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Notas del tema

Predicación y enseñanzas generales de Jesucristo en la EMV

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Comodidad de lectura

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ECR 80.6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Sí, nuestra permanencia aquí ha terminado. Ésta. La mía duró cuarenta días... Y os digo más: era todavía invierno en estas pendientes... y no tenía comida. Un poco más difícil que esta vez, ¿no es verdad? Sé que habéis sufrido también en este tiempo. Lo poco que teníamos y que os daba no era nada, especialmente para el hambre de los jóvenes; era suficiente sólo para impedir que languidecierais. El agua, todavía más escasa. El calor es tórrido durante el día; diréis que no hacía este calor en invierno; pero sí había un viento seco que bajaba quemando los pulmones desde aquella cima, y subía desde aquella bajura cargado de polvo desértico, y secaba más aún que este calor estivo que se puede aliviar sorbiendo el jugo de estos frutos agraces ya casi maduros. En cambio, entonces, el monte sólo proporcionaba viento y yerbas quemadas por el hielo en torno a las esqueléticas acacias. No os he dado todo porque he reservado para el regreso los últimos panes y el último queso con el último odre... Yo sé lo que fue el regreso, estando exhausto, en la soledad del desierto... Recojamos nuestras cosas y pongámonos en camino. La noche es aún más clara que la que nos condujo aquí. No hay luna, pero el cielo llueve luz. Vamos. Recordad este lugar, sabed recordar cómo se preparó Cristo y cómo se preparan los apóstoles, cuál es el modo que enseño de prepararse los apóstoles».

Detalle

Jesús permaneció unos días con Juan, Judas y Simón el Zelote en el desierto, donde fue tentado por el diablo. Esto confirma que su estancia, tras el bautismo, duró 40 días.

ECR 80.8-11

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

« (...) Oíd. Una vez hubo uno, un hombre, que me preguntó si había sido tentado alguna vez; que me preguntó si no había pecado nunca; que me preguntó si, en la tentación, no había cedido nunca; y que se maravilló porque Yo, el Mesías, había solicitado, para resistir, la ayuda del Padre diciendo: “Padre, no me dejes caer en la tentación”».

Jesús habla despacio, con calma, como si estuviera narrando un hecho desconocido para todos... Judas baja la cabeza como cohibido, pero los otros están tan centrados en mirar a Jesús que eso les pasa desapercibido.

Jesús continúa: «Ahora vosotros, mis amigos, podréis saber lo que sólo atisbó aquel hombre. Después del bautismo — estaba limpio, pero no se está nunca suficientemente limpio respecto al Altísimo, y la humildad de decir “soy hombre y pecador” es ya bautismo que hace limpio al corazón — vine aquí. Me había llamado “el Cordero de Dios” aquel que — santo y profeta — veía la Verdad y veía bajar al Espíritu sobre el Verbo y ungirle con su crisma de amor, mientras la voz del Padre llenaba los cielos de su sonido diciendo: “He aquí a mi Hijo muy amado en quien me he complacido”. Tú, Juan, estabas presente cuando el Bautista repitió las palabras... Después del bautismo, a pesar de estar limpio por naturaleza y limpio por figura, quise “prepararme”. Sí, Judas; mírame, que mi ojo te diga lo que aún calla la boca. Mírame, Judas. Mira a tu Maestro, que no se sintió superior al hombre por ser el Mesías y que, antes bien, sabiendo que era el Hombre, quiso serlo en todo, excepto en condescender al mal. Eso es. Así».

Ahora Judas ha levantado la cara y mira a Jesús, que está frente a él. La luz de las estrellas hace brillar los ojos de Jesús como si fueran dos estrellas fijas en un pálido rostro.

80.9 «Para prepararse a ser maestro, hay que haber sido escolar. Yo, como Dios, sabía todo, con mi inteligencia, incluso, Yo podía comprender las luchas del hombre, por poder intelectivo e intelectualmente. Pero un día algún pobre amigo mío, algún pobre hijo mío, habría podido decir y decirme: “Tú no sabes qué es ser hombre y tener sentido y pasiones”. Habría sido un reproche justo. Vine aquí, o mejor, allí, a aquel monte, para prepararme... no sólo a la misión... sino también a la tentación. ¿Veis? Aquí, donde vosotros estáis, Yo fui tentado. ¿Por quién? ¿Por un mortal? No. Demasiado débil habría sido su poder. Fui tentado por Satanás directamente.

Estaba agotado. Hacía cuarenta días que no comía... Pero, mientras había estado sumergido en la oración, todo se había anulado en la alegría que significa el hablar con Dios; más que anulado, se había hecho soportable. Lo sentía como una molestia de la materia, circunscrito a la sola materia... Luego volví al mundo... a los caminos del mundo... y sentí las necesidades de quien está en el mundo: tuve hambre, tuve sed, sentí el frío punzante de la noche desértica, sentí el cuerpo agotado por la falta de descanso y de lecho y por el largo camino recorrido en condiciones de debilidad tal, que me impedían continuar...

Porque Yo también tengo una carne, amigos, una verdadera carne, sujeta a las mismas debilidades que tiene toda carne, y con la carne tengo un corazón. Sí. Del hombre he tomado la primera y la segunda de las tres partes que le constituyen. He tomado la materia con sus exigencias y lo moral con sus pasiones. Y, si por voluntad propia he doblegado en el momento de su nacimiento todas las pasiones no buenas, he dejado que crecieran poderosas como cedros seculares las santas pasiones del amor filial, del amor patrio, de las amistades, del trabajo, de todo lo que es óptimo y santo. Aquí sentí nostalgia de mi Madre lejana, aquí sentí necesidad de que Ella prodigara sus cuidados a mi fragilidad humana, aquí sentí renovarse el dolor de haberme separado de la Única que me amaba perfectamente, aquí presentí el dolor que me está reservado y el dolor de su dolor; pobre Mamá, se le agotarán las lágrimas de tantas como deberá esparcir por su Hijo y por obra de los hombres. Aquí sentí el cansancio del héroe y del asceta que en una hora de premonición se hace conocedor de la inutilidad de su esfuerzo... Lloré... La tristeza... reclamo mágico para Satanás. No es pecado estar tristes si la hora es penosa, es pecado ceder más allá de la tristeza y caer en inercia o desesperación. Y Satanás en seguida acude cuando ve a uno caído en languidez de espíritu.

Vino. Bajo apariencia de benigno viandante. Toma siempre formas benignas... Yo tenía hambre... y tenía mis treinta años en la sangre. Me ofreció su ayuda. En primer lugar me dijo: “Di a estas piedras que se conviertan en pan”. Pero antes... sí... antes me había hablado de la mujer... ¡Oh, él sabe hablar de ella, la conoce a fondo! La corrompió primero, para hacerla su aliada de corrupción. No soy sólo el Hijo de Dios, soy Jesús, el obrero de Nazaret. A aquel hombre que me hablaba, preguntándome si conocía tentación, y casi me acusaba de ser injustamente beato por no haber pecado, le dije: “El acto se aplaca en la satisfacción. La tentación rechazada no cae, sino que se hace más fuerte, y a ello concurre Satanás azuzándola”. Rechacé la tentación tanto del hambre de la mujer como del hambre del pan. Y debéis saber que Satanás me presentaba la primera — y no estaba equivocado, humanamente hablando — como la mejor aliada para afirmarse en el mundo.

La Tentación — no vencida por mi respuesta: “no sólo de sentido vive el hombre” — me habló entonces de mi misión. Quería seducir al Mesías después de haber tentado al Joven, y me incitó a aniquilar a los indignos ministros del Templo con un milagro... No se rebaja el milagro, llama del cielo, a hacer de él un círculo de mimbre con que coronarse... No se tienta a Dios pidiendo milagros para fines humanos. Esto quería Satanás. El motivo presentado era el pretexto, la verdad era: “Gloríate de ser el Mesías”; para llevarme a la otra concupiscencia, la del orgullo.

No vencido por mi “no tentarás al Señor tu Dios”, me insidió con la tercera fuerza de su naturaleza: el oro. ¡Oh, el oro! Gran cosa el pan y mayor aún la mujer, para quien anhela el alimento o el placer; grandísima cosa es para el hombre la aclamación de las multitudes... Por estas tres cosas, ¡cuántos delitos se cometen! ¡Ah!, pero el oro... el oro... llave que abre, círculo que suelda, es el alfa y el omega de noventa y nueve de cada cien de las acciones humanas. Por el pan y la mujer, el hombre se hace ladrón; por el poder, homicida incluso; pero por el oro se hace idólatra. Satanás, el rey del oro, me ofreció su oro a condición de que le adorase... Le traspasé con las palabras eternas: “Adorarás sólo al Señor tu Dios”.

Aquí, aquí sucedió esto».

80.10 Jesús se ha puesto en pie. En el marco de la naturaleza llana que le circunda y de la luz ligeramente fosforescente que llueve de las estrellas, parece más alto que de costumbre. También los discípulos se levantan. Jesús sigue hablando, mirando fija e intensamente a Judas.

«Entonces vinieron los ángeles del Señor... El Hombre había vencido la triple batalla. El hombre sabía qué quería decir ser hombre, y había vencido; estaba exhausto, la lucha había sido más agotadora que el largo ayuno... Mas el espíritu descollaba en gran medida... Yo creo que ante este completarme como criatura dotada de cognición se estremecieron los Cielos. Yo creo que desde ese momento vino a mí el poder de milagros. Había sido Dios. Yo me había hecho el Hombre. Ahora, venciendo al animal que estaba unido a la naturaleza del hombre, he aquí que Yo era el Hombre-Dios, lo soy. Como Dios todo lo puedo, como Hombre todo lo conozco. Haced también vosotros como Yo si queréis hacer lo que Yo hago, y hacedlo en memoria mía.

Aquel hombre se maravillaba de que hubiera solicitado la ayuda del Padre, y de que le hubiera rogado que no me dejara caer en tentación, es decir, que no me dejara a merced de la Tentación más allá de mis fuerzas. Creo que aquel hombre, ahora que sabe, ya no se asombrará. Actuad también vosotros así, en memoria mía y para vencer como Yo, y no dudéis nunca viéndome fuerte en todas las tentaciones de la vida, victorioso en las batallas de los cinco sentidos, del sentido y del sentimiento, sobre mi naturaleza de verdadero Hombre (la que tengo además de mi naturaleza de Dios). Recordad todo esto.

80.11 Os había prometido llevaros a donde hubierais podido conocer al Maestro... desde el alba de su día (un alba pura como esta que está naciendo) hasta el mediodía de su vida, aquél del cual me alejé para ir hacia mi humana tarde... Le dije a uno de vosotros: “Yo también me he preparado”; ahora veis que era verdad.

Os doy las gracias por haberme hecho compañía en este retorno al lugar natal y al lugar penitencial. Los primeros contactos con el mundo me habían nauseado y desilusionado; es demasiado feo. Ahora mi alma está nutrida de la médula del león: de la fusión con el Padre en la oración y en la soledad. Puedo volver al mundo para coger de nuevo mi cruz, mi primera cruz de Redentor, la del contacto con el mundo, con el mundo en el que demasiado pocas son las almas cuyo nombre es María, cuyo nombre es Juan...

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Resumen: Lección sobre la tentación de Cristo. En ella se aborda el tema de Satanás, la tentación del Señor, el hecho de que es el Hombre-Dios y, por lo tanto, el Hijo del Hombre...

Anotación

Mateo 3, 13-17 y 4, 1-11: Entonces apareció Jesús. Había venido desde Galilea hasta el Jordán, junto a Juan, para que él lo bautizara. Juan quería impedírselo y le decía: «¡Soy yo quien necesita que tú me bautices, y eres tú quien viene a mí!». Pero Jesús le respondió: «Déjalo así por ahora, porque conviene que cumplamos así toda justicia». Entonces Juan lo dejó hacer. En cuanto Jesús fue bautizado, salió del agua, y he aquí que se abrieron los cielos: vio al Espíritu de Dios descender como una paloma y posarse sobre él. Y desde los cielos se oyó una voz que decía: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo mis delicias».

Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo. Tras ayunar cuarenta días y cuarenta noches, tuvo hambre.

El tentador se le acercó y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, ordena que estas piedras se conviertan en panes». Pero Jesús respondió: «Está escrito: El hombre no vive solo de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios».

Entonces el diablo lo llevó a la Ciudad Santa, lo puso en lo alto del Templo y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, tírate abajo; porque está escrito: Él dará órdenes a sus ángeles a tu favor, y: Te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con ninguna piedra». Jesús le respondió: «También está escrito: No pondrás a prueba al Señor tu Dios».

El diablo lo llevó de nuevo a una montaña muy alta y le mostró todos los reinos del mundo y su gloria. Le dijo: «Todo esto te lo daré si, postrándote a mis pies, me rindes culto». Entonces Jesús le dijo: «¡Apártate, Satanás! Porque está escrito: “Al Señor tu Dios adorarás, y a él solo le rendirás culto”».

Entonces el diablo lo abandonó. Y he aquí que se acercaron unos ángeles y le servían.

Marcos 1, 9-13

En aquellos días, Jesús vino de Nazaret, ciudad de Galilea, y fue bautizado por Juan en el Jordán. Y, al salir del agua, vio que los cielos se abrían y que el Espíritu descendía sobre él como una paloma. Se oyó una voz que venía de los cielos: «Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo mis delicias». » Inmediatamente, el Espíritu llevó a Jesús al desierto, donde permaneció cuarenta días, tentado por Satanás. Vivía entre las bestias salvajes, y los ángeles le servían.

Lucas 3, 21-22 y 4, 1-13: Mientras todo el pueblo se hacía bautizar y, tras haber sido bautizado también él, Jesús oraba, se abrió el cielo. El Espíritu Santo, en forma corporal, como una paloma, descendió sobre Jesús, y se oyó una voz que venía del cielo: «Tú eres mi Hijo amado; en ti encuentro mi alegría».

Jesús, lleno del Espíritu Santo, salió de las orillas del Jordán; impulsado por el Espíritu, fue llevado por el desierto, donde, durante cuarenta días, fue tentado por el diablo. No comió nada durante esos días y, cuando se cumplió ese tiempo, tuvo hambre.

Entonces el diablo le dijo: «Si eres Hijo de Dios, ordena a esta piedra que se convierta en pan». Jesús respondió: «Está escrito: El hombre no vive solo de pan».

Entonces el diablo lo llevó a un lugar más alto y le mostró en un instante todos los reinos de la tierra. Le dijo: «Te daré todo este poder y la gloria de estos reinos, pues a mí me ha sido entregado y lo doy a quien quiero. Así pues, si te postras ante mí, todo esto será tuyo». Jesús le respondió: «Está escrito: “Al Señor tu Dios te postrarás, y solo a él rendirás culto”».

A continuación, el diablo lo llevó a Jerusalén, lo colocó en lo alto del Templo y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, tírate desde aquí abajo; pues está escrito: “Él ordenará a sus ángeles que te protejan; y también: “Te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con ninguna piedra”». Jesús le respondió: «Está escrito: “No pondrás a prueba al Señor tu Dios”».

Habiendo agotado así todas las formas de tentación, el diablo se alejó de Jesús hasta el momento señalado.

Juan 1, 29-34: Al día siguiente, al ver a Jesús que venía hacia él, Juan exclamó: «He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo; de él es de quien dije: “El que viene detrás de mí me ha precedido, porque existía antes que yo”. Y yo no lo conocía; pero si he venido a bautizar con agua, es para que se manifieste a Israel». Entonces Juan dio este testimonio: «He visto al Espíritu descender del cielo como una paloma y posarse sobre él. Y yo no lo conocía; pero aquel que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquel sobre quien veas descender el Espíritu y permanecer, ese es el que bautiza en el Espíritu Santo”. Yo lo he visto y doy testimonio: este es el Hijo de Dios».

ECR 82.1

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Jesús llega por una calle, mira a su alrededor, no ve todavía a nadie. Pacientemente se apoya en un tronco y espera, encontrando la manera de hablar a los gamberros, sobre la caridad que comienza en Dios y desciende del Creador a todas las criaturas.

«No seáis crueles. ¿Por qué queréis disturbar a los pájaros del aire? Tienen nidos ahí arriba, tienen a sus pequeñas crías, no hacen daño a nadie, nos proporcionan cantos y limpieza, comiéndose los desperdicios que el hombre deja y los insectos que perjudican las cosechas y la fruta. ¿Por qué herirlos y matarlos, privando a los pequeñuelos de sus padres y de sus madres, o a éstos de sus pequeñuelos? ¿Os agradaría que un malvado entrase en vuestra casa y os la destruyera, o que os matara a vuestros padres o que os llevara lejos de ellos? No, claro que no os agradaría. Entonces, ¿por qué hacer a estos inocentes lo que no querríais que os hicieran a vosotros? ¿Cómo podréis el día de mañana no hacer mal al hombre, si, de niños, os endurecéis el corazón con criaturitas inermes y delicadas como los pajaritos? Y ¿no sabéis que la Ley dice: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”? Quien no ama al prójimo tampoco puede amar a Dios. Y quien no ama a Dios, ¿cómo puede ir a su Casa a pedirle algo? Dios podría decirle, y lo dice en los Cielos: “Vete, no te conozco. ¿Hijo, tú? No. No amas a tus hermanos, no respetas en ellos al Padre que los creó; por tanto, no eres ni hermano ni hijo, sino un bastardo: hijastro para Dios, hermanastro para los hermanos”. ¿Veis cómo ama Él, el Señor eterno? En los meses más fríos hace que sus pajaritos puedan encontrar llenos los heniles, para que aniden en ellos. En los meses calurosos les da las sombras de las hojas para protegerlos del sol. Durante el invierno, en los campos, apenas está el trigo cubierto de tierra y es fácil sacar la semilla y comerla. En verano, alivian la sed con las frutas jugosas, y pueden hacer los nidos bien sólidos y calientes con las pajitas de heno y con la lana que las ovejas dejan en las zarzas. Y es el Señor. Vosotros, pequeños hombres, creados por Él como los pájaros, por tanto hermanos suyos de creación, ¿por qué queréis ser distintos de Él, creyendo que os es lícito comportaros cruelmente con estos pequeños animales? Sed misericordiosos con todos y no privéis de lo justo a ninguno; para con los hombres hermanos y para con los animales, vuestros siervos y amigos; y Dios…».

«¿Maestro?» dice Simón. «Judas está llegando».

«... y Dios será misericordioso con vosotros, dándoos todo cuanto os hace falta, como se lo da a estos inocentes. Marchaos y llevad con vosotros la paz de Dios».