno, para poner a prueba los corazones y separar a los hijos de Dios, de la Luz, de los hijos de la carne y de las tinieblas, permitía, en presencia de los apóstoles, los discípulos y las multitudes, lagunas en la perfecta clarividencia del Hijo, similares a estas preguntas y respuestas: “¿Quién es este hombre? No lo conozco...” Y esto por los hombres. Pero también para su Hijo amado, a fin de prepararlo para la gran oscuridad de la hora de las tinieblas, para el abandono del Padre, pues se había hecho “anatema por nosotros”».

Esta explicación de María Valtorta se ve confirmada por las palabras del apóstol Juan en el contexto de 334.2/3 en lo que respecta a los corazones que han de ser puestos a prueba. En cuanto a la preparación del Hijo Amado para la hora de las tinieblas, se ve confirmada y profundizada en 582.14, 598.4, 602.5 y 603.4; se trata de una explicación que confiere un profundo significado a ciertas indecisiones de Jesús (como en 302.4.7) y, sobre todo, a sus desconcertantes incertidumbres de 339.14 y 464.14.

Salvo estas excepciones, la obra de María Valtorta presenta a un Jesús omnisciente y clarividente, o presciente y previsor. Véanse: 48.6, 60.7, 78.3, 80.9.10, 89.2, 117.5, 133.2, 149.1/2, 160.6, 174.7, 203.1, 204.4, 218.1, 220.4, 224.2, 236.5, 317,3/5, 329,14, 335,13, 340,5, 351,4, 357,3, 371,9, 387,3, 391,8, 406,11, 409,3, 411,8, 471,3, 473,5, 503,2, 522,5, 524,8, 525,2, 531,10 (últimas líneas), 531.20 (últimas líneas), 532.4.6, 534.9, 540.7, 548.27, 555.4, 561.14, 563.5, 565.3/4, 566.18, 567.18.21, 580.2, 587.5.8, 595.6, 602.4/5.

ECR 61.3.5-6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Jesús les ordena a los discípulos: «Haced que los pobres pasen hacia adelante. Tengo para ellos una rica ofrenda de una persona que se encomienda a ellos para obtener perdón de Dios».

Pasan adelante tres viejecitos andrajosos, dos ciegos y un tullido, y luego una viuda con siete niños macilentos.

Jesús los mira fijamente uno por uno, sonríe a la viuda y especialmente a los huerfanitos, es más, le ordena a Juan: «Que a éstos se les ponga allí, en el huerto, quiero hablar con ellos», mas toma aspecto severo, con fuego en los ojos, cuando se presenta a Él un hombre entrado en años; pero no dice nada, por el momento.

Llama a Pedro y le pide la bolsa recibida poco antes y otra llena de monedas más pequeñas (varios donativos recogidos entre las buenas personas). Vuelca todo sobre el banco que hay cerca del pozo. Cuenta y divide. Hace seis partes: una muy grande, toda de monedas de plata; cinco más pequeñas, con mucho bronce y sólo alguna moneda grande.

[...] 61.5 Se acerca el tercer anciano, que parece el más andrajoso. A Jesús sólo le queda el montón grande de monedas. Grita: «Mujer, ven con tus pequeños».

La mujer, joven, macilenta, se acerca bajando la cabeza. Parece una gallina triste entre su triste pollada.

«¿Desde cuándo eres viuda, mujer?».

«En la luna de Tisrí se cumplirán tres años».

«¿Cuántos años tienes?».

«Veintisiete».

«¿Son todos tus hijos?».

«Sí, Maestro, y... ya no tengo nada. Todo acabado... ¿Cómo puedo trabajar si ninguno me acepta, con todas estas criaturas?».

«Dios no abandona ni siquiera al gusano que ha creado. No te abandonará, mujer. ¿Dónde estás?».

«En el lago. A tres estadios fuera de Betsaida. Él me dijo que viniera... Mi marido murió en el lago; era pescador...». (“Él” es Andrés, que se pone colorado y desearía desaparecer de la vista).

«Has hecho bien, Andrés, en decir a esta mujer que viniera a mí».

Andrés se siente más seguro y susurra: «El hombre era mi amigo, era bueno; murió en la tempestad, perdiendo también la barca».

«Ten, mujer. Esto te ayudará durante mucho tiempo, y luego saldrá otro sol sobre tu día. Sé buena, educa en la Ley a tus hijos y no te faltará la ayuda de Dios. Te bendigo a ti y a tus pequeños» y los acaricia uno a uno con gran piedad.

La mujer se marcha con su tesoro apretado contra el corazón.

61.6

«¿Y a mí?». pregunta el último anciano.

Jesús le mira y calla.

«¿Nada para mí? ¡No eres justo! A ella le has dado seis veces más que a los demás, y a mí nada. ¡Ya... era mujer!».

Jesús le mira y calla.

«¡Mirad todos si hay justicia! Vengo desde lejos, porque me han dicho que aquí se da dinero, y después, eso, veo que hay quien tiene demasiado y a mí nada. ¡Un pobre viejo que está enfermo! ¡Y quiere que crean en Él!...».

«Anciano, ¿no te avergüenzas de mentir de ese modo? La muerte te pisa los talones y mientes y tratas de robar a quien tiene hambre. ¿Por qué quieres robar a los hermanos el óbolo que Yo he recibido para distribuirlo con justicia?».

«Pero si yo...».

«¡Calla! Habrías debido comprender por mi silencio y por mi acción que te había conocido, y seguir mi ejemplo de silencio. ¿Por qué quieres que te ponga en evidencia?».

«Yo soy pobre».

«No. Eres un avaro y un ladrón. Vives para el dinero y para la usura».

«Jamás he prestado con usura. Dios me es testigo».

«¿Y no es usura de lo más cruel el robar a quien verdaderamente está necesitado? Vete. Arrepiéntete. Para que Dios te perdone».

«Te juro...».

«¡Calla! ¡Te lo ordeno! Está escrito: “No jures lo falso”. Si no alimentara un respeto hacia tu canicie, te registraría y en el pecho encontraría la bolsa llena de oro: tu verdadero corazón. ¡Vete de aquí!».

Pero ya el viejo, desenmascarado, viéndose descubierto en su secreto, se marcha sin necesidad de la voz de trueno de Jesús.

La multitud le amenaza y vitupera, le insulta como ladrón.

«¡Callad! Si él ha actuado mal, no queráis también vosotros comportaros mal. Él comete una falta contra la sinceridad: es un deshonesto. Vosotros, insultándole, faltáis a la caridad. Al hermano que comete una falta no se le insulta. Cada uno tiene su pecado. Nadie es perfecto excepto Dios. He tenido que avergonzarle porque nunca es lícito ser un ladrón y, sobre todo, si es con los pobres. Pero sólo el Padre sabe lo que he sufrido por tener que hacerlo. También vosotros debéis sentir dolor por ello, viendo que uno de Israel falta a la Ley, tratando de defraudar al pobre y a la viuda. No seáis codiciosos. Sea el alma vuestro tesoro, no el dinero. No seáis perjuros. Sea vuestro lenguaje puro y honesto, como también vuestras acciones. La vida no es eterna, la hora de la muerte llega. Vivid de modo que en la hora de la muerte la paz pueda estar en vuestro espíritu, la paz de quien ha vivido como justo. Id a vuestras casas...».

Detalle

Jesús da una gran suma de dinero a una viuda de veintisiete años con siete hijos. Detrás de él hay una viuda pobre y harapienta.