Ir al contenido

Notas del tema

El destino final del hombre

Página 32 de 40

Comodidad de lectura

Aa

ECR 206.2-6 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

El Reino de los Cielos es la casa del desposorio que Dios celebra con las almas: el momento de entrada en aquél se identifica con el día de la boda.

Pues bien, escuchad. Entre nosotros es costumbre que las doncellas sigan en cortejo al novio cuando va a la casa nupcial, para conducirle, entre luces y cantos, adonde su dulce novia. El cortejo, entonces, deja la casa de la novia. Ésta, velada, llena de emoción, se dirige, acompañada del novio, como verdadera reina, a su lugar; a una casa que no es suya, pero que lo será desde el momento en que se haga una sola carne con su esposo. El cortejo, en su mayoría compuesto por amigas de la novia, corre a recibir a esta pareja feliz, para rodearlos de una aureola de luces.

Pues bien, en un pueblo se celebró una boda. Mientras los novios, con los parientes y amigos, lo festejaban en casa de la novia, diez vírgenes se dirigieron al lugar establecido (el vestíbulo de la casa del novio) para estar preparadas a salir al encuentro de éste cuando llegase a sus oídos el lejano toque de címbalos, anunciador de que los novios ya habrían dejado la casa de la novia para ir hacia la del novio. Pero... el banquete se prolongaba en la casa de la ceremonia nupcial... y llegó la noche.

Como sabéis, las vírgenes mantienen continuamente encendidas las lámparas para no perder tiempo en el momento señalado. Ahora bien, de estas diez vírgenes, todas con sus lámparas bien encendidas y resplandecientes, había cinco sensatas y cinco necias. Las sensatas, llenas de prudencia, se habían proveído de pequeños recipientes llenos de aceite, para poder alimentar las lámparas si la espera se hubiera alargado más de lo previsible; las necias se habían limitado a llenar bien las lamparitas.

Y pasaron las horas... La espera estuvo animada de alegres conversaciones, agudezas, relatos; pero llegó un momento en que ya no supieron más cosas que decir ni que hacer. Aburridas, o simplemente cansadas, las diez jóvenes se sentaron más cómodamente, con sus lámparas encendidas, bien cerca de ellas, y poco a poco se fueron quedando dormidas.

206.3

A media noche se oyó un grito: “¡Está llegando el novio, salid a su encuentro!”. Ante esto, las diez jóvenes se pusieron en pie, cogieron sus velos y las guirnaldas, se arreglaron y, sin pérdida de tiempo, fueron por las lámparas a la repisa en que las habían dejado: cinco de ellas ya languidecían: la mecha, sin aceite que la alimentase, consumida toda, despedía relumbros cada vez más débiles, y humo, y amenazaba con apagarse al mínimo movimiento del aire. Las otras cinco lámparas, por el contrario, alimentadas por las vírgenes prudentes antes de entregarse al sueño, mantenían vivas sus llamas, y más se avivaron aún porque añadieron aceite nuevo al vasito de la lámpara.

Entonces las vírgenes necias suplicaron: “¡Dadnos un poco de vuestro aceite, que, si no, las lamparas se nos van a apagar con solo moverlas; las vuestras lucen ya bien!...”. Mas las prudentes respondieron: “Afuera sopla el viento de la noche, desciende denso rocío; nunca es suficiente el aceite para alimentar una llama fuerte, capaz de resistir el viento y el relente. Si os damos una parte, también vacilará nuestra luz. ¡Sería muy triste un cortejo de vírgenes sin el titileo de las lamparillas! Id corriendo a donde el proveedor más cercano; suplicadle, llamad a su puerta, haced que se levante de la cama para daros aceite”. Y, corriendo y tropezando, angustiadas, siguieron el consejo de sus compañeras; ajando los velos, manchándose los vestidos, perdiendo las guirnaldas.

He aquí que, mientras éstas iban a comprar el aceite, apareció en el fondo del camino la figura del novio, que venía con la novia. Entonces, las cinco vírgenes que tenían las lámparas encendidas corrieron a su encuentro; circundados por ellas, los novios entraron en la casa para la conclusión de la ceremonia (el acompañamiento de la novia por parte de las vírgenes hasta el aposento nupcial). Entraron los novios en la casa y la puerta fue cerrada: quien estaba fuera fuera se quedó. Esto les pasó a las cinco vírgenes necias, las cuales regresaron con el aceite, pero se encontraron con la puerta cerrada: fue inútil que golpearan hasta herirse las manos y gimiendo: “¡Señor, señor, ábrenos! Somos del cortejo de la boda; somos las vírgenes propiciatorias, elegidas para dar honor y buena fortuna a tu tálamo”.

El novio, desde la parte alta de la casa, dejando un momento solos a los invitados más íntimos, de los que se estaba despidiendo mientras la novia entraba en la cámara nupcial, dijo: “En verdad os digo que no os conozco. No sé quiénes sois. No he visto vuestros rostros jubilosos alrededor de mi amada. Sois usurpadoras. Quedaos, pues, fuera de la casa de la boda”. Y las cinco necias se marcharon, llorando, por los caminos oscuros, con sus lámparas, que ya no les hacían falta, con sus vestiduras ajadas, los velos rasgados, las guirnaldas deshechas, o incluso sin guirnaldas...

206.4

Escuchad ahora el significado contenido en la parábola.

Al principio os he dicho que el Reino de los Cielos es la casa del desposorio que Dios celebra con las almas. Todos los fieles están llamados al desposorio celeste, porque Dios ama a todos sus hijos: para unos antes, para otros después, se presenta el momento del desposorio; y el hecho de haber llegado a él es gran ventura. Escuchad lo que os digo ahora. No ignoráis que las jóvenes consideran un honor y una suerte el ser llamadas para formar el cortejo de la novia. Apliquemos a nuestro caso concreto los personajes; veréis como entenderéis mejor.

El Esposo es Dios; la esposa, el alma de un justo a la que — habiendo cumplido el período de su noviazgo en la casa del Padre, es decir, velando por la doctrina de Dios y obedeciéndola y viviendo según la justicia — acompañan a la casa del Novio para celebrar el matrimonio. Las vírgenes del cortejo son las almas de los fieles que, siguiendo el ejemplo de la novia — haber sido elegida por su Prometido por sus virtudes es signo de que era un ejemplo vivo de santidad —, tratan de alcanzar este mismo honor santificándose.

206.5

Su vestido es blanco, está limpio, lozano; blancos son sus velos; están coronadas de flores. Llevan lámparas encendidas en sus manos. Las lámparas están muy limpias; su mecha, embebida del más puro aceite, para que no despida mal olor.

Su vestido es blanco. La justicia, cuando se practica firmemente, da vestido blanco (que — pronto — un día se hará blanquísimo, sin el más lejano recuerdo de mancha alguna, de una blancura supranatural, angélica).

Su vestido está limpio. Es necesario tener, con la humildad, siempre limpio el vestido. Es muy fácil empañar la pureza del corazón. Quien no tiene corazón limpio no puede ver a Dios. La humildad es como agua que lava. Quien es humilde se da cuenta en seguida — su ojo no está empañado por el humo del orgullo — de que ha manchado su vestido y corre hacia su Señor y dice: “He privado de pureza a mi corazón. Lloro para purificarme. A tus pies lloro. ¡Sol mío, da blancura con tu benigno perdón, con tu amor paterno, a este vestido mío!”.

Un vestido lozano. ¡Ah, la lozanía del corazón!: los niños la tienen por don de Dios; los justos, por don de Dios y por su propia voluntad; los santos, por don de Dios y por la voluntad llevada al heroísmo... ¿Y los pecadores, que tienen el alma lacerada, quemada, envenenada, sucia?, ¿no podrán volver a tener jamás un vestido lozano? No, no, sí que pueden. Ya desde el momento en que se miran con repulsa empiezan a tener esta lozanía; la aumentan cuando deciden cambiar de vida; la perfeccionan cuando, con la penitencia, se lavan, se desintoxican, se medican, reconstituyen su pobre alma. Con la ayuda de Dios — que no niega su santo auxilio a quien se lo pide —, con su propia superheroica voluntad — su trabajo es doble, triple, o séxtuplo, pues en ellos no se trata de tutelar lo que tienen, sino de reconstruir lo que ellos mismos han echado por tierra — y con penitencia incansable, implacable, respecto a ese yo que fue pecador, los pecadores restituyen la lozanía infantil a su alma, preciosa ahora por su experiencia, que los hace maestros de otros que son como eran ellos, es decir, pecadores.

Velos blancos. ¡Es la humildad! Tengo dicho: “Cuando oréis o hagáis penitencia, que el mundo no se percate de ello”. En los libros sapienciales está escrito: “No se debe revelar el secreto del Rey”. La humildad es ese velo cándido y protector que recubre el bien que hacemos y el bien que Dios nos concede. No se gloríe — necia gloria humana — el corazón por el amor de privilegio concedido por Dios: inmediatamente le sería arrebatado el don; cante, más bien, internamente a su Dios: “Mi alma te ensalza, Señor... porque has vuelto tu mirada a la pequeñez de tu sierva”».

Jesús interrumpe brevemente su discurso y fija su mirada en su Madre, que, muy ruborizada bajo su velo, se inclina mucho como si quisiera ordenar los cabellos del niño, que está sentado a sus pies; en realidad lo que quiere es celar la emoción que siente a causa de su recuerdo…

Coronada de flores. El alma debe trenzarse diariamente su propia guirnalda de actos virtuosos, porque en presencia del Altísimo no debe haber nada ajado, ni se puede tener aspecto desaliñado. Diariamente, he dicho. El alma, efectivamente, no sabe cuándo Dios-Esposo puede aparecer para decir: “Ven”. Así que no puede uno cansarse jamás de renovar la corona. No tengáis miedo. Las flores marchitan, pero las de las coronas de virtudes no marchitan. El ángel de Dios que todo hombre tiene a su lado recoge a diario estas guirnaldas y las lleva al Cielo: allí harán de trono al nuevo beato cuando, como esposa en la casa nupcial, entre.

206.6

Tienen las lámparas encendidas. Para honrar a su Esposo y como luz para el camino. ¡Qué fúlgida es la fe, qué dulce amiga! Su llama es radiante como una estrella, risueña por la seguridad que le da su certidumbre; hace luminoso incluso al instrumento que la sujeta. La carne del hombre alimentado de fe, incluso la carne, parece, ya en este mundo, hacerse más luminosa y espiritual, inmune a una depauperación precoz; porque quien cree se apoya en las palabras y los mandamientos de Dios, que es su fin, para alcanzarle, siendo así que se mantiene lejos de todo tipo de corrupción, y no sufre turbaciones, miedos, remordimientos, ni se ve obligado a recordar sus mentiras o a esconder sus malas acciones, y se conserva en la lozanía y juventud de la hermosa incorrupción del santo. Su carne, su sangre, su mente, su corazón están limpios de toda lujuria, para contener así el aceite de la fe, para lucir sin producir humo. La voluntad constante nutrirá siempre esta luz. La vida de cada día, con sus desilusiones, constataciones, contactos, tentaciones, roces, tiende a reducir la fe. ¡Esto no debe suceder! Id cada día a la fuente del óleo suave, sapiencial, de Dios. Mas la lámpara escasamente alimentada puede apagarse con el más ligero viento o por el relente denso de la noche. La noche... la hora de las tinieblas, del pecado, de la tentación, les llega a todos: es la noche, para el alma. Pero, si ésta está henchida de fe, la llama no podrá ser apagada por el viento del mundo o por la calina de las sensualidades.

En fin, vigilancia, vigilancia, vigilancia. Aquel que, imprudente, se confía diciendo: “Dios llegará antes de que me quede sin luz”, o quien se induce a sí mismo a dormir antes que a velar (¡además duerme sin aquello que necesitaría para estar listo inmediatamente a la primera llamada!), o aquel que espera al último momento para procurarse el aceite de la fe o la mecha fuerte de la buena voluntad... incurren en el peligro de quedarse fuera cuando llegue el Esposo. Velad, por tanto, con prudencia, constancia, pureza, confianza, para estar siempre preparados cuando llame Dios, porque en realidad no sabéis cuándo vendrá Él.

206.7

Queridos discípulos míos, no quiero induciros a temblar ante Dios; antes bien, quiero promover en vosotros la fe en su bondad. Tanto los que os quedáis como los que os marcháis, pensad que, si hacéis lo que hicieron las vírgenes sensatas, seréis llamados no solamente a formar el cortejo del Esposo, sino que — como en el caso de la joven Ester, que fue nombrada reina en substitución de Vastí — seréis escogidos y elegidos como esposas, pues el Esposo “habrá encontrado en vosotros toda gracia y la mayor complacencia”. A los que os marcháis os bendigo; llevad en vosotros estas palabras mías, transmitídselas a vuestros compañeros. La paz del Señor esté siempre con vosotros».

Anotación

Si actuáis como vírgenes prudentes, no sólo seréis llamadas a escoltar al Esposo, sino que, como la joven Ester, que se convirtió en reina en lugar de Vasti, seréis elegidas y elegidos como novias. Vasti - Vasti significa "amada" en persa. Primera esposa de Asuero (= Jerjes, 486-465), rey de Persia, que la repudió porque se negó a asistir a un banquete (Ester 2, 1-18). Ester también se menciona en EMV 136,2 y EMV 414,1.

Evangelio de Mateo 25, 1-13

Mt 25, 1-13 : "Entonces el reino de los cielos se parecerá a diez jóvenes invitadas a una boda, que tomaron sus lámparas y salieron al encuentro del novio. Cinco de ellas eran descuidadas y cinco previsoras: las descuidadas llevaban sus lámparas sin aceite, pero las previsoras llevaban botellas de aceite con sus lámparas. Como el novio se retrasaba, todas se adormilaron y se durmieron. En medio de la noche, se oyó un grito: "¡He aquí el novio! Salid a su encuentro". Entonces todas las doncellas se despertaron y comenzaron a preparar sus lámparas. Las despreocupadas pidieron a las previsoras: "Dadnos un poco de vuestro aceite, porque nuestras lámparas se apagan". Las previsoras respondieron: "Eso nunca será suficiente ni para nosotras ni para vosotras; id en cambio a los mercaderes y comprad un poco para vosotras". Mientras iban a comprar, llegó el novio. Las que estaban preparadas entraron con él en el salón de bodas, y se cerró la puerta. Más tarde, entraron las otras muchachas y dijeron: "¡Señor, Señor, ábrenos!". Él les respondió: "Os aseguro que no os conozco".

Velad, pues, porque no sabéis el día ni la hora.

Libro de Ester 2, 1-18

Ester 2, 1-18: Después de estas cosas, cuando la ira del rey Asuero se hubo calmado, se acordó de Vasti, de lo que había hecho y de la decisión que se había tomado sobre ella. Entonces los servidores del rey, que estaban de servicio con él, dijeron: "Que se busquen doncellas para el rey, vírgenes y hermosas de semblante; que el rey nombre oficiales en todas las provincias de su reino para que reúnan a todas las doncellas, vírgenes y hermosas de semblante, en Susa, la capital, en la casa de las mujeres, bajo la supervisión de Egeo, eunuco del rey y guardián de las mujeres, quien se encargará de su aseo; y que la doncella que agrade al rey se convierta en reina en lugar de Vasti. " El rey accedió, y así lo hizo.

En Susa, la capital, había un judío llamado Mardoqueo, hijo de Jair, hijo de Semei, hijo de Cis, de la raza de Benjamín, que había sido sacado de Jerusalén entre los cautivos deportados con Jeconías, rey de Judá, por Nabucodonosor, rey de Babilonia. Crió a Edissa, que es Ester, hija de su tío, pues no tenía padre ni madre. Era una muchacha hermosa y de rostro agraciado; cuando murieron su padre y su madre, Mardoqueo la adoptó como hija.

Cuando se publicaron la orden y el edicto del rey y se reunió a un gran número de muchachas en Susa, la capital, bajo la supervisión de Egeo, Ester también fue tomada y llevada a la casa del rey, bajo la supervisión de Egeo, el guardián de las mujeres. La joven le agradó y se ganó su favor; se apresuró a proporcionarle las cosas necesarias para su aseo y subsistencia, a darle siete muchachas escogidas de la casa del rey, y la hizo pasar con ellas una temporada en el mejor piso de la casa de las mujeres. Ester no hizo mención de su pueblo ni de su nacimiento, pues Mardoqueo le había prohibido hablar de ellos. Todos los días Mardoqueo se paseaba por el patio de la casa de las mujeres para ver cómo le iba a Ester y cómo la trataban.

Y cuando llegó el momento de que cada muchacha fuera a ver al rey Asuero, después de haber pasado doce meses haciendo lo que estaba prescrito para las mujeres -y éste era el tiempo de su purificación: durante seis meses se purificaban con aceite de mirra, y durante seis meses con las especias y perfumes que se usaban entre las mujeres-, y la muchacha iba a ver al rey, se le permitía llevar consigo lo que quisiera, ir de la casa de las mujeres a la casa del rey. Iba allí por la noche, y a la mañana siguiente iba a la segunda casa de mujeres, bajo la supervisión de Susagaz, el eunuco del rey y guardián de las concubinas. No volvía al rey si éste no la llamaba por su nombre.

Cuando le llegó el turno de ir a ver al rey, Ester, hija de Abihail, tío de Mardoqueo, que la había adoptado como hija, no pidió más que lo que le había designado Egueo, eunuco del rey y guardián de las mujeres; pero Ester agradaba a todos los que la veían. Ester fue llevada a la casa real del rey Asuero en el décimo mes, el mes de Tebet, en el séptimo año de su reinado. El rey amaba a Ester más que a ninguna otra mujer, y ella ganó más favor y beneplácito con él que ninguna otra joven. Puso la corona real sobre su cabeza y la nombró reina en lugar de Vasti. El rey dio un gran banquete a todos sus príncipes y siervos, el banquete de Ester; dio descanso a las provincias y prodigó generosamente.

ECR 206.4 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

El Reino de los Cielos es la casa del desposorio que Dios celebra con las almas. Todos los fieles están llamados al desposorio celeste, porque Dios ama a todos sus hijos: para unos antes, para otros después, se presenta el momento del desposorio; y el hecho de haber llegado a él es gran ventura.

ECR 206.5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

La justicia, cuando se practica firmemente, da vestido blanco (que — pronto — un día se hará blanquísimo, sin el más lejano recuerdo de mancha alguna, de una blancura supranatural, angélica).

Detalle

Jesús da la parábola de las diez vírgenes y señala que llevan vestiduras blancas, que representan la justicia.

ECR 206.5 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

 ¡Ah, la lozanía del corazón!: los niños la tienen por don de Dios; los justos, por don de Dios y por su propia voluntad; los santos, por don de Dios y por la voluntad llevada al heroísmo... ¿Y los pecadores, que tienen el alma lacerada, quemada, envenenada, sucia?, ¿no podrán volver a tener jamás un vestido lozano? No, no, sí que pueden. Ya desde el momento en que se miran con repulsa empiezan a tener esta lozanía; la aumentan cuando deciden cambiar de vida; la perfeccionan cuando, con la penitencia, se lavan, se desintoxican, se medican, reconstituyen su pobre alma. Con la ayuda de Dios — que no niega su santo auxilio a quien se lo pide —, con su propia superheroica voluntad — su trabajo es doble, triple, o séxtuplo, pues en ellos no se trata de tutelar lo que tienen, sino de reconstruir lo que ellos mismos han echado por tierra — y con penitencia incansable, implacable, respecto a ese yo que fue pecador, los pecadores restituyen la lozanía infantil a su alma, preciosa ahora por su experiencia, que los hace maestros de otros que son como eran ellos, es decir, pecadores.

ECR 206.5 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

El alma debe trenzarse diariamente su propia guirnalda de actos virtuosos, porque en presencia del Altísimo no debe haber nada ajado, ni se puede tener aspecto desaliñado. Diariamente, he dicho. El alma, efectivamente, no sabe cuándo Dios-Esposo puede aparecer para decir: “Ven”. Así que no puede uno cansarse jamás de renovar la corona. No tengáis miedo. Las flores marchitan, pero las de las coronas de virtudes no marchitan. El ángel de Dios que todo hombre tiene a su lado recoge a diario estas guirnaldas y las lleva al Cielo: allí harán de trono al nuevo beato cuando, como esposa en la casa nupcial, entre.

ECR 206.10 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

En verdad, en verdad os digo que es mucho más fácil que esté en Dios un pobre que un rico, y os digo que en el Cielo del Padre mío y vuestro muchos asientos serán ocupados por aquellos que en la tierra sufrieron, cual polvo que se pisa, el desprecio, por ser los más pequeños.

ECR 206.13 · Volume 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¡Cuántos, hoy día, en esta tierra a la que Dios ha enviado a su Verbo! Dios verdaderamente ha invitado, a través de sus siervos — y los seguirá invitando, cada vez más impelentemente a medida que se va acercando la hora de mi Desposorio —, a amigos, a aliados, a los grandes de su pueblo. Mas no responderán a la invitación, porque son falsos aliados, falsos amigos, grandes sólo de nombre pues son mezquinos».

Jesús va elevando cada vez más la voz. Sus ojos — a la luz del fuego que ha sido encendido entre Él y los que le escuchan, para iluminar esta noche en que todavía falta la Luna, que está en fase menguante — lanzan destellos de luz como si fueran dos gemas.

«Sí, son mezquinos. Ya se ve por qué no comprenden el deber y el honor que supone la adhesión a la invitación del Rey. Soberbia, dureza, lujuria crean un baluarte en torno a su corazón. Siendo malos, me odian a mí, a mí, y por eso no quieren venir a mis bodas. No quieren venir. Prefieren unirse a la sucia política, al dinero (más sucio todavía), a la sensualidad (sucísima). Prefieren el cálculo astuto, la conjura, la ratera conjura, la celada, el delito.

Yo condeno todo esto en nombre de Dios. Se odia por tanto la voz que habla y la misma fiesta, objeto de la invitación. En este pueblo han de ser identificados los que matan a los siervos de Dios (los profetas, siervos hasta este momento; mis discípulos, siervos de hoy en adelante), aquí están; y también los que, pretendiendo burlarse de Dios, dicen: “Sí. Iremos”, pensando para sus adentros: “¡Ni soñarlo!”. Todo esto es una realidad en Israel.

Y el Rey del Cielo, para que su Hijo goce de un digno aderezo de bodas, dispondrá que vayan a los cruces de caminos para congregar a todos aquellos que no son amigos o grandes o aliados sino simplemente pueblo que pasa. La convocatoria ha comenzado ya, de mi propia mano, de mi mano de Hijo y siervo de Dios. Indiscriminadamente vendrán... De hecho ya han venido. Yo los ayudo a asearse y engalanarse para la fiesta de bodas.

¡Ah, pero habrá, para desgracia propia, quien se aproveche indignamente de esta magnificencia de Dios — que le ofrece perfumes y vestiduras regias para que pueda aparecer como en realidad no es, o sea, rico y noble —, y se aproveche para seducir, para obtener una ganancia...! ¡Oh, individuo de alma torva, atrapado por el repugnante pulpo de todos los vicios...! Éste substraerá perfumes y vestidos para obtener una ilícita ganancia, para usarlos no en las bodas del Hijo sino en sus bodas con Satanás.

Sí, esto sucederá — en efecto, muchos son los llamados, mas pocos los que, por saber perseverar en la llamada, alcanzan la elección—; pero también sucederá que estas hienas, que prefieren la carroña al alimento fresco, serán arrojados, como castigo, fuera de la sala del Banquete, a las tinieblas y al fango de un lodazal eterno en que Satanás emite su horrible risa estridente por cada triunfo sobre un alma, y en que resuena, eterno, el llanto desesperado de los mentecatos que siguieron al Delito en vez de seguir a la Bondad que los había llamado.»

Detalle

Jesús acaba de contar la parábola del rey que ofrece a su hijo un banquete de bodas. La comenta y habla de los que se niegan a venir a la boda, de los que matan a los siervos de Dios, del Rey del Cielo que va a invitar a los transeúntes (paganos). También habla de los que traicionarán a Cristo y hace una mención del Infierno al final de su discurso.

ECR 208.2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¡Me agradaría mucho encontrarlos!» exclama María.

«Los encontraremos. Seguro. Durante esta estación van siempre en dirección a Hebrón».

El niño se interesa por estos pastores que vieron al niño Jesús y hace mil preguntas a María, la cual, con bondad y paciencia, le explica todo.

«Pero, ¿por qué los castigaron? ¡No habían hecho sino el bien!» pregunta el niño tras oír la narración de sus desventuras.

«Porque muchas veces el hombre comete errores y acusa al inocente de un mal que en realidad ha hecho otro. Pero, por haber sido buenos y haber sabido perdonar, Jesús los quiere mucho. Hay que saber perdonar siempre».

«Pero, ¿y todos esos niños asesinados?, ¿cómo han logrado perdonar a Herodes?».

«Son pequeñuelos mártires, Margziam, y los mártires son santos, y no sólo perdonan a su verdugo sino que le aman porque les abre la puerta del Cielo».

«Pero, ¿están en el Cielo?».

«No, todavía no. Están en el Limbo para alegría de los patriarcas y los justos».

«¿Por qué?».

«Porque, cuando han llegado, con su alma roja de sangre, han dicho: “Somos los heraldos del Cristo Salvador. Alegraos, vosotros que esperáis, porque ya está en la tierra”. Y todos los aman por haberles llevado esta buena nueva».

«Me ha dicho mi padre que la buena nueva es también la Palabra de Jesús. Entonces, cuando mi padre vaya al Limbo, después de haberla transmitido en la tierra, y cuando vaya yo también, ¿nos amarán como a ellos?».

«Pequeñuelo, tú no irás al Limbo».

«¿Por qué?».

«Porque para entonces Jesús ya habrá vuelto al Cielo y le habrá abierto, así que todos los buenos, cuando mueran, irán inmediatamente al Cielo».

«Yo seré bueno. Lo prometo. ¿Y Simón de Jonás? ¡También él, eh! Que no quiero ser huérfano por segunda vez».

«Estáte seguro de que también él irá al Cielo. De todas formas, en el Cielo no hay huérfanos. Allí tenemos a Dios, y Dios es todo. Aquí tampoco somos huérfanos, porque el Padre está siempre con nosotros».

ECR 208.2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«En el Cielo no hay huérfanos. Allí tenemos a Dios, y Dios es todo. Aquí tampoco somos huérfanos, porque el Padre está siempre con nosotros».

«Pero Jesús, en esa bonita oración que tú durante el día y mi madre durante la noche me habéis enseñado, dice: “Padre nuestro que estás en los Cielos”. Nosotros no estamos en el Cielo todavía. ¿Cómo podemos estar con Él?».

«Porque Dios está en todas partes, hijo mío. Dios vela por el niño que nace y por el anciano que muere. Sobre cualquier niño que esté naciendo en este momento en el lugar más remoto de la tierra están la mirada y el amor de Dios, y estarán hasta su muerte».

Anotación

En esa hermosa oración que me enseñasteis tú y mi madre, ella de noche y tú de día: cf. EMV 206.