«¡Señor!».
«Mujer».
«Tu nombre, Señor».
«Jesús».
«No lo he oído nunca. Soy romana: mimo y bailarina. No soy experta más que en lascivias. ¿Qué quiere decir ese Nombre? El mío es Áglae y... y quiere decir: vicio».
«El mío quiere decir: Salvador».
«¿Cómo salvas? ¿A quién?».
«A quien tiene buena voluntad de salvación. Salvo enseñando a ser puros, a preferir el dolor a la pérdida del honor, a querer el bien a toda costa». Jesús habla sin acritud, pero sin siquiera volverse hacia la mujer.
«Yo estoy perdida...».
«Yo soy Aquel que busca a los perdidos».
«Yo estoy muerta».
«Yo soy Aquel que da Vida».
«Yo soy suciedad y embuste».
«Yo soy Pureza y Verdad».
«También eres Bondad, Tú, que no me miras, no me tocas, no me pisoteas. Piedad de mí...».
«Ten piedad de ti, tú, primero; de tu alma».
«¿Qué es el alma?».
«Es aquello que hace del hombre un dios y no un animal. El vicio y el pecado la matan y, una vez muerta, el hombre se vuelve animal repelente».
«¿Podré volver a verte?».
«Quien me busca me encuentra».
«¿Dónde estás?».
«Donde los corazones necesitan médico y medicinas para volver a ser honestos».
«Entonces... no te volveré a ver... Yo estoy donde no se quiere ni médico ni medicinas ni honestidad».
«Nada te impide venir a donde Yo esté. Mi Nombre será gritado por los caminos y llegará hasta ti. Adiós».
«Adiós, Señor. Déjame que te llame “Jesús”. ¡No por familiaridad!... Para que entre en mí un poco de salvación. Soy Áglae, acuérdate de mí».
«Sí. Adiós».