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Notas de la palabra clave

Biblia - Libro del Éxodo

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Comodidad de lectura

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ECR 174.13 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

¿Dónde anida el adulterio? ¿Dónde, la corrupción de muchachas? ¿Quién tiene dos o tres lechos licenciosos, además del suyo propio como esposo, en los cuales disipa su dinero y el vigor de un cuerpo dado por Dios para que trabaje para su familia y no para debilitarse en repelentes uniones que le rebajan a nivel inferior al de una bestia inmunda? Habéis oído que se dijo: “No cometas adulterio”. Pues Yo os digo que quien mire a una mujer con concupiscencia, o quien vaya a un hombre con deseo, aun sólo con esto, ha cometido ya adulterio en su corazón. Ninguna razón justifica la fornicación. Ninguna; ni el abandono o repudio del marido, ni la conmiseración hacia la repudiada. Tenéis sólo un alma: no mienta, una vez que se ha unido a otra por pacto de fidelidad; pues, de ser así, ese hermoso cuerpo a través del cual pecáis irá con vosotros, almas impuras, a las inexhaustas llamas. Mutiladlo, antes que matarlo eternamente condenándolo. Vosotros, los ricos, sentinas de vicio llenas de gusanos, sed de nuevo hombres, para que el Cielo no sienta repulsa de vosotros...

ECR 197.5 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Ven, Yabés, que es la hora más solemne del día. Hay otra análoga por la mañana, pero ésta es todavía más solemne. El día empieza con la mañana: justo es que el hombre bendiga al Señor para que el Señor le bendiga durante todo el día en todas sus obras. Pero al atardecer es aún más solemne: declina la luz, cesa el trabajo, llega la noche. La luz que declina recuerda la caída en el mal, y verdaderamente las acciones de pecado se producen generalmente por la noche. ¿Por qué? Porque el hombre ya no está ocupado en el trabajo y más fácilmente se ve envuelto por el Maligno, que proyecta sus propuestas y pesadillas. Bueno es, por tanto, después de haberle agradecido a Dios su protección durante el día, elevarle nuestra súplica para que se alejen de nosotros los fantasmas de la noche y las tentaciones. La noche con su sueño, símbolo de la muerte... Dichosos aquellos que, habiendo vivido con la bendición del Señor se duermen no en las tinieblas sino en una fúlgida aurora. El sacerdote ofrece el incienso por todos nosotros, ora por todo el pueblo, en comunión con Dios, y Dios le confía su bendición para que la imparta al pueblo de sus hijos. ¿Te das cuenta de lo grande que es el ministerio del sacerdote?».

«Yo quisiera... Me sentiría todavía más cerca de mi madre...».

«Si eres siempre un buen discípulo e hijo de Pedro, lo serás. Mas ahora ven; mira, las trompetas anuncian que ha llegado la hora. Vamos con veneración a alabar a Yeohveh». Jesús lo pronuncia así, con una Y alargada: un Syieveee muy cantado, con las últimas es muy abiertas, casi como una a; sin embargo, la que sigue a la y es muy cerrada.

Detalle

En el Templo, es la hora del incienso, y Jesús da a Yabeç una lección especial.

Anotación

Jesús está hablando de quemar incienso en el Templo por la mañana y por la tarde, como prescribe Ex 30:7-8 . El propio Marziam se referirá a esta lección en EMV 291.

Libro de Éxodo 30, 7-8

Éxodo 30, 7-8 : Todas las mañanas, cuando Aarón venga a atender las lámparas, quemará incienso sobre ellas. Y cuando vaya a encender las lámparas al atardecer, volverá a quemar incienso en ellas. De generación en generación, el incienso subirá perpetuamente ante el Señor.

ECR 200.7 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Pasa todavía otro rato más y suben en grupo los apóstoles con el niño y Juan de Endor. Los siguen las mujeres con las viandas y las candelas. Por último, Lázaro y Simón.

Nada más entrar en la sala exclaman: «¡¡Ah,... entonces provenía de aquí!!» y olfatean el ambiente saturado de perfume de rosas, saturado a pesar de que las puertas estén abiertas de par en par. «Pero, ¿quién ha perfumado de este modo esta habitación? ¿Marta, quizás?» preguntan muchos de los presentes.

«Mi hermana no se ha movido de casa hoy después de la comida» responde Lázaro.

«¿Y quién ha sido entonces? ¿Algún sátrapa asirio?» dice Pedro bromeando.

«El amor de una redimida» dice serio Jesús.

«Podía haberse ahorrado esta inútil ostentosidad de redención y haber dado el coste a los pobres. Son muchos, y saben que nosotros damos. Yo no tengo ya ni un ochavo» dice enfadado Judas Iscariote. «Y tenemos que comprar el cordero, alquilar la sala para el Cenáculo y...».

«Pero si os he ofrecido yo todo...» dice Lázaro.

«No es justo. Pierde su belleza el rito. La Ley dice: “Tomarás el cordero para ti y para tu casa”. No dice: “Aceptarás el cordero”».

Bartolomé se vuelve como movido por un resorte, abre la boca, pero... la cierra. Pedro se pone carmesí por el esfuerzo de guardar silencio. Pero Simón Zelote, que está en su casa, siente que puede hablar y dice: «Eso son sutilezas rabínicas... Te ruego que las olvides y que, eso sí, guardes respeto a mi amigo Lázaro».

«¡Sí señor, Simón!». Pedro, si no habla, explota. «¡Sí señor! Me parece, además, que nos olvidamos demasiado de que el Maestro es el único que tiene derecho a enseñar...». Pedro dice ese “nos olvidamos” haciendo un esfuerzo heroico por no decir “Judas se olvida”.

«Es verdad... pero... es que estoy nervioso. Perdona, Maestro».

«Sí. Y también te respondo. La gratitud es una gran virtud. Yo le estoy agradecido a Lázaro. Como también esta mujer redimida me ha dado las gracias. Derramo sobre Lázaro el perfume de mi bendición, incluso por aquellos, de entre mis apóstoles, que no lo saben hacer; Yo, que soy cabeza de todos vosotros. Esta mujer ha derramado a mis pies el perfume de la alegría por su redención. Ha reconocido al Rey y a Él ha venido, antes que otros muchos, sobre quienes el Rey ha derramado mucho más amor que no sobre ella. Dejadla actuar libremente y no la critiquéis. No podrá estar presente en el momento que me aclamen, como tampoco en el momento de mi unción. Ya lleva sobre sus espaldas su cruz. Pedro, has preguntado que si había venido aquí un sátrapa asirio. Pues bien, en verdad te digo que ni siquiera el incienso de los Magos — tan puro y precioso como era — igualaba en suavidad y valor a éste. La esencia está diluida en el llanto; por eso es tan penetrante: la humildad sostiene al amor y le hace perfecto. Sentémonos a la mesa, amigos...».

Con el ofrecimiento de la comida la visión concluye.

Detalle

Aglaia se presentó a Jesús y derramó perfume en la habitación en señal de su conversión. Cuando los apóstoles subieron, ella ya se había marchado.

Anotación

Libro del Éxodo 12, 3

Ex 12, 3: Habla a toda la congregación de Israel y di: El día diez de este mes, que cada uno tome un cordero por cada familia, un cordero por cada casa

ECR 201.4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Entran en la misma sala en que años atrás entrara Jesús. Un joven, que está escribiendo en uno de los ángulos, se pone repentinamente en pie al ver a José, y se prosterna.

«Dios sea contigo, Zacarías. Ve rápidamente a llamar a Asrael y a Jacob».

El joven sale y, casi inmediatamente, vuelve con dos rabinos, o arquisinagogos, o escribas... no sé. Son dos desabridos personajes que sólo deponen su altivez ante José. Tras ellos entran otros ocho menos solemnes. Se sientan, dejando en pie a los aspirantes, incluido José de Arimatea.

«¿Qué quieres, José?» pregunta el más anciano.

«Presentar a vuestra perspicacia a este hijo de Abraham, que ha cumplido el tiempo prescrito para entrar en la Ley y en ella regirse por sí mismo».

«¿Es pariente tuyo?» y miran con gesto de estupor.

«En Dios todos somos parientes. Este niño es huérfano. Este hombre, de cuya honestidad me hago garante, le ha tomado, para que su tálamo no quede sin descendencia».

«¿Quién es este hombre? Que responda él».

«Simón de Jonás, de Betsaida de Galilea, casado, sin hijos, pescador para el mundo, para el Altísimo hijo de la Ley».

«Y tú, siendo galileo, te asumes esta paternidad? ¿Por qué?».

«Está escrito en la Ley que se debe mostrar amor hacia el huérfano y la viuda. Yo lo hago».

«¿Puede, acaso, conocer éste la Ley hasta el punto de merecer...? Mas... tú, niño, responde, ¿quién eres?».

«Yabés Margziam de Juan, de los campos de Emaús, nacido hace doce años».

«Entonces, eres judío. ¿Es lícito que se responsabilice de él un galileo? Escudriñemos las leyes».

«Pero, ¿qué soy?: ¿un leproso?, ¿una persona maldita?». Le empieza a hervir la sangre en las venas a Pedro.

«Calla, Simón. Hablaré yo por él. Os he dicho que me hago garante de este hombre. Le conozco como si fuera de mi casa. El anciano José no propondría jamás algo contrario a la Ley, y, ni siquiera, a las leyes. Examinad, pues, al niño con justicia y sin dilación; el patio está lleno de niños que esperan el examen. Por amor a todos, no seáis lentos».

«¿Quién probará que este niño tiene doce años y que fue rescatado del Templo?».

«Lo puedes probar con las escrituras. Es una investigación latosa, pero se puede hacer. Niño, ¿me has dicho que eres el primogénito?».

«Sí, señor. Puedes verlo porque estuve consagrado al Señor y fui rescatado con los debidos diezmos».

«Busquemos entonces estos datos...» dice José.

«No hace falta» responden cortantes los dos hombres insidiosos.

Detalle

Marziam aprueba su examen de mayoría de edad.

Anotación

La Ley dice que hay que tener amor por el huérfano y la viuda. La Ley dice: Éxodo 22:21-23 | Deuteronomio 14:28-29 | Deuteronomio 16:11 | Deuteronomio 24:17-21 | Deuteronomio 26:12-13 | Deuteronomio 27:19 | Isaías 1:17.

El deber de amar y ayudar a las viudas y huérfanos se recuerda varias veces en la obra de Maria Valtorta, por ejemplo en EMV 229.3 y EMV 557.6.

La prescripción del Éxodo se cita textualmente en EMV 335.14.

Libro del Éxodo 22, 21-23

Éx 22, 21-23 : No afligirás a la viuda ni al huérfano. Si los afliges, clamarán a mí, y yo oiré su clamor; se encenderá mi ira y te destruiré a espada, y tus mujeres quedarán viudas y tus hijos huérfanos.

Libro del Deuteronomio 14, 28-29

Dt 14,28-29: Al final de cada tercer año apartaréis todo el diezmo de vuestros productos de ese año, y lo depositaréis dentro de vuestras puertas. Entonces el levita, que no tiene parte ni herencia contigo, y el extranjero, el huérfano y la viuda, entrarán por tus puertas y comerán y se saciarán, para que el Señor, tu Dios, te bendiga en todas las obras que hagas con tus manos.

Libro del Deuteronomio 16, 11

Dt 16, 11: Te alegrarás delante de Yavé, tu Dios, en el lugar que Yavé, tu Dios, ha elegido para hacer habitar allí su nombre, tú, tu hijo y tu hija, tu siervo y tu sierva, el levita que está dentro de tus puertas, y el extranjero, el huérfano y la viuda que están entre vosotros.

Libro del Deuteronomio 26, 12-13

Dt 26, 12-13: Cuando acabes de diezmar todo el diezmo de tus productos ▼ en el tercer año, el año del diezmo, y se lo des al levita, al extranjero, al huérfano y a la viuda, para que coman dentro de tus puertas y se sacien, dirás ante Yahvé tu Dios: "He sacado de mi casa las cosas santas y se las he dado al levita, al extranjero, al huérfano y a la viuda, conforme a todos tus preceptos que me diste; no he transgredido ni olvidado ninguno de tus preceptos.

Libro del Deuteronomio 27, 19

Dt 27, 19 : ¡Maldito el que viole los derechos del extranjero, del huérfano y de la viuda! - Y todo el pueblo dirá: ¡Amén!

Libro de Isaías, 1, 17

Is 1, 17 : Aprendeda obrar bien; buscad la justicia, enderezad al opresor, amparad al huérfano, defended a la viuda.

ECR 211.5-8 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Una vez que se ha calmado el griterío, Jesús empieza a hablar.

«“El Señor dijo a Josué: ‘Habla a los hijos de Israel y diles: Separad las ciudades de que os hablé por medio de Moisés para los fugitivos, para que en ellas se puedan refugiar los que involuntariamente hayan matado a una persona, pudiendo evitar así la ira del pariente próximo, del vengador de la sangre’ ”. Pues bien, Hebrón es una de estas ciudades. También está escrito: “Los ancianos de la ciudad no entregarán al inocente en manos de quien le busca para matarle; antes bien, le acogerán, le darán morada, y permanecerá allí hasta el juicio y hasta la muerte del sumo sacerdote de entonces, después de lo cual podrá volver a su ciudad y a su casa”.

En esta ley está ya presente y establecido el amor misericordioso hacia el prójimo. Dios ha impuesto esta ley porque no es lícito condenar al acusado sin haberle escuchado, ni matar en un momento de ira. Lo mismo puede decirse también para los delitos y las acusaciones de orden moral. No es lícito acusar si no se conoce, ni juzgar sin haber oído al acusado. Mas, hoy día, a las acusaciones y condenas debidas a culpas supuestas en todos, o a culpas imaginadas, se ha añadido una nueva serie: la que se dirige y se pronuncia contra los que se presentan en nombre de Dios. Durante los siglos pasados, se ha repetido contra los Profetas; ahora es contra el Precursor del Cristo y contra el Cristo.

Ya lo habéis visto. Juan, atraído con engaño fuera del territorio de Siquem, espera la muerte en las prisiones de Herodes, porque nunca se doblegará ante ninguna mentira ni amaño alguno; de todas formas, se podrá troncar su vida, cortarle la cabeza, mas no podrán quebrar su honestidad, ni separar su alma de la Verdad, a la que él ha servido fielmente en sus más distintas formas (divinas, sobrenaturales o morales). De la misma forma, se persigue al Cristo, con furia doble, diez veces mayor, porque Él no se limita a decir: “No te es lícito” a Herodes, sino que, con vehemencia, va diciendo, en nombre de Dios y por el honor de Dios, esto mismo por todos aquellos lugares donde entra y encuentra pecado o sabe que hay pecado, sin excluir a ninguna categoría.

211.6

¿Cómo es posible esto?, ¿es que ya no hay siervos de Dios en Israel? Sí los hay. Lo que pasa es que son “ídolos”.

En la carta de Jeremías a los exiliados están escritas entre muchas cosas éstas. Quiero que pongáis atención en ellas, porque toda palabra del Libro es una enseñanza que, desde que el Espíritu la hace escribir por un hecho presente, se refiere a un hecho futuro. Así pues, está escrito: ...“Cuando entréis en Babilonia veréis dioses de oro, plata, piedra, madera... Cuidaos de no imitar las obras de los extranjeros. Y no tengáis miedo a sus ídolos... Decid en vuestro corazón: ‘Sólo a ti se te debe adorar, Señor’ ”.

La carta enumera las particularidades de estos ídolos, que tienen lengua fabricada por un artífice, de la que no se sirven contra sus falsos sacerdotes, que los despojan de su oro para ataviar a las meretrices y luego toman el oro profanado por el sudor de la prostitución para volver a componer al ídolo; de estos ídolos que pueden ser corroídos por la herrumbre o la polilla y que están limpios y ordenados solamente cuando el hombre los lava y los compone, pues por sí mismos nada pueden hacer a pesar de tener en la mano el cetro o la segur.

Y termina el Profeta diciendo: “Por tanto, no los temáis”. Luego añade: “Estos dioses son inútiles como vasijas rotas. Sus ojos están llenos del polvo que levantan los pies de los que entran en el templo. Están bien custodiados: como en una tumba, o como quien hubiera ofendido al rey, porque cualquier persona podría despojarlos de sus valiosas vestiduras. No ven la luz de las lámparas; son, en el templo, como las vigas. Las lámparas lo único que hacen es ahumarlos, mientras lechuzas, golondrinas u otros pájaros vuelan sobre sus cabezas y los motean de excrementos, y los gatos se guarecen entre sus vestiduras y las rompen. Por tanto, no hay que tenerles miedo, son cosas muertas. El oro no les sirve para nada, sólo es una cosa externa; si no se limpia, no brillan. Tampoco sintieron nada cuando los fabricaron. El fuego no los despertó. Los compraron a precios fabulosos. Los llevan a donde el hombre quiere, porque son vergonzosamente impotentes... ¿Y por qué, pues, se les llama dioses? Porque se les dedica adoración, ofrendas y la pantomima de falsas ceremonias (los que las celebran no las sienten, quienes las ven no creen en ellas). Si se les hace algún mal, como si es un bien, no responden. Son incapaces de elegir o destronar a un rey. No pueden devolver las riquezas, ni tampoco el mal. No pueden salvar a un hombre de la muerte, ni al débil de las manos del déspota. No sienten piedad ni por las viudas ni por los huérfanos. Asemejan a las piedras de la montaña...”.

Así, más o menos, dice la carta.

211.7

Mirad, ya no tenemos santos, sino ídolos, en las filas del Señor; por este motivo el mal es capaz de alzarse contra el bien: el mal que motea de excremento el intelecto y el corazón de los que ya no son santos, y anida entre sus falsas vestiduras de bondad.

Ya no saben pronunciar las palabras de Dios. Es lógico: su lengua es obra humana y hablan, por tanto, palabras de hombre — ¡cuando no de Satanás! —. Sólo saben arremeter insensatamente contra inocentes y pobres; pero guardan silencio ante la corrupción grave. En efecto, habiéndose corrompido todos, no pueden acusar al otro de las mismas culpas propias: con ambición — no por el Señor sino por Satanás —, trabajan aceptando el oro de la lujuria y del desmán, y lo trafican y substraen, en manos de un frenesí que desborda todo límite y arrasa cuanto encuentra a su paso. Sin cesar, se les deposita encima el polvo, que fermenta sobre ellos. Externamente, su rostro está limpio, pero el ojo de Dios ve muy sucio su corazón. La herrumbre del odio y el gusano del pecado los corroe. No saben cómo hacer para salvarse. Blanden maldiciones, como cetros o hachas, sin saber que sobre ellos pesa la maldición. Están encerrados en su pensamiento y en su odio, cual cadáveres en sus sepulcros o prisioneros en sus cárceles, y permanecen ahí, agarrándose a las barras, pues temen que una mano los aleje de ese lugar: en efecto, donde están, estos muertos son todavía algo (momias, nada más que momias, de aspecto humano, y sólo el aspecto, pues su cuerpo está reducido a madera seca), mientras que afuera serían objetos desechados por el mundo que busca la Vida, que necesita la Vida como el niño el pecho materno y que acepta a quien le da Vida y no hedor de muerte.

Están en el Templo, sí, y el humo de las lámparas — de los honores — los ahuma, pero la luz no les llega; todas las pasiones — los pájaros y gatos — anidan en ellos, pero el fuego de la misión no les da el místico tormento de ser consumidos por el fuego de Dios. Son refractarios al Amor. El fuego de la caridad no los enciende, la caridad no los viste con sus áureos esplendores: la caridad de dúplice forma y origen: caridad para con Dios y para con el prójimo, la forma; caridad de Dios y del hombre, el origen. Dios se aleja, en efecto, del hombre que no ama, siendo así que el origen divino cesa; el hombre se aleja del malvado, cesando así el segundo origen. La Caridad arrebata todo al hombre que no tiene amor. Se dejan comprar con precio maldito, se dejan llevar a donde quieren la ganancia y el poder.

¡No, no es lícito! Ninguna moneda puede comprar la conciencia, y menos aún la de los sacerdotes y maestros. No es lícito mostrarse sumisos ante las cosas fuertes de la tierra cuando quieren conducirnos a obrar en contra de lo que Dios ha establecido: esto no es sino impotencia espiritual, y está escrito: “El eunuco no entrará en la asamblea del Señor”. Si, pues, no puede ser del pueblo de Dios el impotente por naturaleza, ¿podrá ser su ministro el impotente de espíritu? En verdad os digo que muchos sacerdotes y maestros, habiendo perdido su virilidad espiritual, han venido a ser, culpablemente, eunucos espirituales. Muchos. ¡Demasiados!

211.8

Meditad, observad, comparad, y os daréis cuenta de que tenemos muchos ídolos y pocos ministros del Bien, que es Dios. Ahora se ve por qué sucede que las ciudades-refugio no son ya tales. Ya no se respeta nada en Israel. Los santos mueren por el odio hacia ellos de los no santos.

Pues bien, mi propuesta es una llamada. Os llamo en nombre de vuestro Juan, que se está consumiendo por haber sido santo, que sufre ahora la acción punitiva por ser precursor mío y por haber tratado de quitar de los caminos del Cordero las inmundicias. Venid a servir a Dios. El tiempo está cercano. No os coja desapercibidos la Redención. Haced que llueva en terreno sembrado; si no, en vano caerá la lluvia. Vosotros, habitantes de Hebrón, debéis ir a la cabeza, porque habéis convivido aquí con Zacarías y Elisa, los santos que merecieron del Cielo a Juan; aquí Juan ha esparcido el perfume de su Gracia con verdadera inocencia de párvulo, y, desde su desierto, os ha enviado el incienso anticorruptor de su Gracia, prodigio de penitencia. No defraudéis a vuestro Juan, que ha llevado el amor al prójimo hasta una altura casi divina, de forma que ama al último habitante del desierto cuanto a vosotros, paisanos suyos. Estad seguros de que impetra la Salud para vosotros, y la Salud está en seguir la Voz del Señor y creer en su Palabra. Venid en masa, de esta ciudad sacerdotal, al servicio de Dios. Yo paso y os llamo. No seáis menos que las meretrices, a las cuales les es suficiente una palabra de misericordia para abandonar el camino recorrido precedentemente y tomar el del Bien.

Cuando he llegado me han preguntado: “Pero, ¿no nos guardas rencor?”. ¿Rencor! ¡No; antes bien, amor! Espero incluso veros entre las filas de mi pueblo, del pueblo que guío hacia Dios en el nuevo éxodo hacia la verdadera Tierra Prometida (el Reino de Dios), al otro lado del Mar Rojo de los sentidos, más allá de los desiertos del pecado, libres ya de todo tipo de esclavitud, hacia la Tierra eterna, de pingües delicias, colma de paz...

¡Venid! Es el Amor que pasa; quien quiera puede seguirle, porque para ser acogidos por Él se requiere solamente buena voluntad».

Anotación

El Señor se dirigió a Josué con estas palabras: "Habla a los hijos de Israel y diles: 'Estableced las ciudades de refugio de las que os hablé por medio de Moisés, para que quien haya matado involuntariamente encuentre refugio en ellas y escape así de la ira del pariente más próximo, el vengador de la sangre. " Cf. Josué 20, 1-9 y Éxodo 21, 12-13. Véanse los extractos a continuación.

Continúa diciendo: "Y los ancianos de la ciudad no entregarán al inocente en manos del que intente matarlo, sino que lo recibirán y le permitirán habitar allí, y permanecerá allí hasta el juicio y hasta la muerte del sumo sacerdote entonces en funciones; después de lo cual podrá volver a su ciudad y a su casa. " Cf. Jos 20,1-9 y Núm 35,25-28. Véase más adelante.

En esta ley se observa y organiza el amor misericordioso hacia el prójimo. Es la ley de las ciudades de refugio y la ley de las ciudades levíticas.

Ciudades derefugio: Esta ley, a la que se refiere la cita precedente (Jos 20,1-6), se refiere a las ciudades de refugio, que servían de asilos para los homicidas involuntarios. De este modo, quedaban exentas de la ley de venganza (que Judas menciona en las últimas líneas de EMV 566.8, quizá refiriéndose a Génesis 9:6 y a ciertos pasajes que recordaremos más adelante). Había seis de estas ciudades de refugio, entre ellas Hebrón (como aquí) y Cedes (como en EMV 342.1.2.7.9).

Ciudades levíticas: Estas eran algunas de las 48 ciudades levíticas, donde vivían los levitas. Véase el extracto bíblico más abajo, en el Libro de Josué, capítulo 21.

Las prescripciones relativas a ambas se encuentran en Éxodo 21:12-13 | Números 35 | Deuteronomio 4:41-43 | Deuteronomio 19:1-13 | Josué 20-21. Véanse los extractos a continuación.

La carta de Jeremías a los exiliados incluye lo siguiente. Carta de Jeremías 1,1-72 (a veces insertada en Baruc 6). A continuación se ofrece el extracto bíblico.

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Libro de Josué 20, 1-9 (ciudades de refugio)

Josué20, 1-9: Yahvé habló a Josué, diciendo: "Habla a los hijos de Israel y diles: 'Como os ordené por medio de Moisés, designaos ciudades de refugio, adonde pueda huir el homicida que haya matado a alguien por error sin saberlo, y ellas serán vuestro refugio contra el vengador de la sangre. El asesino huirá a una de estas ciudades; se detendrá a la entrada de la puerta de la ciudad y explicará su caso a los ancianos de esa ciudad; ellos lo acogerán con ellos en la ciudad y le darán un lugar donde vivir con ellos. Si el vengador de la sangre le persigue, no entregarán al homicida en sus manos, pues sin saberlo ha matado a su prójimo, al que antes no odiaba. El homicida permanecerá en esa ciudad hasta que comparezca ante la congregación para ser juzgado, hasta la muerte del sumo sacerdote que estará en funciones en esos días. Entonces el asesino dará media vuelta y regresará a su ciudad y a su hogar, a la ciudad de la que huyó."

Consagraron a Cedes en Galilea, en la región montañosa de Neftalí; a Siquem, en la región montañosa de Efraín; y a Cariath-arbe, que es Hebrón, en la región montañosa de Judá. Al otro lado del Jordán, frente a Jericó por el este, eligieron Bosor, en el desierto, en la llanura, ciudad de la tribu de Rubén; Ramot en Galaad, de la tribu de Gad, y Gaulón en Basán, de la tribu de Manasés. Estas fueron las ciudades asignadas a todos los hijos de Israel y al extranjero que moraba entre ellos, para que quien hubiera matado a alguien por error pudiera refugiarse allí, y no muriera a manos del vengador de la sangre antes de comparecer ante la asamblea.

Libro de los Números 35, 25-28

Núm 35:25-28 : Y la asamblea librará al homicida del vengador de la sangre, y lo hará volver a la ciudad de refugio a la que huyó; y morará allí hasta la muerte del sumo sacerdote ungido con el óleo santo. Si el homicida sale antes de ese tiempo del territorio de la ciudad de refugio adonde huyó, y si el vengador de la sangre lo encuentra fuera del territorio de su ciudad de refugio, y si el vengador de la sangre mata al homicida, éste no será culpable de homicidio; porque el homicida deberá permanecer en su ciudad de refugio hasta la muerte del sumo sacerdote; y, después de la muerte del sumo sacerdote, el homicida podrá regresar a la tierra donde está su posesión.

Libro del Éxodo 21, 12-13

Éx 21, 12-13 : El que hiera de muerte a un hombre deberá ser condenado a muerte. Pero si no le ha tendido una trampa y Dios se lo ha presentado en su mano, yo le señalaré un lugar donde pueda refugiarse.

Libro del Deuteronomio 4, 41-43

Deut 4, 41-43 : Entonces Moisés apartó tres ciudades al otro lado del Jordán, al este, para que si un homicida mataba por descuido a su prójimo y no había sido antes su enemigo, pudiera refugiarse en una de estas ciudades y salvar la vida. Estas eran: Bosor, en el desierto, en la llanura, para los rubenitas; Ramot, en Galaad, para los gaditas, y Golán, en Basán, para los manasitas.

Libro del Deuteronomio 19, 1-13

Deut 19, 1-13: Cuando el Señor tu Dios haya eliminado a las naciones cuya tierra te da el Señor tu Dios, y tú las hayas expulsado y estés viviendo en sus ciudades y en sus casas, entonces separarás tres ciudades en medio de la tierra que el Señor tu Dios te da para que la poseas. Repararás los caminos que conducen a ellas, y dividirás en tres partes la tierra que el Señor tu Dios te da en herencia, para que todo homicida huya a estas ciudades. Este es el caso en que un asesino que se refugie allí salvará la vida: si ha matado inadvertidamente a su prójimo, sin haber sido antes su enemigo. Por ejemplo, un hombre va a cortar leña al bosque con otro; su mano levanta el hacha para cortar un árbol; el hierro se escapa del mango, golpea a su compañero y lo mata: este hombre huirá a una de estas ciudades y su vida se salvará. De lo contrario, el vengador de la sangre, persiguiendo al asesino en el ardor de su cólera, le alcanzaría, si el camino fuera demasiado largo, y le asestaría un golpe mortal; y, sin embargo, este hombre no habría merecido la muerte, puesto que no tenía odio previo hacia la víctima. Por eso te doy este mandato: aparta tres ciudades. Y si Yahvé tu Dios ensancha tus fronteras, como juró a tus padres, y te da toda la tierra que prometió a tus padres que te daría, con tal de que guardes y cumplas todos estos mandamientos que hoy te doy, amando a Yahvé tu Dios y andando siempre por sus caminos, añadirás tres ciudades más a estas tres, para que no se derrame sangre inocente en medio de la tierra que Yahvé tu Dios te da en herencia, y no haya sangre sobre ti. Pero si un hombre odia a su prójimo y le tiende una emboscada y lo hiere de muerte, y luego huye a una de estas ciudades, los ancianos de su ciudad enviarán a apresarlo y lo entregarán en manos del vengador de la sangre, para que muera. Tu ojo no tendrá piedad de él, y quitarás la sangre inocente de Israel, y prosperarás.

Libro de Josué 21, 1-43 (ciudades levíticas)

Josué 21, 1-43: Entonces los jefes de las familias de los levitas se presentaron al sacerdote Eleazar, a Josué hijo de Nun y a los jefes de las familias de las tribus de los hijos de Israel, y les hablaron en Silo, en la tierra de Canaán, diciendo: "Yahvé ha ordenado por medio de Moisés que se nos den ciudades para nuestras viviendas, y sus ejidos para nuestros ganados." Y los hijos de Israel dieron a los levitas de su heredad, conforme al mandamiento de Yavé, las siguientes ciudades y sus ejidos.

La suerte se echó primero por las familias de los caatitas; y los hijos del sacerdote Aarón de entre los levitas obtuvieron por suerte trece ciudades de la tribu de Judá, de la tribu de Simeón y de la tribu de Benjamín; los otros hijos de Caat obtuvieron por suerte diez ciudades de las familias de la tribu de Efraín, de la tribu de Dan y de la media tribu de Manasés. Los hijos de Gerson obtuvieron por sorteo trece ciudades de las familias de la tribu de Isacar, de la tribu de Aser, de la tribu de Neftalí y de la media tribu de Manasés en Basán. Los hijos de Merari, según sus familias, obtuvieron doce ciudades de la tribu de Rubén, la tribu de Gad y la tribu de Zabulón. Los hijos de Israel dieron por sorteo estas ciudades y sus suburbios a los levitas, como Yavé lo había ordenado por medio de Moisés.

De la tribu de los hijos de Judá y de la tribu de los hijos de Simeón dieron por nombre las siguientes ciudades, para los hijos de Aarón, de entre las familias de los caatitas, de entre los hijos de Leví; porque a ellos les tocó primero en la suerte. Les dieron, en la región montañosa de Judá, la ciudad de Arbe, padre de Enac, que es Hebrón, y sus alrededores. Pero dieron la campiña alrededor de esta ciudad y sus aldeas a Caleb, hijo de Jefone, para que la poseyera. Y dieron a los hijos del sacerdote Aarón la ciudad de refugio del homicida, Hebrón con sus ejidos, Lebna con sus ejidos, Jeter con sus ejidos, Estemo con sus ejidos, Holón con sus ejidos, Dabir con sus ejidos, Ain con sus ejidos, Jeta con sus ejidos, Bet-sames con sus ejidos: nueve ciudades de estas dos tribus. De la tribu de Benjamín: Gabaón con sus ejidos, Gabaa con sus ejidos, Anatot con sus ejidos, Almón con sus ejidos: cuatro ciudades. Todas las ciudades de los sacerdotes, hijos de Aarón: trece ciudades con sus ejidos.

En cuanto a las familias de los hijos de Caat, los levitas y los otros hijos de Caat, las ciudades que les tocaron por sorteo eran de la tribu de Efraín. Los hijos de Israel les dieron la ciudad de refugio para el homicida, Siquem y sus suburbios, en la región montañosa de Efraín, así como Gezer y sus suburbios, Cibsaim y sus suburbios, Bet-horón y sus suburbios: cuatro ciudades. De la tribu de Dan: Elteco con sus ejidos, Gibatón con sus ejidos, Ajalón con sus ejidos, Geth-regmón con sus ejidos: cuatro ciudades. De la media tribu de Manasés: Thana con sus ejidos y Geth-regmón con sus ejidos: dos ciudades. En total, diez ciudades con sus ejidos, para las familias de los otros hijos de Caat.

A los hijos de Gerson, de las familias de los levitas, dieron, de la media tribu de Manasés, la ciudad de refugio para el homicida, Gaulón en Basán con sus ejidos, y Bosra con sus ejidos: dos ciudades. De la tribu de Isacar: Ceresion con sus ejidos, Daberet con sus ejidos, Jaramot con sus ejidos, En-Gannim con sus ejidos: cuatro ciudades. De la tribu de Aser: Masal con sus ejidos, Abdón con sus ejidos, Helcat con sus ejidos, Rohob con sus ejidos: cuatro ciudades. De la tribu de Neftalí: la ciudad de refugio para el homicida, Cedes en Galilea con sus ejidos, Hamot-dor con sus ejidos, Cartán con sus ejidos: tres ciudades. Todas las ciudades de los Gersonitas, según sus familias: trece ciudades con sus ejidos. A las familias de los hijos de Merari, al resto de los Levitas, dieron de la tribu de Zabulón: Jecnam con sus ejidos, Cartha con sus ejidos, Dama con sus ejidos, Naalol con sus ejidos: cuatro ciudades. De la tribu de Rubén: Bosor con sus ejidos, Jassa con sus ejidos, Cedemot con sus ejidos, Mephaat con sus ejidos: cuatro ciudades. Y de la tribu de Gad: la ciudad de refugio para el homicida, Ramot de Galaad con sus ejidos, Manaim con sus ejidos, Hesbón con sus ejidos, Jaser con sus ejidos: en total, cuatro ciudades. Todas las ciudades asignadas por sorteo a los hijos de Merari según sus familias, constituyendo el resto de las familias de los levitas: doce ciudades.

Todas las ciudades de los levitas en medio de las posesiones de los hijos de Israel: cuarenta y ocho ciudades con sus ejidos. Cada una de estas ciudades tenía sus suburbios a su alrededor; así sucedió con todas estas ciudades. Yavé dio a Israel toda la tierra que había jurado dar a sus padres; ellos tomaron posesión de ella y se establecieron allí. Yavé les dio descanso a su alrededor, como había jurado a sus padres; ninguno de sus enemigos pudo resistirles, y Yavé los entregó a todos en sus manos. Y de todas las cosas buenas que Yahvé había dicho a la casa de Israel, ninguna quedó sin cumplir; todas se cumplieron.

Libro de Jeremías 1, 1-72 (a veces transpuesto en el Libro de Baruc 6, 1-72) - Sobre los ídolos

Jeremías 1, 1-72 | Ba 6, 1-72 : Copia de la carta que Jeremías envió a los que estaban a punto de ser llevados cautivos a Babilonia por el rey de los babilonios, para decirles lo que Dios le había ordenado decirles. A causa de los pecados que habéis cometido ante Dios, vais a ser llevados cautivos a Babilonia por Nabucodonosor, rey de los babilonios. Cuando lleguéis a Babilonia, permaneceréis allí muchos años y durante mucho tiempo, hasta siete generaciones, y luego os sacaré en paz. Pero en Babilonia veréis dioses de plata, oro y madera, que se llevan a hombros y que causan temor entre las naciones. Tened cuidado, pues, de no imitar también vosotros a esos extranjeros y dejaros dominar por el temor a esos dioses. Cuando veáis multitudes que se reúnen delante y detrás de ellos y les rinden homenaje, decid en vuestro corazón: "Es a ti, Maestro, a quien hay que adorar. Porque mi ángel está contigo y cuida de tu vida.

Pues la lengua de estos dioses ha sido pulida por un obrero; está recubierta de oro y plata, pero son mentira y no pueden hablar. En cuanto a una muchacha que ama las galas, han cogido oro y han hecho coronas para ponerlas en las cabezas de estos dioses. Los sacerdotes llegan a robar el oro y la plata de sus dioses y lo utilizan para sus propios fines; incluso se lo dan a las prostitutas de sus casas. Adornan a estos dioses de plata, oro y madera con ricas vestiduras como los hombres, pero no pueden protegerse de la herrumbre ni de los gusanos. Cuando se han vestido de púrpura, todavía tienen que limpiarse la cara, porque el polvo de la casa los cubre espesamente. Aquí hay uno que sostiene un cetro, como un gobernador de provincia: no matará a nadie que lo ofenda. Otro lleva una espada o un hacha en la mano, pero no puede defenderse del enemigo ni de los ladrones. Esto demuestra que no son dioses, así que no les temas.

Igual que el vaso de un hombre, cuando se rompe, se vuelve inútil, lo mismo ocurre con sus dioses. Si los colocas en una casa, sus ojos se llenan del polvo de los pies de los que entran. Así como se cierran cuidadosamente las puertas de la cárcel a un hombre que ha ofendido al rey, o a un hombre que está a punto de ser ejecutado, así los sacerdotes defienden la morada de sus dioses con puertas fuertes, con cerraduras y cerrojos, para que no sean asaltados por ladrones. Encienden lámparas, incluso más que para ellos mismos, y estos dioses no pueden ver ninguna de ellas. Son como una de las vigas de la casa, y se dice que sus corazones son devorados por las alimañas que salen de la tierra y los devoran a ellos y a sus ropas sin que lo sientan. Sus rostros se vuelven negros por el humo que sale de la casa. Búhos, golondrinas y otras aves revolotean alrededor de sus cuerpos y cabezas, y los propios gatos retozan del mismo modo. Por esto sabrás que no son dioses; así que no les temas.

El oro con que están recubiertos para embellecerlos, si alguien no les quita el óxido, no lo harán brillar; pues ni siquiera sintieron nada cuando los fundieron. Estos ídolos fueron comprados al precio más alto, y no hay aliento de vida en ellos. Al no tener pies, son llevados a hombros, mostrando así a los hombres su vergonzosa impotencia. ¡Que quienes los sirven se confundan con ellos! Si caen al suelo, no se levantan por sí mismos; y si alguien los levanta, no se mueven por sí mismos; y si se inclinan, no se enderezan. Las ofrendas se colocan ante ellos como ante los muertos. Los sacerdotes venden las víctimas que se les ofrecen y se lucran con ellas; sus esposas las salan y no dan nada a los pobres ni a los enfermos. Las mujeres parturientas o en estado impuro tocan sus sacrificios. Sabiendo, pues, por estas cosas, que no son dioses, no les temáis.

¿Y por qué llamarlos dioses? Porque son las mujeres las que vienen a traer sus ofrendas a estos dioses de plata, oro y madera. Y en sus templos se sientan los sacerdotes con las túnicas rasgadas, las cabezas y los rostros afeitados y las cabezas descubiertas. Rugen y gritan ante sus dioses, como en un banquete fúnebre. Sus sacerdotes los despojan de sus vestiduras y visten con ellas a sus mujeres e hijos. Tanto si se les hace mal como si se les hace bien, no pueden hacer ni lo uno ni lo otro; no pueden establecer un rey ni derrocarlo. Tampoco pueden dar riquezas, ni siquiera una moneda. Si alguien que les ha hecho un voto no lo cumple, no les pedirán nada. No salvarán a un hombre de la muerte; no arrebatarán al débil de la mano del poderoso. No darán vista al ciego, ni librarán al angustiado. No se apiadarán de la viuda, ni harán bien al huérfano. Estos ídolos de madera, recubiertos de oro y plata, son como rocas cortadas de una montaña, y los que les sirven serán avergonzados. ¿Cómo podemos creer o decir que son dioses?

Los propios caldeos los deshonran cuando, al ver a un hombre que no puede hablar, se lo presentan a Bel, pidiéndole al mudo que hable, como si el dios pudiera oír algo. Y aunque se dan cuenta, no pueden abandonar a estos ídolos, pues no tienen sentimientos. Las mujeres, envueltas en cuerdas, van y se sientan en los caminos, quemando harina gruesa; y cuando una de ellas, arrastrada por algún transeúnte, se ha acostado con él, reprocha a su vecina no haber sido juzgada digna del mismo honor, y no haber visto rota su trenza de junco. Todo lo que se dice de los ídolos es mentira. ¿Cómo, pues, podemos creer o decir que son dioses?

Han sido modelados por artesanos y orfebres; no pueden ser de otro modo que lo que los obreros quieren que sean. Y a los obreros que los crearon no les queda mucho tiempo de vida: ¿cómo podrían ser sus obras de larga duración? No han dejado a la posteridad más que mentiras y desgracias. Cuando viene la guerra, o alguna otra calamidad, los sacerdotes deliberan entre sí dónde se esconderán con sus dioses: ¿cómo, pues, no se entiende que no son dioses, que no pueden salvarse de la guerra o de alguna otra calamidad?

Estos ídolos de madera, recubiertos de oro y plata, serán reconocidos más tarde como una mentira; para todas las naciones y reyes será evidente que no son dioses, sino obras de hombres, y que no hay en ellos ninguna obra divina. ¿Para quién, pues, no será evidente que no son dioses?

Nunca establecerán un rey sobre una tierra, ni darán lluvia a los hombres. No podrán juzgar sus propios asuntos, ni protegerán contra la injusticia, pues nada pueden hacer, como cuervos que se interponen entre el cielo y tu tierra. Y cuando el fuego caiga sobre la casa de estos dioses de madera, recubierta de oro y plata, sus sacerdotes huirán y se salvarán; pero ellos se consumirán como vigas en medio de las llamas. No resistirán a un rey ni a un ejército enemigo. ¿Cómo podemos admitir o pensar que son dioses?

No escaparán a ladrones y salteadores, estos dioses de madera, cubiertos de plata y oro. Hombres más poderosos que ellos les quitarán la plata y el oro y se irán con las ricas vestiduras con que han sido cubiertos, y estos dioses no podrán valerse por sí mismos. Así que es mejor ser un rey que muestra su fuerza, o un recipiente útil en la casa que el amo usa, que ser estos falsos dioses; o una puerta en una casa que guarda lo que hay en ella, que ser estos falsos dioses; o un pilar de madera en la casa de un rey, que ser estos falsos dioses. El sol, la luz y las estrellas, que son brillantes y enviados en beneficio de los hombres, obedecen a Dios. Asimismo el relámpago, cuando aparece, es hermoso de contemplar; el viento también sopla sobre toda la tierra; y las nubes, cuando Dios les ordena que cubran toda la tierra, hacen lo que se les ordena. También el fuego, cuando es enviado desde lo alto para consumir las montañas y los bosques, hace lo que se le ordena. Pero los ídolos no son comparables, ni en belleza ni en poder, a todas estas cosas. Por eso no debemos pensar ni decir que son dioses, ya que no pueden discernir lo que es justo ni hacer el bien a los hombres. Sabiendo, pues, que no son dioses, no los temáis.

No pueden maldecir ni bendecir a los reyes. No muestran a las naciones señales en el cielo; no brillan como el sol ni dan luz como la luna. Las bestias son mejores que ellos, porque pueden huir y encontrar refugio y ser útiles para sí mismos. Por eso, de ninguna manera nos parece evidente que sean dioses; así que no les temáis.

Igual que un espantapájaros en un campo de pepinos no te protege de nada, así sucede con sus dioses de madera, cubiertos de oro y plata. Igual que un arbusto espinoso en un jardín sobre el que se posan todos los pájaros, o un muerto arrojado a un lugar oscuro, así son sus dioses de madera, recubiertos de oro y plata. Incluso la púrpura y la escarlata que se destiñen sobre ellos muestran que no son dioses. Ellos mismos acabarán siendo devorados y se convertirán en una vergüenza en la tierra. Mejor es el justo que no tiene ídolos; no tendrá que temer la confusión.

ECR 212.5-7 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

...Jesús está hablando en la casa de Isaac. La gente abarrota la estancia y el patio, y hasta incluso la plaza; Jesús, para que todos le puedan oír, se pone en el medio de la estancia, de forma que su voz se extienda tanto por el patio como por la plaza. Debe estar hablando de un aspecto que ha surgido de alguna pregunta o de algún hecho. Dice:

«... Pues bien, podéis estar seguros de que, como dice Jeremías[1], llegada la hora de la verdad, se darán cuenta de lo doloroso y amar-go que es haber abandonado al Señor. Amigos, para ciertos delitos no hay nitro ni saponaria capaces de quitar la señal; ni siquiera el fuego del Infierno la corroe: es indeleble.

También en este caso debe reconocerse la exactitud de las palabras de Jeremías, pues los grandes de Israel, los nuestros, asemejan a las burras salvajes de que habla el Profeta. Están habituados al desierto de su corazón. Creedme: mientras uno está con Dios, aunque sea pobre, como Job, aunque esté solo o desnudo, no está nunca ni solo ni pobre ni desnudo, no es nunca un desierto. Ellos, sin embargo, han quitado a Dios de su corazón; por eso, están en un árido desierto. Como burras salvajes olisquean en el viento la presencia de los burros, que, en su caso, por su sed inapagable, se llama poder, dinero — además de lujuria en el verdadero sentido de la palabra —, y van tras ese olor, hasta cometer el reato. Sí, van tras él, y seguirán yendo, y no saben que no son los pies los que tienen desnudos sino el corazón, desguarnecido ante los dardos de Dios, que vengará su delito. Llegada esa hora, ¡cuán confusos quedarán reyes y príncipes, sacerdotes y escribas! Ellos, en verdad, han dicho, y dicen, a lo que es nada, o, peor aún, pecado: “¡Tú eres mi padre, tú me has engendrado!”.

En verdad, en verdad os digo que Moisés rompió con ira las tablas de la Ley al ver a su pueblo en la idolatría y luego volvió a lo alto del monte; oró, adoró y obtuvo. Ello sucedió hace siglos. Pero todavía no ha cesado, ni cesará — es más, crece, como levadura en la harina — la idolatría en el corazón de los hombres. Ahora casi todos los hombres tienen su propio becerro de oro. La tierra es una selva de ídolos, cada corazón es un altar sobre el que raramente está Dios; quien no tiene una mala pasión tiene otra, quien no tiene una concupiscencia tiene otra con otro nombre; quien no vive sólo para el oro vive sólo para obtener una posición, quien no vive sólo para la carne vive sólo para el egoísmo. ¡Cuántos yoes reducidos a becerros de oro reciben adoración en los corazones! Llegará, pues, el día en que, compungidos, llamarán al Señor, y oirán la respuesta: “Invoca a tus dioses. Yo no te conozco”.

Tremenda palabra ésta, si la pronuncia Dios dirigida a un hombre. Dios ha creado al Hombre raza y conoce a cada individuo humano, así que, si dice: “Yo no te conozco”, es señal de que ha borrado con la fuerza de su voluntad a ese hombre de su memoria. ¡Yo no te conozco! ¿Será Dios demasiado severo por pronunciar este veredicto? No. El hombre ha gritado al Cielo: “Yo no te conozco” y el Cielo ha respondido al hombre: “Yo no te conozco”. Fiel como el eco...

212.6

Meditad además esto: el hombre está obligado a conocer a Dios por deber de gratitud y por respeto a su propia inteligencia.

Por gratitud. Dios ha creado al hombre y le ha dado el don inefable de la vida; además le ha provisto del regalo superinefable de la Gracia, que el hombre perdió por su culpa. He aquí que éste recibe una gran promesa: “Te restituiré la Gracia”. Dios, el ofendido, habla en este modo al ofensor, casi como si Dios fuera el culpable, obligado a dar satisfacción. Y Dios ha mantenido su promesa: Yo estoy aquí para restituir la Gracia al hombre. Dios no se limita a dar lo sobrenatural, sino que incluso rebaja su Esencia divina a proveer a las gravosas necesidades de la carne y sangre del hombre, y ofrece el calor del sol, el alivio del agua, cereales, vino, árboles y animales de todas las especies. Así, el hombre ha recibido de Dios todos los medios para la vida. Es el Benefactor. La gratitud es obligada, y hay que mostrarla esforzándose en conocerle.

Por respeto a la propia razón. El imbécil, el estúpido, no muestran gratitud hacia quien los cuida, porque no comprenden el verdadero valor de esas atenciones, y odian a la persona que los lava y acerca la comida a su boca, que los guía a la cama o los acuesta, porque, siendo, como son, animalescos a causa de su desgracia, confunden los cuidados con las torturas. El hombre que falta en este sentido para con Dios se deshonra a sí mismo, que es un ser dotado de razón. Sólo un estúpido o demente no logra distinguir a su padre de un extraño, al benefactor del enemigo. El hombre inteligente conoce a su padre y a su benefactor y se complace en conocerlos cada vez más, incluso en las cosas que ignora por haber sucedido antes de que él naciera de su padre o fuera beneficiado por su benefactor. Pues así debemos actuar para con el Señor, para mostrar que somos inteligentes, y no mentecatos.

Sucede que en Israel demasiados son como estos dementes que no reconocen a su padre o a su benefactor. Jeremías se pregunta: “¿Podrá, acaso, una virgen olvidarse de sus atavíos o una esposa de ceñir su cintura?”. Pues Israel está poblado de vírgenes insensatas que olvidan sus atavíos y de esposas impúdicas que olvidan los cinturones recatados y se ponen oropeles de meretriz; y esto se ve más extendido cuanto más se sube a las clases que deberían ser maestras del pueblo. Pues bien, he aquí el reproche que Dios, con cólera y llanto, les dirige: “¿Por qué te esfuerzas en mostrar que tu conducta es buena para buscar afecto, cuando en realidad enseñas la malicia y esos modos tuyos de actuar, y han encontrado en los bordes de tus vestiduras la sangre de los pobres e inocentes?”.

212.7

Amigos, la distancia es un bien y un mal. Estar muy lejos de los lugares donde a menudo hablo es un mal, porque os impide oír las palabras de Vida. Os doléis de ello y tenéis razón. Pero considerad que también es un bien porque así estáis lejos de los lugares donde fermenta el pecado, hierve la corrupción y se oye el zumbido de la insidia que obra contra mí, poniéndome zancadillas e insinuando a los corazones dudas y mentiras respecto a mí. Bien, pues yo os prefiero lejos antes que corrompidos. Me ocuparé de vuestra formación. Como podéis ver, Dios ya lo había hecho antes de que nos conociéramos y consecuentemente nos amáramos: me conocíais sin habernos visto nunca. Isaac ha sido el heraldo entre vosotros. Pues bien, enviaré a muchos como Isaac para que os refieran mis palabras. Mas debéis saber también que Dios puede hablar en todas partes, de Tú a tú, con el espíritu humano, y educarle en su doctrina.

No tengáis miedo a que por estar solos podáis errar. No. Si no queréis, no seréis infieles al Señor y a su Cristo. Pero si, a pesar de todo, hay quien no puede realmente estar lejos del Mesías, sepa que el Mesías le abre el corazón y los brazos y le dice: “Ven”. Venid los que queráis venir; quedaos los que os queráis quedar. Mas unos y otros predicad a Cristo con una vida honesta; predicadle contra la deshonestidad que anida en demasiados corazones, contra la ligereza de los infinitos que no saben permanecer fieles y que se olvidan de ponerse sus atavíos y de ceñirse las cinturas como conviene a las almas llamadas al desposorio con Cristo.

Vosotros me habéis dicho, con alegría: “Desde que viniste no hemos tenido ya ni enfermos ni muertos. Tu bendición nos ha protegido”. Sí, la salud es una cosa grande. Pero haced que esta venida mía de ahora os haga sanos de espíritu a todos, siempre y en todo. En vista de esto os bendigo y os doy mi paz: a vosotros, a vuestros niños, a los campos, casas y mieses, a los rebaños y árboles frutales. Usadlo con santidad, no viviendo para ello, sino de ello, dando lo superfluo a quien esté carente, y tendréis la medida prensada de las bendiciones del Padre, y un lugar en el Cielo.

Podéis marcharos. Yo me quedo a orar...».

Anotación

Como dice Jeremías, verán por la prueba cuán doloroso y amargo es haber abandonado al Señor. Jeremías 2:19. El capítulo 2 trata de la apostasía de Israel.

El rey y los príncipes, los sacerdotes y los escribas serán avergonzados, porque han dicho y siguen diciendo: "Tú eres mi padre. ¡Tú me has engendrado! En referencia al Salmo 2:7.

En verdad, en verdad os digo que Moisés rompió las Tablas de la Ley con ira a la vista del pueblo idólatra, luego volvió a la montaña, oró, adoró y obtuvo misericordia. Eso fue hace siglos. Véase el libro del Éxodo, capítulos 32 a 34.

Jeremías pregunta: "¿Puede una virgen olvidar sus galas y una esposa su ceñidor? " Jeremías 2:32.

"¿Por qué tratáis de alardear de la honradez de vuestro comportamiento para buscar el amor, cuando enseñáis la perversión y vuestros caminos, y la sangre de los pobres y de los inocentes está en las faldas de vuestros vestidos? " Jeremías 2:34.

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Libro de Jeremías 2, 19.32.34

Jer 2, 19: ¡Vuestra impiedad os castiga y vuestras rebeliones os castigan! Sabed, pues, y ved cuán impío y amargo es que hayáis abandonado a Yahvé, vuestro Dios, y no tengáis temor de mí, - dice el Señor Yahvé de los ejércitos.

Jer 2,32: ¿Acaso olvida la virgen su adorno, la novia su ceñidor? Y mi pueblo se ha olvidado de mí durante días sin número.

Jer 2,34: Hasta en las faldas de tus vestidos está la sangre de los pobres inocentes; no los sorprendiste allanando sus moradas, sino que los mataste por todas estas cosas.

Libro de los Salmos 2, 7

Sal 2, 7 : Publicaré el decreto: Yahvé me ha dicho: Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy.

Libro del Éxodo 32-34

Éxodo 32-34 : Cuando el pueblo vio que Moisés tardaba en bajar de la montaña, se reunieron en torno a Aarón y le dijeron: "Vamos, haznos un dios que vaya delante de nosotros. Pues en cuanto a este Moisés, el hombre que nos sacó de la tierra de Egipto, no sabemos qué ha sido de él". Aarón les dijo: "Quitaos los aros de oro de las orejas de vuestras mujeres, hijos e hijas, y traédmelos". Todos se quitaron los aros de oro de las orejas y se los trajeron a Aarón. Él se los quitó de las manos, trabajó el oro con un cincel e hizo con él un becerro de fundición. Y dijeron: "Este es tu Dios, Israel, que te sacó de la tierra de Egipto". Cuando Aarón lo vio, construyó un altar ante la imagen, y exclamó: "Mañana habrá fiesta en honor de Yahvé". Al día siguiente, habiéndose levantado temprano por la mañana, ofrecieron holocaustos y presentaron ofrendas de paz; y el pueblo se sentó a comer y a beber, y luego se levantaron a divertirse.

Entonces Yahvé dijo a Moisés: "Baja, porque tu pueblo, al que sacaste de la tierra de Egipto, se ha portado muy mal. Pronto se apartaron del camino que yo les había mandado, y se hicieron un becerro de fundición, lo adoraron y le ofrecieron sacrificios, y dijeron: Este es vuestro Dios, Israel, que os sacó del país de Egipto." Yavé dijo a Moisés: "Veo que este pueblo es un pueblo de dura cerviz. 10Ahora déjamelos a mí: ¡que arda mi ira contra ellos y los consuma! Pero yo haré de ti una gran nación.

Moisés suplicó a Yahvé, su Dios, y le dijo: "¿Por qué, Yahvé, ha de encenderse tu ira contra tu pueblo, al que sacaste de la tierra de Egipto con gran poder y mano fuerte? ¿Por qué han de decir los egipcios: 'Él los sacó para su propio mal, para destruirlos en las montañas y borrarlos de la faz de la tierra'? Vuelve del ardor de tu ira y arrepiéntete del mal que quieres hacer a tu pueblo. Acuérdate de Abraham, Isaac e Israel, tus siervos, a quienes juraste: 'Multiplicaré vuestra descendencia como las estrellas del cielo, y toda esta tierra de la que he hablado la daré a vuestros descendientes, y la poseerán para siempre'.

Y Yahvé se arrepintió del mal que había hablado de hacer a su pueblo. Moisés volvió y bajó de la montaña con las dos tablas del testimonio en la mano, escritas por ambos lados. Las tablas eran obra de Dios, y la escritura era escritura de Dios, grabada en las tablas. Josué oyó el ruido de los gritos del pueblo, y dijo a Moisés: "¡Hay un grito de guerra en el campamento!". Moisés respondió: "No es ni el sonido de gritos de victoria ni el sonido de gritos de derrota; oigo la voz del pueblo cantando". Cuando estuvo cerca del campamento, vio el becerro y las danzas. La ira de Moisés se encendió, arrojó las tablas con las manos y las rompió al pie de la montaña. Luego tomó el becerro que habían hecho, lo quemó con fuego, lo molió hasta hacerlo polvo, echó el polvo en el agua y se la dio a beber a los hijos de Israel.

Moisés dijo a Aarón: "¿Qué te ha hecho este pueblo para que hayas traído sobre ellos un pecado tan grande?". Aarón respondió: "¡Que no se encienda la ira de mi señor! Tú mismo sabes que este pueblo es inclinado al mal. 23Ellos me dijeron: 'Haznos un dios que vaya delante de nosotros; pues en cuanto a este Moisés, el hombre que nos sacó de la tierra de Egipto, no sabemos qué ha sido de él'. Yo les dije: "¡Que se despojen del oro los que lo tengan! Me lo dieron, lo arrojé al fuego y de él salió este becerro.

Moisés vio que el pueblo no tenía freno, porque Aarón les había quitado todo freno, exponiéndolos a convertirse en el hazmerreír de sus enemigos. Entonces Moisés se paró a la puerta del campamento y dijo: "¡A mí me pertenecen los que están por Yahvé!". Y todos los hijos de Leví se reunieron a su alrededor. Y les dijo: "Así ha dicho Yahvé, el Dios de Israel: 'Que cada uno de vosotros ponga su espada al cinto y recorra el campamento de puerta en puerta, matando cada uno a su hermano, cada uno a su amigo, cada uno a su pariente'". Los hijos de Leví hicieron lo que Moisés les mandó, y aquel día perecieron unos tres mil hombres. Moisés dijo: "Consagraos hoy a Yahvé, ya que cada uno de vosotros ha estado en contra de su hijo y de su padre, para que os dé hoy una bendición."

Al día siguiente, Moisés dijo al pueblo: "Habéis cometido un gran pecado. Ahora subiré a Yahvé: tal vez obtenga el perdón de vuestro pecado". Moisés volvió a Yahvé y dijo: "¡Ah, este pueblo ha cometido un gran pecado! Se han hecho un dios de oro. Perdona ahora su pecado; si no, bórrame de tu libro que has escrito". Yahvé dijo a Moisés: "Al que ha pecado contra mí lo borraré de mi libro. Ve ahora y conduce al pueblo adonde te he dicho. He aquí que mi ángel irá delante de ti, pero el día de mi visitación los castigaré por su pecado." Así golpeó Yahvé al pueblo, porque habían hecho el becerro que había hecho Aarón.

(Capítulo 33) Yahvé dijo a Moisés: "Vete de aquí, tú y el pueblo que sacaste de la tierra de Egipto; sube a la tierra que prometí con juramento a Abraham, a Isaac y a Jacob, diciendo: La daré a tus descendientes. Enviaré un ángel delante de ti y expulsaré al cananeo, al amorreo, al heteo, al ferezeo, al heveo y al jebuseo. Subid a una tierra que mana leche y miel; pero yo no subiré entre vosotros, porque sois un pueblo de dura cerviz, para que no os destruya por el camino."

Cuando el pueblo oyó estas duras palabras, se lamentó, y nadie se puso sus ornamentos. Entonces Yahvé dijo a Moisés: "Di a los hijos de Israel: 'Sois un pueblo de dura cerviz; si subiera entre vosotros un momento, os destruiría. Y ahora, quitaos los ornamentos de encima, y sabré lo que tengo que haceros". 6Los hijos de Israel se despojaron de sus ornamentos en el monte Horeb.

Moisés tomó la tienda y la levantó fuera del campamento, a cierta distancia; la llamó la tienda del encuentro; y todos los que buscaban a Yavé iban a la tienda del encuentro, que estaba fuera del campamento. Cuando Moisés fue a la tienda, todo el pueblo se puso en pie, cada uno a la puerta de la tienda, y siguieron a Moisés con la mirada hasta que entró en la tienda. En cuanto Moisés entró en la tienda, la columna de nube descendió y se detuvo a la entrada de la tienda, y Yahvé habló con Moisés. Y todo el pueblo vio la columna de nube que estaba a la entrada de la Tienda; y todo el pueblo se levantó, y cada uno se postró a la entrada de su Tienda. Y Yahvé habló a Moisés cara a cara, como habla un hombre a su amigo. Entonces Moisés regresó al campamento, pero su criado Josué hijo de Nun, un joven, no se apartó de en medio de la Tienda.

Moisés dijo a Yahvé: "Tú me dices: Haz subir a este pueblo, pero no me dices a quién enviarás conmigo. Sin embargo, dijiste: 'Te conozco por tu nombre y has hallado gracia ante mis ojos. Y ahora, si he hallado gracia ante tus ojos, hazme conocer tus caminos, para que te conozca y halle gracia ante tus ojos. Considera que esta nación es tu pueblo. Yahvé respondió: "Mi rostro irá contigo y te daré descanso". Moisés dijo: "Si tu rostro no viene, no nos despidas de aquí. ¿Cómo se sabrá que yo y tu pueblo hemos hallado gracia a tus ojos, si no caminas con nosotros? Esto es lo que nos distinguirá a mí y a tu pueblo de todos los pueblos sobre la faz de la tierra. Yahvé respondió a Moisés: "Aun así haré lo que me pides, pues has hallado gracia ante mis ojos y te conozco por tu nombre".

Moisés dijo: "Déjame ver tu gloria". Yahvé respondió: "Haré pasar toda mi bondad delante de ti, y pronunciaré el nombre de Yahvé delante de ti; porque seré clemente con quien quiera ser clemente, y misericordioso con quien quiera ser misericordioso." Dijo Yahvé: "No podrás ver mi rostro, porque el hombre no puede verme y vivir." Dijo Yahvé: "Aquí hay un lugar cerca de mí; tú estarás sobre la roca. Cuando pase mi gloria, te pondré en el hueco de la roca y te cubriré con mi mano hasta que haya pasado. Entonces retiraré mi mano y me verás por detrás; pero mi rostro no se verá".

(Capítulo 34) Yahvé dijo a Moisés: "Corta dos tablas de piedra como las primeras, y escribiré en ellas las palabras que estaban en las primeras tablas que rompiste. Prepárate para subir mañana por la mañana al monte Sinaí y preséntate ante mí en la cima del monte. Que nadie suba contigo, y que no se vea a nadie en ninguna parte del monte, y que ni ovejas ni bueyes pasten en la ladera de este monte. Entonces Moisés cortó dos tablas de piedra como las primeras y, levantándose temprano, subió al monte Sinaí, como Yahvé le había ordenado, y tomó las dos tablas de piedra en la mano.

El Señor descendió en la nube, se detuvo junto a él y pronunció el nombre del Señor. Y Yahvé pasó por delante de él y gritó: "¡Yahvé! ¡Yahvé! Dios misericordioso y compasivo, lento a la cólera, rico en bondad y fidelidad, que conserva su gracia hasta mil generaciones, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado; ¡pero no los deja sin castigo, visitando la iniquidad de los padres en los hijos y en los hijos de los hijos hasta la tercera y hasta la cuarta generación!". Inmediatamente Moisés se postró en tierra y adoró, 9diciendo: "Si he hallado gracia ante tus ojos, Señor, dígnate Yahvé caminar entre nosotros, pues son un pueblo de dura cerviz; perdona nuestras iniquidades y nuestros pecados, y tómanos como herencia."

Yavé dijo: "He aquí, yo hago un pacto: en presencia de todo tu pueblo haré maravillas que no se han hecho en ninguna tierra ni entre ninguna nación; y todos los pueblos que te rodean verán la obra de Yavé, porque terribles son las cosas que haré contigo.

Presta atención a lo que te ordeno hoy. He aquí que yo expulso delante de vosotros al amorreo, al cananeo, al heteo, al ferezeo, al heveo y al jebuseo. Guardaos de pactar con los habitantes de la tierra contra la que marcháis, no sea que se conviertan en una trampa en medio de vosotros. 13Pero derribaréis sus altares, quebraréis sus columnas y derribaréis sus bosques. No adoraréis a otros dioses, porque Yavé se llama Celoso, un Dios celoso. Por tanto, no hagáis alianza con los habitantes de la tierra, no sea que cuando ellos se prostituyan con sus dioses y les ofrezcan sacrificios, os inviten a entrar y comáis de sus sacrificios; no sea que toméis de sus hijas para vuestros hijos, y sus hijas, prostituyéndose con sus dioses, hagan que también vuestros hijos se prostituyan con sus dioses.

No haréis dioses de metal fundido.

La Fiesta de los Panes sin Levadura: siete días comeréis panes sin levadura, como yo os he mandado, a la hora señalada en el mes de Abib, porque en el mes de Abib salisteis de Egipto.

Todo primogénito macho de vuestros rebaños, sea buey u oveja, es mío. Redimirás al primogénito del asno con un cordero; y si no lo redimieres, le romperás el pescuezo. Redimirás a todo primogénito de tus hijos, y no vendrán ante mí con las manos vacías.

Trabajaréis seis días, pero descansaréis el séptimo, incluso en la labranza y la siega.

Celebraréis la fiesta de las Semanas, de la primera cosecha de trigo, y la fiesta de la Siega al final del año.

Tres veces al año comparecerán todos los varones ante el Señor Yahvé, Dios Israel. Porque echaré a las naciones de delante de ti y extenderé tus fronteras; y nadie codiciará tu tierra mientras subas a presentarte ante Yahvé, tu Dios, tres veces al año.

No ofrecerás la sangre de mi víctima con pan leudado, y el sacrificio de la fiesta pascual no se guardará hasta la mañana.

Traerás las primicias de los primeros frutos de tu tierra a la casa del Señor, tu Dios.

No cocerás el cabrito en la leche de su madre.

Yahvé dijo a Moisés: "Escribe tú estas palabras, porque conforme a ellas hago alianza contigo y con Israel."

Moisés estuvo allí con Yahvé cuarenta días y cuarenta noches, sin comer pan ni beber agua. Y Yahvé escribió en las tablas las palabras de la alianza, las diez palabras.

Moisés bajó del monte Sinaí; Moisés tenía las dos tablas del testimonio en la mano cuando bajó del monte; y Moisés no sabía que la piel de su rostro se había vuelto radiante mientras hablaba con Yahvé. Aarón y todos los hijos de Israel vieron a Moisés, y he aquí que la piel de su rostro resplandecía; y tuvieron miedo de acercarse a él. Moisés los llamó, y Aarón y todos los jefes de la congregación se acercaron a él, y él les habló. Entonces se acercaron todos los hijos de Israel, y él les dio todas las órdenes que había recibido de Yahvé en el monte Sinaí.

Cuando Moisés terminó de hablarles, se puso un velo sobre el rostro. Cuando Moisés se presentó ante Yavé para hablar con él, se quitó el velo hasta que salió; entonces salió y contó a los hijos de Israel lo que se le había ordenado. 35Y cuando los hijos de Israel vieron el rostro de Moisés, vieron que la piel del rostro de Moisés estaba radiante; y Moisés volvió a ponerse el velo sobre el rostro, hasta que entró a hablar con Yavé.