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Notas de la palabra clave

Biblia - Evangelio de Marcos

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Comodidad de lectura

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ECR 64.1.3-4.5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Veo las orillas del lago de Genesaret, y también las barcas de los pescadores sacadas a tierra; en la orilla, apoyados en ellas, están Pedro y Andrés, dedicados a reparar las redes que los peones les llevan goteando después de quitar los detritos que habían quedado aprisionados en éstas aclarándolas en el lago. A una distancia de unos diez metros, Juan y Santiago, centrados en su barca, tratan de poner orden en ella, ayudados por un peón y por un hombre de unos cincuenta o cincuenta y cinco años, que creo que es Zebedeo, porque el peón le llama “jefe” y porque es parecidísimo a Santiago.

Pedro y Andrés, de espaldas a la barca, se dedican silenciosos a volver a atar cuerdas y corchos señalizadores. Sólo de vez en cuando se intercambian algunas palabras acerca de su trabajo, el cual, por lo que puedo entender, ha sido infructuoso.

Pedro se queja de ello, no porque su bolsa esté vacía, ni por la inutilidad del esfuerzo, sino que dice: «Lo siento porque... ¿cómo vamos a arreglárnoslas para dar algo de comer a esos pobrecillos? A nosotros sólo nos llegan raros donativos, y yo no toco esos diez denarios y siete dracmas que hemos recogido en estos cuatro días. El Maestro, y sólo Él, me debe indicar para quién y cómo se han de distribuir esas monedas. ¡Y hasta el sábado Él no vuelve! ¡Si hubiera tenido buena pesca!... El pescado más menudo lo habría cocinado y se lo habría dado a esos pobres... y, si alguien de mi casa se hubiera quejado, no me hubiera importado: los sanos pueden ir a buscarlo, ¡pero los enfermos...!».

«¡Y además ese paralítico!... Ya han recorrido mucho camino para traerle aquí...» dice Andrés. (...)

[Jesús regresa junto a sus discípulos y el Maestro pronuncia un sermón en la casa de su apóstol.]

La gente se apiña en la estancia grande posterior, empleada para las redes, maromas, cestos, remos, velas y provisiones. Se ve que Pedro la ha puesto a disposición de Jesús, amontonando todo en un rincón para dejar espacio libre. El lago no se ve desde aquí, sólo se oye el rumor lento de sus olas; y se ve sólo la pequeña tapia verdosa del huerto, con su vieja vid y su frondosa higuera. Hay gente hasta incluso en la calle; no cabiendo en la sala, ocupan el huerto; no cabiendo en el huerto, se quedan afuera.

64.4 Jesús empieza a hablar. En primera fila — se han abierto paso sirviéndose de su actitud avasalladora y del temor que siente hacia ellos la plebe — hay cinco personas... de elevada condición social; paludamentos, riqueza de vestidos y soberbia denuncian que son fariseos y doctores. (...)

[Jesús pronuncia su sermón y termina su discurso.]

«Maestro» grita Pedro entre la muchedumbre «aquí están los enfermos. Dos pueden esperar a que salgas, pero a éste le está estrujando la multitud y, además... ya no aguanta más, y no podemos pasar. ¿Le digo que vuelva otra vez?».

«No. Descolgazle por el techo».

«¡Es verdad! ¡En seguida!».

Se oye caminar arrastrando los pies sobre el techo bajo de la estancia, la cual, no formando realmente parte de la casa, no tiene encima la terraza unida con cemento, sino sólo un tejaducho de haces de ramas cubiertas con placas similares a la pizarra. No sé qué piedra era. Hacen una abertura, y, con unas cuerdas, descuelgan la pequeña camilla en la que está el enfermo; la descuelgan justo delante de Jesús; la gente se apiña aún más, para ver.

«Has tenido una gran fe, como también quien te ha traído».

«¡Oh! ¡Señor! ¿Cómo no tenerla en ti?».

«Pues bien, Yo te digo: hijo — el hombre es muy joven —, te son perdonados todos tus pecados».

El hombre le mira llorando... quizás se queda un poco contrariado porque esperaba la curación del cuerpo.

Los fariseos y doctores murmuran, arrugando nariz, frente y boca con desprecio.

«¿Por qué murmuráis, con los labios y, sobre todo, en el corazón? Según vosotros, ¿es más fácil decirle al paralítico: “Tus pecados te son perdonados”, o: “Levántate, toma la camilla y anda”? Vosotros pensáis “sólo Dios puede perdonar los pecados”. Pero no sabéis responder cuál es la cosa más grande, porque a este hombre, maltrecho en todo su cuerpo, y que ha gastado los haberes sin resultado alguno, sólo le puede curar Dios. Pues bien, para que sepáis que Yo lo puedo todo, para que sepáis que el Hijo del hombre tiene poder sobre la carne y sobre el alma, en la tierra y en el Cielo, Yo le digo a éste: levántate, toma tu camilla y anda. Ve a tu casa y sé santo».

El hombre se estremece, grita, se levanta, se echa a los pies de Jesús, los besa y acaricia, llora y ríe, y con él los familiares y la multitud, la cual, luego, se abre para dejarle pasar y le sigue jubilosa (la muchedumbre, no los cinco rencorosos que se marchan engreídos y duros como estacas).

Anotación

Mateo 9:1-8

Jesús subió a una barca, hizo de nuevo la travesía y se dirigió a su ciudad natal, Cafarnaún.

Le trajeron un paralítico tendido en una camilla. Al ver su fe, Jesús dijo al paralítico: "Confía, hijo mío, tus pecados te son perdonados. Y he aquí que algunos de los escribas se decían: "Este blasfema".

Pero Jesús, conociendo sus pensamientos, les preguntó: "¿Por qué tenéis malos pensamientos? ¿Qué es más fácil? ¿Decir: "Tus pecados te son perdonados", o decir: "Levántate y anda"? Pues bien, para que sepáis que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar los pecados... - Entonces Jesús dijo al paralítico: "Levántate, coge tu camilla y vete a casa". Se levantó y se fue a su casa.

Al ver esto, la gente, aterrorizada, dio gloria a Dios, que había dado tal poder a los hombres.

Marcos 2, 1-12

Pocos días después, Jesús regresó a Cafarnaún y llegó la noticia de que estaba en casa. Se había reunido tanta gente que no cabía ni delante de la puerta, y él les estaba predicando la Palabra.

Llegaron unas personas y le trajeron a un paralítico, llevado por cuatro hombres. Como no podían acercarse a él a causa de la multitud, destaparon el techo por encima de él, hicieron una abertura y bajaron la camilla en la que estaba tendido el paralítico. Al ver su fe, Jesús dijo al paralítico: "Hijo, tus pecados te son perdonados.

Pero algunos de los escribas estaban sentados y pensaban: "¿Por qué habla así este hombre? Está blasfemando. ¿Quién, pues, puede perdonar los pecados, sino sólo Dios? Jesús se dio cuenta de lo que pensaban, y les dijo: "¿Por qué pensáis así? ¿Qué es más fácil? ¿Decirle a este paralítico: 'Tus pecados te son perdonados', o decirle: 'Levántate, toma tu camilla y anda'? Pues bien. Para que sepáis que el Hijo del hombre tiene autoridad para perdonar pecados en la tierra... - Jesús dijo al paralítico: "Te digo que te levantes, cojas tu camilla y te vayas a casa". Se levantó, tomó inmediatamente su camilla y salió delante de todos. Todos estaban asombrados y daban gloria a Dios, diciendo: "Nunca hemos visto nada igual".

Lucas 5:17-26

Un día, mientras Jesús enseñaba, estaban presentes fariseos y maestros de la Ley, venidos de todas las aldeas de Galilea y de Judea, así como de Jerusalén.

Llegaron unos que llevaban en una camilla a un hombre paralítico; intentaban traerlo para ponerlo delante de Jesús. Pero como no veían cómo hacerlo a causa de la multitud, subieron al tejado y, apartando las tejas, lo bajaron con la camilla delante de Jesús. Al ver su fe, les dijo: "Hombre, tus pecados te son perdonados. Los escribas y fariseos empezaron a razonar: "¿Quién es este hombre? ¡Dice blasfemias! ¿Quién puede perdonar los pecados sino sólo Dios? Pero Jesús, comprendiendo sus pensamientos, les respondió: "¿Por qué tenéis estos pensamientos en el corazón? ¿Qué es más fácil? ¿Decir: "Tus pecados te son perdonados", o decir: "Levántate y anda"? Pues bien. Para que sepáis que el Hijo del hombre tiene autoridad en la tierra para perdonar pecados -le dijo Jesús al paralítico-, te digo que te levantes, cojas tu camilla y te vuelvas a tu casa.

Inmediatamente se levantó delante de ellos, tomó su camilla y se fue a su casa, dando gloria a Dios. Todos estaban asombrados y daban gloria a Dios. Llenos de temor, dijeron: "¡Hoy hemos visto cosas extraordinarias!

ECR 80.8-11

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

« (...) Oíd. Una vez hubo uno, un hombre, que me preguntó si había sido tentado alguna vez; que me preguntó si no había pecado nunca; que me preguntó si, en la tentación, no había cedido nunca; y que se maravilló porque Yo, el Mesías, había solicitado, para resistir, la ayuda del Padre diciendo: “Padre, no me dejes caer en la tentación”».

Jesús habla despacio, con calma, como si estuviera narrando un hecho desconocido para todos... Judas baja la cabeza como cohibido, pero los otros están tan centrados en mirar a Jesús que eso les pasa desapercibido.

Jesús continúa: «Ahora vosotros, mis amigos, podréis saber lo que sólo atisbó aquel hombre. Después del bautismo — estaba limpio, pero no se está nunca suficientemente limpio respecto al Altísimo, y la humildad de decir “soy hombre y pecador” es ya bautismo que hace limpio al corazón — vine aquí. Me había llamado “el Cordero de Dios” aquel que — santo y profeta — veía la Verdad y veía bajar al Espíritu sobre el Verbo y ungirle con su crisma de amor, mientras la voz del Padre llenaba los cielos de su sonido diciendo: “He aquí a mi Hijo muy amado en quien me he complacido”. Tú, Juan, estabas presente cuando el Bautista repitió las palabras... Después del bautismo, a pesar de estar limpio por naturaleza y limpio por figura, quise “prepararme”. Sí, Judas; mírame, que mi ojo te diga lo que aún calla la boca. Mírame, Judas. Mira a tu Maestro, que no se sintió superior al hombre por ser el Mesías y que, antes bien, sabiendo que era el Hombre, quiso serlo en todo, excepto en condescender al mal. Eso es. Así».

Ahora Judas ha levantado la cara y mira a Jesús, que está frente a él. La luz de las estrellas hace brillar los ojos de Jesús como si fueran dos estrellas fijas en un pálido rostro.

80.9 «Para prepararse a ser maestro, hay que haber sido escolar. Yo, como Dios, sabía todo, con mi inteligencia, incluso, Yo podía comprender las luchas del hombre, por poder intelectivo e intelectualmente. Pero un día algún pobre amigo mío, algún pobre hijo mío, habría podido decir y decirme: “Tú no sabes qué es ser hombre y tener sentido y pasiones”. Habría sido un reproche justo. Vine aquí, o mejor, allí, a aquel monte, para prepararme... no sólo a la misión... sino también a la tentación. ¿Veis? Aquí, donde vosotros estáis, Yo fui tentado. ¿Por quién? ¿Por un mortal? No. Demasiado débil habría sido su poder. Fui tentado por Satanás directamente.

Estaba agotado. Hacía cuarenta días que no comía... Pero, mientras había estado sumergido en la oración, todo se había anulado en la alegría que significa el hablar con Dios; más que anulado, se había hecho soportable. Lo sentía como una molestia de la materia, circunscrito a la sola materia... Luego volví al mundo... a los caminos del mundo... y sentí las necesidades de quien está en el mundo: tuve hambre, tuve sed, sentí el frío punzante de la noche desértica, sentí el cuerpo agotado por la falta de descanso y de lecho y por el largo camino recorrido en condiciones de debilidad tal, que me impedían continuar...

Porque Yo también tengo una carne, amigos, una verdadera carne, sujeta a las mismas debilidades que tiene toda carne, y con la carne tengo un corazón. Sí. Del hombre he tomado la primera y la segunda de las tres partes que le constituyen. He tomado la materia con sus exigencias y lo moral con sus pasiones. Y, si por voluntad propia he doblegado en el momento de su nacimiento todas las pasiones no buenas, he dejado que crecieran poderosas como cedros seculares las santas pasiones del amor filial, del amor patrio, de las amistades, del trabajo, de todo lo que es óptimo y santo. Aquí sentí nostalgia de mi Madre lejana, aquí sentí necesidad de que Ella prodigara sus cuidados a mi fragilidad humana, aquí sentí renovarse el dolor de haberme separado de la Única que me amaba perfectamente, aquí presentí el dolor que me está reservado y el dolor de su dolor; pobre Mamá, se le agotarán las lágrimas de tantas como deberá esparcir por su Hijo y por obra de los hombres. Aquí sentí el cansancio del héroe y del asceta que en una hora de premonición se hace conocedor de la inutilidad de su esfuerzo... Lloré... La tristeza... reclamo mágico para Satanás. No es pecado estar tristes si la hora es penosa, es pecado ceder más allá de la tristeza y caer en inercia o desesperación. Y Satanás en seguida acude cuando ve a uno caído en languidez de espíritu.

Vino. Bajo apariencia de benigno viandante. Toma siempre formas benignas... Yo tenía hambre... y tenía mis treinta años en la sangre. Me ofreció su ayuda. En primer lugar me dijo: “Di a estas piedras que se conviertan en pan”. Pero antes... sí... antes me había hablado de la mujer... ¡Oh, él sabe hablar de ella, la conoce a fondo! La corrompió primero, para hacerla su aliada de corrupción. No soy sólo el Hijo de Dios, soy Jesús, el obrero de Nazaret. A aquel hombre que me hablaba, preguntándome si conocía tentación, y casi me acusaba de ser injustamente beato por no haber pecado, le dije: “El acto se aplaca en la satisfacción. La tentación rechazada no cae, sino que se hace más fuerte, y a ello concurre Satanás azuzándola”. Rechacé la tentación tanto del hambre de la mujer como del hambre del pan. Y debéis saber que Satanás me presentaba la primera — y no estaba equivocado, humanamente hablando — como la mejor aliada para afirmarse en el mundo.

La Tentación — no vencida por mi respuesta: “no sólo de sentido vive el hombre” — me habló entonces de mi misión. Quería seducir al Mesías después de haber tentado al Joven, y me incitó a aniquilar a los indignos ministros del Templo con un milagro... No se rebaja el milagro, llama del cielo, a hacer de él un círculo de mimbre con que coronarse... No se tienta a Dios pidiendo milagros para fines humanos. Esto quería Satanás. El motivo presentado era el pretexto, la verdad era: “Gloríate de ser el Mesías”; para llevarme a la otra concupiscencia, la del orgullo.

No vencido por mi “no tentarás al Señor tu Dios”, me insidió con la tercera fuerza de su naturaleza: el oro. ¡Oh, el oro! Gran cosa el pan y mayor aún la mujer, para quien anhela el alimento o el placer; grandísima cosa es para el hombre la aclamación de las multitudes... Por estas tres cosas, ¡cuántos delitos se cometen! ¡Ah!, pero el oro... el oro... llave que abre, círculo que suelda, es el alfa y el omega de noventa y nueve de cada cien de las acciones humanas. Por el pan y la mujer, el hombre se hace ladrón; por el poder, homicida incluso; pero por el oro se hace idólatra. Satanás, el rey del oro, me ofreció su oro a condición de que le adorase... Le traspasé con las palabras eternas: “Adorarás sólo al Señor tu Dios”.

Aquí, aquí sucedió esto».

80.10 Jesús se ha puesto en pie. En el marco de la naturaleza llana que le circunda y de la luz ligeramente fosforescente que llueve de las estrellas, parece más alto que de costumbre. También los discípulos se levantan. Jesús sigue hablando, mirando fija e intensamente a Judas.

«Entonces vinieron los ángeles del Señor... El Hombre había vencido la triple batalla. El hombre sabía qué quería decir ser hombre, y había vencido; estaba exhausto, la lucha había sido más agotadora que el largo ayuno... Mas el espíritu descollaba en gran medida... Yo creo que ante este completarme como criatura dotada de cognición se estremecieron los Cielos. Yo creo que desde ese momento vino a mí el poder de milagros. Había sido Dios. Yo me había hecho el Hombre. Ahora, venciendo al animal que estaba unido a la naturaleza del hombre, he aquí que Yo era el Hombre-Dios, lo soy. Como Dios todo lo puedo, como Hombre todo lo conozco. Haced también vosotros como Yo si queréis hacer lo que Yo hago, y hacedlo en memoria mía.

Aquel hombre se maravillaba de que hubiera solicitado la ayuda del Padre, y de que le hubiera rogado que no me dejara caer en tentación, es decir, que no me dejara a merced de la Tentación más allá de mis fuerzas. Creo que aquel hombre, ahora que sabe, ya no se asombrará. Actuad también vosotros así, en memoria mía y para vencer como Yo, y no dudéis nunca viéndome fuerte en todas las tentaciones de la vida, victorioso en las batallas de los cinco sentidos, del sentido y del sentimiento, sobre mi naturaleza de verdadero Hombre (la que tengo además de mi naturaleza de Dios). Recordad todo esto.

80.11 Os había prometido llevaros a donde hubierais podido conocer al Maestro... desde el alba de su día (un alba pura como esta que está naciendo) hasta el mediodía de su vida, aquél del cual me alejé para ir hacia mi humana tarde... Le dije a uno de vosotros: “Yo también me he preparado”; ahora veis que era verdad.

Os doy las gracias por haberme hecho compañía en este retorno al lugar natal y al lugar penitencial. Los primeros contactos con el mundo me habían nauseado y desilusionado; es demasiado feo. Ahora mi alma está nutrida de la médula del león: de la fusión con el Padre en la oración y en la soledad. Puedo volver al mundo para coger de nuevo mi cruz, mi primera cruz de Redentor, la del contacto con el mundo, con el mundo en el que demasiado pocas son las almas cuyo nombre es María, cuyo nombre es Juan...

Detalle

Resumen: Lección sobre la tentación de Cristo. En ella se aborda el tema de Satanás, la tentación del Señor, el hecho de que es el Hombre-Dios y, por lo tanto, el Hijo del Hombre...

Anotación

Mateo 3, 13-17 y 4, 1-11: Entonces apareció Jesús. Había venido desde Galilea hasta el Jordán, junto a Juan, para que él lo bautizara. Juan quería impedírselo y le decía: «¡Soy yo quien necesita que tú me bautices, y eres tú quien viene a mí!». Pero Jesús le respondió: «Déjalo así por ahora, porque conviene que cumplamos así toda justicia». Entonces Juan lo dejó hacer. En cuanto Jesús fue bautizado, salió del agua, y he aquí que se abrieron los cielos: vio al Espíritu de Dios descender como una paloma y posarse sobre él. Y desde los cielos se oyó una voz que decía: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo mis delicias».

Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo. Tras ayunar cuarenta días y cuarenta noches, tuvo hambre.

El tentador se le acercó y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, ordena que estas piedras se conviertan en panes». Pero Jesús respondió: «Está escrito: El hombre no vive solo de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios».

Entonces el diablo lo llevó a la Ciudad Santa, lo puso en lo alto del Templo y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, tírate abajo; porque está escrito: Él dará órdenes a sus ángeles a tu favor, y: Te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con ninguna piedra». Jesús le respondió: «También está escrito: No pondrás a prueba al Señor tu Dios».

El diablo lo llevó de nuevo a una montaña muy alta y le mostró todos los reinos del mundo y su gloria. Le dijo: «Todo esto te lo daré si, postrándote a mis pies, me rindes culto». Entonces Jesús le dijo: «¡Apártate, Satanás! Porque está escrito: “Al Señor tu Dios adorarás, y a él solo le rendirás culto”».

Entonces el diablo lo abandonó. Y he aquí que se acercaron unos ángeles y le servían.

Marcos 1, 9-13

En aquellos días, Jesús vino de Nazaret, ciudad de Galilea, y fue bautizado por Juan en el Jordán. Y, al salir del agua, vio que los cielos se abrían y que el Espíritu descendía sobre él como una paloma. Se oyó una voz que venía de los cielos: «Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo mis delicias». » Inmediatamente, el Espíritu llevó a Jesús al desierto, donde permaneció cuarenta días, tentado por Satanás. Vivía entre las bestias salvajes, y los ángeles le servían.

Lucas 3, 21-22 y 4, 1-13: Mientras todo el pueblo se hacía bautizar y, tras haber sido bautizado también él, Jesús oraba, se abrió el cielo. El Espíritu Santo, en forma corporal, como una paloma, descendió sobre Jesús, y se oyó una voz que venía del cielo: «Tú eres mi Hijo amado; en ti encuentro mi alegría».

Jesús, lleno del Espíritu Santo, salió de las orillas del Jordán; impulsado por el Espíritu, fue llevado por el desierto, donde, durante cuarenta días, fue tentado por el diablo. No comió nada durante esos días y, cuando se cumplió ese tiempo, tuvo hambre.

Entonces el diablo le dijo: «Si eres Hijo de Dios, ordena a esta piedra que se convierta en pan». Jesús respondió: «Está escrito: El hombre no vive solo de pan».

Entonces el diablo lo llevó a un lugar más alto y le mostró en un instante todos los reinos de la tierra. Le dijo: «Te daré todo este poder y la gloria de estos reinos, pues a mí me ha sido entregado y lo doy a quien quiero. Así pues, si te postras ante mí, todo esto será tuyo». Jesús le respondió: «Está escrito: “Al Señor tu Dios te postrarás, y solo a él rendirás culto”».

A continuación, el diablo lo llevó a Jerusalén, lo colocó en lo alto del Templo y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, tírate desde aquí abajo; pues está escrito: “Él ordenará a sus ángeles que te protejan; y también: “Te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con ninguna piedra”». Jesús le respondió: «Está escrito: “No pondrás a prueba al Señor tu Dios”».

Habiendo agotado así todas las formas de tentación, el diablo se alejó de Jesús hasta el momento señalado.

Juan 1, 29-34: Al día siguiente, al ver a Jesús que venía hacia él, Juan exclamó: «He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo; de él es de quien dije: “El que viene detrás de mí me ha precedido, porque existía antes que yo”. Y yo no lo conocía; pero si he venido a bautizar con agua, es para que se manifieste a Israel». Entonces Juan dio este testimonio: «He visto al Espíritu descender del cielo como una paloma y posarse sobre él. Y yo no lo conocía; pero aquel que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquel sobre quien veas descender el Espíritu y permanecer, ese es el que bautiza en el Espíritu Santo”. Yo lo he visto y doy testimonio: este es el Hijo de Dios».

ECR 80.8

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Ahora vosotros, mis amigos, podréis saber lo que sólo atisbó aquel hombre. Después del bautismo — estaba limpio, pero no se está nunca suficientemente limpio respecto al Altísimo, y la humildad de decir “soy hombre y pecador” es ya bautismo que hace limpio al corazón — vine aquí. Me había llamado “el Cordero de Dios” aquel que — santo y profeta — veía la Verdad y veía bajar al Espíritu sobre el Verbo y ungirle con su crisma de amor, mientras la voz del Padre llenaba los cielos de su sonido diciendo: “He aquí a mi Hijo muy amado en quien me he complacido”. Tú, Juan, estabas presente cuando el Bautista repitió las palabras... Después del bautismo, a pesar de estar limpio por naturaleza y limpio por figura, quise “prepararme”. Sí, Judas; mírame, que mi ojo te diga lo que aún calla la boca. Mírame, Judas. Mira a tu Maestro, que no se sintió superior al hombre por ser el Mesías y que, antes bien, sabiendo que era el Hombre, quiso serlo en todo, excepto en condescender al mal. Eso es. Así».

Anotación

Mateo 3, 13-17 y 4, 1-11: Entonces apareció Jesús. Había venido desde Galilea hasta el Jordán, junto a Juan, para que él lo bautizara. Juan quería impedírselo y le decía: «¡Soy yo quien necesita que tú me bautices, y eres tú quien viene a mí!». Pero Jesús le respondió: «Déjalo así por ahora, porque conviene que cumplamos así toda justicia». Entonces Juan lo dejó hacer. En cuanto Jesús fue bautizado, salió del agua, y he aquí que se abrieron los cielos: vio al Espíritu de Dios descender como una paloma y posarse sobre él. Y desde los cielos se oyó una voz que decía: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo mis delicias».

Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo. Tras ayunar cuarenta días y cuarenta noches, tuvo hambre.

El tentador se le acercó y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, ordena que estas piedras se conviertan en panes». Pero Jesús respondió: «Está escrito: El hombre no vive solo de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios».

Entonces el diablo lo llevó a la Ciudad Santa, lo puso en lo alto del Templo y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, tírate abajo; porque está escrito: Él dará órdenes a sus ángeles a tu favor, y: Te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con ninguna piedra». Jesús le respondió: «También está escrito: No pondrás a prueba al Señor tu Dios».

El diablo lo llevó de nuevo a una montaña muy alta y le mostró todos los reinos del mundo y su gloria. Le dijo: «Todo esto te lo daré si, postrándote a mis pies, me rindes culto». Entonces Jesús le dijo: «¡Apártate, Satanás! Porque está escrito: “Al Señor tu Dios adorarás, y solo a él rendirás culto”».

Entonces el diablo lo abandonó. Y he aquí que se acercaron unos ángeles y le servían.

Marcos 1, 9-13

En aquellos días, Jesús vino de Nazaret, ciudad de Galilea, y fue bautizado por Juan en el Jordán. Y, al salir del agua, vio que los cielos se abrían y que el Espíritu descendía sobre él como una paloma. Se oyó una voz que venía de los cielos: «Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo mis delicias». » Inmediatamente, el Espíritu llevó a Jesús al desierto, donde permaneció cuarenta días, tentado por Satanás. Vivía entre las bestias salvajes, y los ángeles le servían.

Lucas 3, 21-22 y 4, 1-13: Mientras todo el pueblo se hacía bautizar y, tras haber sido bautizado también él, Jesús oraba, se abrió el cielo. El Espíritu Santo, en forma corporal, como una paloma, descendió sobre Jesús, y se oyó una voz que venía del cielo: «Tú eres mi Hijo amado; en ti me complazco».

Jesús, lleno del Espíritu Santo, salió de las orillas del Jordán; impulsado por el Espíritu, fue llevado por el desierto, donde, durante cuarenta días, fue tentado por el diablo. No comió nada durante esos días y, cuando se cumplió ese tiempo, tuvo hambre.

Entonces el diablo le dijo: «Si eres Hijo de Dios, ordena a esta piedra que se convierta en pan». Jesús respondió: «Está escrito: El hombre no vive solo de pan».

Entonces el diablo lo llevó a un lugar más alto y le mostró en un instante todos los reinos de la tierra. Le dijo: «Te daré todo este poder y la gloria de estos reinos, pues a mí me ha sido entregado y lo doy a quien quiero. Así pues, si te postras ante mí, todo esto será tuyo». Jesús le respondió: «Está escrito: “Al Señor tu Dios te postrarás, y solo a él rendirás culto”».

A continuación, el diablo lo llevó a Jerusalén, lo colocó en lo alto del Templo y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, tírate desde aquí abajo; pues está escrito: “Él ordenará a sus ángeles que te protejan; y también: “Te sostendrán en sus manos, para que tu pie no tropiece con ninguna piedra”». Jesús le respondió: «Está escrito: “No pondrás a prueba al Señor tu Dios”».

Habiendo agotado así todas las formas de tentación, el diablo se alejó de Jesús hasta el momento señalado.

Juan 1, 29-34: Al día siguiente, al ver a Jesús que venía hacia él, Juan exclamó: «He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo; de él es de quien dije: “El que viene detrás de mí me ha precedido, porque existía antes que yo”. Y yo no lo conocía; pero si he venido a bautizar con agua, es para que se manifieste a Israel». Entonces Juan dio este testimonio: «He visto al Espíritu descender del cielo como una paloma y posarse sobre él. Y yo no lo conocía; pero aquel que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquel sobre quien veas descender el Espíritu y permanecer, ese es el que bautiza en el Espíritu Santo”. Yo lo he visto y doy testimonio: este es el Hijo de Dios».

ECR 173.2-7 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

173.2«¡La paz sea con todos vosotros!

Ayer he hablado de la oración, del juramento, del ayuno. Hoy quiero instruiros acerca de otras perfecciones, que son también oración, confianza, sinceridad, amor, religión.

La primera de que voy a hablar es el justo uso de las riquezas, que se transforman, por la buena voluntad del siervo fiel, en correlativos tesoros en el Cielo. Los tesoros de la tierra no perduran; los del Cielo son eternos. ¿Amáis vuestros bienes? ¿Os da pena morir porque tendréis que dejarlos y no podréis ya dedicaros a ellos? ¡Pues transferidlos al Cielo! Diréis: “En el Cielo no entran las cosas de la tierra. Tú mismo enseñas que el dinero es la más inmunda de estas cosas. ¿Cómo podremos transferirlo al Cielo?”. No. No podéis llevar las monedas, siendo — como son — materiales, al Reino en que todo es espíritu; lo que sí podéis llevar es el fruto de las monedas.

Cuando dais a un banquero vuestro oro, ¿para qué lo dais? Para que le haga producir, ¿no? Ciertamente no os priváis de él, aunque sea momentáneamente, para que os lo devuelva tal cual: queréis que de diez talentos os devuelva diez más uno, o más; entonces os sentís satisfechos y elogiáis al banquero. En caso contrario, decís: “Será honrado, pero es un inepto”. Y si se da el caso de que, en vez de los diez más uno, os devuelve nueve diciendo: “He perdido el resto”, le denunciáis y le mandáis a la cárcel. ¿Qué es el fruto del dinero? ¿Siembra, acaso, el banquero vuestros denarios y los riega para que crezcan? No. El fruto se produce por una sagaz negociación, de modo que, mediante hipotecas y préstamos a interés, el dinero se incremente en el beneficio justamente requerido por el favor del oro prestado. ¿No es así?

Pues bien, escuchad: Dios os da las riquezas terrenas — a quién muchas, a quién apenas las que necesita para vivir — y os dice: “Ahora te toca a ti. Yo te las he dado. Haz de estos medios un fin como mi amor desea para tu bien. Te las confío, mas no para que te perjudiques con ellas. Por la estima en que te tengo, por reconocimiento hacia mis dones, haz producir a tus bienes para esta verdadera Patria”.

173.3Os voy a explicar el método para alcanzar este fin.

No deseéis acumular en la Tierra vuestros tesoros, viviendo para ellos, siendo crueles por ellos; que no os maldigan el prójimo y Dios a causa de ellos. No merece la pena. Aquí abajo están siempre inseguros. Los ladrones pueden siempre robaros; el fuego puede destruir las casas; las enfermedades de las plantas o del ganado, exterminaros los rebaños, destruiros los pomares. ¡Cuántos peligros se celan contra vuestros bienes! Ya sean estables y estén protegidos, como las cosas o el oro; ya estén sujetos a sufrir lesión en su naturaleza, como todo cuanto vive, como son los vegetales y los animales; ya se trate, incluso, de telas preciosas... todos ellos pueden sufrir merma: las casas, por el rayo, el fuego y el agua; los campos, por ladrones, roya, sequía, roedores o insectos; los animales, por vértigo, fiebres, descoyuntamientos o mortandades; las telas preciosas y muebles de valor, por la polilla o los ratones; las vajillas preciadas, lámparas y cancelas artísticas... Todo, todo puede sufrir merma.

Mas si de todo este bien terreno hacéis un bien sobrenatural, se salvará de toda lesión producida por el tiempo, por los propios hombres o la intemperie. Atesorad en el Cielo, donde no entran ladrones ni suceden infortunios. Trabajad sintiendo amor misericordioso hacia todas las miserias de la Tierra. Acariciad, sí, vuestras monedas, besadlas incluso si queréis, regocijaos por la prosperidad de las mieses, por los viñedos cargados de racimos, por los olivos plegados por el peso de infinitas aceitunas, por las ovejas fecundas y de turgentes ubres... haced todo esto, pero no estérilmente, no humanamente, sino con amor y admiración, con disfrute y cálculo sobrenatural.

“¡Gracias, Dios mío, por esta moneda, por estos sembrados y plantas y ovejas, por estas compraventas! ¡Gracias, ovejas, plantas, prados, transacciones, que tan bien me servís! ¡Benditos seáis todos, porque por tu bondad, oh Eterno, y por vuestra bondad, oh cosas, puedo hacer mucho bien a quien tiene hambre o está desnudo o no tiene casa o está enfermo o solo!... El año pasado proveí a las necesidades de diez. Este año — dado que, a pesar de que haya distribuido mucho como limosna, tengo más dinero y más pingües son las cosechas y numerosos los rebaños — daré dos o tres veces más de cuanto di el año pasado, a fin de que todos, incluso quienes no tienen nada propio, gocen de mi alegría y te bendigan conmigo Señor Eterno”. Ésta es la oración del justo, la oración que, unida a la acción, transfiere vuestros bienes al Cielo, y, no sólo os los conserva allí eternamente, sino que os los aumenta con los frutos santos del amor.

Tened vuestro tesoro en el Cielo para que esté allí vuestro corazón, por encima, y más allá, del peligro, no sólo de infortunios que perjudiquen al oro, casas, campos o rebaños, sino también de asechanzas contra vuestro corazón, y de que sea expoliado o agredido por el óxido o el fuego, asesinado por el espíritu de este mundo. Si así lo hacéis, tendréis vuestro tesoro en vuestro corazón, porque tendréis a Dios en vosotros, hasta que llegue el día dichoso en que vosotros estéis en Él.

173.4No obstante, para no disminuir el fruto de la caridad, poned atención a ser caritativos con espíritu sobrenatural. Lo que he dicho respecto a la oración y al ayuno valga para la beneficencia y para cualquier otra obra buena que podáis hacer.

Proteged el bien que hagáis de la violación de la sensualidad del mundo, conservadlo virgen respecto a toda humana alabanza. No profanéis la rosa perfumada — verdadero incensario de perfumes gratos al Señor — de vuestra caridad y recto actuar. El espíritu de soberbia, el deseo de ser uno visto cuando hace el bien, la búsqueda de alabanzas, profanan el bien: las babosas del saciado orgullo ensucian con su secreción la rosa de la caridad y la van excavando con su boca; en el incensario caen hediondas pajas de la cama en que el soberbio, cual atiborrada bestia, retoza.

¡Ah, esas limosnas ofrecidas para que se hable de nosotros!... Mejor sería no darlas. El que no las da peca de insensibilidad; pero quien las ofrece dando a conocer la suma entregada y el nombre del destinatario, mendigando además alabanzas, peca de soberbia (al dar a conocer la dádiva, porque es como si dijera: “¿Veis cuánto puedo?”), pero peca también contra la caridad, porque humilla al destinatario de la limosna al publicar su nombre; y peca también de avaricia espiritual al querer acumular alabanzas humanas... que no son más que paja, paja, sólo paja. Dejad a Dios que os alabe con sus ángeles.

Cuando deis limosna, no vayáis tocando la trompeta delante de vosotros para atraer la atención de los que pasan y recibir alabanzas, como los hipócritas, que buscan el aplauso de los hombres (por eso dan limosna sólo cuando los pueden ver muchos). Éstos también han recibido ya su compensación y Dios no les dará ninguna otra. No incurráis vosotros en la misma culpa y presunción. Antes bien, cuando deis limosna, sea ésta tan pudorosa y celada que vuestra mano izquierda no sepa lo que hace la derecha; y luego olvidaos. No os detengáis a remiraros el acto realizado, hinchándoos con él como hace el sapo, que se remira en el pantano con sus ojos velados y, al ver reflejadas en el agua detenida las nubes, los árboles, el carro parado junto a la orilla, y a él mismo — tan pequeñito respecto a esas cosas tan grandes —, se hincha de aire hasta estallar. Del mismo modo vuestra caridad es nada respecto al Infinito que es la Caridad de Dios, y, si pretendierais haceros como Él convirtiendo vuestra reducida caridad en una caridad enorme para igualar a la suya, os llenaríais de aire de orgullo para terminar muriendo.

Olvidaos. Del acto en sí mismo, olvidaos. Quedará siempre en vosotros una luz, una voz, una miel, que harán vuestro día luminoso, dichoso, dulce. Pues la luz será la sonrisa de Dios; la miel, paz espiritual — Dios también—; la voz, voz del Padre-Dios diciéndoos: “Gracias”. Él ve el mal oculto y el bien escondido, y os recompensará por ello. Os lo...».

173.5«¡Maestro, contradices tus propias palabras!».

La ofensa, rencorosa y repentina, proviene del centro de la multitud. Todos se vuelven hacia el lugar de donde ha surgido la voz. Hay confusión.

Pedro dice: «¡Ya te lo había dicho... cuando hay uno de ésos, no va bien nada!».

De la muchedumbre se elevan silbidos y protestas contra el ofensor. Jesús es el único que conserva la calma. Ha cruzado sus brazos a la altura del pecho: alto, herida su frente por el sol, erguido sobre la piedra, con su indumento azul oscuro...

El que ha lanzado la ofensa, haciendo caso omiso de la reacción de la multitud, continúa: «Eres un mal maestro porque enseñas lo que no haces y...».

«¡Cállate! ¡Vete! ¡Deberías avergonzarte!» grita la multitud. «¡Vete con tus escribas! A nosotros nos basta el Maestro. ¡Los hipócritas con los hipócritas! ¡Falsos maestros! ¡Usureros!...». Y seguirían, si Jesús no elevase su voz potente: «¡Silencio! Dejadle hablar». La gente entonces deja de chillar, pero sigue bisbiseando sus improperios, sazonados con miradas furiosas.

«Sí, enseñas lo que no haces. Dices que se debe dar limosna, pero sin ser vistos, y Tú, ayer, delante de toda una multitud, dijiste a dos pobres: “Quedaos, que os daré de comer”».

«Dije: “Que se queden los dos pobres. Serán los benditos huéspedes que darán sabor a nuestro pan”. Nada más. No he dicho que quería darles de comer. ¿Qué pobre no tiene al menos un pan? Mi alegría consistía en ofrecerles buena amistad».

«¡Ya!, ¡ya! ¡Eres astuto y sabes pasar por cordero!...».

El anciano pobre se pone en pie, se vuelve y, alzando su bastón, grita: «Lengua infernal. Tú acusas al Santo. ¿Crees, acaso, saber todo y poder acusar por lo que sabes? De la misma forma que ignoras quién es Dios y aquel a quien insultas, así ignoras sus acciones. Sólo los ángeles y mi corazón exultante lo saben; oíd, hombres, oíd todos y juzgad después si Jesús es el embustero y soberbio de que habla este desecho del Templo. Él...».

«¡Calla, Ismael! ¡Calla por amor a mí! Si he alegrado tu corazón, alegra tú el mío guardando silencio» dice Jesús en tono suplicante.

«Te obedezco, Hijo santo. Déjame decir sólo esto: la boca del anciano israelita fiel le ha bendecido; a Él, que me ha concedido favor de parte de Dios. Dios ha puesto en mis labios la bendición por mí y por Sara, mi nueva hija; no así contigo: sobre tu cabeza no descenderá la bendición. No te maldigo, no ensuciaré con una maldición mi boca, que debe decir a Dios: “Acógeme”. No maldije a quien me renegó y ya he recibido la recompensa divina. Mas habrá quien haga las veces del Inocente acusado y de Ismael, amigo de este Dios que le concede su favor».

Gritos en coro cierran las palabras del anciano, que se sienta de nuevo, mientras un hombre, seguido de improperios, a hurtadillas, se aleja.

La muchedumbre grita: «¡Continúa, continúa, Maestro santo! Sólo te escuchamos a ti. Escúchanos a nosotros: ¡No queremos a esos malditos pájaros de mal agüero! ¡Son envidiosos! ¡Te preferimos a ti! Tú eres santo; ellos, malos. ¡Síguenos hablando, sigue! Ya ves que estamos sedientos sólo de tu palabra. ¿Casas?, ¿negocios?... No son nada en comparación con escucharte a ti».

«Seguiré hablando, pero orad por esos desdichados. No os exasperéis. Perdonad, como Yo perdono. Porque si perdonáis a los hombres sus fallos también vuestro Padre del Cielo os perdonará vuestros pecados; pero si sois rencorosos y no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras faltas. Todos tienen necesidad de perdón.

173.6Os decía que Dios os recompensará aunque no le pidáis que premie el bien que hayáis hecho. Ahora bien, no hagáis el bien para obtener una recompensa, para disponer de un aval para el futuro. Que vuestras buenas obras no tengan la medida y límite del temor de si os quedará algo para vosotros, o de si, quedándoos sin nada, no va a haber nadie que os ayude a vosotros, o de si encontraréis a alguien que haga con vosotros lo que vosotros habéis hecho, o de si os seguirán queriendo cuando ya no podáis dar nada.

Mirad: tengo amigos poderosos entre los ricos y amigos entre los pobres de este mundo. En verdad os digo que no son los amigos poderosos los más amados; a éstos me acerco no por amor a mí mismo o por interés personal, sino porque de ellos puedo obtener mucho para quienes nada tienen. Yo soy pobre. No tengo nada. Quisiera tener todos los tesoros del mundo y convertirlos en pan para quienes padecen hambre, o en casas para quienes carecen de ellas; en vestidos para los desnudos, en medicinas para los enfermos. Diréis: “Tú puedes curar”. Sí, y más cosas. Pero no siempre tienen fe, y no puedo hacer lo que haría, lo que quisiera hacer de encontrar en los corazones fe en mí. Quisiera agraciar incluso a estos que no tienen fe; quisiera, dado que no le piden el milagro al Hijo del hombre, ayudarlos como hombre que soy Yo también. Pero no tengo nada; por ello tiendo la mano a quienes tienen y les pido ayuda en nombre de Dios. Por eso tengo amigos entre los poderosos. El día de mañana, una vez que haya dejado esta Tierra, seguirá habiendo pobres; Yo no estaré ya aquí para realizar milagros en favor de quien tiene fe, ni podré dar limosna para guiar hacia la fe; pero mis amigos ricos, para entonces, ya habrán aprendido por el contacto conmigo el modo de ayudar a los necesitados; y mis apóstoles, igualmente por el contacto conmigo, habrán aprendido a solicitar limosna por amor a los hermanos. Así, los pobres siempre tendrán una ayuda.

Pues bien, ayer he recibido, de una persona que no tenía nada, más de cuanto me han dado todos los que sí tienen. Es un amigo tan pobre como Yo, pero me ha dado una cosa que no se paga con moneda alguna, y que me ha sido motivo de dicha trayendo a mi memoria muchas horas serenas de mi niñez y juventud, cuando todas las noches el Justo imponía sus manos sobre mi cabeza y Yo me iba a descansar con su bendición como custodia de mi sueño. Ayer este amigo mío pobre me ha hecho rey con su bendición. Ved, pues, cómo ninguno de mis amigos ricos me ha dado jamás lo que él. No temáis, por tanto: aunque perdáis el poder del dinero, os bastará el amor y la santidad para poder favorecer al pobre, al cansado o al afligido.

173.7Por tanto, os digo: no os afanéis demasiado por temor a la escasez. Siempre tendréis lo necesario. No os apuréis demasiado por el futuro. Nadie sabe cuánto futuro tiene por delante. No os preocupéis de qué comeréis para mantener la vida, ni de qué vestiréis para mantener caliente vuestro cuerpo. La vida de vuestro espíritu es mucho más valiosa que el vientre y los miembros, vale mucho más que la comida y el vestido, así como la vida material es más que la comida y el cuerpo más que el vestido. El Padre lo sabe, sabedlo también vosotros. Mirad los pájaros del aire: no siembran ni cosechan, no recogen en los graneros, y, sin embargo, no mueren de hambre, porque el Padre celeste los nutre. Vosotros, hombres, criaturas predilectas del Padre, valéis mucho más que ellos.

¿Quién de vosotros, con todo su ingenio, podrá añadir a su estatura un solo codo? Si no lográis elevar vuestra estatura ni siquiera un palmo, ¿cómo pensáis que vais a poder cambiar vuestra condición futura, aumentando vuestras riquezas para garantizaros una larga y próspera vejez? ¿Podéis, acaso, decirle a la muerte: “Vendrás por mí cuando yo quiera”? No, no podéis. ¿Para qué, pues, preocuparos por el mañana?, ¿por qué ese gran dolor del temor a quedaros sin nada con que vestiros? Mirad cómo crecen los lirios del campo: no trabajan, no hilan, ni van a los vendedores de vestidos a comprar. Y, sin embargo, os aseguro que ni Salomón con toda su gloria se vistió jamás como uno de ellos. Pues bien, si Dios viste así la hierba del campo, que hoy existe y mañana sirve para calentar el horno o como pasto de los rebaños — al final, ceniza o estiércol —, ¡cuánto más os proveerá a vosotros, hijos suyos, de lo necesario!

No seáis hombres de poca fe. No os angustiéis por un futuro incierto, diciendo: “¿Cuando sea viejo, qué comeré?, ¿qué beberé?, ¿con qué me vestiré?”. Dejad estas preocupaciones para los gentiles, que no tienen la sublime certeza de la paternidad divina. Vosotros la tenéis, y sabéis que el Padre conoce vuestras necesidades y que os ama. Confiad, pues, en Él. Buscad primero las cosas verdaderamente necesarias: fe, bondad, caridad, humildad, misericordia, pureza, justicia, mansedumbre, las tres y las cuatro virtudes principales, y todas las demás; de forma que seáis amigos de Dios y tengáis derecho a su Reino. Os aseguro que todo lo demás se os dará por añadidura sin necesidad siquiera de pedirlo. No hay mayor rico que el santo, ni hombre más seguro que él. Dios está con el santo y el santo está con Dios. Por su cuerpo no pide, y Dios le provee de lo necesario; trabaja, antes bien, para su espíritu, y Dios mismo se da a él ya aquí, y después de esta vida le dará el Paraíso.

No os acongojéis, pues, por lo que no merece vuestra aflicción. Doleos de ser imperfectos, no de tener pocos bienes terrenos. No os atormentéis por el mañana: el mañana tendrá su propia preocupación, y vosotros tendréis que preocuparos por el mañana cuando lo viváis. ¿Por qué pensar en el mañana hoy? ¿Es que, acaso, la vida no está ya suficientemente llena de recuerdos penosos del ayer y de pesadumbres del hoy como para sentir la necesidad de cargarla además con las angustias de los “¿qué sucederá?” mañana? Dejadle a cada día su afán. Habrá siempre más penas en la vida de las que querríamos tener. No añadáis penas presentes a penas futuras. Decid siempre la gran palabra de Dios: “Hoy”. Sois sus hijos, creados a su semejanza; decid, pues, con Él: “Hoy”.

Y hoy os doy mi bendición. Que os acompañe hasta el comienzo del nuevo hoy, o sea, mañana; es decir, cuando os dé nuevamente la paz en nombre de Dios».

Detalle

Durante el discurso de Jesús, fue interrumpido por un fariseo. El fariseo se refirió a un pasaje del EMV 172, en el que Jesús invita al anciano Ismael y a la mujer Sara a compartir su pan.