Lo que le quería decir antes es lo siguiente.
Usted hoy me decía que cómo había podido saber los nombres de Hil.lel y Gamaliel y el de Siammai.
Pues bien, es la voz que yo llamo “segunda” la que me dice estas cosas. Se trata de una voz de carácter menos sensible aún que la de mi Jesús o que la de los otros que dictan; éstas son voces que — ya se lo he dicho y ahora se lo repito — mi oído espiritual percibe iguales que voces humanas; las oigo serenas o airadas, fuertes o bajas, jubilosas o tristes: es como si uno hablase a mi lado. Esta “segunda voz”, sin embargo, es como una luz, una intuición que habla en mi espíritu. “En”, no “a”, mi espíritu. Se trata de una indicación.
Así, mientras me acercaba al grupo de los que estaban discutiendo, sin saber quién era el noble personaje que, al lado de un anciano, disputaba con tanto calor, este “algo” interior me dijo: «Gamaliel — Hil.lel». Sí, primero Gamaliel, luego Hil.lel; estoy segura. Y mientras estaba pensando en quiénes eran éstos, este indicador interno me indicó a su vez el tercero, antipático individuo, justo en el momento en que Gamaliel le estaba llamando por su nombre. Así he podido saber quién era éste, de farisaico aspecto.