ECR 22.11
El Evangelio como me ha sido revelado
Cita
Orar dos juntos es más dulce que decir uno solo su oración.
Notas del tema
Comodidad de lectura
ECR 22.11
Orar dos juntos es más dulce que decir uno solo su oración.
ECR 22.11
El que es santo es siempre sumiso y humilde.
ECR 22.12
El don de Dios debe hacernos cada vez mejores. Cuanto más recibimos de Él, más debemos dar, porque cuanto más recibimos, más es signo de que Él está en nosotros y con nosotros, y cuanto más está en nosotros y con nosotros, más debemos esforzarnos en alcanzar su perfección.
ECR 23.10
Yo oro por vosotros. Recordadlo. La beatitud de estar en el Cielo, viviendo en el esplendor de Dios, no me distrae de mis hijos que padecen en la tierra. Yo oro. Todo el Cielo ora porque el Cielo ama. El Cielo es caridad que vive, y la Caridad tiene piedad de vosotros. Pero, aunque sólo estuviera yo, habría suficiente oración para cubrir las necesidades de quien espera en Dios. Porque no ceso de orar por todos vosotros, santos y malvados, para dar: a los santos, la alegría; a los malvados, el salvífico arrepentimiento.
Habla María, pero podemos creer que cualquier santo del Cielo nos diría lo mismo, considerándonos sus hermanos y hermanas.
ECR 24.5
Gloria al Señor, a Él sólo. De Él y no de mí viene toda gracia, y Él te la dona para que le ames y sirvas con perfección en los años que te quedan, para merecer su Reino, que será abierto por mi Hijo a los Patriarcas, a los Profetas, a los justos del Señor.
Cuando queramos dar las gracias a María, podría decir lo siguiente. Esto es lo que le dijo a Zacarías.
ECR 24.7
Cuando la Bondad divina os dé una gracia, usad el bien recibido para dar gloria a Dios. No seáis como esos insensatos que de un objeto bueno se hacen un arma dañosa, o como los gastadores que de la abundancia acaban haciendo miseria.
ECR 24.7
¡Amistad con Dios, beatitud de sus fieles, riqueza no igualada por nada, quien te posee nunca está solo ni siente la amargura de la desesperación! No anulas el dolor, santa amistad, porque el dolor fue destino de un Dios encarnado y puede ser destino del hombre; eso sí, le haces dulce en su amargura, y añades una luz y una caricia que, cuales celestes toques, alivian la cruz.
ECR 24.9
24.9 El gran misterio del Viernes santo se aproxima. Todo en los templos le recuerda y le celebra. Pero es necesario que le celebréis y le recordéis en vuestros corazones, y que os deis golpes de pecho, como los que bajaban del Gólgota, y que digáis: “Éste es realmente el Hijo de Dios, el Salvador”, y que digáis: “Jesús, por tu Nombre, sálvanos”, y que digáis: “Padre, perdónanos”, y, en fin, es necesario decir: “Señor, yo no soy digno; pero, si Tú me perdonas y vienes a mí, mi alma quedará curada. Yo no quiero, no, no quiero pecar ya más, para no volver a enfermarme y para no ser de nuevo detestado por ti”.
Orad, hijos, con las palabras de mi Hijo. Decidle al Padre por vuestros enemigos: “Padre, perdónalos”. Invocad al Padre, que se ha apartado indignado por vuestros errores: “Padre, Padre, ¿por qué me has abandonado? Yo soy pecador, pero, si me abandonas, moriré. Vuelve, Padre santo, que yo me salve”. Poned vuestro eterno bien, vuestro espíritu, en manos del Único que lo puede conservar ileso del demonio: “Padre, en tus manos dejo mi espíritu”. Si humilde y amorosamente cedéis vuestro espíritu a Dios, Él ciertamente le guiará como hace un padre con su pequeñuelo; no permitirá que nada dañe vuestro espíritu.
Jesús, en sus agonías, oró para enseñaros a orar. Os lo recuerdo en estos días de Pasión.
Cuando María dio este dictado, se acercaba el Viernes Santo.
ECR 24.9
Orad, hijos, con las palabras de mi Hijo.
ECR 24.9
“Padre, perdónalos”