Ir al contenido

Notas del tema

María Valtorta

Página 1 de 4

Comodidad de lectura

Aa

ECR 2.1 · Volumen 1

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

­Veo un interior de una casa. Sentada a un telar hay una mujer ya de cierta edad. Viéndola con su pelo ahora entrecano, antes ciertamente negro, y su rostro sin arrugas pero lleno de esa seriedad que viene con los años, yo diría que puede tener de cincuenta a cincuenta y cinco años, no más.

Al indicar estas edades femeninas tomo como base el rostro de mi madre, cuya efigie tengo, más que nunca, presente estos días que me recuerdan los últimos suyos cerca de mi cama... Pasado mañana hará un año que ya no la veo... Mi madre era de rostro muy fresco bajo unos cabellos precozmente encanecidos. A los cincuenta años era blanca y negra como al final de la vida. Pero, aparte de la madurez de la mirada, nada denunciaba sus años. Por eso, pudiera ser que me equivocase al dar un cierto número de años a las mujeres ya mayores.

ECR 11.1

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

11.1 ¡Qué noche de infierno! Verdaderamente parecía como si los demonios hubieran salido a la Tierra a pasear. Cañonazos, truenos, relámpagos, peligro, miedo, sufrimiento por estar en una cama que no es mía... Y, en medio, como una flor toda blanca y suave entre fogonazos y angustias, la presencia de María, un poco más adulta que en la visión de ayer, pero todavía jovencita, con sus trenzas rubias sobre los hombros, su vestido blanco y su mansa, recogida sonrisa, una sonrisa interior, vuelta al misterio glorioso que lleva dentro de su corazón. Paso la noche comparando su aspecto dulce con la crueldad que hay en el mundo, y evocando sus palabras de ayer por la mañana, canto de caridad viva, en contraste con el odio que hace que los hombres se despedacen...

Detalle

3 de septiembre de 1944. Maria está en Compito (no en su casa, en Viareggio). Había sido evacuada a Sant'Andrea di Compito durante los combates de 1944.

ECR 15.1-4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Dice Jesús:

«El ciclo ha terminado. Y con él, tan dulce y delicado como ha sido, tu Jesús te ha mantenido, sin movimientos bruscos, al margen de la agitación de estos días. Como a niño envuelto en blandos paños de lana y depositado sobre mullidos almohadones, a ti te han envuelto estas beatas visiones, para que no sintieras, con el consiguiente terror, la crueldad de los hombres que se odian en vez de amarse. No serías capaz ya de soportar ciertas cosas, y no quiero que mueras por causa de ello: Yo cuido a mi “portavoz”.

15.2

Está para desaparecer del mundo ya la causa de todas las desesperaciones que han torturado a las víctimas. Por tanto, María, también cesa para ti el tiempo de este tremendo sufrimiento por demasia­das causas tan en contraposición con tu modo de sentir. No terminará tu sufrir: eres víctima; pero, parte de él, ésta, cesa. Después llegará el día en que Yo te diga, como a María de Magdala moribunda: “Descansa. Ahora es tiempo de descanso para ti. Dame tus espinas. Ahora es tiempo de rosas. Descansa y espera. Te bendigo, mujer bendita”.

Esto es lo que te decía — y era una promesa y tú no la entendiste — cuando llegaba el tiempo en que habías de ser sumergida, revolcada, en espinas, encadenada, colmada de espinas hasta en los más hondos recovecos de tu ser... Esto es lo que ahora te repito, con una alegría como sólo el Amor puede experimentar — y Yo soy el Amor —, cuando puede hacer cesar un dolor en su dilecto amado. Esto es lo que te digo ahora, ahora que ese tiempo de sacrificio cesa. Y Yo, que sé, por el mundo que no sabe, por Italia, por Viareggio, por esta pequeña población, a donde tú me has portado — medita el sentido de estas palabras —, Yo te expreso mi agradecimiento, como corresponde a las víctimas por su sacrificio.

15.3

Cuando te mostré a Cecilia, virgen-esposa, te dije que ella se había echado mis perfumes, y con ellos atrajo a su marido, a su cuñado, a sus domésticos, a sus familiares, a sus amigos. Tú has hecho — no lo sabes, pero te lo digo Yo, Yo que conozco las cosas — el papel de Cecilia en medio de este mundo enloquecido. Te has saturado de mí, de mi palabra, has llevado mis deseos a las personas, y las mejores han comprendido, y siguiéndote a ti, que eres víctima, muchísimas otras víctimas han surgido. Si tu patria, y los lugares que tú más quieres, no han sido completamente destruidos, ha sido porque muchas hostias han sido sacrificadas a raíz de tu ejemplo y de tu ministerio.

Gracias, mujer bendita. Continúa así. Tengo gran necesidad de salvar a la Tierra, de volver a comprar la Tierra; las monedas sois vosotras, las víctimas.

15.4

La Sabiduría que ha instruido a los santos, y que te instruye a ti con un magisterio directo, te eleve cada vez más en la comprensión de la Ciencia de vida y en practicarla. Levanta tú también tu pequeña tienda ante la casa del Señor. Te digo más aún: hinca las estacas que sostienen tu misma morada en la morada de la Sabiduría y mora en ella sin jamás dejarla. Descansarás así, protegida por el Señor, que te ama, como ave entre ramas florecidas, y Él será tu amparo ante cualquier tipo de intemperie espiritual y estarás en la luz de la gloria de Dios de donde descenderán para ti palabras de paz y verdad.

Puedes ir en paz. Te bendigo, mujer bendita».

Detalle

Jesús mostró a María el Evangelio y le hizo el siguiente dictado.

La visión de María Magdalena moribunda se encuentra en los Cuadernos de 1944 (30 de marzo de 1944). Cécile, la virgen esposa, aparece en las visiones y dictados del 22 y 23 de julio de 1944.

ECR 20.5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Es difícil decir y hacer comprender lo que siento y lo que se ha producido desde el 11 de febrero, desde la tarde en que vi sufrir a Jesús en su Pasión. Ha sido una visión que me ha cambiado radicalmente. Ya muriese ahora, ya dentro de cien años, esa visión permanecería siempre igual en su intensidad y en sus efectos. Antes pensaba en los dolores de Cristo; ahora los vivo, porque me basta una palabra, una mirada a una imagen, para volver a sufrir cuanto sufrí aquella tarde y para horrorizarme ante aquellos suplicios y angustiarme por aquel padecimiento suyo desolado; y, aunque nada lo recuerde, el recuerdo y su suplicio están vivos en mí.

ECR 20.8

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

20.8 Que tú, hija, sufras, además de por tu sufrimiento, por el mío y el de mi Jesús, es bueno, es meritorio y grato a Dios. Tengo en gran estima tu amor compasivo. ¿Querías besarme? Besa las llagas de mi Hijo. Úngelas con el bálsamo de tu amor. Yo sentí espiritualmente el agudo dolor de los azotes y de las espinas y la tortura de los clavos y de la cruz. Mas, de la misma forma, siento espiritualmente todas las caricias hechas a mi Jesús, y son otros tantos besos que yo recibo. Bueno, ven de todas formas; verdad es que soy la Reina del Cielo, pero sigo siendo la Madre...».

Y yo me siento beata.

ECR 29.6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

29.6 Dice María:

«Te había prometido que Él vendría a traerte su paz. ¿Te acuerdas de la paz que tenías durante los días de Navidad, cuando me veía­s con mi Niño? Entonces era tu tiempo de paz, ahora es tu tiempo de sufrimiento. Pero ya sabes que es en el sufrimiento donde se conquista la paz y toda gracia para nosotros y para el prójimo. Jesús-Hombre tornó a ser Jesús-Dios después del tremendo sufrimiento de la Pasión; tornó a ser Paz, Paz en el Cielo del que había venido y desde el cual, ahora, derrama su paz sobre aquellos que en el mundo le aman. Mas durante las horas de la Pasión, Él, Paz del mundo, fue privado de esta paz. No habría sufrido si la hubiera tenido, y debía sufrir, sufrir plenamente.»

ECR 31.8

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Descansa en la palabra de aquel que te guía. Cree y presta obediencia a su consejo.

Detalle

le dijo María a María:

Palabras clave

ECR 35.12

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

35.12 A ti, pequeño Juan, te podría hablar sobre el dolor de María por su doble, brusca separación de la casa y de la patria. Pero no hay necesidad de palabras. Tú lo comprendes y ello te hace morir. Dame tu dolor. Sólo quiero esto. Es más que cualquier otra cosa que puedas darme. Es viernes, María. Piensa en mi dolor y en el de María en el Gólgota para poder soportar tu cruz.

Nuestra paz y nuestro amor quedan contigo.

Detalle

María acaba de ver La huida a Egipto.

ECR 43.5-6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

43.5 Ahora ya tenéis, en escenas que reflejan momentos diversos, la santa Humanidad de mi Hijo, desde el alba al ocaso. Si el padre M. lo considera oportuno, puede componer una secuencia ordenada, de forma que quede un todo sin lagunas. Si es que lo estima útil.

Podríamos haber dado todo junto, pero la Providencia juzgó que así estaba bien; por ti, alma mía. En cada uno de los dictados te hemos dado la medicina para aquellas heridas que te serían infligidas. Te la hemos ido dando con antelación, para prepararte. Mientras está granizando, nada parece protegernos, mas no es así. Si bien es cierto que la tempestad reaviva la humanidad que duerme sepultada bajo las aguas espirituales, no lo es menos que también saca a la superficie las gemas de una doctrina sobrenatural que, habiendo sido depositadas en vuestro corazón, esperaban precisamente esa hora de tempestad para emerger y deciros: “Acordaos de que también existimos nosotros”.

Y no es sólo una razón de Providencia, alma mía, sino que también hay en ello una razón de bondad. En efecto, ¿cómo te hubiera sido posible, en el actual estado de postración en que te encuentras, ver u oír ciertas visiones o ciertos dictados? Te habrían lesionado en modo tal, que te habrían incapacitado para tu misión de “portavoz”. Por eso, los hemos dado antes, evitando así quebrarte el corazón — pues somos buenos — con visiones y palabras demasiado acordes con tu sufrir, que te lo habrían agudizado hasta portarlo al espasmo. No somos crueles, María. Siempre actuamos de forma que recibáis de Nosotros consuelo, y no temor o aumento de vuestro dolor. Nos es suficiente que os fiéis de Nosotros. Nos es suficiente que, con José, digáis: “Si me queda Jesús, todo me queda”, para que vayamos con dones celestes a consolar vuestro espíritu.

43.6 No te prometo dones y consolaciones humanas; sí, las mismas consolaciones que tuvo José: sobrenaturales.