Ir al contenido

Notas de la palabra clave

Biblia - Evangelio de Marcos

Tema: Evangelios · Página 1 de 4

Comodidad de lectura

Aa

ECR 6.6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

6.6 Dice Jesús:

«Salomón pone en boca de la Sabiduría estas palabras: “Quien sea niño venga a mí”. Y verdaderamente, desde la roca, desde los muros de su ciudad, la eterna Sabiduría le decía a la eterna Niña: “Ven a mí”. Se consumía por tenerla. Pasado un tiempo, el Hijo de la Doncella purísima dirá: “Dejad que los niños vengan a mí, porque el Reino de los Cielos es de ellos, y quien no se haga como ellos no tendrá parte en mi Reino”. Las voces se buscan recíprocamente y, mientras la voz proveniente del Cielo grita a la pequeñuela María: “Ven a mí”, la voz del Hombre dice: “Venid a mí si sabéis ser niños”, y al decirlo piensa en su Madre.

Os doy el modelo en mi Madre.

Ella es la perfecta Niña con corazón de paloma sencillo y puro, Aquélla a quien ni los años ni el contacto con el mundo enrudecen bárbaramente, corrompiendo su espíritu o haciéndole tortuoso o mentiroso. Porque Ella no lo quiere. Venid a mí mirando a María.

Anotación

Salomón dijo: Proverbios 9:4.

Más tarde, el Hijo del Niño Puro dirá: "Dejad que los niños vengan a mí, porque de ellos es el reino de los cielos; el que no es como ellos no tiene parte en mi reino. " Jesús dirá esto en EMV 378.8 y en Mateo 19, 14-15; Marcos 10, 13-14, y Lucas 18, 15-17.

Evangelio de Mateo 19, 14-15

Mt 19, 14-15 : Jesús les dijo: "Dejad en paz a estos niños y no les impidáis que vengan a mí, porque el reino de los cielos es para los que son como ellos. "Y, imponiéndoles las manos, siguió su camino.

Evangelio de Lucas 18, 15-17

Lc 18, 15-17 : Algunas personas le trajeron a sus niños pequeños para que los tocara; al ver esto, sus discípulos les reprendieron. 16Pero Jesús, llamando a los niños, les dijo: "Dejad que los niños vengan a mí y no se lo impidáis, porque el Reino de Dios es de los que son como ellos. 17En verdad os digo que el que no reciba el Reino de Dios como un niño no entrará en él. "

Evangelio de Marcos 10, 13-14

Mc 10, 13-14 : Le traían niños pequeños para que los tocara. Pero los discípulos reprendieron a los que los traían. Al ver esto, Jesús se indignó y les dijo: "Dejad que los niños vengan a mí y no se lo impidáis, porque el Reino de los Cielos es de los que son como ellos."

ECR 9.3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

“Quien la ama ama la vida y recibirá en herencia la Vida” dice el Eclesiástico. Pues bien, esto se funde con mi: “Aquel que pierda la vida por amor mío, la salvará”. Porque no se habla de la pobre vida de esta tierra, sino de la eterna; no de las alegrías de una hora, sino de las inmortales.

Anotación

Libro de Ben Sira el Sabio 4, 12-13

Si 4, 12-13 : Amarla es amar la vida; quien la busca desde el alba se colmará de felicidad; quien la posee heredará la gloria; donde entra, el Señor da su bendición.

Evangelio de Mateo 16, 25

Mt 16, 25 : Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí, la encontrará.

Evangelio de Marcos 8, 35 y Evangelio de Lucas 9, 24

Mc 8, 35 / Lc 9, 24: Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará.

Véase EMV 346.9.

ECR 35.9

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Para ser grandes en mi Reino hay que hacerse “pequeños”. Quien quiera ser “grande” a los ojos del mundo no es apto para reinar en mi Reino; paja es para el lecho de los demonios. Porque la grandeza del mundo está en antítesis con la Ley de Dios.

El mundo llama “grandes” a quienes — con medios casi siempre ilícitos — saben conseguir los mejores puestos y, para hacerlo, hacen del prójimo escabel, y ponen su pie encima y le aplastan; llama “grandes” a los que saben matar para reinar — matar moral o materialmente — y arrebatan puestos o se enseñorean de las naciones y se enriquecen desangrando a los demás, arrebatándoles la riqueza individual o colectiva. El mundo llama frecuentemente “grandes” a los delincuentes. No. La “grandeza” no está en la delincuencia, está en la bondad, la honradez, el amor, la justicia. ¡Observad qué venenosos frutos — recogidos en su malvado, demoníaco jardín interior — vuestros “grandes” os ofrecen!

Anotación

Mateo 20, 25-28 : Jesús los reunió y les dijo: "Como sabéis, los jefes de las naciones las dominan y los grandes hacen sentir su poder. Pero entre vosotros no será así: el que quiera hacerse grande entre vosotros, será vuestro servidor; y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo. Así que el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos.

Marcos 10, 41-45: Jesús los reunió y les dijo: "Como sabéis, los que son tenidos por jefes de las naciones las dominan; los grandes les hacen sentir su poder. Pero entre vosotros no debe ser así. El que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor. Porque el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos".

Lucas 22, 25-27: Pero Jesús les dijo: "Los reyes de las naciones las gobiernan, y los que tienen autoridad sobre ellas se llaman bienhechores. Pero a vosotros no. Al contrario, que el mayor entre vosotros se haga como el más joven, y el que tiene autoridad como el que sirve. Porque, ¿quién es más grande, el que se sienta a la mesa o el que sirve? ¿No lo es el que está a la mesa? Pero yo estoy entre vosotros como el que sirve.

ECR 45.1-5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

45.1 Veo una llanura despoblada de vegetación y de casas. No hay campos cultivados, y muy pocas y raras plantas reunidas aquí o allá en matas — vegetales familias — en los sitios en que el suelo está por debajo menos quemado. Imagine que este terreno quemado y baldío está a mi derecha — teniendo yo el norte a mis espaldas — y se prolonga hacia el Sur respecto a mí.

A la izquierda veo un río de orillas muy bajas, que corre lentamente también de Norte a Sur. Por el movimiento lentísimo del agua comprendo que no debe haber desniveles en su lecho y que fluye por una llanura tan achatada que constituye una depresión. El movimiento es apenas suficiente para que el agua no se estanque formando un pantano. (El agua es poco profunda, tanto que se ve el fondo; a mi juicio, no más de un metro, como mucho uno y medio. Tiene la anchura del Arno hacia S. Miniato-Empoli: yo diría que unos veinte metros. Pero no tengo buen ojo para calcular con exactitud). Es de un azul ligeramente verde hacia las orillas, donde, por la humedad del suelo, hay una faja tupida de hierba que alegra la vista, cansada de la desolación pedregosa y arenosa de cuanto se le extiende delante.

Esa voz íntima que le he explicado que oigo y me indica lo que debo notar y saber me advierte que estoy viendo el valle del Jordán. Lo llamo valle porque se emplea esta palabra para indicar el lugar por donde corre un río, pero en este caso es impropio llamarlo así porque un valle presupone montes y yo aquí no veo montes cercanos. Pero, en fin, estoy en el Jordán, y el espacio desolado que observo a mi derecha es el desierto de Judá. Si es correcto llamarlo desierto en el sentido de un lugar donde no hay casas ni trabajo humano, no lo es según el concepto que nosotros tenemos de desierto. Aquí no se ven esas arenas onduladas que nosotros nos pensamos, sino sólo tierra desnuda, con piedras y detritus esparcidos; es como los terrenos aluviales después de una crecida. En la lejanía, colinas.

Además, junto al Jordán hay una gran paz, un algo especial, superior a lo común, como lo que se nota en las orillas del Trasimeno. Es un lugar que parece guardar memoria de vuelos de ángeles y voces celestes. No sé bien decir lo que experimento, pero me siento en un lugar que habla al espíritu.

45.2 Mientras observo estas cosas, veo que la escena se puebla de gente a lo largo de la orilla derecha — respecto a mí — del Jordán. Hay muchos hombres, vestidos de diversas formas. Algunos parecen gente del pueblo, otros ricos; no faltan algunos que parecen fariseos por el vestido ornado de ribetes y galones.

Entre todos ellos, en pie sobre una roca, un hombre a quien, aunque sea la primera vez que le veo, lo reconozco en seguida como el Bautista. Habla a la multitud, y le aseguro que no son palabras dulces. Jesús llamó a Santiago y a Juan “los hijos del trueno”... ¿Cómo llamar entonces a este vehemente orador? Juan Bautista merece el nombre de rayo, avalancha, terremoto... ¡Gran ímpetu y severidad, manifiesta, efectivamente, en su modo de hablar y en sus gestos!

Habla anunciando al Mesías y exhortando a preparar los corazones para su venida, extirpando de ellos los obstáculos y enderezando los pensamientos. Es un hablar vertiginoso y rudo. El Precursor no tiene la mano suave de Jesús sobre las llagas de los corazones. Es un médico que desnuda y hurga y corta sin miramientos.

45.3 Mientras le escucho — no repito las palabras porque son las mismas que citan los evangelistas, pero ampliadas en impetuosidad — veo que mi Jesús se acerca a lo largo de un senderillo que va por el borde de la línea herbosa y umbría que sigue el curso del Jordán. Este rústico camino (más sendero que camino) parece dibujado por las caravanas y las personas que durante años y siglos lo han recorrido para llegar a un punto donde, por ser menos profundo el fondo del río, es fácil vadearlo. El sendero continúa por el otro lado del río y se pierde entre la hierba de la orilla opuesta.

Jesús está solo. Camina lentamente, acercándose, a espaldas de Juan. Se aproxima sin que se note y va escuchando la voz de trueno del Penitente del desierto, como si fuera uno de tantos que iban a Juan para que los bautizara, y a prepararse a quedar limpios para la venida del Mesías. Nada le distingue a Jesús de los demás. Parece un hombre común por su vestir; un señor en el porte y la hermosura, mas ningún signo divino le distingue de la multitud.

Pero diríase que Juan ha sentido una emanación de espiritualidad especial. Se vuelve y detecta inmediatamente su fuente. Baja impetuosamente de la roca que le servía de púlpito y va deprisa hacia Jesús, que se ha detenido a algunos metros del grupo apoyándose en el tronco de un árbol.

45.4 Jesús y Juan se miran fijamente un momento. Jesús con esa mirada suya azul tan dulce; Juan con su ojo severo, negrísimo, lleno de relámpagos. Los dos, vistos juntos, son antitéticos. Altos los dos — es el único parecido —, son muy distintos en todo lo demás. Jesús, rubio y de largos cabellos ordenados, rostro de un blanco marmóreo, ojos azules, atavío sencillo pero majestuoso. Juan, hirsuto, negro: negros cabellos que caen lisos sobre los hombros (lisos y desiguales en largura); negra barba rala que le cubre casi todo el rostro, sin impedir con su velo que se noten los carrillos ahondados por el ayuno; negros ojos febriles; oscuro de piel, bronceada por el sol y la intemperie; oscuro por el tupido vello que le cubre. Juan está semidesnudo, con su vestidura de piel de camello (sujeta a la cintura por una correa de cuero), que le cubre el torso cayendo apenas bajo los costados delgados y dejando descubiertas las costillas en la parte derecha, esas costillas cubiertas por el único estrato de tejidos que es la piel curtida por el aire. Parecen un salvaje y un ángel vistos juntos.

Juan, después de escudriñarle con su ojo penetrante, exclama: «He aquí el Cordero de Dios. ¿Cómo es que viene a mí mi Señor?».

Jesús responde lleno de paz: «Para cumplir el rito de penitencia».

«Jamás, mi Señor. Soy yo quien debe ir a ti para ser santificado, ¿y Tú vienes a mí?».

Y Jesús, poniéndole una mano sobre la cabeza, porque Juan se había inclinado ante Él, responde: «Deja que se haga como deseo, para que se cumpla toda justicia y tu rito sea inicio para un más alto misterio y se anuncie a los hombres que la Víctima está en el mun­do».

45.5 Juan le mira con los ojos dulcificados por una lágrima y le precede hacia la orilla. Allí Jesús se quita el manto, la túnica y la prenda interior quedándose con una especie de pantalón corto; luego baja al agua, donde ya está Juan, que le bautiza vertiendo sobre su cabeza agua del río, tomada con una especie de taza que lleva colgada del cinturón y que a mí me parece como una concha o una media calabaza secada y vaciada.

Jesús es exactamente el Cordero. Cordero en el candor de la carne, en la modestia del porte, en la mansedumbre de la mirada.

Mientras Jesús remonta la orilla y, después de vestirse, se recoge en oración, Juan le señala ante las turbas y testifica que le ha reconocido por el signo que el Espíritu de Dios le había indicado como señal infalible del Redentor.

Pero yo estoy polarizada en mirar a Jesús orando, y sólo tengo presente esta figura de luz que resalta sobre el fondo de hierba de la ribera.

Anotación

Mateo 3:1-17

En aquellos días, apareció Juan el Bautista y proclamó en el desierto de Judea: "Convertíos, porque está cerca el Reino de los Cielos". A Juan se refieren las palabras pronunciadas por el profeta Isaías: Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas. Él, Juan, llevaba un vestido de pelo de camello y un cinturón de cuero alrededor de la cintura; su alimento eran langostas y miel silvestre. Entonces acudieron a él Jerusalén, toda Judea y toda la región del Jordán, y fueron bautizados por él en el Jordán, reconociendo sus pecados.

Al ver a muchos fariseos y saduceos que acudían a su bautismo, les dijo: "¡Vosotros, linaje de víboras! ¿Quién os ha enseñado a huir de la ira venidera? Dad frutos dignos de conversión. No os digáis a vosotros mismos: 'Tenemos a Abrahán por padre'; porque yo os digo que Dios puede suscitar hijos a Abrahán de estas piedras. El hacha está ya en la raíz de los árboles: todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego. Yo os bautizo con agua para la conversión. Pero el que viene detrás de mí es más fuerte que yo, y no soy digno de quitarle las sandalias. Él os bautizará con el Espíritu Santo y con fuego. Él tiene en su mano la pala de aventar, limpiará su era y recogerá su grano en el granero; en cuanto a la paja, la quemará con fuego inextinguible".

Entonces apareció Jesús. Había venido de Galilea al Jordán para ser bautizado por Juan. Juan quiso impedírselo, diciendo: "¡Yo soy el que necesita ser bautizado por ti, y tú eres el que viene a mí! Pero Jesús replicó: "Déjalo por ahora, porque conviene que cumplamos así toda justicia". Así que Juan le dejó hacerlo. En cuanto Jesús fue bautizado, salió del agua, y he aquí que se abrieron los cielos, y vio al Espíritu de Dios que descendía en forma de paloma y venía sobre él. Y una voz dijo desde el cielo: "Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia".

Marcos 1, 9-11

En aquellos días, Jesús vino de Nazaret de Galilea y fue bautizado por Juan en el Jordán. Y en seguida, al salir del agua, vio los cielos abiertos y al Espíritu que descendía sobre él como una paloma. Se oyó una voz del cielo: "Tú eres mi Hijo amado; en ti me complazco".

Lucas 3, 1-22

En el año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato era gobernador de Judea, Herodes gobernaba en Galilea, su hermano Filipo en la tierra de Iturea y Traconítide, Lisanias en Abilene, y los jefes de los sacerdotes eran Hanne y Caifás, vino la palabra de Dios a Juan, hijo de Zacarías, en el desierto. Recorrió toda la región del Jordán, proclamando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados, como está escrito en el libro de los oráculos del profeta Isaías: Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas. Todo barranco se rellenará, todo monte y collado se rebajará; lo torcido se enderezará, las sendas pedregosas se allanarán; y todo ser viviente verá la salvación de Dios. Juan dijo a las multitudes que llegaban para ser bautizadas por él: "¡Vosotros, linaje de víboras! ¿Quién os ha enseñado a huir de la ira venidera? Producid frutos que expresen vuestra conversión. No empecéis a deciros: "Tenemos a Abrahán por padre", porque yo os digo que Dios puede suscitar hijos para Abrahán a partir de estas piedras. El hacha está ya en la raíz de los árboles: todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego.

La gente le preguntó: "¿Qué debemos hacer? Juan les respondió: "El que tenga dos vestidos, que comparta con los que no tienen; y el que tenga comida, que haga lo mismo. Vinieron también unos publicanos a bautizarse y le dijeron: "Maestro, ¿qué debemos hacer? Él les respondió: "No pidáis más de lo que se os ha fijado. También algunos soldados le preguntaron: "¿Y qué debemos hacer? Él respondió: "No hagáis violencia a nadie, no acuséis a nadie falsamente y contentaos con vuestra paga".

La gente estaba esperando y todos se preguntaban si Juan no sería el Cristo. Entonces Juan les dijo a todos: "Yo os bautizo con agua, pero viene el que es más fuerte que yo. No soy digno de desatar la correa de sus sandalias. Él os bautizará con el Espíritu Santo y con fuego. Tiene en la mano la pala de aventar para limpiar su era, y recogerá el grano en su granero; en cuanto a la paja, la quemará con fuego inextinguible".

Con muchas otras exhortaciones, anunció al pueblo la Buena Nueva. Herodes, que estaba en el poder en Galilea, había sido increpado por Juan acerca de Herodías, la mujer de su hermano, y de todas las maldades que había cometido. A todo esto añadió lo siguiente: hizo encerrar a Juan en la cárcel.

Mientras toda la gente se bautizaba, y Jesús oraba después de haber sido bautizado, el cielo se abrió. El Espíritu Santo, en forma corporal, como una paloma, descendió sobre Jesús, y una voz vino del cielo: "Tú eres mi Hijo amado; en ti me complazco".

Juan 1, 29-34

Al día siguiente, Juan vio a Jesús que venía hacia él y dijo: "Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo; de él dije: "El que viene detrás de mí ha sido antes que yo, porque antes de mí era. Yo no le conocía, pero he venido a bautizar en agua para que sea revelado a Israel. Entonces Juan dio este testimonio: "Vi al Espíritu descender del cielo como una paloma y permanecer sobre él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar en agua me dijo: 'Aquel sobre quien veas descender el Espíritu y permanecer, ése es el que bautiza en el Espíritu Santo'. He visto y doy testimonio de que éste es el Hijo de Dios.

ECR 46.1-10

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

46.1 Ante mí la soledad pedregosa que había contemplado a mi izquierda en la visión del bautismo de Jesús en el Jordán. Pero debo haberme adentrado mucho en ella, porque no veo en absoluto el hermoso río lento y azul, ni la vena de hierba que sigue su curso por las dos orillas, como alimentada por aquella arteria de agua. Aquí, sólo soledad, pedruscos, tierra tan abrasada, que ha quedado reducida a polvo amarillento que de vez en cuando el viento levanta en pequeños remolinos que parecen hálito de boca febril por lo seco y calientes que están; muy molestos por el polvo que con ellos penetra en la nariz y en la faringe. Muy raros, algún pequeño matorral espinoso, que ha resistido — quién sabe por qué — en aquella desolación: parecen los restos de mechones de cabellos en la cabeza de un calvo. Arriba, un cielo despiadadamente azul; abajo, el terreno árido; en torno, rocas y silencio. Esto es lo que veo, por lo que a la naturaleza se refiere.

46.2 Apoyado en una roca que, por su forma, — más o menos así, como me esfuerzo en dibujarla —

crea un embrión de gruta, y sentado en una piedra que ha sido arrastrada hasta la oquedad, en el punto +, está Jesús. Se resguarda así del sol ardiente. Y el interno consejero me indica que esa piedra, en la que ahora está sentado, es también su reclinatorio y su almohada cuando descansa breves horas envuelto en su manto bajo la luz de las estrellas y el aire frío de la noche. Ahí cerca está la bolsa que le vi tomar antes de salir de Nazaret: todo su haber; por lo flácida que aparece, comprendo que está vacía de la poca comida que en ella había puesto María.

Jesús está muy delgado y pálido. Está sentado, con los codos apoyados en las rodillas y los antebrazos hacia fuera, con las manos unidas y entrelazadas por los dedos. Medita. De vez en cuando, levanta la mirada y la dirige a su alrededor y mira al Sol, que está alto, casi a plomada, en el cielo azul. De vez en cuando, y especialmente después de dirigir la mirada en torno a sí y alzarla hacia la luz solar, como con vértigo, cierra los ojos y se apoya en la peña que le sirve de cobijo.

46.3 Veo aparecer el feo hocico de Satanás. No se presenta de la forma con que nos lo imaginamos: con cuernos, rabo, etc. etc. Parece un beduino envuelto en su vestido y en su gran manto, que se asemeja a un disfraz de dominó. En la cabeza, el turbante, cuyas faldas blancas caen sobre los hombros y a ambos lados de la cara para protegerlos. De manera que, de la cara, puede verse un pequeño triángulo muy moreno, de labios delgados y sinuosos, de ojos negrísimos y hundidos, llenos de destellos magnéticos. Dos pupilas que te leen en el fondo del corazón, pero en las que no lees nada o una sola palabra: misterio. Lo opuesto del ojo de Jesús, también muy magnético y fascinante, que te lee en el corazón, pero en el que tú lees también que en su corazón hay amor y bondad hacia ti. El ojo de Jesús es una caricia en el alma. Éste es como un doble puñal que te perfora y quema.

46.4 Se acerca a Jesús: «¿Estás sólo?».

Jesús le mira y no responde.

«¿Cómo es que estás aquí? ¿Te has perdido?».

Jesús vuelve a mirarle y calla.

«Si tuviera agua en la cantimplora, te la daría, pero yo también estoy sin ella. Se me ha muerto el caballo y me dirijo a pie al vado. Allí beberé y encontraré a alguien que me dé un pan. Sé el camino. Ven conmigo. Te guiaré».

Jesús ya ni siquiera alza los ojos.

«¿No respondes? ¿Sabes que si te quedas aquí mueres? Ya se levanta el viento. Va a haber tormenta. Ven».

Jesús aprieta las manos en muda oración.

«¡Ah, enconces eres Tú! ¡Hace mucho que te busco! Y hace mucho que te vengo observando. Desde el momento en que fuiste bautizado. ¿Llamas al Eterno? Está lejos. Ahora estás en la tierra, entre los hombres. Y sobre los hombres reino yo. Pero, me das pena y quiero ayudarte, porque eres bueno y has venido a sacrificarte por nada. Los hombres te odiarán por tu bondad. No entienden más que de oro, comida y sensualidad. Sacrificio, dolor, obediencia, son para ellos palabras más muertas que esta tierra que tenemos a nuestro alrededor. Son aún más aridos que este polvo. Sólo la serpiente y el chacal pueden esconderse aquí, esperando morder o despedazar a alguno. Vámonos. No merece la pena sufrir por ellos. Los conozco más que Tú».

Satanás se ha sentado frente a Jesús, le escudriña con su mirada tremenda y sonríe con su boca de serpiente. Jesús sigue callado y ora mentalmente.

46.5 «Tú desconfías de mí. Haces mal. Yo soy la sabiduría de la Tierra. Puedo ser maestro tuyo para enseñarte a triunfar. Mira: lo importante es triunfar. Luego, cuando uno se ha impuesto, cuando ha engatusado al mundo, puede conducir a éste a donde quiera. Pero primero hay que ser como les gusta a ellos, como ellos. Seducirlos haciéndoles creer que los admiramos y seguimos su pensamiento.

Eres joven y atractivo. Empieza por la mujer. Siempre se debe comenzar por ella. Yo me equivoqué induciendo a la mujer a la desobediencia. Debería haberla aconsejado de otra forma. Habría hecho de ella un instrumento mejor y habría vencido a Dios. Actué precipitadamente. ¡Pero Tú...! Yo te enseño porque un día deposité en ti mi mirada con júbilo angélico y aún me queda un resto de aquel amor; escúchame y usa mi experiencia: búscate una compañera. Adonde Tú no llegues, ella llegará. Eres el nuevo Adán, debes tener tu Eva.

Además, ¿cómo podrás comprender y curar las enfermedades de la sensualidad si no sabes lo que son? ¿No sabes que es ahí donde está el núcleo del que nace la planta de la codicia y del afán de poder? ¿Por qué el hombre quiere reinar? ¿Por qué quiere ser rico, potente? Para poseer a la mujer. Ésta es como la alondra. Tiene necesidad de algo que brille para sentirse atraída. El oro y el poder son las dos caras del espejo que atraen a las mujeres y las causas del mal en el mundo. Mira: detrás de mil delitos de distinta naturaleza, hay al menos novencientos que tienen raíz en el hambre de posesión de la mujer o en la voluntad de una mujer consumida por un deseo que el hombre aún no satisface, o ya no satisface. Ve a la mujer, si quieres saber qué es la vida. Sólo después sabrás atender y curar los males de la humanidad.

¡Es bonita la mujer! No hay nada más hermoso en el mundo. El hombre tiene el pensamiento y la fuerza. ¡Pero la mujer!... Su pensamiento es un perfume, su contacto es caricia de flores, su gracia es como vino que entra, su debilidad es como madeja de seda o rizo de niño en las manos del hombre, su caricia es fuerza que se vierte en la nuestra y la enciende. El dolor, la fatiga, la aflicción, quedan anulados cuando se está junto a una mujer y ella entre nuestros brazos como un ramo de flores.

46.6 Pero, ¡qué tonto soy! Tú tienes hambre y te hablo de la mujer. Tu vigor está exhausto. Por ello, esta fragrancia de la Tierra, esta flor de la creación, este fruto que da y suscita amor, te parece sin importancia. Pero, mira estas piedras: ¡qué redondeadas son y qué pulidas están, doradas bajo el Sol que cae!; ¿no parecen panes? Tú, Hijo de Dios, no tienes más que decir “quiero”, para que se transformen en oloroso pan como el que ahora están sacando del horno las amas de casa para la cena de sus familiares. Y estas acacias tan secas, si Tú quieres, ¿no pueden llenarse de dulces pomos, de dátiles de miel? ¡Sáciate, oh Hijo de Dios! Tú eres el Dueño de la Tierra. Ella se inclina para ponerse a tus pies y quitarte el hambre.

¿Ves cómo te pones pálido y te tambaleas con solo oír nombrar el pan? ¡Pobre Jesús! ¿Estás tan débil, que ya no puedes ni siquiera dominar el milagro? ¿Quieres que lo haga yo en tu lugar? No estoy a tu altura, pero algo puedo. Me quedaré falto de fuerzas durante un año, las reuniré todas, pero te quiero servir porque Tú eres bueno y siempre me acuerdo de que eres mi Dios, aunque me haya hecho indigno de llamarte tal. Ayúdame con tu oración para que pueda...».

«Calla. No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que viene de Dios».

El demonio siente una sacudida de rabia. Le rechinan los dientes y aprieta los puños; de todas formas, se contiene y transforma su mueca en sonrisa.

«Comprendo, Tú estás por encima de las necesidades de la Tierra y te da repugnancia el servirte de mí. Me lo he merecido.

46.7 Ven, entonces, y ve lo que hay en la Casa de Dios, ve cómo incluso los sacerdotes no rehúsan hacer transacciones entre el espíritu y la carne; porque, al fin y al cabo, son hombres y no ángeles. Cumple un milagro espiritual. Yo te llevo al pináculo del Templo, Tú transfigúrate en belleza allí arriba, y luego llama a las cohortes de ángeles y di que hagan de sus alas entrelazadas alfombra para tus pies y te porten así al patio principal. Que te vean y se acuerden de que Dios existe. De vez en cuando es necesario manifestarse, porque el hombre tiene una memoria muy frágil, especialmente en lo espiritual. Tú sabes qué dichosos se sentirán los ángeles de proteger tu pie y servirte de escalera cuando bajes».

«“No tientes al Señor tu Dios”, está escrito».

«Comprendes que tu aparición tampoco mudaría las cosas y el Templo continuaría siendo un mercado y un lugar de corrupción. Tu divina sabiduría sabe que los corazones de los ministros del Templo son un nido de víboras, que se devoran, y devoran, con tal de aumentar su poder. Sólo los doma el poder humano.

46.8 Ven entonces. Adórame. Yo te daré la Tierra. Alejandro, Ciro, César, todos los mayores dominadores pasados o vivos serán semejantes a jefes de mezquinas caravanas respecto a ti, que tendrás a todos los reinos de la Tierra bajo tu cetro, y con los reinos todas las riquezas, todas las cosas bellas de la tierra, y mujeres y caballos y soldados y templos. Podrás poner en alto en todas partes tu Signo, cuando seas Rey de los reyes y Señor del mundo. Entonces te obedecerá y venerará el pueblo y el sacerdocio. Todas las castas te honrarán y servirán, porque serás el Poderoso, el Único, el Señor.

¡Adórame aunque sólo sea un momento! ¡Quítame esta sed que tengo de ser adorado! Es la que me ha perdido, pero ha quedado en mí y me quema. Las llamaradas del infierno son aire fresco de la mañana respecto a este ardor que me quema por dentro. Es mi infierno, esta sed. ¡Un momento, un momento sólo, Cristo, Tú que eres bueno! ¡Un momento, aunque sólo sea, de gozo, al eterno Atormentado! Hazme sentir lo que quiere decir ser dios, y me tendrás devoto, obediente como siervo, durante toda la vida, en todas tus empresas. ¡Un momento! ¡Un solo momento, y no te atormentaré más!».

Satanás cae de rodillas, suplicando.

46.9 Jesús, por el contrario, se ha levantado. Ha adelgazado en estos días de ayuno y parece aún más alto. Su rostro tiene un terrible aspecto de severidad y potencia, sus ojos son dos zafiros abrasadores, su voz es un trueno que resuena en la oquedad de la roca y se esparce por el pedregal y el llano desolado cuando dice: «Vete, Satanás. Está escrito: “Adorarás al Señor tu Dios y a Él sólo servirás”».

Satanás, con un alarido de condenado desgarro y de odio indescriptible, sale corriendo (tremendo ver su furiosa, humeante persona). Y desaparece con un nuevo alarido de maldición.

46.10 Jesús se sienta cansado, apoyando hacia atrás la cabeza contra la roca. Parece exhausto. Suda. Pero seres angélicos vienen a mover suavemente el aire con sus alas en el ambiente de bochorno de la cueva, purificándolo y refrescándolo. Jesús abre los ojos y sonríe. No le veo comer. Yo diría que se nutre del aroma del Paraíso, obteniendo así nuevas fuerzas.

El Sol desaparece por el poniente. Jesús toma su vacío talego y, acompañado por los ángeles que producen una tenue luz suspendidos sobre su cabeza mientras la noche cae rapidísima, se dirige hacia el Este, mejor dicho, hacia el nordeste. Ha recuperado su expresión habitual, el paso seguro. Sólo queda, como recuerdo del largo ayuno, un aspecto más ascético en su rostro delgado y pálido y en sus ojos, absortos en una alegría que no es de esta Tierra.

Anotación

Mateo 4:1-11:

Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo. Después de ayunar cuarenta días y cuarenta noches, le entró hambre.

El tentador se le acercó y le dijo: "Si eres Hijo de Dios, di a estas piedras que se conviertan en panes". Pero Jesús respondió: "Está escrito: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.

Entonces el diablo lo llevó a la Ciudad Santa, lo colocó en lo alto del Templo y le dijo: "Si eres el Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: "A sus ángeles mandará sobre ti, y te llevarán en sus manos: Y te llevarán en sus manos, para que tu pie no tropiece en piedra. Jesús le dijo: "También está escrito: No pondrás a prueba al Señor tu Dios.

El diablo le llevó de nuevo a un monte muy alto y le mostró todos los reinos del mundo y su gloria, diciéndole: "Todo esto te daré si caes a mis pies y te postras ante mí. Entonces Jesús le dijo: "Apártate, Satanás, porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás y sólo a él adorarás.

Y el diablo lo dejó. Y he aquí que vinieron unos ángeles y le servían.

Marcos 1:12-13:

En seguida el Espíritu llevó a Jesús al desierto, y permaneció allí cuarenta días, tentado por Satanás. Vivía entre las fieras, y los ángeles le servían.

Lucas 4,1-13:

Jesús, lleno del Espíritu Santo, salió de las orillas del Jordán; en el Espíritu fue conducido al desierto, donde durante cuarenta días fue tentado por el diablo. No comió nada durante esos días, y cuando se cumplió el tiempo, tuvo hambre.

El diablo le dijo: "Si eres Hijo de Dios, di a esta piedra que se convierta en pan". Jesús respondió: "Está escrito: No sólo de pan vive el hombre.

Entonces el diablo lo llevó más arriba y en un momento le mostró todos los reinos de la tierra. Le dijo: "Te daré todo este poder y la gloria de estos reinos, porque me han sido entregados y se los doy a quien quiero. Si te inclinas ante mí, tendrás todas estas cosas. Jesús le respondió: "Escrito está: Al Señor tu Dios adorarás y sólo a él adorarás.

Entonces el diablo lo llevó a Jerusalén, lo puso en lo alto del Templo y le dijo: "Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: 'A sus ángeles mandará que te guarden'; y también: 'Te llevarán en sus manos, para que tu pie no tropiece con piedra'. Jesús replicó: "Está escrito: 'No pondrás a prueba al Señor tu Dios'.

Habiendo agotado así todas las formas de tentación, el diablo se retiró de Jesús hasta la hora señalada.

ECR 59.1-8

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

59.1 Veo la sinagoga de Cafarnaúm. Ya está llena de gente que está esperando. Algunos en la puerta miran furtivamente a la plaza, todavía soleada aunque esté cayendo la tarde.

Por fin un grito: «¡Ha llegado el Rabí!». Toda la gente se vuelve hacia la puerta, los más bajos se ponen de puntillas o tratan de pasar adelante. Se produce algún pequeño altercado y hay algunos empujones a pesar de las amonestaciones de los encargados de la sinagoga y personalidades de la ciudad.

«La paz esté con todos aquellos que buscan la Verdad». Jesús está en el umbral de la puerta y saluda bendiciendo con los brazos tendidos hacia delante. La luz vivísima de la plaza soleada recorta su alta figura aureolándola de luz. Ha dejado el cándido vestido y viste el color azul oscuro que lleva normalmente. Avanza entre la muchedumbre, que se abre y cierra en torno a Él como las olas en torno a una nave.

59.2 «¡Estoy enfermo, cúrame!» gime un joven, que, por el aspecto, yo diría que está tísico, agarrándole a Jesús por el vestido.

Jesús le pone la mano en la cabeza y dice: «Ten confianza. Dios te escuchará. Déjame ahora que hable al pueblo, luego volveré».

El joven le suelta y se tranquiliza.

«¿Qué te ha dicho?» le pregunta una mujer con un niño en brazos.

«Me ha dicho que después de hablar al pueblo volverá».

«¿Te cura entonces?».

«No lo sé. Me ha dicho: “Ten confianza”. Yo confío».

«¿Qué ha dicho? ¿Qué ha dicho?». La muchedumbre está deseosa de saber. Entre el pueblo se repite la respuesta de Jesús.

«Entonces yo voy por mi niño».

«Y yo traigo aquí a mi padre anciano».

«¡Si Ageo quisiera venir! Yo lo intento... pero no vendrá».

59.3 Jesús ha llegado a su puesto. Saluda al jefe de la sinagoga, el cual le devuelve el saludo (es un hombre pequeño, grueso y bastante anciano). Para hablarle, Jesús se inclina. Parece una palma plegándose hacia un arbusto más ancho que alto.

«¿Qué quieres que te dé?» pregunta el jefe de la sinagoga.

«Lo que te parezca bien, o si no al azar. El Espíritu guiará».

«Pero... ¿y estarás preparado?».

«Estoy preparado. Venga, al azar. Repito: el Espíritu del Señor guiará la mano para el bien de este pueblo».

El jefe de la sinagoga alarga un brazo hacia el montón de rollos, toma uno, lo abre y se detiene en un punto concreto. «Esto» dice.

Jesús toma el rollo y lee el punto señalado: «Josué: “¡Levántate y santifica al pueblo!, y diles: ‘Santificaos para mañana porque, afirma el Señor Dios de Israel, la maldición está entre vosotros, ¡oh, Israel!; tú no podrás hacer frente a tus enemigos hasta que sea extirpado de ti quien se ha contaminado con tal delito’ ”». Se detiene, lo enrolla y lo devuelve.

La muchedumbre está atentísima. Sólo bisbisea alguno: «¡Verás lo que oímos contra los enemigos!». «¡Es el Rey de Israel, el Prometido, y recoge a su pueblo!».

59.4 Jesús extiende los brazos en la posición típica de los oradores. El silencio es completo.

«Quien ha venido para santificaros se ha levantado. Ha dejado la intimidad de la casa en que se ha preparado para esta misión. Se ha purificado para daros ejemplo de purificación, se ha colocado en su lugar ante los poderosos del Templo y ante el pueblo de Dios y ahora está entre vosotros: soy Yo. No como, con mente obnubilada e inquietud en el corazón, algunos de entre vosotros piensan y esperan. Más alto y más grande es el Reino del cual Yo soy el Rey futuro y al cual os llamo.

Os llamo, ¡oh vosotros de Israel!, antes que a cualquier otro pueblo, porque vosotros sois los que en los padres de los padres recibisteis la promesa de esta hora y la alianza con el Señor Altísimo. Mas no se formará este Reino con turbas de soldados ni con crueldades sangrientas, y en él no tendrán cabida ni los violentos, ni los déspotas, ni los soberbios, ni los iracundos, ni los envidiosos, o los lujuriosos, o los avaros; sí los buenos, los mansos, los continentes, los misericordiosos, los humildes, los que se muestran amantes del prójimo y de Dios, los pacientes.

¡Israel! No estás llamado a combatir contra los enemigos de fuera, sino contra los enemigos de dentro, contra los que están en cada uno de tus corazones, en el corazón de los miles y miles de hijos tuyos. Alejad de todos y cada uno de vuestros corazones la maldición del pecado, si queréis que mañana Dios os reúna y os diga: “Pueblo mío, tuyo es el Reino que ya nunca será derrotado, ni invadido, ni insidiado por enemigos”.

Mañana. ¿Cuál mañana? ¿Dentro de un año, dentro de un mes? ¡Oh, no busquéis, no busquéis conocer el futuro con sed malsana, con medios que saben a brujería culpable! Dejad a los paganos el espíritu pitón. Dejad al Dios Eterno el secreto de su tiempo. Vosotros venid a purificaros en la verdadera penitencia desde mañana, el mañana que nacerá después de esta hora de la tarde y de la que vendrá de la noche, el mañana que surgirá con el canto del gallo.

Arrepentíos de vuestros pecados para que seáis perdonados y estéis preparados para el Reino. Alejad de vosotros la maldición de la culpa. Cada uno tiene la suya. Cada uno tiene eso que es contrario a los diez mandamientos de salvación eterna. Esaminaos cada uno con sinceridad y encontraréis el punto en que habéis errado. Humildemente arrepentíos de ello con sinceridad. Desead arrepentiros. No de palabra (de Dios nadie se burla, no se le engaña), sino con la voluntad firme que os lleve a cambiar de vida, a volver a la Ley del Señor. El Reino de los Cielos os espera. Mañana.

¿Mañana?, os preguntáis. La hora de Dios, aunque venga al final de una vida longeva como la de los Patriarcas, es siempre un mañana solícito. La eternidad no tiene como medida de tiempo el lento discurrir de la clepsidra. Esas medidas de tiempo que vosotros llamáis días, meses, años, siglos, son latidos del Espíritu Eterno que os mantiene en vida. Mas vosotros sois eternos en vuestro espíritu, y debéis tener para el espíritu el mismo método de medida del tiempo que tiene vuestro Creador. Debéis decir, por tanto: “Mañana será el día de mi muerte”; que no es tal muerte para el fiel, sino reposo de espera, en espera del Mesías que abra las puertas del Cielo.

En verdad os digo que entre los presentes sólo veintisiete deberán esperar cuando mueran. Los otros serán juzgados ya antes de la muerte, y ésta será el paso inmediato a Dios o a Satanás, porque el Mesías ha venido, está entre vosotros, y os llama para daros la Buena Nueva, para instruiros en la Verdad, para llevaros al Cielo.

¡Haced penitencia! El “mañana” del Reino de los Cielos es inminente. Que os encuentre limpios para pasar a ser posesores del eterno día.

La paz sea con vosotros».

59.5 Se levanta a rebatirle un israelita togado y de barba abundante. Habla así: «Maestro, cuanto dices me parece en contraste con lo que está escrito en el libro segundo de los Macabeos, gloria de Israel. En él puede leerse: “Efectivamente, es signo de gran benevolencia el no permitir a los pecadores que sigan durante largo tiempo sus caprichos, sino pasar en seguida al castigo. El Señor no hace como con las otras naciones, que las espera con paciencia, para castigarlas en el día del juicio, colmada ya la medida de los pecados”. Sin embargo Tú hablas como si el Altísimo pudiera ser muy tardo a la hora de castigarnos, esperándonos, como a los otros pueblos, para el tiempo del Juicio, cuando esté colmada la medida de los pecados. Verdaderamente los hechos te desmienten. Israel sufre el castigo, como dice el historiógrafo de los Macabeos. Si fuera como Tú dices, ¿no habría desacuerdo entre tu doctrina y la contenida en la frase que te he mencionado?».

«No sé quién eres, pero quienquiera que seas te respondo. No hay desacuerdo en la doctrina, sino en el modo de interpretar las palabras. Tú las interpretas según el modo humano, Yo según el del espíritu. Tú, representante de la mayoría, ves todo con referencia a lo presente y caduco. Yo, representante de Dios, todo lo explico, y aplico, a lo eterno y sobrenatural. Sí, Yeohveh os ha castigado en lo temporal, en la soberbia y en la justicia de ser un “pueblo” según la tierra. Pero, ¡cuánto os ha amado y cuánta paciencia tiene con vosotros — más que con cualquier otro — concediéndoos el Salvador, su Mesías, para que le escuchéis y os salvéis antes de la hora de la ira divina! No quiere que seáis pecadores. Pero, si os ha castigado en lo caduco, viendo que la herida no se cura, antes al contrario insensibiliza cada vez más vuestro espíritu, he aquí que os manda no castigo sino salvación. Os manda a Aquel que os cura y os salva, Yo, quien os está hablando».

59.6 «¿No te parece que eres audaz al profesarte representante de Dios? Ninguno de los Profetas se atrevió a tanto y Tú... ¿Quién eres Tú, que así hablas?, y ¿por orden de quién hablas?».

«Los Profetas no podían decir de sí mismos lo que Yo digo de mí. ¿Que quién soy? El Esperado, el Prometido, el Redentor. Ya le habéis oído decir a su Precursor: “Preparad el camino del Señor... El Señor Dios viene... Como un pastor apacentará a su rebaño, aun siendo el Cordero de la verdadera Pascua”. Entre vosotros están los que han oído del Precursor estas palabras, y han visto el cielo resplandecer por una luz que bajaba en forma de paloma, y han oído una voz que hablaba diciendo quién era Yo. ¿Que por orden de quién hablo? De Aquel que es y que me envía».

«Tú puedes decir lo que quieras, pero quién nos dice que no seas un mentiroso o un iluso. Tus palabras son santas, pero algunas veces Satanás profiere palabras engañosas teñidas de santidad para inducir al error. Nosotros no te conocemos».

«Yo soy Jesús de José de la tribu de David, nacido en Belén Efratá, según las promesas, llamado nazareno porque tengo casa en Nazaret. Esto según el mundo. Según Dios soy su Mensajero. Mis discípulos lo saben».

«¡Oh, ellos!... Pueden decir lo que quieran, o lo que Tú les hagas decir».

«Hablará otro, que no me ama, y dirá quién soy. Espera que llame a uno de los presentes».

59.7 Jesús mira a la muchedumbre (asombrada de la disputa, enfrentada y dividida en corrientes opuestas), la mira, buscando a alguno con sus ojos de zafiro, y dice con fuerte voz: «¡Ageo! ¡Pasa adelante! ¡Te lo ordeno!».

Se oye un gran murmullo entre la multitud, que se abre para dejar pasar a un hombre todo convulso, sujetado por una mujer.

«¿Conoces a este hombre?».

«Sí. Es Ageo de Malaquías, de aquí, de Cafarnaúm, poseído por un espíritu malvado que le arrastra a repentinos y furiosos estados de locura».

«¿Todos le conocen?».

La multitud grita: «¡Sí, sí!».

«¿Puede alguien decir que haya hablado conmigo, aunque sólo sea durante algunos minutos?».

La multitud grita: «No, no, es casi un idiota; no sale nunca de su casa y nadie te ha visto en ella».

«Mujer, acércamelo».

La mujer le empuja y le arrastra, y el pobrecillo tiembla aún más fuerte.

El jefe de la sinagoga le advierte a Jesús: «¡Ten cuidado! El demonio está para atormentarle de un momento a otro... y entonces se lanza hacia uno, araña y muerde».

La gente deja paso comprimiéndose contra las paredes.

Los dos están ya frente a frente. Un instante de lucha interior. Parece que el hombre, acostumbrado al mutismo, encuentra dificultad en hablar; gime... la voz se forma en palabras: «¿Qué hay entre nosotros y Tú, Jesús de Nazaret? ¿Por qué has venido a atormentarnos? ¿Por qué has venido a exterminarnos, Tú, Señor del Cielo y de la Tierra? Sé quién eres: el Santo de Dios. Ninguno, en la carne, fue más grande que Tú, porque tu carne de hombre encierra el Espíritu del Vencedor Eterno. Ya me has vencido en...».

«¡Calla! Sal de este hombre. Te lo ordeno».

Una especie de extraño paroxismo se apodera del hombre. Se revuelve entre convulsiones, como si hubiera alguien que le maltratase con bruscos golpes y empujones; chilla con voz deshumana, echa espuma y luego cae arrojado al suelo para levantarse sorprendido y curado.

59.8 «¿Has oído? ¿Qué respondes ahora?» le pregunta Jesús a su oposi­tor.

El hombre togado y de abundante barba se encoge de hombros y, vencido, se va sin responder. La multitud se mofa de él y aplaude a Jesús.

«¡Silencio, el lugar es sagrado!» dice Jesús, y ordena: «Que se acerque el joven a quien he prometido ayuda de Dios».

Viene el enfermo. Jesús le acaricia: «¡Has tenido fe! Queda curado. Vete en paz y sé justo».

El joven lanza un grito. ¡Quién sabe lo que siente! Se postra a los pies de Jesús y los besa con agradecimiento: «¡Gracias por mí y por mi madre!».

Vienen otros enfermos: un niño con las piernecitas paralizadas. Jesús le coge en brazos, le acaricia y le pone en el suelo... y le deja. Y el niño no se cae, sino que corre hacia su mamá, la cual le recibe, llorando, en su corazón y bendice a voz en grito a «el Santo de Israel». Viene un viejecito ciego, guiado por su hija. También él queda curado con una caricia en las órbitas enfermas.

La muchedumbre rompe a bendecir a Jesús.

Él se hace paso sonriendo y, aunque es alto, no lograría hacer una fisura en la multitud si Pedro, Santiago, Andrés y Juan no lo intentaran generosamente por su parte, y se abrieran un canal desde su ángulo hasta Jesús, y después le protegieran hasta la salida a la plaza, donde ya no hay sol.

La visión termina así.

Anotación

Marcos 1:21-28

Entraron en Cafarnaúm. Inmediatamente, en sábado, Jesús fue a la sinagoga y allí enseñaba. Estaban asombrados de su enseñanza, porque enseñaba como hombre de autoridad y no como los escribas.

Había en la sinagoga un hombre atormentado por un espíritu inmundo, que se puso a gritar: "¿Qué quieres de nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a perdernos? Yo sé quién eres: tú eres el Santo de Dios". Jesús le gritó: "¡Cállate! Sal de ese hombre. El espíritu inmundo lo convulsionó y luego, con un fuerte grito, salió de él. Todos se quedaron atónitos y se preguntaban: "¿Qué significa esto? Es una enseñanza nueva, dada con autoridad. Incluso ordena a los espíritus inmundos, y éstos le obedecen. Inmediatamente se difundió su fama por toda la región de Galilea.

Lucas 4:33-37

Había en la sinagoga un hombre poseído por el espíritu de un demonio inmundo, que gritaba a gran voz: "¿Qué quieres de nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a perdernos? Yo sé quién eres: tú eres el Santo de Dios. Jesús le amenazó: "¡Silencio! ¡Sal de este hombre! Entonces el demonio arrojó al hombre por el medio y salió de él sin hacerle ningún daño. Todos estaban aterrorizados y se decían unos a otros: "¿Qué dice éste? Manda a los espíritus inmundos con autoridad y poder, ¡y salen! Y la fama de Jesús se extendió por toda la región.

ECR 60.1-6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

60.1 Pedro le está hablando a Jesús. Dice: «Maestro, quisiera rogarte que vengas a mi casa. No me atreví a decírtelo el sábado pasado. Pero... querría que vinieras».

«¿A Betsaida?».

«No, aquí... a casa de mi mujer; la casa natal, quiero decir».

«¿Por qué este deseo, Pedro?».

«Por muchas razones... y, además, hoy me han dicho que mi suegra está enferma. Si quisieras curarla, quizás te...».

«Termina, Simón».

«Quería decir... si te la presentasen, ella dejaría... sí, en definitiva, ya sabes, una cosa es oír hablar de uno y otra cosa es verle y oírle; y si esta persona, además, cura, pues entonces...».

«Entonces cesa incluso el odio, quieres decir».

«No, odio no. Pero, ya sabes... el pueblo está dividido en muchos pareceres, y ella... no sabe a quién hacer caso. Ven, Jesús».

«Voy. Vamos. Advertidles a los que esperan que les hablaré desde tu casa».

60.2 Van hasta una casa baja, aún más baja que la de Pedro en Betsaida, y situada aún más cerca del lago, del que está separada por una faja de orilla guijarrosa; y creo que durante las borrascas las olas van a morir contra los muros de la casa, que es baja pero muy ancha, de forma que da la impresión de que estuviera habitada por varias personas.

En el huerto que se abre en la parte delantera de la casa, hacia el lago, no hay más que una vid vieja y nudosa, extendida sobre una rústica pérgola y una vieja higuera plegada completamente hacia la casa por los vientos del lago. El ramaje del árbol, como cabellera despeinada, apenas roza sus muros y llama a los postigos de las pequeñas ventanas, cerrados como protección del vivo sol que incide sobre la casita. Sólo se ve esta higuera y esta vid y un pozo bajo con su brocal verdoso.

«Entra, Maestro».

Algunas mujeres están en la cocina: dedicadas unas a remendar las redes; otras, a preparar la comida. Saludan a Pedro y luego se inclinan, confusas, ante Jesús, mirándole de soslayo con curiosidad.

«Paz a esta casa. ¿Cómo está la enferma?».

«Habla, tú que eres la nuera más mayor» le dicen tres mujeres a una que se está secando las manos con el borde del vestido.

«La fiebre es fuerte, muy fuerte. Hemos llamado al médico, pero dice que es demasiado anciana para poder sanar y que cuando ese mal de los huesos va al corazón y da fiebre, especialmente a esa edad, la persona muere. Ya no come... Yo trato de prepararle comidas apetitosas; como ahora, ¿ves, Simón? Estaba preparándole esa sopa que le gustaba tanto. He escogido el pescado mejor, de los cuñados. Pero no creo que pueda comérsela. Y además... ¡está tan inquieta! Se queja, grita, llora, impreca...».

«Tened paciencia como si fuera vuestra madre y Dios os otorgará el mérito.

60.3 Llevadme donde ella».

«Rabí... Rabí... no sé si querrá verte. No quiere ver a nadie. Yo no me atrevo a decirle “ahora te traigo aquí al Rabí”».

Jesús sonríe sin perder la calma. Se vuelve hacia Pedro: «Te toca a ti, Simón. Eres hombre, y el más mayor de los yernos según me has dicho. Ve».

Pedro hace una mueca significativa... Obedece; cruza la cocina, entra en una habitación y, a través de la puerta, cerrada tras él, le siento conversar con una mujer. Asoma la cabeza y una mano y dice: «Ven, Maestro, date prisa». Y añade, más bajo, apenas inteligiblemente: «Antes de que cambie de idea».

Jesús cruza rápido la cocina y abre de par en par la puerta. Erguido, en el umbral, pronuncia su dulce y solemne saludo: «La paz sea contigo». Entra, a pesar de no haber recibido respuesta. Va junto a una yacija baja en la que está echada una mujer pequeña, toda gris, flaca, jadeante a causa de la fiebre alta que le enrojece el rostro consumido.

Jesús se inclina hacia el camastro, le sonríe a la viejecita y le dice: «¿Te encuentras mal?».

«¡Me muero!».

«No. No te mueres. ¿Puedes creer que Yo te puedo curar?».

«¿Y por qué habrías de hacerlo? No me conoces».

«Por Simón, que me lo ha pedido... y también por ti, para darle tiempo a tu alma de ver y amar la Luz».

«¿Simón? Mejor sería si... ¿Cómo es que Simón ha pensado en mí?».

«Porque es mejor de lo que tú te piensas. Yo le conozco y lo sé. Le conozco y es para mí un placer acoger lo que me pide».

«Entonces, ¿piensas curarme? ¿Ya no moriré?».

«No, mujer. Por ahora no morirás. ¿Puedes creer en mí?».

«Creo, creo. ¡Me basta con no morir!».

60.4 Jesús sonríe de nuevo, le coge la mano de hinchadas venas y llena de arrugas, la cual desaparece en la suya, juvenil; se pone derecho tomando el aspecto de cuando hace un milagro y grita: «¡Queda curada! ¡Lo quiero! ¡Levántate!», y le suelta la mano, cayendo sin que la anciana se queje, mientras que antes, aunque Jesús se la hubiera tomado con mucha delicadeza, el solo hecho de moverla le había costado un quejido a la enferma.

Un tiempo breve de silencio; luego, la anciana exclama fuerte: «¡Oh! ¡Dios de los padres! ¡Si yo ya no tengo nada! ¡Pero si estoy curada! ¡Venid! ¡Venid!». — Acuden las nueras —. «¡Mirad!» dice la anciana. «¡Me muevo y ya no siento dolores! ¡Y ya no tengo fiebre! Tocad, veréis qué fresca estoy. Y el corazón ya no parece el martillo del herrero. ¡Ah! ¡Ya no me muero!» — ¡ni siquiera una palabra para el Señor! —.

Pero Jesús no se lo toma a mal. Le dice a la nuera más mayor: «Vestidla. Que se levante. Puede hacerlo». Y se encamina hacia la puerta.

Simón, desconsolado, se dirige a la suegra: «El Maestro te ha curado, ¿no le dices nada?».

«¡Pues claro! No me daba cuenta. Gracias. ¿Qué puedo hacer para decirte gracias?».

«Ser buena, muy buena. Porque el Eterno fue bueno contigo. Y, si no te importa demasiado, déjame descansar hoy en tu casa. He llegado esta mañana al alba después de recorrer durante la semana todos los pueblos cercanos. Estoy cansado».

«¡Claro! ¡Claro! Quédate si quieres». Pero no se la ve con mucho entusiasmo al decir esto.

60.5 Jesús con Pedro, Andrés, Santiago y Juan, va al huerto a sen­tarse.

«¡Maestro!...».

«¿Pedro mío?».

«Estoy desolado».

Jesús hace un gesto como queriendo significar: «¡Bah!, no te preocupes». Luego dice: «No es la primera, ni será la última que no siente inmediata gratitud. Pero no pido gratitud. Me conformo con proporcionarles a las almas un modo de salvarse. Yo cumplo con mi deber. Ellas que cumplan con el suyo».

«¿Ha habido otros así? ¿Dónde?».

«¡Qué curioso eres, Simón! Pero, deseo darte gusto, a pesar de que no me satisfacen las curiosidades inútiles. En Nazaret. ¿Te acuerdas de la madre de Sara? Estaba muy enferma cuando llegamos a Nazaret y nos dijeron que la niña estaba llorando. Fui a ver a la mujer, para que la niña, que es buena y dócil, no se quedara huérfana y acabara siendo una hijastra... Quería curarla... Pero en el momento en que iba a poner pie en la casa, su marido y un hermano me echaron, diciendo: “¡Fuera, fuera! No queremos problemas con la sinagoga”. Para ellos, para demasiados, soy ya un rebelde... De todas formas la curé... por sus niños. Y a Sara, que estaba en el huerto, acariciándola, le dije: “Curo a tu madre. Ve a casa. No llores más”. La mujer quedó curada en ese mismo momento y la niña se lo dijo, así como al padre y al tío... Y se la castigó por haber hablado conmigo. Lo sé porque la niña vino corriendo detrás de mí cuando me marchaba del pueblo... Pero no importa».

«Yo la volvía a poner enferma».

«¡Pedro!». Jesús se muestra severo. «¿Es esto lo que te enseño a ti y a los otros? ¿Qué has oído de mis labios desde la primera vez que me has escuchado? ¿De qué he hablado siempre, como condición primera para ser verdaderos discípulos míos?».

«Es verdad, Maestro. Soy un verdadero animal. Perdóname. Pero... ¡no puedo soportar el que no te quieran!».

«¡Oh, Pedro, verás faltas de amor mucho mayores! ¡Te llevarás muchas sorpresas, Pedro! Personas que el mundo llamado “santo” desprecia como publicanos, y que, sin embargo, serán ejemplo para el mundo, y ejemplo no seguido por los que los desprecian; paganos que estarán entre mis mayores fieles; meretrices que se vuelven puras, por voluntad y penitencia; pecadores que se enmiendan...».

«Mira: que se enmiende un pecador... todavía. ¡Pero una meretriz y un publicano!...».

«¿No lo crees?».

«Yo no».

«Estás equivocado, Simón.

60.6 Pero, mira, viene tu suegra».

«Maestro... Te ruego que compartas mi mesa».

«Gracias, mujer. Dios te lo pague».

Entran en la cocina y se sientan a la mesa, y la anciana sirve a los hombres, distribuyendo pródigamente el pescado en sopa y asado. «Perdonad, pero no tengo más que esto» dice. Y, para no perder la costumbre, le dice a Pedro: «¡Demasiado hacen, incluso, tus cuñados, solos como se han quedado desde que te has ido a Betsaida! Si al menos hubiera servido para hacer más rica a mi hija... Pero oigo que muy frecuentemente te ausentas y no pescas».

«Sigo al Maestro. He ido con Él a Jerusalén y el sábado estoy con Él. No pierdo el tiempo en comilonas».

«Pero no ganas dinero. Mejor sería, ya que quieres servir al Profeta, que te vinieras aquí de nuevo. Al menos esa pobre hija mía, mientras tú te dedicas a ser santo, tendría a los familiares que le dieran de comer».

«Pero ¿no te da vergüenza hablar así delante de Él, que te ha curado?».

«Yo no le critico a Él. Él se dedica a su oficio. Te critico a ti que haces el vago. Total, tú no serás nunca un profeta ni un sacerdote. Eres un ignorante y un pecador, un completo inútil».

«Porque está Él, que si no...».

«Simón, tu suegra te ha dado un consejo excelente. Puedes pescar también desde aquí. Por lo que oigo, ya antes pescabas en Cafarnaúm. Puedes volver ahora».

«¿Y vivir aquí de nuevo? Pero Maestro, Tú no...».

«Tranquilo, Pedro mío. Si tú estás aquí, estarás o en el lago o conmigo. Por tanto, ¿qué más te da estar o no estar en esta casa?». Jesús ha puesto la mano sobre el hombro de Pedro y parece que la calma de Jesús pasa al fogoso apóstol.

«Tienes razón. Siempre tienes razón. Lo haré. Pero... ¿y éstos?» (alude a Juan y a Santiago, sus socios).

«¿No pueden venir también ellos?».

«Nuestro padre, y sobre todo nuestra madre, en todo caso estarán más contentos sabiendo que estamos contigo, Jesús, que con ellos. No pondrán dificultades».

«Quizás venga también Zebedeo» dice Pedro.

«Es más que probable. Y con él otros. Vendremos, Maestro, sin duda vendremos».

Detalle

Nota: Hay dos milagros en este extracto, el de la suegra de Pedro y el de la madre de Sara en Nazaret (cf. 60.5).

Anotación

Mateo 8:14-15

Cuando Jesús entró en casa de Pedro, vio a su suegra postrada en cama con fiebre. Le tocó la mano y se le quitó la fiebre. Ella se levantó y le sirvió.

Marcos 1, 29-31

Cuando salieron de la sinagoga, fueron con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre. Enseguida le hablaron de ella a Jesús. Jesús se acercó, la tomó de la mano y la levantó. Se le quitó la fiebre y les sirvió.

Lucas 4:38-39

Jesús salió de la sinagoga y entró en casa de Simón. La suegra de Simón tenía mucha fiebre y le pidieron a Jesús que hiciera algo por ella. Él se inclinó sobre ella, amenazó a la fiebre y ésta la abandonó. Inmediatamente la mujer se levantó y les sirvió.

ECR 62.1-4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

62.1 Veo a Jesús mientras sale de la casa de Pedro en Cafarnaúm haciendo el menor ruido posible. Se comprende que ha pernoctado allí para contentar a su Pedro.

Todavía es plena noche. Todo el cielo es un recamado de estrellas. El lago apenas refleja este brillar tembloroso. Más que verle se le adivina a este lago calmo que duerme bajo las estrellas, por el leve rumor del agua entre los cantos de la orilla.

Jesús deja entornada la puerta, como estaba, mira al cielo, al lago, al camino. Piensa un momento y luego se pone en marcha, no bordeando el lago, sino hacia el pueblo; lo recorre en parte en dirección a la campiña, entra en ésta, camina, se adentra, toma un senderito que se dirige hacia las primeras ondulaciones de un terreno de olivos, penetra en esta paz verde y silenciosa y allí se postra en oración.

¡Ardiente oración! Ora de rodillas. Luego, como fortificado, se pone en pie, y sigue orando, con el rostro hacia el cielo, un rostro espiritual, aún más espiritualizado por la luz naciente que proviene de una serena alba estiva. Ora, en este momento, sonriendo, mientras que antes suspiraba fuertemente como a causa de una pena moral. Ora con los brazos abiertos. Parece una viva cruz, alta, angélica, por su gran dulzura. Parece bendecir los campos todos, el día que nace, las estrellas que van desapareciendo, el lago que se manifiesta...

62.2 «¡Maestro te hemos buscado mucho! Cuando hemos vuelto con el pescado, desde afuera, hemos visto la puerta entornada, y hemos pensado que habrías salido. Pero no te encontrábamos. Al final, un campesino que estaba cargando sus cestas para llevarlas a la ciudad, nos ha dicho dónde estabas. Nosotros te llamábamos: “¡Jesús, Jesús!”, y él ha dicho: “¿Buscáis al Rabí que habla a las multitudes? Ha ido por aquel sendero, hacia arriba, hacia el monte. Debe estar en el olivar de Miqueas, porque va allí frecuentemente; le he visto otras veces”. Tenía razón. ¿Por qué has salido tan temprano, Maestro? ¿Por qué no has descansado? Quizás la cama no te resultaba cómoda...».

«No, Pedro, la cama era cómoda, y la habitación bonita. Pero Yo frecuentemente hago esto, para confortar mi espíritu y para unirme al Padre. La oración es una fuerza para uno mismo y para los demás. Todo se obtiene con la oración. Si no el don, que no siempre el Padre concede — y no se debe pensar que ello es falta de amor, sino creer siempre que es algo requerido por un Orden que, para bien, rige la suerte de cada uno de los hombres —, sí ciertamente la oración da paz y equilibrio para poder resistir a tantas cosas que nos asaltan, sin salirse del sendero santo. Mira, Pedro, lo que nos circunda fácilmente ofusca la mente y agita el corazón, y en una mente ofuscada y en un corazón agitado, ¿cómo puede sentirse a Dios?».

«Es cierto. ¡Pero nosotros no sabemos orar! No sabemos decir las hermosas palabras que Tú pronuncias».

«Decid las que sabéis, como las sabéis. No son las palabras, son los movimientos que las acompañan los que hacen agradables las oraciones al Padre».

«Nosotros querríamos orar como Tú oras».

«Os enseñaré también a orar. Os enseñaré la oración más santa. Pero, para que no sea una vana fórmula en vuestros labios, quiero que vuestro corazón tenga ya en sí al menos un mínimo de santidad, de luz, de sabiduría... Por ello os instruyo. Después os enseñaré esa santa oración.

62.3 Pero... me buscabais; ¿queríais algo de mí?».

«No, Maestro, pero sí hay muchos que desean mucho de ti. Ya había gente que iba hacia Cafarnaúm: eran pobres, enfermos, gente que sufre, hombres de buena voluntad con el deseo de instruirse. Y, dado que nos preguntaban por ti, les hemos dicho: “El Maestro está cansado y duerme. Marchaos. Venid el próximo sábado”».

«No, Simón. Eso no se dice. No hay solamente un día para la piedad. Yo todos los días de la semana soy el Amor, la Luz, la Salud».

«Pero... hasta ahora has venido hablando sólo los sábados».

«Porque aún no era conocido; pero, a medida que lo sea, todos los días serán días de efusión de Gracia y de gracias. En verdad te digo que llegará un momento en que ni siquiera el espacio de tiempo que se le concede al gorrión para descansar sobre una rama y saciarse de semillas se le dejará al Hijo del hombre para su descanso y alimentación».

«¡Pero entonces te pondrás enfermo, y eso nosotros no lo permitiremos! No debe hacerte infeliz tu bondad».

«¿Y tú crees que esto me puede hacer infeliz? ¡Oh, si el mundo entero viniera a mí para escucharme, para llorar sus pecados y sus sufrimientos en mi corazón, para obtener la salud del alma y del cuerpo, y Yo me consumara en hablarle, en perdonarle, en infundir mi poder, entonces sería tan feliz, Pedro, que ya no echaría de menos ni siquiera el Cielo en que estaba en el Padre!...

62.4 ­¿De dónde eran estos que venían a mí?».

«De Corazín, de Betsaida, de Cafarnaúm, y hasta había quien había venido de Tiberíades y de Guerguesa, y de los muchos pueblecitos esparcidos entre una y otra ciudad».

«Id a ellos y decidles que iré a Corazín, a Betsaida y a los pueblos que están entre ambas ciudades».

«¿Por qué no Cafarnaúm?».

«Porque Yo soy para todos y todos me deben tener, y además... me está esperando el anciano Isaac... Su esperanza no debe quedar defraudada».

«¿Tú nos esperas aquí, entonces?».

«No. Me voy, y vosotros os quedáis en Cafarnaúm para encaminar hacia mí a las multitudes; Yo iré después».

«Nos quedamos solos...» — se le va afligido a Pedro —.

«No te entristezcas. Que la obediencia te alegre, y con ella la persuasión de serme un discípulo útil. Y contigo y como tú estos otros».

Pedro y Andrés con Santiago y Juan recobran la serenidad. Jesús los bendice y se separan.

Así termina la visión.

Anotación

Marcos 1:35-38

Al día siguiente, Jesús se levantó mucho antes del amanecer. Salió a un lugar desierto y allí oró. Simón y los que estaban con él fueron a buscarlo. Lo encontraron y le dijeron: "Todo el mundo te busca. Jesús les dijo: "Vayamos a otro lugar, a las aldeas vecinas, para que también allí proclame el Evangelio, pues para eso he salido."

Lucas 4,42-43

Cuando se hizo de día, Jesús salió a un lugar desierto. La gente le buscaba; se acercaban a él y le retenían para que no les dejara. Pero él les dijo: "Tengo que anunciar la Buena Nueva del Reino de Dios también a las demás ciudades, porque para eso me han enviado.

ECR 63.1-5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

63.1 Con una precisión de fotografía perfecta, tengo delante de la vista espiritual, desde esta mañana, todavía antes del alba, a un pobre leproso.

Es verdaderamente un despojo de hombre. No sabría decir qué edad tiene por lo mucho que le ha devastado la enfermedad. Esquelético, semidesnudo, muestra su cuerpo reducido al estado de una momia corroída. Las manos y los pies están retorcidos e incompletos (de manera que son pobres extremidades que ya no parecen ni siquiera humanas): las manos tienen aspecto de garra y están retorcidas, asemejan en algo a la pata de un monstruo alado; los pies parecen casi pezuñas de buey por lo mutilados y desfigurados que están.

¡Y la cabeza?... Creo que una persona a la que no se la haya sepultado y que haya quedado momificada por el sol y por el viento tendrá una cabeza semejante a ésta. Le quedan pocos mechones de cabellos esparcidos salteadamente, pegados al cutis amarillento y costroso como por polvo secado sobre una calavera. Los ojos los tiene apenas entreabiertos, ahondadísimos; los labios y la nariz, mordisqueados por el mal, muestran ya los cartílagos y las encías; las orejas son dos embrionarios restos de aurículas; recubre todo una piel apergaminada, amarilla como ciertos caolines, bajo la cual se destacan terriblemente los huesos; parece como si la función de esta piel fuera la de mantener reunidos estos pobres huesos dentro de su repelente saco repleto de costurones de cicatrices o laceraciones de llagas en putrefacción. ¡Una ruina!

Pienso exactamente en una Muerte vagante por la tierra, con el esqueleto recubierto por una piel apergaminada, envuelta en un asqueroso manto todo hecho jirones, y con un nudoso bastón en la mano, ciertamente arrancado a algún árbol, en vez de la guadaña.

Está a la entrada de una cueva situada en un lugar apartado, una verdadera cueva, tan destruida que no puedo decir si originariamente era un sepulcro o una cabaña para leñadores, o restos de alguna casa derruida. Dirige su mirada hacia la calzada, a unos ciento y pico metros de su antro, una via principal polvorienta, aún llena de sol. No hay nadie en ella. Hasta donde alcanza la vista, sólo sol, polvo y soledad en la calzada. Mucho más arriba, al noroeste, debe haber un pueblo, o ciudad. Veo las primeras casas. Estará al menos a un kilómetro de distancia.

El leproso mira, y suspira. Luego coge una escudilla desportillada y la llena en un arroyuelo. Bebe. Se adentra en una maraña de arbustos, detrás del antro; se agacha; le arranca al suelo algunas matas de achicoria silvestre. Vuelve al arroyuelo, las limpia quitándoles el polvo más grueso con la escasa agua que aquél porta, y se las come despacio, llevándoselas con dificultad a la boca con sus destrozadas manos. Deben estar duras como palos. Trata de masticarlas con gran esfuerzo y muchas las escupe sin poderlas tragar, a pesar de que trate de ayudarse bebiendo sorbos de agua.

63.2 «¿Dónde estás, Abel?» grita una voz.

El leproso se sobresalta. En sus labios se dibuja un simulacro de sonrisa. Pero están tan desfigurados esos labios, que también es informe este espectro de sonrisa. Responde con una voz extraña, estridente (me viene a la mente el grito de unas aves cuyo exacto nombre ignoro): «¡Estoy aquí! Creía que ya no vendrías. Pensaba que te había sucedido algo malo y estaba triste... Si me llegases a faltar también tú, ¿qué le quedaría al pobre Abel?». Diciendo esto, camina hacia la calzada, se ve que hasta donde puede según la Ley, porque a mitad de recorrido se para.

Por el camino se acerca un hombre que de tan ligero como va casi corre.

«¿Pero eres realmente tú, Samuel? Si no eres la persona a quien espero, quienquiera que seas, no me hagas nada malo».

«Soy yo, Abel, y no otro. Y sano. Mira cómo corro. Llego tarde, lo sé. Y lo sentía por ti. Pero cuando sepas... ¡oh!, te sentirás dichoso. Y te he traído no sólo los consabidos mendrugos de pan, sino un pan entero reciente y bueno, para ti solo, y tengo también pescado bueno, y un queso. Todo para ti. Quiero que hagas una fiesta, mi pobre amigo, para prepararte a una fiesta más grande».

«¿Pero cómo es que te has vuelto tan rico? No entiendo...».

«Ahora te contaré».

«Y sano. ¡No pareces el mismo!».

63.3 «Escucha, pues. He sabido que en Cafarnaúm estaba ese Rabí que es santo, y he ido...».

«¡Párate, párate! Estoy infectado».

«¡No importa! Ya no tengo miedo a nada». El hombre, que es el pobre tullido a quien Jesús curó y socorrió con una limosna en el huerto de la suegra de Pedro, ha llegado, efectivamente, con su paso veloz, hasta pocos pasos del leproso. Hablaba mientras caminaba, y reía dichoso.

Pero el leproso insiste: «Párate, en nombre de Dios. Si te ve alguien...».

«Me paro. Mira: pongo aquí las provisiones. Come mientras sigo hablando». El hombre coloca encima de una voluminosa piedra un paquete, y lo abre. Luego se retira unos pasos. El leproso se acerca y se lanza sobre el alimento inusitado.

«¡Oh, cuánto tiempo hace que no comía así! ¡Qué bueno está! Y pensar que creía que me habría ido a descansar con el estómago vacío. Ninguna persona piadosa hoy... ni siquiera tú... Había masticado un poco de achicoria...».

«¡Pobre Abel! Ya lo pensaba yo. Pero me decía: “Bueno. Ahora estará triste, ¡pero después se sentirá dichoso!”».

«Dichoso, sí, por esta buena comida. Pero luego...».

«¡No! Serás feliz para siempre».

El leproso hace un gesto con la cabeza.

«Mira, Abel. Si puedes tener fe, serás feliz».

«¿Fe en quién?».

«En el Rabí, en el Rabí que me ha curado a mí».

«¡Yo estoy leproso y en grado extremo! ¿Cómo puede curarme?».

«¡Lo puede! Es santo».

«Sí, también Eliseo curó a Naamán el leproso... lo sé... Pero yo... yo no puedo ir al Jordán».

«Serás curado sin necesidad de agua. Escucha: Este Rabí es el Mesías, ¿entiendes? ¡El Mesías! Es el Hijo de Dios. Y cura a todos aquellos que tienen fe. Dice: “Quiero”, y los demonios huyen, y los miembros del cuerpo se enderezan, y los ojos ciegos ven».

«¡Oh, vaya que si tendría fe yo! ¿Pero cómo puedo ver al Mesías?».

«Exacto... he venido para esto. Él está allí, en aquel pueblo. Sé dónde está esta noche. Si quieres... Yo dije: “Se lo digo a Abel, y si Abel siente que tiene fe le conduzco hacia el Maestro”».

«¿Estás loco, Samuel? Si me acerco a las casas me apedrearán».

«No a las casas. Pronto será de noche. Te conduciré hasta aquel bosquecito y luego iré a llamar al Maestro. Le llevaré hasta ti...».

«¡Ve, ve inmediatamente! Voy yo solo por mi cuenta hasta aquel punto. Iré caminando por el lecho del regato, por entre las matas; pero tú ve, ve... ¡Oh, ve, buen amigo! ¡Si supieras qué es tener este mal y qué significa esperar curarse!...». El leproso ya ni siquiera se preocupa de la comida. Llora y gesticula implorándole al amigo.

«Me voy y tú vas hasta el bosque». El ex tullido se marcha corriendo.

63.4 Abel baja con dificultad al lecho del regato que bordea la calzada, todo lleno de matas crecidas en el fondo seco. En el centro apenas si hay un hilo de agua. Cae la noche mientras el infeliz se desliza entre los mojones de matorrales, siempre alerta por si oye algún paso. Dos veces se extiende a lo largo contra el suelo del fondo: la primera, por un hombre a caballo que recorre al trote la calzada; la segunda, por tres hombres, cargados de heno, que van en dirección al pueblo. Después prosigue.

Pero, antes que él, llega Jesús con Samuel al bosquecito. «Dentro de poco estará aquí. Camina lento, por las llagas. Ten paciencia».

«No tengo prisa».

«¿Le vas a curar?».

«¿Tiene fe?».

«¡Oh!... se estaba muriendo de hambre, veía esa comida después de años de abstinencia, y, no obstante, ha dejado todo después de unos pocos bocados para venir rápidamente».

«¿Cómo le has conocido?».

«Mira... yo vivía de limosnas después de mi desventura y recorría los caminos para desplazarme a uno u otro lugar. Por aquí pasaba cada siete días. Conocí a ese pobre hombre un día que, llevado del hambre, se había acercado en busca de algo hasta el camino que conduce al pueblo, bajo una tormenta que haría huir incluso a los lobos. Estaba hurgando entre la basura como un perro. Yo tenía algo de pan duro en el talego — el óbolo de algunas personas buenas — y lo compartí con él. Desde entonces somos amigos y todas las semanas le abastezco. Con lo que tengo... Si mucho, mucho; si poco, poco. Hago lo que puedo, como si fuese un hermano mío. Desde la tarde que me curaste — ¡bendito seas! — pienso en él... y en ti».

«Eres bueno, Samuel; por eso la gracia te ha visitado. Quien ama merece todo de Dios...

63.5 Ahí hay algo entre los ramajes».

«¿Eres tú, Abel?».

«Soy yo».

«Ven. El Maestro te espera aquí, bajo el nogal».

El leproso sale del regato, sube hasta la orilla, continúa, se adentra en el prado. Jesús, apoyada la espalda en un altísimo nogal, le espera.

«¡Maestro, Mesías, Santo, ten piedad de mí!» y se arroja entre la hierba a los pies de Jesús. Con el rostro en tierra dice: «¡Oh, Señor mío! ¡Si Tú quieres, puedes limpiarme!». Y luego se atreve a alzarse de rodillas y alarga los esqueléticos brazos, con sus retorcidas manos, y mueve hacia adelante el rostro huesudo, devastado... Las lágrimas bajan desde las órbitas enfermas hasta los labios comidos por la lepra.

Jesús le mira con mucha piedad; mira a este espectro humano, que el mal horrendo está devorando y que sólo una verdadera caridad puede aguantar cerca, por lo repugnante de su estado y por el mal olor que despide. Y a pesar de todo Jesús le tiende una mano, su hermosa, sana mano derecha, como para acariciarle.

Éste, sin alzarse, se echa hacia atrás, sobre los talones, y grita: «¡No me toques! ¡Piedad de ti!».

Pero Jesús da un paso hacia adelante. Solemne, bueno, dulce, posa sus dedos sobre la cabeza comida por la lepra y dice, con voz suave, toda amor y no por ello no llena de poder: «¡Lo quiero! ¡Queda limpio!». La mano aún permanece unos minutos sobre la pobre cabeza. «Levántate. Ve al sacerdote. Cumple cuanto la Ley prescribe. Y no digas lo que he hecho contigo, sé sólo bueno, no peques nunca más. Te bendigo».

«¡Oh! ¡Señor! ¡Abel! ¡Si estás completamente sano!». Samuel, que ha visto la metamorfosis de su amigo, grita de alegría.

«Sí, está sano. Se lo ha merecido por su fe. Adiós. La paz sea contigo».

«¡Maestro! ¡Maestro! ¡Maestro! ¡Yo no te dejo! ¡No puedo de­jar­te!».

«Cumple lo que requiere la Ley. Después nos veremos de nuevo. Por segunda vez, descienda sobre ti mi bendición».

Jesús se pone en camino haciéndole una seña a Samuel de que se quede. Y los dos amigos lloran de alegría mientras, a la luz de un cuarto de luna, vuelven a la cueva para estar por última vez en aquella madriguera de desventura.

La visión cesa así.

Anotación

Marcos 1,40-45

Se le acercó un leproso, le rogó, cayó de rodillas y le dijo: "Si quieres, puedes limpiarme". Embargado por la compasión, Jesús extendió la mano, lo tocó y le dijo: "Estoy dispuesto; queda limpio". Al instante, la lepra le abandonó y quedó limpio. Jesús lo despidió con firmeza, diciéndole: "Ten cuidado, no digas nada a nadie, sino ve y muéstrate al sacerdote, y da por tu purificación lo que prescribió Moisés en la Ley: será un testimonio para el pueblo". Una vez que se hubo ido, aquel hombre empezó a pregonar y a difundir la noticia, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en una ciudad, sino que se quedaba en lugares desiertos. Pero la gente acudía a él de todas partes.

Lucas 5, 12-16

Estaba Jesús en un pueblo cuando llegó un hombre cubierto de lepra que, al ver a Jesús, se postró sobre su rostro y le suplicó: "Señor, si quieres, puedes limpiarme". Jesús extendió la mano y le tocó, diciendo: "Quiero; queda limpio". Al instante se le quitó la lepra. Jesús le ordenó que no se lo dijera a nadie: "Ve a presentarte al sacerdote y da por tu purificación lo que mandó Moisés; servirá de testimonio a todos.

Cada vez más gente hablaba de Jesús. Grandes multitudes acudían a oírle y a curarse de sus enfermedades. Pero él se retiraba a lugares desiertos y oraba.

ECR 63.1-5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

63.1 Con una precisión de fotografía perfecta, tengo delante de la vista espiritual, desde esta mañana, todavía antes del alba, a un pobre leproso.

Es verdaderamente un despojo de hombre. No sabría decir qué edad tiene por lo mucho que le ha devastado la enfermedad. Esquelético, semidesnudo, muestra su cuerpo reducido al estado de una momia corroída. Las manos y los pies están retorcidos e incompletos (de manera que son pobres extremidades que ya no parecen ni siquiera humanas): las manos tienen aspecto de garra y están retorcidas, asemejan en algo a la pata de un monstruo alado; los pies parecen casi pezuñas de buey por lo mutilados y desfigurados que están.

¡Y la cabeza?... Creo que una persona a la que no se la haya sepultado y que haya quedado momificada por el sol y por el viento tendrá una cabeza semejante a ésta. Le quedan pocos mechones de cabellos esparcidos salteadamente, pegados al cutis amarillento y costroso como por polvo secado sobre una calavera. Los ojos los tiene apenas entreabiertos, ahondadísimos; los labios y la nariz, mordisqueados por el mal, muestran ya los cartílagos y las encías; las orejas son dos embrionarios restos de aurículas; recubre todo una piel apergaminada, amarilla como ciertos caolines, bajo la cual se destacan terriblemente los huesos; parece como si la función de esta piel fuera la de mantener reunidos estos pobres huesos dentro de su repelente saco repleto de costurones de cicatrices o laceraciones de llagas en putrefacción. ¡Una ruina!

Pienso exactamente en una Muerte vagante por la tierra, con el esqueleto recubierto por una piel apergaminada, envuelta en un asqueroso manto todo hecho jirones, y con un nudoso bastón en la mano, ciertamente arrancado a algún árbol, en vez de la guadaña.

Está a la entrada de una cueva situada en un lugar apartado, una verdadera cueva, tan destruida que no puedo decir si originariamente era un sepulcro o una cabaña para leñadores, o restos de alguna casa derruida. Dirige su mirada hacia la calzada, a unos ciento y pico metros de su antro, una via principal polvorienta, aún llena de sol. No hay nadie en ella. Hasta donde alcanza la vista, sólo sol, polvo y soledad en la calzada. Mucho más arriba, al noroeste, debe haber un pueblo, o ciudad. Veo las primeras casas. Estará al menos a un kilómetro de distancia.

El leproso mira, y suspira. Luego coge una escudilla desportillada y la llena en un arroyuelo. Bebe. Se adentra en una maraña de arbustos, detrás del antro; se agacha; le arranca al suelo algunas matas de achicoria silvestre. Vuelve al arroyuelo, las limpia quitándoles el polvo más grueso con la escasa agua que aquél porta, y se las come despacio, llevándoselas con dificultad a la boca con sus destrozadas manos. Deben estar duras como palos. Trata de masticarlas con gran esfuerzo y muchas las escupe sin poderlas tragar, a pesar de que trate de ayudarse bebiendo sorbos de agua.

63.2 «¿Dónde estás, Abel?» grita una voz.

El leproso se sobresalta. En sus labios se dibuja un simulacro de sonrisa. Pero están tan desfigurados esos labios, que también es informe este espectro de sonrisa. Responde con una voz extraña, estridente (me viene a la mente el grito de unas aves cuyo exacto nombre ignoro): «¡Estoy aquí! Creía que ya no vendrías. Pensaba que te había sucedido algo malo y estaba triste... Si me llegases a faltar también tú, ¿qué le quedaría al pobre Abel?». Diciendo esto, camina hacia la calzada, se ve que hasta donde puede según la Ley, porque a mitad de recorrido se para.

Por el camino se acerca un hombre que de tan ligero como va casi corre.

«¿Pero eres realmente tú, Samuel? Si no eres la persona a quien espero, quienquiera que seas, no me hagas nada malo».

«Soy yo, Abel, y no otro. Y sano. Mira cómo corro. Llego tarde, lo sé. Y lo sentía por ti. Pero cuando sepas... ¡oh!, te sentirás dichoso. Y te he traído no sólo los consabidos mendrugos de pan, sino un pan entero reciente y bueno, para ti solo, y tengo también pescado bueno, y un queso. Todo para ti. Quiero que hagas una fiesta, mi pobre amigo, para prepararte a una fiesta más grande».

«¿Pero cómo es que te has vuelto tan rico? No entiendo...».

«Ahora te contaré».

«Y sano. ¡No pareces el mismo!».

63.3 «Escucha, pues. He sabido que en Cafarnaúm estaba ese Rabí que es santo, y he ido...».

«¡Párate, párate! Estoy infectado».

«¡No importa! Ya no tengo miedo a nada». El hombre, que es el pobre tullido a quien Jesús curó y socorrió con una limosna en el huerto de la suegra de Pedro, ha llegado, efectivamente, con su paso veloz, hasta pocos pasos del leproso. Hablaba mientras caminaba, y reía dichoso.

Pero el leproso insiste: «Párate, en nombre de Dios. Si te ve alguien...».

«Me paro. Mira: pongo aquí las provisiones. Come mientras sigo hablando». El hombre coloca encima de una voluminosa piedra un paquete, y lo abre. Luego se retira unos pasos. El leproso se acerca y se lanza sobre el alimento inusitado.

«¡Oh, cuánto tiempo hace que no comía así! ¡Qué bueno está! Y pensar que creía que me habría ido a descansar con el estómago vacío. Ninguna persona piadosa hoy... ni siquiera tú... Había masticado un poco de achicoria...».

«¡Pobre Abel! Ya lo pensaba yo. Pero me decía: “Bueno. Ahora estará triste, ¡pero después se sentirá dichoso!”».

«Dichoso, sí, por esta buena comida. Pero luego...».

«¡No! Serás feliz para siempre».

El leproso hace un gesto con la cabeza.

«Mira, Abel. Si puedes tener fe, serás feliz».

«¿Fe en quién?».

«En el Rabí, en el Rabí que me ha curado a mí».

«¡Yo estoy leproso y en grado extremo! ¿Cómo puede curarme?».

«¡Lo puede! Es santo».

«Sí, también Eliseo curó a Naamán el leproso... lo sé... Pero yo... yo no puedo ir al Jordán».

«Serás curado sin necesidad de agua. Escucha: Este Rabí es el Mesías, ¿entiendes? ¡El Mesías! Es el Hijo de Dios. Y cura a todos aquellos que tienen fe. Dice: “Quiero”, y los demonios huyen, y los miembros del cuerpo se enderezan, y los ojos ciegos ven».

«¡Oh, vaya que si tendría fe yo! ¿Pero cómo puedo ver al Mesías?».

«Exacto... he venido para esto. Él está allí, en aquel pueblo. Sé dónde está esta noche. Si quieres... Yo dije: “Se lo digo a Abel, y si Abel siente que tiene fe le conduzco hacia el Maestro”».

«¿Estás loco, Samuel? Si me acerco a las casas me apedrearán».

«No a las casas. Pronto será de noche. Te conduciré hasta aquel bosquecito y luego iré a llamar al Maestro. Le llevaré hasta ti...».

«¡Ve, ve inmediatamente! Voy yo solo por mi cuenta hasta aquel punto. Iré caminando por el lecho del regato, por entre las matas; pero tú ve, ve... ¡Oh, ve, buen amigo! ¡Si supieras qué es tener este mal y qué significa esperar curarse!...». El leproso ya ni siquiera se preocupa de la comida. Llora y gesticula implorándole al amigo.

«Me voy y tú vas hasta el bosque». El ex tullido se marcha corriendo.

63.4 Abel baja con dificultad al lecho del regato que bordea la calzada, todo lleno de matas crecidas en el fondo seco. En el centro apenas si hay un hilo de agua. Cae la noche mientras el infeliz se desliza entre los mojones de matorrales, siempre alerta por si oye algún paso. Dos veces se extiende a lo largo contra el suelo del fondo: la primera, por un hombre a caballo que recorre al trote la calzada; la segunda, por tres hombres, cargados de heno, que van en dirección al pueblo. Después prosigue.

Pero, antes que él, llega Jesús con Samuel al bosquecito. «Dentro de poco estará aquí. Camina lento, por las llagas. Ten paciencia».

«No tengo prisa».

«¿Le vas a curar?».

«¿Tiene fe?».

«¡Oh!... se estaba muriendo de hambre, veía esa comida después de años de abstinencia, y, no obstante, ha dejado todo después de unos pocos bocados para venir rápidamente».

«¿Cómo le has conocido?».

«Mira... yo vivía de limosnas después de mi desventura y recorría los caminos para desplazarme a uno u otro lugar. Por aquí pasaba cada siete días. Conocí a ese pobre hombre un día que, llevado del hambre, se había acercado en busca de algo hasta el camino que conduce al pueblo, bajo una tormenta que haría huir incluso a los lobos. Estaba hurgando entre la basura como un perro. Yo tenía algo de pan duro en el talego — el óbolo de algunas personas buenas — y lo compartí con él. Desde entonces somos amigos y todas las semanas le abastezco. Con lo que tengo... Si mucho, mucho; si poco, poco. Hago lo que puedo, como si fuese un hermano mío. Desde la tarde que me curaste — ¡bendito seas! — pienso en él... y en ti».

«Eres bueno, Samuel; por eso la gracia te ha visitado. Quien ama merece todo de Dios...

63.5 Ahí hay algo entre los ramajes».

«¿Eres tú, Abel?».

«Soy yo».

«Ven. El Maestro te espera aquí, bajo el nogal».

El leproso sale del regato, sube hasta la orilla, continúa, se adentra en el prado. Jesús, apoyada la espalda en un altísimo nogal, le espera.

«¡Maestro, Mesías, Santo, ten piedad de mí!» y se arroja entre la hierba a los pies de Jesús. Con el rostro en tierra dice: «¡Oh, Señor mío! ¡Si Tú quieres, puedes limpiarme!». Y luego se atreve a alzarse de rodillas y alarga los esqueléticos brazos, con sus retorcidas manos, y mueve hacia adelante el rostro huesudo, devastado... Las lágrimas bajan desde las órbitas enfermas hasta los labios comidos por la lepra.

Jesús le mira con mucha piedad; mira a este espectro humano, que el mal horrendo está devorando y que sólo una verdadera caridad puede aguantar cerca, por lo repugnante de su estado y por el mal olor que despide. Y a pesar de todo Jesús le tiende una mano, su hermosa, sana mano derecha, como para acariciarle.

Éste, sin alzarse, se echa hacia atrás, sobre los talones, y grita: «¡No me toques! ¡Piedad de ti!».

Pero Jesús da un paso hacia adelante. Solemne, bueno, dulce, posa sus dedos sobre la cabeza comida por la lepra y dice, con voz suave, toda amor y no por ello no llena de poder: «¡Lo quiero! ¡Queda limpio!». La mano aún permanece unos minutos sobre la pobre cabeza. «Levántate. Ve al sacerdote. Cumple cuanto la Ley prescribe. Y no digas lo que he hecho contigo, sé sólo bueno, no peques nunca más. Te bendigo».

«¡Oh! ¡Señor! ¡Abel! ¡Si estás completamente sano!». Samuel, que ha visto la metamorfosis de su amigo, grita de alegría.

«Sí, está sano. Se lo ha merecido por su fe. Adiós. La paz sea contigo».

«¡Maestro! ¡Maestro! ¡Maestro! ¡Yo no te dejo! ¡No puedo de­jar­te!».

«Cumple lo que requiere la Ley. Después nos veremos de nuevo. Por segunda vez, descienda sobre ti mi bendición».

Jesús se pone en camino haciéndole una seña a Samuel de que se quede. Y los dos amigos lloran de alegría mientras, a la luz de un cuarto de luna, vuelven a la cueva para estar por última vez en aquella madriguera de desventura.

La visión cesa así.

Detalle

Curación de un leproso.

Samuel llega en 63.2. El milagro tiene lugar en 63.4. Para obtener el contexto completo, conviene releer MTS 61.3 y todo MTS 62.

Anotación

Evangelio de Marcos 1, 40-45

Mc 1, 40-45 : Se le acercó un leproso, le rogó, cayó de rodillas y le dijo: "Si quieres, puedes limpiarme". Embargado por la compasión, Jesús extendió la mano, le tocó y le dijo: "Quiero; queda limpio". Al instante, la lepra le abandonó y quedó limpio. Jesús lo despidió con firmeza, diciéndole: "Ten cuidado, no digas nada a nadie, sino ve y muéstrate al sacerdote, y da por tu purificación lo que prescribió Moisés en la Ley: será un testimonio para el pueblo". Una vez que se hubo ido, el hombre empezó a pregonar y a difundir la noticia, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en una ciudad, sino que se quedaba en lugares desiertos. Pero la gente acudía a él de todas partes.

Evangelio de Lucas 5, 12-14

Lc 5, 12-14 : Estaba Jesús en un pueblo cuando llegó un hombre cubierto de lepra; al ver a Jesús, se postró sobre su rostro y le suplicó: "Señor, si quieres, puedes limpiarme". Jesús extendió la mano y le tocó, diciendo: "Quiero; queda limpio". Al instante se le quitó la lepra. Entonces Jesús le ordenó que no se lo dijera a nadie: "En lugar de eso, ve a presentarte al sacerdote y dale por tu limpieza lo que mandó Moisés; será un testimonio para todos."