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Notas de la palabra clave

Suicidio

Tema: La realidad de la vida, la muerte y el sufrimiento

Comodidad de lectura

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ECR 69

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Jesús sale del Templo con Judas. Judas quiere ir con él, pero Jesús le dice que tiene que rezar con el Padre. Afirma que el espíritu debe primar siempre sobre la carne, y que casi hay que matar la carne en favor de la vida sobrenatural. Judas pregunta entonces cómo es posible que no nos preocupemos por la carne y evoca el mandamiento "No matarás". Jesús respondió que debemos comer con continencia, sin envenenarnos ni comer en exceso, porque eso halaga nuestro gusto. A continuación, retomó el tema del suicidio y habló largo y tendido sobre él. Cristo declara que quien se suicida peca por orgullo. Judas señala que la gente se suicida por desesperación, pero Jesús dice que la desesperación no es otra cosa que orgullo: porque creemos que no tenemos ayuda en ninguna parte, ni siquiera de Dios, que es Padre y puede tendernos la mano. Judas señala que todos los que se suicidaron en las Escrituras antes de su venida habían pecado, pero el Maestro declara que habrán podido recibir la Misericordia de Dios, aunque nunca esté permitido hacer violencia a uno mismo ni a los demás. Después de la venida del Verbo, en cambio, el pecado del suicidio será siempre severamente condenado por la Justicia de Dios si el pecador se suicida, declarando que queda separado para siempre de Dios y no puede recibir el perdón de Dios. Puesto que la vida es un don de Dios, debemos amarla y utilizarla para ganar la eternidad.

Judas comprende el pensamiento de Cristo, pero tiene dificultades para aplicarlo. Hablan de la tentación de Cristo, y luego Jesús habla de los ángeles (espíritus puros) y del hombre, rey de la creación, a quien Jesús ha venido a rehabilitar.

A punto de dejar a Jesús, Judas le pregunta si no puede llevarlo a otro lugar que no sea el olivar, para que sea "mejor considerado". Pero, aunque Jesús le agradece su consideración, le gusta quedarse en este ambiente humilde. Vendrá para todos, tanto para los pequeños como para los grandes, pero sobre todo se quedará donde haya humildad. Finalmente, los dos hombres se separan poco después.

ECR 69.2-3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Es verdad que matarse es igual que matar. La vida es don de Dios, ya sea la propia o la ajena, y sólo a Dios, que la ha otorgado, le está reservado el poder de quitarla. Quien se mata confiesa su soberbia, y Dios odia la soberbia».

«¿La soberbia, confiesa? Yo diría la desesperación».

«¿Y qué es la desesperación sino soberbia? Considera esto, Judas: ¿Por qué uno pierde la esperanza?: o porque las desventuras se ensañan con él y quiere vencerlas por sí solo, sin ser capaz de tanto; o bien porque es culpable y juzga de sí mismo que Dios no lo puede perdonar. Tanto en el primero como en el segundo caso, ¿no es reina la soberbia? El hombre que quiere por sí solo resolver las cosas carece de la humildad de tender la mano al Padre diciéndole: “Yo no puedo, pero Tú sí puedes. Ayúdame, porque espero todo, todo lo estoy esperando, de Ti”. El otro hombre, el que dice: “Dios no puede perdonarme”, lo hace porque midiendo a Dios con el patrón de sí mismo sabe que otra persona, ofendida como él ha ofendido, no podría perdonarle. O sea, también aquí hay soberbia. El humilde siente compasión y perdona aunque sufra por la ofensa recibida. El soberbio no perdona. Es además soberbio porque no sabe bajar la cabeza y decir: “Padre, he pecado, perdona a tu pobre hijo culpable”. ¿O es que no sabes, Judas, que el Padre está dispuesto a disculpar todo, si se pide perdón con corazón sincero y contrito, con corazón humilde y deseoso de resucitar al bien?».

«Pero ciertos delitos no deben perdonarse, no pueden ser perdonados».

«Eso lo dices tú. Y hasta será verdad, si el hombre así lo quiere. Pero, en verdad, ¡oh!, en verdad te digo que incluso después del delito de los delitos, si el culpable corriera a los pies del Padre — se llama Padre por esto, Judas, y es Padre de perfección infinita — y, llorando, le suplicara que le perdonase, ofreciéndose a la expiación pero sin desesperación, el Padre le daría el modo de expiar para merecerse el perdón y salvar el espíritu».

69.3 «Entonces dices que los hombres que la Escritura cita, y que se mataron, hicieron mal».

«No es lícito hacer violencia a nadie, y tampoco uno a sí mismo. Hicieron mal. Conociendo relativamente el bien, habrán obtenido de Dios, en ciertos casos, misericordia. Pero a partir de que el Verbo haya aclarado toda verdad y haya dado fuerza a los espíritus con su Espíritu, desde entonces, ya no le será concedido el perdón a quien muera desesperado. Ni en el instante del juicio particular, ni, después de siglos de Gehena, en el Juicio Final, ni nunca. ¿Es dureza de Dios? No: justicia. Dios dirá: “Tú, criatura dotada de razón y de sobrenatural ciencia, creada libre por Mí, decidiste seguir el sendero elegido por ti, y dijiste: ‘Dios no me perdona. Estoy separado para siempre de Él. Juzgo que debo aplicarme por mi mismo justicia por mi delito. Dejo la vida para huir de los remordimientos’, sin pensar que ya no habrías sentido remordimientos si hubieras venido a mi seno paterno. Recibe eso mismo que has juzgado. No violento la libertad que te he dado”.

Esto le dirá el Eterno al suicida. Piénsalo, Judas. La vida es un don, y hay que amarla. ¿Y qué don es? Don santo. Así que ha de ser amada santamente. La vida dura mientras la carne resiste. Luego empieza la Vida grande, la eterna Vida: de beatitud para los justos, de maldición para los no justos. La vida, ¿es fin o es medio? Es medio. Sirve para el fin, que es la eternidad. Pues démosle entonces a la vida aquello que le haga falta para durar y servir al espíritu en su conquista. Continencia de la carne en todos sus apetitos, en todos. Continencia de la mente en todos sus deseos, en todos. Continencia del corazón en todas las pasiones que saben a humano. Sea, por el contrario, ilimitado el impulso hacia las pasiones celestes: amor a Dios y al prójimo, voluntad de servir a Dios y al prójimo, obediencia a la Palabra divina, heroísmo en el bien y en la virtud.»

ECR 168.7 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

En Agua Especiosa vivía como un animal. Vivía pobre pero feliz. Ni el rocío ni el río me limpiaron como sus palabras. ¡Oh, ni una sola perdí! Una vez perdonó a un asesino. Oí sus palabras y estuve por decirle: “¡Perdóname también a mí!”. Otra vez habló de la inocencia perdida. ¡Oh, qué llanto de nostalgia! Otra vez curó a un leproso... y estuve por gritar: “¡Límpiame a mí de mi pecado...!”. Otra vez curó a un demente romano... y lloré... y mandó que me dijeran que las patrias pasan pero el Cielo permanece. Una noche de tormenta me ofreció la casa... y se preocupó de que el encargado me diera posada... y, a través de un niño, me dijo: “No llores”... ¡Oh, qué bondad la suya!, ¡qué miseria la mía!: tan grandes ambas, que no me atreví a portar mi miseria a sus pies, a pesar de que uno de los suyos, de noche, me instruyera acerca de la infinita misericordia de tu Hijo. Luego, mi Salvador se fue, insidiado por quienes veían pecado en el deseo de un alma renacida... Le esperé... Pero le esperaba también la venganza de aquellos que son aun mucho más indignos que yo de mirarle, porque yo he pecado como pagana contra mí misma, pero ellos pecan, conociendo ya a Dios, contra el Hijo de Dios... Y me maltrataron. Pero me hirieron más sus acusaciones que las piedras; hirieron más ellos mi alma que mi carne, hundiéndola en la desesperación.

¡Oh, qué tremenda lucha conmigo misma! Andrajosa, sangrante, herida, febril, ya sin Médico, sin techo ni pan, miré hacia atrás, miré al futuro... El pasado me decía: “Vuelve”; el presente: “Mátate”; el futuro: “Ten esperanza”. He tenido esperanza. No me he quitado la vida.

ECR 180.8 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Estará entre nosotros tu traidor...».

«¿Pero estás loco? ¡Le haríamos trizas!» grita Pedro.

Y Judas Iscariote: «¡Loco de verdad! No seré yo jamás ése. Pero, si me sintiera debilitado hasta el punto de poderlo ser, me quitaría la vida: sería mejor que ser deicida».

Jesús se libera del abrazo de Juan y zarandea rudamente a Judas Iscariote, diciendo: «¡No blasfemes! Nada te podrá debilitar, si tú no quieres. Y si así sucediera, llora, y no cometas otro delito además del deicidio. Se hace débil quien, motu proprio, se vacía de Dios».

Detalle

Después del arresto de Juan el Bautista, Juan de Zebedeo dijo esto.

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