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Notas de la palabra clave

Localización - Ascalon - Ashqelôn

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ECR 218

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Título del capítulo: Diversos encuentros en Ashqelôn (Ascalón), ciudad de Filistea

Fecha de la visión: sábado, 14 de julio de 1945

Calendario: Domingo, 7 de mayo de 28 (25 de Lyar o Ziv de 3788)

Lugares (mapa): Ashqêlon (Ascalón)

Ciclo: Apostolado en Filistea

Resumen: Los apóstoles se despiertan allí y reanudan el camino. Llegan a la orilla del mar y Juan queda hipnotizado por el mar. Los apóstoles preguntan por dónde van a entrar en Asqêlon y Jesús afirma que sabe por dónde ir. Los discípulos le preguntan entonces si ya ha estado allí, y él responde que sí; sin embargo, era demasiado pequeño para recordarlo. Santiago, hijo de Zebedeo, señala entonces que Cristo nunca se equivoca de camino y que no es la primera vez que se da cuenta de ello.

Avanzan hasta un pequeño arrabal rural donde viven unos horticultores. Como tienen hambre, Tomás regatea duramente con uno de ellos para conseguir huevos, y acaba consiguiendo dos docenas. A continuación, van a hablar con otro horticultor que, por su parte, tendría pan. Al principio, el anciano los ignora, pero Pedro acaba por conseguir una reacción al mencionar a Sansón, el personaje bíblico, y Simón de Jonás acaba diciendo que es cristiano, que pertenece a Cristo, el Mesías y rey de Israel que vencerá «al mundo entero e incluso al infierno». Esto despierta la curiosidad del hombre, que les invita a acercarse. Sus esclavas, dos africanas llamadas Anibé y Nubi, acuden a atenderles y comen juntos. El anciano Ananías explica el origen de las mujeres y pregunta cómo va a llevar a cabo Jesús su conquista. Este último explica entonces que quiere darnos el Reino de los Cielos, incluso a él, que es un filisteo. A este le interesa la noción de la eternidad del alma, que también se les transmite a Anibé y Nubi. Jesús le promete, además, que la esposa y el hijo que ha perdido no han muerto, pues el alma perdura. El horticultor acaba ofreciéndoles alojamiento, y el grupo apostólico se despide de él para ir a la ciudad. Jesús envía a los apóstoles a predicar y él, por su parte, da un paseo a solas por Ascalón.

Allí se encuentra con Alejandro, un niño al que han expulsado de clase por ser revoltoso. Tras conseguir que el niño le prometa no volver a portarse mal y, sobre todo, no volver a hacer un muñeco de madera que se burla del jefe de la sinagoga, Jesús lo acompaña hasta la tienda de sus padres. Allí se encuentra con su madre y con la pobre Dina, otra niña cuya madre está muy enferma. La pequeña había perdido a su padre en el mar y, como este era empleado de los padres de Alejandro, estos habían cuidado de ella lo mejor que pudieron. Pero la madre de Dina se está muriendo de una enfermedad incurable. Jesús le pide entonces que lo lleve hasta su casa y, por el camino, ella afirma que si supiera dónde está el Mesías, creería en él y le pediría que hiciera un milagro. Jesús sonríe ante su profesión de fe y, cuando llegan junto a la moribunda, se da a conocer tal y como es y cura a la madre. A continuación, se despide de aquella pobre familia de Asqêlon.

Contenido del capítulo: 218.1: De camino, a lo largo de la orilla, hacia la ciudad que ya se divisa. 218.2: En el mercado, Tomás regatea por unos huevos con un filisteo. 218.3: Pedro le pide pan al filisteo Ananías y le habla del Mesías. 218.4: Ananías invita a comer a Jesús y a los suyos. 218.5: Jesús le habla del Reino para todos, incluso para los filisteos, y de su alma. 218.6: Jesús envía a los apóstoles a predicar en cuatro grupos. A solas, rechaza a una prostituta, pero acoge a los niños. 218.7: Se va con el pequeño Alejandro, quien le cuenta la historia de la pequeña Dina. A Jesús le entregan un títere irrespetuoso. 218.8: Admira las alfombras de la fábrica y la bondad de la madre. 218.9: Habla del Mesías a la pequeña Dina, que lo lleva a su casa. 218.10: Donde cura a su madre moribunda.

Edición antigua: Tomo 3, capítulo 80

ECR 218.1 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

La aurora despierta con su hálito fresco a los durmientes. Se alzan del lecho de arena en que han dormido al abrigo de una duna salpicada de escasas hierbas resecas. Trepan hasta la cima. Ante ellos se abre una profunda pendiente arenosa, mientras que un poco más allá y acá de ella hay parcelas cultivadas bonitas. Un torrente carente de agua marca con sus guijarros blancos el oro de la arena, y va con este blancor de huesos resecos hasta el mar, que cabrillea a lo lejos con sus olas llenas por la marea de la mañana, más llenas por un ligero mistral que peina el océano. Caminan por el borde de la duna, hasta el torrente desecado; lo pasan; siguen caminando, en diagonal, por las dunas, que ceden bajo sus pies y que, con su superficie toda ondulada, parecen continuación del océano, de materia sólida y seca en vez de las móviles aguas.

Llegan a la húmeda playa. Ahora andan más deprisa. Juan se queda como hipnotizado ante la visión del mar sin límites, labrado en infinitas caras encendidas por los primeros destellos del Sol; parece beber esa belleza, parecen teñirse aún más de azul sus ojos. Mientras, Pedro, más práctico, se descalza, se sube un poco la ropa y chapotea por las suaves olas de la orilla, con la esperanza de encontrar algún cangrejillo o alguna concha de molusco que chupar.

A dos kilómetros largos de distancia se ve una bonita ciudad marítima, edificada en la orilla, siguiendo el arrecife de forma de media luna al otro lado del cual el viento y las borrascas han transportado las arenas. El arrecife, ahora que el agua con la baja marea se está retirando, emerge también aquí, obligando a volver a la arena seca para no torturar con los escollos los pies desnudos.

«¿Por dónde entramos, Señor? Por este lado se ve sólo una muralla bien sólida. Por el mar no se puede entrar. La ciudad está en el punto más hondo del arco» dice Felipe.

«Venid. Sé por donde se entra».

«¿Has estado alguna otra vez aquí?».

«Una vez, de niño; no creo que recuerde cómo es, pero sé por dónde se pasa».

«¡Extraño! He notado muchas veces que Tú no yerras nunca el camino; alguna vez te lo hacemos confundir nosotros. ¡Tú... parece como si hubieras estado en todos los sitios por donde te mueves!» observa Santiago de Zebedeo.

Jesús sonríe, pero no responde.

Detalle

Cristo sabe perfectamente hacia dónde dirigirse durante su vida pública, y Santiago, hijo de Zebedeo, se lo hace notar.