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Notas de la palabra clave

Lugares - Lago de Genesaret - Lago de Tiberíades - Mar de Galilea

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Comodidad de lectura

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ECR 174.22 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

« He terminado. Me encamino hacia abajo, hacia el lago. Os bendigo en nombre de Dios uno y trino. Mi paz descienda sobre vosotros».

Pero la muchedumbre grita: «Vamos también nosotros. ¡Déjanos ir contigo! ¡Nadie habla como Tú!». Y se encamina también la gente siguiendo a Jesús, que baja no por la parte por la que ha subido sino por la opuesta, que va en línea recta hacia Cafarnaúm.

La bajada es muy inclinada, pero se recorre muy rápidamente, y pronto llegan a los pies del monte, arrellanado sobre la planada verde y florida.

ECR 178

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Título del capítulo: Tres hombres que quieren seguir a Jesús.

Fecha de la visión: Domingo 3 de junio de 1945

Calendario: lunes 21 de febrero 28 (8 Adar I 3788) según maria-valtorta.org o miércoles 1 de marzo 28 según Valtorta.fr

Localización (mapa) :Cafarnaún

Ciclo: Apostolado en Galilea

Resumen: Jesús se dirige con dificultad a la orilla del lago de Tiberíades, porque la muchedumbre lo retiene. Pero Cristo es de todos y muchos deben tenerlo. Así que promete que volverá. Cuando llega a la barca de Pedro, tres hombres le abordan. El primero, convencido por las palabras del Señor, promete seguirle. Le preguntó qué camino pensaba seguir y no se quedó satisfecho con la primera respuesta de Jesús, que le dijo que tomaba el camino del Cielo. Cuando le pregunta en qué casas se detendrá, Jesús le responde que el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza, y el hombre comprende que su casa está en todas partes. El Maestro recuerda entonces que debemos ser sacrificados, obedientes, caritativos con todos y curar las heridas de nuestros hermanos, sin alejarnos de ellos porque estén en el fango. Su interlocutor le pide que intente seguir su camino, y Jesús le anima a ello.

El segundo hombre es interpelado por el Salvador. Cristo le insta a seguirle, pero Elías ha perdido a su padre, y Jesús le dice que "deje que los muertos entierren a sus muertos". Enseña que la mutilación de los afectos puede servir para dar alas al siervo de Dios. Mientras el hombre reflexiona, hace rezar en voz alta a un niño pequeño, y el joven se decide. Jesús le apoya en su esfuerzo.

Finalmente, un tercer niño le pide que le siga después de despedirse de sus padres. Pero aún hay demasiada humanidad en él. Tiene que arrancar las raíces aún demasiado profundas de la humanidad, y si no puede hacerlo, tiene que arrancarlas. Porque para ser discípulo hay que ser totalmente libre de espíritu, y Dios es exigente. Por eso hay que saber llevar la cruz y poner la mano en el arado sin mirar atrás. Jesús invita al discípulo a trabajar sobre sí mismo antes de seguirle. Entonces el Maestro sube a la barca de Pedro.

Contenido del capítulo: 178.1: Jesús camina con dificultad a través de la multitud hasta la orilla. 178.2: Un escriba que duda en seguir a Jesús le responde: Las zorras tienen sus guaridas, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza. 178.3: Un joven se decide y deja que los muertos entierren a los muertos. 178.4: Un tercer hombre vendrá más tarde: Nadie que haya puesto su mano en el arado puede mirar hacia atrás, hacia lo que ha dejado.

Edición anterior: Tomo 3, capítulo 38

ECR 179.1 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Jesús — mostrándome el curso del Jordán, o mejor, la desembocadura del Jordán en el lago de Tiberíades, en el lugar en que se extiende la ciudad de Betsaida en la orilla derecha del río respecto a quien mira al Norte — me dice: «Ahora la ciudad ya no parece en las orillas del lago, sino un poco más hacia el interior. Esto desconcierta a los estudiosos. La explicación se debe buscar en el espacio cedido por el lago, por esta parte, al terreno seco, debido a veinte siglos en que el río ha ido depositando tierra suelta, y también a aluviones y desprendimientos de tierra de las colinas de Betsaida. En aquel tiempo la ciudad estaba justamente en la desembocadura del río en el lago; es más, las barcas más pequeñas, en las estaciones más ricas en aguas, remontaban un buen trecho del río, casi hasta la altura de Corazín; las orillas del río servían siempre como embarcadero y lugar protegido para las barcas de Betsaida en los días de borrasca en el lago. Esto no te lo digo por ti, que poco te importa, sino por los doctores difíciles. Y ahora continúa».

ECR 181.1 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Una aurora clara aljofara el lago y envuelve las colinas en niebla, ligera como velo de muselina, tras la cual se ven más graciosos los olivos y nogales y las casas y las cimas de los pueblos ribereños. Las barcas se deslizan serenas, silenciosas, en dirección a Cafarnaúm. Pero, en un momento dado, Pedro gira la caña del timón; tan bruscamente, que la barca se ladea.

«¿Qué haces!» dice Andrés.

«Allí hay una barca de uno de esos avestruces. Está saliendo de Cafarnaúm. Tengo buenos ojos, y, desde ayer noche, olfato de perro rastrero. No quiero que nos vean. Vuelvo al río. Iremos a pie».

La otra barca ha hecho la misma maniobra, pero Santiago, que va al timón, pregunta a Pedro: «¿Por qué haces esto?».

«Ya te lo diré. Ven detrás de mí».

Jesús, que está sentado en la popa, vuelve de su ensimismamiento ya casi a la altura del Jordán. «Pero ¿qué haces, Simón?» pregunta.

«Bajamos aquí. Hay un chacal merodeando. No podemos ir a Cafarnaúm hoy.»

Detalle

Es el día después de la detención de Juan el Bautista y los apóstoles sospechan de todo el mundo.

Anotación

- ¡Veo el barco de un búho! Este apodo en boca de Pedro se inspira en el búho de Palestina, también conocido como búho cornudo o búho del desierto (Bubo ascalaphus). Vive en gran número en ruinas y lugares desolados, que se prestan a su lúgubre grito(fuente).

Hay un chacal a la vista. El chacal (schoual) se llama a veces zorro en el Antiguo Testamento. De hecho, físicamente se parecen.

ECR 186.3 · Volume 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

El panorama es precioso. Está elevado sólo unas pocas decenas de metros respecto al lago; suficiente, de todas formas, para poder dominar toda la extensión del agua y las ciudades diseminadas a lo largo de sus márgenes. Tiberíades resplandece con sus bonitas construcciones frente al lugar donde están los apóstoles. Abajo, al pie del cantil basáltico, la breve playa parece un cojín herboso, mientras que en la orilla opuesta, desde Tiberíades hasta la entrada del Jordán, se ve una llanura más bien vasta, y pantanosa debido a las aguas del río — que dan la impresión de encontrar dificultad para reanudar su curso después de la pausa en el sereno lago —, pero tan abundante en todo tipo de hierbas y matas propias de los lugares ricos en agua, y tan poblada de aves acuáticas de irisados colores, como veteadas de gemas, que se contempla ese lugar cual si se tratase de un jardín. Las aves, que están entre las tupidas hierbas y en los cañizares, se elevan, vuelan sobre el lago y hunden sus cuerpos en las aguas para arrebatarles un pez; se elevan de nuevo, más esplendorosas aún por el agua que ha reavivado los colores de sus plumas, y regresan hacia la florida llanura donde el viento juguetea revolviendo los colores.

Aquí es distinto: una faja de bosques de altísimas encinas, bajo las cuales la hierba crece verde esmeralda y blanda. Acabada ésta, hay una hoyada. Después el monte vuelve a ascender en un empinado promontorio rocoso escalonado, en cuyos rellanos las casas están encostradas (creo que el monte forma una única cosa con las paredes, prestando sus cavernas como viviendas; mitad ciudad troglodita, mitad ciudad común). Es original con esta graduada ascensión en terrazas, que hace que el techo de las casas de la terraza inmediatamente anterior esté a la altura del bajo de las casas del rellano superior. Por los lados en que el monte es más empinado — hasta el punto de impedir cualquier tipo de construcción — hay cavernas y brechas profundas y veredas escarpadas que descienden hacia el valle y que en tiempo de aguaceros deben transformarse en caprichosos torrentitos. Peñascos de todo tipo, que han rodado por efecto de los aluviones, forman un caótico pedestal en la base de este montecillo tan abrupto y agreste, chepudo y petulante como un tagarote que, no obstante, quiere ser respetado a toda costa.