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Notas de la palabra clave

Ana de Aarón (madre de la Virgen María)

Tema: Personajes del Evangelio tal como me fue revelado · Página 2 de 4

Comodidad de lectura

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ECR 7.6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

¡Oh, papá mío! ¿Cuándo me vas a llevar al Templo?».

«Pronto, perla mía. Pero, ¿no te duele dejar a tu padre?».

«¡Mucho! Pero tú vendrás... y, además, si no doliese, ¿qué sacrificio sería?».

«¿Y te vas a acordar de nosotros?».

«Siempre. Después de la oración por el Emmanuel rezaré por vosotros. Para que Dios os haga dichosos y os dé una larga vida... hasta el día en que Él sea Salvador. Luego diré que os tome para llevaros a la Jerusalén del Cielo».

La visión me cesa con María estrechada en el lazo de los brazos de su padre...

ECR 8.1

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

8.1 ­Veo a María caminando entre su padre y su madre por las calles de Jerusalén. (...)

Joaquín lleva el mismo vestido de la Purificación. Ana, en cambio, un oscurísimo morado; el manto, que le tapa incluso la cabeza, es también morado oscuro; lo lleva muy bajo, a la altura de los ojos, dos pobres ojos de madre rojos de llanto, que no quisieran llorar, y que no quisieran, sobre todo, ser vistos llorar, pero que no pueden no llorar al amparo del manto. Éste protege, por una parte, de los que pasan; también, de Joaquín, cuyos ojos, siempre serenos, hoy están también enrojecidos y opacos por las lágrimas (las que ya han caído y las que aún siguen cayendo). Camina muy curvado, bajo su velo a guisa casi de turbante que le cubre los lados del rostro.

Joaquín está muy envejecido. Los que le ven deben pensar que es abuelo o quizás bisabuelo de la pequeñuela que lleva de la mano. El pobre padre, a causa de la pena de perderla, va arrastrando los pies al caminar; todo su porte es cansino y le hace unos veinte años más viejo de lo que en realidad es; su rostro parece el de una persona enferma además de vieja, por el mucho cansancio y la mucha tristeza; la boca le tiembla ligeramente entre las dos arrugas — tan marcadas hoy — de los lados de la nariz.

Los dos tratan de celar el llanto. Pero, si pueden hacerlo para muchos, no pueden para María, la cual, por su corta estatura, los ve de abajo arriba y, levantando su cabecita, mira alternativamente a su padre y a su madre. Ellos se esfuerzan en sonreírle con su temblorosa boca, y aprietan más con su mano la diminuta manita cada vez que su hijita los mira y les sonríe. Deben pensar: «Sí. Otra vez menos que veremos esta sonrisa».

Detalle

Descripción física de Ana y Joaquín cuando María entra en el Templo a la edad de tres años.

ECR 8.2

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

8.2 ­Van despacio, muy despacio. Da la impresión de que quieren prolongar lo más posible su camino. Todo es ocasión para detenerse... Pero, ¡siempre debe tener un fin un camino!... Y éste está ya para acabarse. En efecto, allí, en la parte alta de este último tramo en subida, están los muros que circundan el Templo. Ana gime, y estrecha más fuertemente la manita de María.

«¡Ana, querida mía, aquí estoy contigo!». dice una voz desde la sombra de un bajo arco echado sobre un cruce de calles. Isabel estaba esperando. Ahora se acerca a Ana y la estrecha contra su corazón, y, al ver que Ana llora, le dice: «Ven, ven un poco a esta casa amiga; también está Zacarías».

Entran todos en una habitación baja y oscura cuya luz es un vasto fuego. La dueña, que sin duda es amiga de Isabel, si bien no conoce a Ana, amablemente se retira, dejando a los llegados libertad de hablar.

«No creas que estoy arrepentida, o que entregue con mala voluntad mi tesoro al Señor — explica Ana entre lágrimas — ... Lo que pasa es que el corazón... ¡oh, cómo me duele el corazón, este anciano corazón mío que vuelve a su soledad, a esa soledad de quien no tiene hijos!... Si lo sintieras...».

«Lo comprendo, Ana mía... Pero tú eres buena y Dios te confortará en tu soledad. María va a rezar por la paz de su mamá, ¿ver­dad?».

María acaricia las manos maternas y las besa, se las pone en la cara para ser acariciada a su vez, y Ana cierra entre sus manos esa carita y la besa, la besa... no se sacia de besarla.

Entra Zacarías y saluda diciendo: «A los justos la paz del Señor».

«Sí — dice Joaquín —, pide paz para nosotros porque nuestras entrañas tiemblan, ante la ofrenda, como las de nuestro padre Abraham mientras subía el monte; y nosotros no encontraremos otra ofrenda que pueda recobrar ésta; ni querríamos hacerlo, porque somos fieles a Dios. Pero sufrimos, Zacarías. Compréndenos, sacerdote de Dios, y no te seamos motivo de escándalo».

«Jamás. Es más, vuestro dolor, que sabe no transpasar lo lícito, que os llevaría a la infidelidad, es para mí escuela de amor al Altísimo. ¡Ánimo!»

Detalle

Ana, Joaquín y María están en Jerusalén. La Madre del Salvador se prepara para entrar en el Templo a los tres años.

Anotación

Es como la ofrenda de Abraham cuando subió al monte, y no encontraremos otra ofrenda que redima ésta. Cf. Génesis 22:1-18. Es precisamente en el monte Moriah, donde se encuentra el Templo, donde la Biblia sitúa el sacrificio de Isaac. Fue sustituido en el último momento por un carnero.

Libro de Génesis 22, 1-8

Gén 22, 1-8: Después de estos acontecimientos, Dios puso a prueba a Abrahán. Le dijo: "¡Abraham! Abraham respondió: "¡Aquí estoy! Dios le dijo: "Toma a tu hijo, a tu único hijo, al que amas, Isaac, y vete a la tierra de Moriah, y ofrécelo allí en holocausto en el monte que te mostraré.

Abraham se levantó temprano por la mañana, ensilló su asno y se llevó consigo a dos de sus criados y a su hijo Isaac. Partió la leña para el holocausto y se puso en camino hacia el lugar que Dios le había indicado. Al tercer día, Abraham levantó la vista y vio el lugar a lo lejos. Abraham dijo a sus criados: "Quedaos aquí con el asno. Yo y el muchacho iremos allí a adorar, y luego volveremos contigo".

Abraham tomó la leña para el holocausto y la cargó sobre su hijo Isaac; éste tomó el fuego y el cuchillo, y los dos fueron juntos. Isaac dijo a su padre Abraham: "¡Padre mío! - ¿Y bien, hijo mío? Isaac respondió: "Ahí están el fuego y la leña, pero ¿dónde está el cordero para el holocausto? Abraham respondió: "Dios encontrará el cordero para el holocausto, hijo mío. Y los dos se pusieron en camino juntos.

Llegaron al lugar que Dios les había indicado. Abraham construyó allí el altar y colocó la leña; luego ató a Isaac, su hijo, y lo puso sobre el altar, encima de la leña. Abraham extendió la mano y empuñó el cuchillo para matar a su hijo. Pero el ángel del Señor le llamó desde el cielo y le dijo: "¡Abraham! Abraham!" El respondió: "¡Aquí estoy! El ángel le dijo: "¡No le pongas la mano encima! ¡No le hagas daño! Ahora sé que temes a Dios: no me has negado a tu hijo, tu único hijo.

Abraham levantó la vista y vio en un arbusto un carnero sujeto por los cuernos. Fue, tomó el carnero y lo ofreció en holocausto en lugar de su hijo. Abraham llamó a aquel lugar "El Señor ve". Hoy se llama "En el monte ve el Señor". Desde el cielo, el ángel del Señor llamó a Abraham por segunda vez.

Le dijo: "Juro por mí mismo, dice el Señor, que por haber hecho esto, por no haberme negado a tu hijo, tu único hijo, te bendeciré, haré que tu descendencia sea tan numerosa como las estrellas del cielo y como la arena del mar, y tu descendencia poseerá las fortalezas de sus enemigos. Por haber escuchado mi voz, todas las naciones de la tierra se bendecirán mutuamente por el nombre de tu descendencia.

ECR 8.4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

8.4 ­Ana ya está más animada. Isabel, buscando confortarla aún más, pregunta: «¿No es éste tu velo de cuando te casaste?, ¿o has hilado más muselina?».

«Es aquél. Lo consagro con Ella al Señor. Ya no tengo ojos para hilar... Además, por impuestos y adversidades, las posibilidades eco­nómicas son mucho menores... No me era lícito hacer gastos onerosos. Sólo me he preocupado de que tuviera un ajuar considerable para el tiempo que transcurra en la Casa de Dios y para después... porque creo que no seré yo quien la vista para la boda... Pero quiero que sea la mano de su madre, aunque esté ya fría e inmóvil, la que la haya ornado para la boda y le haya hilado la ropa y el vestido de novia».

«¡Oh, por qué tienes que pensar así?».

«Soy vieja, prima. Jamás me he sentido tan vieja como ahora bajo el peso de este dolor. Las últimas fuerzas de mi vida se las he dado a esta flor, para llevarla y nutrirla, y ahora... y ahora... el dolor de perderla sopla sobre las postreras y las dispersa».

«No digas eso. Queda Joaquín».

«Tienes razón. Trataré de vivir para mi marido».

Joaquín ha hecho como que no ha oído, atento como está a lo que le dice Zacarías; pero sí que ha oído, y suspira fuertemente, y sus ojos brillan de llanto.

Anotación

Me era imposible gastar mucho dinero. Sólo preparé un rico ajuar para su estancia en la Casa de Dios y para después... En la boda de María, Isabel habló de este ajuar preparado por Ana, ya desaparecida (EMV 13.3).

Nuestros recursos han disminuido a causa de los impuestos y los reveses de la fortuna... Este revés de la fortuna se menciona varias veces en la obra, sobre todo en EMV 9.

Ya soy vieja, prima mía. Isabel suele ser presentada como sobrina de Ana y prima de María. Aquí es prima hermana de Ana. A menos que se trate de una designación habitual, como lo era "hermano" para los primos.

ECR 8.5-6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Por el intenso sol, María parece aún más de nieve. Ahí está, al pie de la escalinata, entre sus padres. ¡Cómo debe latirles el corazón a los tres! Isabel está al lado de Ana, pero un poco retrasada, como medio paso.

8.6 ­Un sonido de trompetas argentinas y la puerta gira sobre los goznes, los cuales, al moverse sobre las esferas de bronce, parecen producir sonido de cítara. Se ve el interior, con sus lámparas en el fondo. Un cortejo viene desde allí hacia el exterior. Es un pomposo cortejo acompañado de sonidos de trompetas argénteas, nubes de incienso y luces.

Ya ha llegado al umbral; delante, el que debe ser el Sumo Sacerdote: un anciano solemne, vestido de lino finísimo, cubierto con una túnica más corta, también de lino, y sobre ésta una especie de casulla — recuerda en parte a la casulla y en parte al paramento de los diáconos — multicolor: púrpura y oro, violáceo y blanco se alternan en ella y brillan como gemas al sol; y dos piedras preciosas resplandecen encima de los hombros más vivamente aún (quizás son hebillas con un engaste precioso); al pecho lleva una ancha placa resplandeciente de gemas sujeta con una cadena de oro; y colgantes y adornos lucen en la parte de abajo de la túnica corta, y oro en la frente sobre la prenda que cubre su cabeza (una prenda que me recuerda a la de los sacerdotes ortodoxos, con su mitra en forma de cúpula en vez de en punta como la mitra católica).

El solemne personaje avanza, solo, hasta el comienzo de la escalinata, bajo el oro del sol, que le hace todavía más espléndido. Los otros esperan, abiertos en forma de corona, fuera de la puerta, bajo el pórtico umbroso. A la izquierda hay un cándido grupo de niñas, con Ana, la profetisa, y otras maestras ancianas.

El Sumo Sacerdote mira a la Pequeña y sonríe. ¡Debe parecerle bien pequeñita al pie de esa escalinata digna de un templo egipcio! Levanta los brazos al cielo para pronunciar una oración. Todos bajan la cabeza como anonadados ante la majestad sacerdotal en comunión con la Majestad eterna.

Luego... una señal a María, y Ella se separa de su madre y de su padre y sube, sube como hechizada. Y sonríe, sonríe a la zona del Templo que está en penumbra, al lugar en que pende el preciado Velo... Ha llegado a lo alto de la escalinata, a los pies del Sumo Sacerdote, que le impone las manos sobre la cabeza. La víctima ha sido aceptada. ¿Alguna vez había tenido el Templo una hostia más pura?

Luego se vuelve y, pasando la mano por el hombro de la Corderita sin mancha, como para conducirla al altar, la lleva a la puerta del Templo y, antes de hacerla pasar pregunta:

«María de David, ¿conoces tu voto?». Ante el «sí» argentino que le responde, él grita: «Entra, entonces. Camina en mi presencia y sé perfecta».

Y María entra y desaparece en la sombra, y el cortejo de las vírgenes y de las maestras, y luego de los levitas, la ocultan cada vez más, la separan... Ya no se la ve...

La puerta se vuelve, girando sobre sus armoniosos goznes. Una abertura, cada vez más estrecha, permite todavía ver al cortejo, que se va adentrando hacia el Santo. Ahora es sólo una rendija. Ahora ya nada. Cerrada.

Al último acorde de los sonoros goznes responde un sollozo de los dos ancianos y un grito único: «¡María! ¡Hija!». Luego dos gemidos invocándose mutuamente: «¡Ana, Joaquín!». Luego, como final: «Glorifiquemos al Señor, que la recibe en su Casa y la conduce por sus caminos».

Y todo termina así.

Anotación

Le hace señas a Marie. Ella se separa de su padre y de su madre y sube, como fascinada. La descripción de María Valtorta es un eco notable de este texto de San Juan Damasceno del siglo VII/XVIII: "María subió corriendo los quince escalones sin volver la vista atrás y sin mirar a sus padres como hacen los niños pequeños. Y esto asombró a todos los presentes, hasta el punto de que incluso los sacerdotes del Templo estaban asombrados".

ECR 9.1-5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

9.1 Dice Jesús:

«Como un rápido crepúsculo de invierno en que un viento de nieve acumule nubes en el cielo, la vida de mis abuelos conoció rápida la noche, una vez que su Sol se había quedado fijo resplandeciendo ante la sagrada Cortina del Templo.

9.2 ­Pero, ¿acaso no fue dicho: “La Sabiduría inspira vida a sus hijos, toma bajo su protección a los que la buscan... Quien la ama ama la vida, y quien está en vela por ella gozará de su paz. Quien la posee heredará la vida... Quien la sirve rendirá obediencia al Santo, y a quien la ama Dios lo ama mucho... Si cree en ella la tendrá como herencia y le será como tal confirmada a su posteridad porque lo acompaña en la prueba. En primer lugar le elige, luego enviará sobre él temores, miedos y pruebas, le atormentará con el flagelo de su disciplina, hasta haberle probado en sus pensamientos y poder fiarse de él. Mas luego le dará estabilidad, volverá a él por recto camino y le alegrará. Le descubrirá sus arcanos, pondrá en él tesoros de ciencia y de inteligencia en la justicia”?

Sí, todo esto fue dicho. Los libros sapienciales son aplicables a todos los hombres, que en ellos tienen un espejo de sus comportamientos y una guía. Mas dichosos aquellos que puedan ser reconocidos como amantes espirituales de la Sabiduría.

Yo me circundé de una parentela mortal de sabios. Ana, Joaquín, José, Zacarías y, más aún, Isabel y luego el Bautista, ¿no son, acaso, verdaderos sabios? Y eso sin hablar de mi Madre, en la cual la Sabiduría había hecho morada.

9.3 ­Desde la juventud hasta la tumba, la Sabiduría había inspirado a mis abuelos la manera de vivir de forma grata a Dios; y, como un toldo que protege de la violencia de los elementos, los había protegido del peligro de pecar. El santo temor de Dios es base del árbol de la sabiduría, que, a partir de aquél, se desarrolla impetuoso con todas sus ramas para alcanzar con su copa el amor tranquilo en su paz, el amor pacífico en su seguridad, el amor seguro en su fidelidad, el amor fiel en su intensidad, el amor total, generoso, activo de los santos.

“Quien la ama ama la vida y recibirá en herencia la Vida” dice el Eclesiástico. Pues bien, esto se funde con mi: “Aquel que pierda la vida por amor mío, la salvará”. Porque no se habla de la pobre vida de esta tierra, sino de la eterna; no de las alegrías de una hora, sino de las inmortales.

Joaquín y Ana la amaron en ese sentido. Y ella estuvo con ellos en las pruebas.

¡Cuántas, vosotros, que, pensando que no sois completamente malvados, querríais no tener que llorar ni sufrir nunca! ¡Cuántas pruebas sufrieron estos dos justos que merecieron tener por hija a María! La persecución política que los arrojó de la tierra de David, empobreciéndolos excesivamente. La tristeza de ver caer en la nada los años sin que una flor les dijese: “Yo os continuaré”. Y luego la congoja por haberla tenido a una edad en que ciertamente no la iban a ver hacerse mujer. Y, más tarde, el tener que arrancarse de su corazón esta flor para depositarla sobre el altar de Dios. Y el vivir en un silencio más oprimente aún que el primero, ahora que se habían acostumbrado al gorjeo de su tortolita, al rumor de sus pasitos, a las sonrisas, a los besos de su criatura; y esperar en el recuerdo la hora de Dios. Y más, y más todavía: enfermedades, calamidades por la intemperie, abusos de los poderosos... muchos golpes de ariete contra el débil castillo de su modesta prosperidad. Y no acaba aquí todo: el dolor de esa criatura lejana, que se quedaba sola y pobre, y que, a pesar de todas las atenciones y todos los sacrificios, no tendría sino un resto del bien paterno. ¿Y cómo podía encontrarlo, si durante años todavía quedaría yermo, cerrado, esperándola? Temores, miedos, pruebas y tentaciones. Y fidelidad, fidelidad, fidelidad, siempre, a Dios.

9.4 ­La tentación más fuerte: no negarse el consuelo de su hija en torno a su vida ya declinante. Pero, los hijos son de Dios antes que de los padres. Todos los hijos pueden decir lo que Yo le dije a mi Madre: “¿No sabes que debo ocuparme de los intereses del Padre de los Cielos?”. Y todas las madres y todos los padres deben aprender la actitud a guardar en estos casos, mirando a María y a José en el Templo, a Ana y a Joaquín en la casa de Nazaret, cada vez más vacía y triste, aunque, no obstante, en ella una cosa no disminuyese nunca, sino que, al contrario, crecía cada vez más: la santidad de dos corazones, la santidad de una unión matrimonial.

¿Qué luz le queda a Joaquín, enfermo; qué luz le queda a su adolorada esposa en las largas y silenciosas tardes propias de ancianos que se sienten morir? Los vestiditos, las primeras sandalitas, los pobres juguetitos de su criatura lejana, y los recuerdos, los recuerdos, los recuerdos. Y, con éstos, una paz que proviene del poder decir: “Sufro, pero he cumplido mi deber de amor hacia Dios”.

Pues bien, he aquí que se produce una alegría sobrehumana de celestial brillo, no conocida por los hijos de este mundo, y que no se opaca por el hecho de que un grave párpado descienda sobre dos ojos que mueren, sino que en la postrera hora resplandece más, e ilumina verdades que habían estado dentro durante toda la vida, cerradas como mariposas en su capullo, que daban señales de estar dentro de ellos sólo por unos suaves movimientos de ligeros destellos, mientras que ahora abren sus alas de sol mostrando las palabras que las decoran. Y la vida se apaga en el conocimiento de un futuro beato para ellos y para su estirpe, bendiciendo a su Dios.

9.5 ­Así fue la muerte de mis abuelos, como era justo que fuera por su vida santa. Por la santidad merecieron ser los primeros depositarios de la Amada de Dios, y, sólo cuando un Sol mayor se mostró en su vital ocaso, ellos intuyeron la gracia que Dios les había concedido.

Por la santidad que tuvieron, Ana no padeció la tortura propia de la puérpera, sino que experimentó el éxtasis de quien llevó a la Sin Culpa. No sufrieron la angustia de la agonía, sino que fueron languor que se apaga, como dulcemente se apaga una estrella cuando el Sol sale con la aurora. Y, si bien no experimentaron el consuelo de tenerme como Encarnada Sabiduría, como me tuvo José, Yo, no obstante, estaba allí, invisible Presencia que decía sublimes palabras, inclinado hacia su almohada para adormecerlos en la paz en espera del triunfo.

Hay quien dice: “¿Por qué no debieron sufrir al generar y al morir, puesto que eran hijos de Adán?”. A éste le respondo: “Si el Bautista, hijo de Adán y concebido con la culpa de origen, fue presantificado en el seno de su madre porque Yo le visité, ¿ninguna gracia va a haber recibido la madre santa de la Santa sin Mancha, de la Preservada por Dios que llevó consigo a Dios en su espíritu casi divino y en el corazón embrional, y que no se separó nunca de Él desde que fue pensada por el Padre, desde que fue concebida en un seno, hasta que retornó a poseer a Dios plenamente en el Cielo para una eternidad gloriosa?”. A éste le respondo: “La recta conciencia proporciona una muerte serena y las oraciones de los santos os obtienen tal muerte”.

Joaquín y Ana tenían toda una vida de recta conciencia a sus espaldas, y ésta se alzaba como sosegado panorama y los guió hasta el Cielo; y tenían a la Santa en oración por ellos, sus padres lejanos, ante el Tabernáculo de Dios. Dios, Bien supremo, era antes que ellos, pero Ella amaba a sus padres, como querían la ley y el sentimiento, con un amor sobrenaturalmente perfecto».

Anotación

Libro de Ben Sira el Sabio 4, 11-18

Si 4, 11-18 : La Sabiduría conduce a sus hijos a la grandeza; cuida de los que la buscan. Amarla es amar la vida; los que la buscan desde el alba se colmarán de felicidad; el que la posee heredará la gloria; donde entra, el Señor da su bendición.

Los que adoran la sabiduría celebran al Dios santo; los que la aman son amados por el Señor; el que la escucha juzgará a las naciones; el que se aferra a ella estará seguro en su morada. Si confía en ella, la poseerá, y todos sus descendientes la heredarán.

Al principio, ella le conducirá por caminos tortuosos, infundiéndole temor y aprensión, atormentándole con la severidad de su educación, hasta que pueda confiar en ella; le pondrá a prueba con sus exigencias. Entonces volverá directamente a él y le colmará de felicidad revelándole sus secretos.

Todo hijo puede decir lo que yo dije a mi Madre: "¿No sabes que tengo que velar por los intereses del Padre que está en los Cielos? " En Lucas 2, 49 (cf. EMV 41.12).

ECR 9.2

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Yo me circundé de una parentela mortal de sabios. Ana, Joaquín, José, Zacarías y, más aún, Isabel y luego el Bautista, ¿no son, acaso, verdaderos sabios? Y eso sin hablar de mi Madre, en la cual la Sabiduría había hecho morada.

Detalle

Jesús dijo:

ECR 10.4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

10.4 ­Conozco mi destino. La Ley secular de Israel quiere de toda niña una esposa y de toda esposa una madre. Pero yo, no sin obedecer a la Ley, obedezco a la Voz que me dice: “Yo te quiero par mí”, y permaneceré siempre virgen. ¿Cómo podré hacerlo? Esta dulce, invisible Presencia que está conmigo me ayudará, porque ella desea eso. Yo no temo. Ya no tengo ni padre ni madre... y sólo el Eterno sabe cómo en ese dolor se quemó cuanto yo tenía de humano. Ardió con dolor atroz. Ahora sólo tengo a Dios. A Él, por tanto, le presto obediencia ciegamente... Lo habría hecho incluso contra el padre y la madre, porque la Voz me enseña que quien quiere seguirla debe pasar por encima del padre y de la madre, amorosas patrullas de ronda en torno a los muros del corazón filial, al que quieren conducir a la alegría según sus caminos... y no saben que hay otros caminos de infinita alegría. Yo les habría dejado los vestidos y el manto, con tal de seguir la Voz que me dice: “¡Ven, dilecta mía, esposa mía!”. Les habría dejado todo; y las perlas de las lágrimas — porque habría llorado por tener que desobedecer —, y los rubíes de mi sangre — que hasta a la muerte habría desafiado por seguir la Voz que llama — les habrían dicho que hay algo más grande que el amor de un padre y una madre, y más dulce: la Voz de Dios. Pero ahora su voluntad me ha dejado libre incluso de este lazo de piedad filial. Ya de por sí no habría habido lazo. Eran dos justos, y Dios, ciertamente, hablaba en ellos como me habla a mí. Habrían seguido la justicia y la verdad. Cuando pienso en ellos, pienso que están en la quietud de la espera entre los Patriarcas, y acelero con mi sacrificio la venida del Mesías para abrirles las puertas del Cielo. En la tierra yo me rijo, o sea, es Dios quien rige a su pobre sierva diciéndole sus preceptos, y yo los cumplo, porque cumplirlos es mi alegría. Cuando llegue la hora, le diré a mi esposo mi secreto... y él lo acogerá en su interior».

ECR 11.4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Si miro hacia atrás yo me veo ya consagrada... No tengo memoria de la hora en que nací, ni de cómo empecé a amar a mi madre y a decirle a mi padre: “¡Oh, padre, yo soy tu hija!”... Pero sí recuerdo, aunque no a partir de cuándo, haber dado mi corazón a Dios.

(...) Ya no me acordaba de todo esto porque había puesto todo mi corazón en Dios y, aparte de mi padre y de mi madre, a quienes amé en vida y después de muertos, todas las demás cosas de la tierra habían desaparecido de mi corazón...