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Notas del tema

Elementos de la vida cristiana

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Comodidad de lectura

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ECR 194.5 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Al final no me has dicho quién habla de mí en el Libro».

«Los Profetas, Señor; y antes todavía. Habla de ti el Libro desde la expulsión de Adán del paraíso. Luego cuando Jacob y cuando Abraham y Moisés... Me decía mi padre, que había ido a visitar a Juan — no a éste, sino al otro Juan, al del Jordán —, que él, el gran Profeta, te llamaba el Cordero... Ahora entiendo, sí, el cordero de Moisés... ¡La Pascua eres Tú!».

Juan le estimula: «Pero, ¿qué Profeta es el que profetizó mejor de Él?».

«Isaías y Daniel. Pero prefiero a Daniel, ahora que te quiero como a mi padre. ¿Puedo decir que te quiero como he querido a mi padre? ¿Sí? Pues ahora prefiero a Daniel».

«¿Por qué, si quien habla mucho del Cristo es Isaías?...».

«Sí, pero habla de los dolores del Cristo; sin embargo, Daniel habla del ángel hermoso y de tu venida. Es verdad que también Daniel dice que el Cristo será inmolado, pero yo creo que el Cordero será inmolado de un sólo golpe, no como dicen Isaías y David. Yo lloraba siempre al oírlos, así que mi madre no volvió a leérmelos». Casi llora también en este momento, mientras acaricia una mano de Jesús.

«No pienses en eso por ahora.».

Detalle

Yabeç acababa de comprender quién era Jesús. Sabe que es el Mesías, y Yabeç le pregunta quién habló de él en el Antiguo Testamento.

ECR 195.1-2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

luego, tras haber vagado muchos años, ya enloquecido por este conocimiento, he encontrado al Hombre, al Santo».

«Yo no conozco otra sabiduría sino la de Israel».

«Si es así, ya tienes con qué salvarte; pero ahora tienes también la ciencia, o mejor, la sabiduría, de Dios».

«Es lo mismo».

«¡No, no! Sería como comparar un día neblinoso con uno lleno de sol».

«En definitiva, ¿quieres darme lecciones? Pues yo no me siento con ganas de ello».

«¡Déjame hablar! Al principio, hablaba a los niños: se distraían; luego a los espectros: me maldecían; luego a los pollos: eran mucho mejores que los dos primeros grupos, mucho mejores; ahora hablo conmigo mismo, porque todavía no puedo hablar con Dios. ¿Por qué quieres impedírmelo? Tengo la vista reducida a la mitad, la vida quebrada por el esfuerzo hecho en las minas, el corazón enfermo desde hace muchos años: deja, al menos, que mi mente no se vuelva estéril».

«Jesús es Dios».

«Lo sé, lo creo; más que tú, porque yo he renacido por obra suya, tú no. Pero, aunque Él sea el Bueno, es siempre Él, o sea, Dios, y ese pobre desgraciado que soy yo no se atreve a tratarle con la familiaridad con que tú le tratas. Le habla mi alma, pero los labios no se atreven; el alma... y creo que Él siente cómo llora de amor agradecido y penitente».

195.2

«Es verdad, Juan. Siento tu alma — Jesús entra en la conversación; Judas se pone colorado de vergüenza y el hombre de Endor de alegría —. Es verdad, siento tu alma, como siento también el trabajo de tu mente. Bien has hablado. Cuando estés formado en mí, sacarás mucho beneficio de haber sido maestro y atento alumno. Habla, habla, aun contigo mismo...».

Detalle

Juan de Endor habló con Judas y le dijo:

ECR 195.1-2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Jesús es Dios».

«Lo sé, lo creo; más que tú, porque yo he renacido por obra suya, tú no. Pero, aunque Él sea el Bueno, es siempre Él, o sea, Dios, y ese pobre desgraciado que soy yo no se atreve a tratarle con la familiaridad con que tú le tratas. Le habla mi alma, pero los labios no se atreven; el alma... y creo que Él siente cómo llora de amor agradecido y penitente».

195.2

«Es verdad, Juan. Siento tu alma — Jesús entra en la conversación; Judas se pone colorado de vergüenza y el hombre de Endor de alegría —. Es verdad, siento tu alma, como siento también el trabajo de tu mente. Bien has hablado. Cuando estés formado en mí, sacarás mucho beneficio de haber sido maestro y atento alumno. Habla, habla, aun contigo mismo...».

Judas, impertinente, observa: «Una vez, Maestro, además no hace mucho, me dijiste que uno no debe hablar con el propio yo».

«Es verdad, lo dije, pero era porque murmurabas con tu propio yo. Este hombre no murmura, medita, y con buen fin: no hace mal».

Detalle

Judas dijo a Juan de Endor:

Anotación

- Así es, lo he dicho. En EMV 183.1.

ECR 196.4-6 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Mi Madre se había consagrado a la virginidad por amor, pero, siendo criatura perfecta, poseía en su sangre y en su espíritu la maternidad; porque la mujer está hecha para ser madre, y comete aberración cuando se hace sorda a este sentimiento, que es amor de segunda potencia...».

Poco a poco se han ido acercando también los demás.

«¿Qué quieres decir, Maestro, con “amor de segunda potencia”?» pregunta Judas Tadeo.

«Hermano mío, hay muchos amores, y de distintas potencias. Está el amor de primera potencia: el que se da a Dios. Luego, el amor de segunda potencia: el materno, o paterno. Porque, si el primero es enteramente espiritual, éste es en dos partes espiritual y en una carnal: se mezcla, sí, el sentimiento afectivo humano, pero predomina lo superior, porque un padre o una madre, sana y santamente tales, no dan sólo alimento y caricias a la carne de su hijo, sino que también nutren y aman su mente y su espíritu. Es tan cierto esto que estoy diciendo, que, quien se consagra a la infancia — aunque sólo fuere para instruirla — termina por amarla como si fuera su propia carne».

«Efectivamente yo quería mucho a mis discípulos» dice Juan de Endor.

«Debías ser un buen maestro... lo veo por cómo te comportas con Yabés».

El hombre de Endor, sin hablar, se inclina a besar la mano de Jesús.

«¡Sigue, te lo ruego, tu clasificación de los amores!» dice Simón Zelote.

«Existe amor hacia la compañera: es amor de tercera potencia, porque es — me refiero también en este caso a los sanos y santos amores — mitad espíritu mitad carne. El hombre para su esposa es maestro y padre, además de esposo; la mujer para su esposo es ángel y madre, además de esposa. Éstos son los tres amores más elevados».

196.5

«¿Y el amor al prójimo? ¿No te estás equivocando? ¿O es que te has olvidado de él?» pregunta Judas Iscariote. Los demás le miran perplejos y... con fiereza por la observación que ha hecho.

Jesús, sin embargo, responde sereno:

«No, Judas. Pero observa lo que te digo. A Dios se le debe amar porque es Dios, por tanto, no es necesaria ninguna explicación para persuadir de este amor. Él es el que es, o sea, el Todo; el hombre (la nada que viene a ser partícipe[1] del Todo por el alma infundida por el Eterno — sin ella el hombre sería uno de tantos animales brutos que viven sobre la faz de la tierra o en las aguas o en el aire —) debe adorar por deber y para merecer sobrevivir en el Todo, es decir, para merecer venir a ser parte del Pueblo santo de Dios en el Cielo, ciudadano de la Jerusalén que no conocerá profanación o destrucción algunas por los siglos de los siglos.

El amor del hombre, y especialmente de la mujer, a la prole tiene indicación de precepto en las palabras de Dios a Adán y Eva, después de bendecirlos, viendo que era “bueno” lo que había hecho, en un lejano sexto día, el primer sexto día de lo creado. Les dijo: “Creced y multiplicaos y poblad la tierra...”.

Veo tu tácita objeción... Te respondo inmediatamente: puesto que en la creación, antes de la culpa, todo estaba regulado y basado sobre el amor, este multiplicarse de los hijos habría sido amor, santo, puro, poderoso, perfecto. Fue el primer mandamiento de Dios al hombre: “Creced, multiplicaos”. “Amad, por tanto, después de mí, a vuestros hijos”. El amor como es ahora, el actual generador de los hijos, entonces no existía. La malicia no existía y, por tanto — porque va con ella —, tampoco la execrable hambre carnal. El hombre amaba a la mujer, y la mujer al hombre, naturalmente, pero no naturalmente según la naturaleza como nosotros la entendemos — o, mejor, como vosotros, hombres, la entendéis —, sino según la naturaleza de hijos de Dios, o sea, sobrenaturalmente. Muy dulces fueron los primeros días de amor entre los dos, hermanos — habían nacido de un Padre común — y, no obstante, esposos; de esos dos que amándose se miraban con sus inocentes ojos como dos gemelos en su cuna. El hombre sentía amor de padre hacia su compañera “hueso de sus huesos y carne de su carne” (como un hijo lo es para un padre). La mujer conocía la alegría de ser hija — por tanto, protegida por un amor muy elevado —, porque sentía que tenía en sí algo de aquel espléndido hombre que la amaba, con inocencia y angélico ardor, en los hermosos prados del Edén.

Luego, en el orden de los preceptos dados por Dios con una sonrisa a sus amados párvulos, viene aquel que el mismo Adán, dotado por la Gracia de una inteligencia sólo inferior a la de Dios, hablando de su compañera — y, en ella, de todas las mujeres —, decreta (el decreto del pensamiento de Dios, que se reflejaba límpido en el terso espejo del espíritu de Adán y que florecía en forma de pensamiento y de palabra): “El hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y los dos serán una carne sola”.

De no haber existido los tres pilones de los amores que he mencionado, ¿habría podido, acaso, existir amor al prójimo? No, no hubiera podido existir. El amor a Dios hace a Dios amigo y enseña el amor; quien no ama a Dios, que es bueno, no puede ciertamente amar al prójimo que en su mayoría es defectuoso. Si no hubieran existido el amor conyugal y la paternidad en el mundo, no habría podido existir el prójimo, porque el prójimo está hecho de los hijos nacidos de los hombres. ¿Estás convencido de esto?».

«Sí maestro. No había reflexionado».

«Efectivamente, es difícil remontarse al hontanar. El hombre está bien hincado ya desde hace siglos, milenios, en el fango, y el hontanar está en las cimas, muy alto. Además, el primero de los manantiales viene de una inmensa altura: Dios... No obstante, de la mano, os conduciré a los manantiales; sé dónde están...».

196.6

«¿Y los otros amores?» preguntan al unísono Simón Zelote y el hombre de Endor.

«El primero de la segunda serie es el amor al prójimo. En realidad es el cuarto en potencia. Luego viene el amor a la ciencia. Después el amor al trabajo».

«¿Y basta?».

«Basta».

«¡Hay otros muchos amores!» exclama Judas Iscariote.

«No. Lo que hay es otros apetitos, pero no son amores; son “desamores”; niegan a Dios y niegan al hombre; no pueden ser, por tanto, amores, porque son negaciones y la negación es odio».

Detalle

Los diferentes poderes del amor.

Anotación

Él es el que es, es decir, el Todo; y el hombre es la nada que se convierte en parte del Todo gracias al alma que le infunde el Eterno. "Parte" se ha corregido (según la explicación dada en la nota de EMV 167.9) por "participante" en una copia mecanografiada; añade al final de la página: "Si el alma sabe permanecer en estado de gracia, así deificada, no por identidad de sustancia, sino por elevación al orden sobrenatural. "

Nota de EMV 167: "Parcela de Dios" parece haber sido cambiado por parcela nacida de Dios por una corrección poco clara de María Valtorta en una copia mecanografiada, a la que añadió la siguiente nota: "A la palabra parcela no se le debe dar el significado de "parte de Dios" infundida en nosotros, sino de "lugar del trono", "asiento" infundido o "espirado" (por el "soplo de vida" del que se habla en Génesis 2,7) por Dios, por tanto cosa de Dios venida de Dios al hombre. Santo Tomás de Aquino lo llama "una capacidad de Dios" que Dios llena de sí mismo, para que todos participemos de su vida divina".

Esta explicación de Maria Valtorta (y el texto deEMV 10.9) debe tenerse presente siempre que en la obra se hable del alma como "parte" o "partícula" de Dios.

Puede relacionarse con las notas de EMV 4.6, EMV 54.5, EMV 165.4, EMV 170.4, EMV 365.16, EMV 444.4, EMV 463.4, EMV 524.7, EMV 537.11.

"Creced y multiplicaos, y llenad la tierra... ", según Génesis 1:28.

El hombre amó a la mujer y la mujer amó al hombre, naturalmente, no naturalmente según la naturaleza como nosotros la entendemos, o más bien como vosotros los hombres la entendéis, sino según la naturaleza de los hijos de Dios: sobrenaturalmente. "Sobrenaturalmente": María Valtorta anota en una copia mecanografiada: sin que el desorden de la malicia se una o incluso "sustituya" a las ordenadas leyes de Dios, inherentes a la multiplicación y población de la tierra. Añade al margen: Mientras el hombre permaneció en este orden, no nació en él el veneno de la triple concupiscencia que lo hizo delirante, luego rebelde, finalmente caído.

El hombre sintió el amor de un padre por su compañera "hueso de sus huesos y carne de su carne", como un hijo por su padre. Según Génesis 2, 23

"Dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne. " Según Génesis 2, 24.

Libro de Génesis 1, 28

Gn 1, 28 : Y los bendijo Dios y les dijo: "Sed fecundos y multiplicaos, llenad la tierra y sometedla, y dominad a los peces del mar, a las aves del cielo y a todo ser viviente que se mueve sobre la tierra."

Libro del Génesis 2, 23-24

Gn 2, 23-24 : Y dijo el hombre: "¡Esta es hueso de mis huesos y carne de mi carne! Ésta se llamará mujer, porque del hombre fue tomada. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán una sola carne.

ECR 196.4.6 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Hay muchos amores, y de distintas potencias. Está el amor de primera potencia: el que se da a Dios. Luego, el amor de segunda potencia: el materno, o paterno. Porque, si el primero es enteramente espiritual, éste es en dos partes espiritual y en una carnal: se mezcla, sí, el sentimiento afectivo humano, pero predomina lo superior, porque un padre o una madre, sana y santamente tales, no dan sólo alimento y caricias a la carne de su hijo, sino que también nutren y aman su mente y su espíritu. Es tan cierto esto que estoy diciendo, que, quien se consagra a la infancia — aunque sólo fuere para instruirla — termina por amarla como si fuera su propia carne. (...) Existe amor hacia la compañera: es amor de tercera potencia, porque es — me refiero también en este caso a los sanos y santos amores — mitad espíritu mitad carne. El hombre para su esposa es maestro y padre, además de esposo; la mujer para su esposo es ángel y madre, además de esposa. Éstos son los tres amores más elevados. (...) El primero de la segunda serie es el amor al prójimo. En realidad es el cuarto en potencia. Luego viene el amor a la ciencia. Después el amor al trabajo.

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Resumen de los diferentes poderes del amor (explicados en detalle en esta nota).

ECR 196.5 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

El amor del hombre, y especialmente de la mujer, a la prole tiene indicación de precepto en las palabras de Dios a Adán y Eva, después de bendecirlos, viendo que era “bueno” lo que había hecho, en un lejano sexto día, el primer sexto día de lo creado. Les dijo: “Creced y multiplicaos y poblad la tierra...”.

Veo tu tácita objeción... Te respondo inmediatamente: puesto que en la creación, antes de la culpa, todo estaba regulado y basado sobre el amor, este multiplicarse de los hijos habría sido amor, santo, puro, poderoso, perfecto. Fue el primer mandamiento de Dios al hombre: “Creced, multiplicaos”. “Amad, por tanto, después de mí, a vuestros hijos”. El amor como es ahora, el actual generador de los hijos, entonces no existía. La malicia no existía y, por tanto — porque va con ella —, tampoco la execrable hambre carnal. El hombre amaba a la mujer, y la mujer al hombre, naturalmente, pero no naturalmente según la naturaleza como nosotros la entendemos — o, mejor, como vosotros, hombres, la entendéis —, sino según la naturaleza de hijos de Dios, o sea, sobrenaturalmente. Muy dulces fueron los primeros días de amor entre los dos, hermanos — habían nacido de un Padre común — y, no obstante, esposos; de esos dos que amándose se miraban con sus inocentes ojos como dos gemelos en su cuna. El hombre sentía amor de padre hacia su compañera “hueso de sus huesos y carne de su carne” (como un hijo lo es para un padre). La mujer conocía la alegría de ser hija — por tanto, protegida por un amor muy elevado —, porque sentía que tenía en sí algo de aquel espléndido hombre que la amaba, con inocencia y angélico ardor, en los hermosos prados del Edén.

Luego, en el orden de los preceptos dados por Dios con una sonrisa a sus amados párvulos, viene aquel que el mismo Adán, dotado por la Gracia de una inteligencia sólo inferior a la de Dios, hablando de su compañera — y, en ella, de todas las mujeres —, decreta (el decreto del pensamiento de Dios, que se reflejaba límpido en el terso espejo del espíritu de Adán y que florecía en forma de pensamiento y de palabra): “El hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y los dos serán una carne sola”.

De no haber existido los tres pilones de los amores que he mencionado, ¿habría podido, acaso, existir amor al prójimo? No, no hubiera podido existir. El amor a Dios hace a Dios amigo y enseña el amor; quien no ama a Dios, que es bueno, no puede ciertamente amar al prójimo que en su mayoría es defectuoso. Si no hubieran existido el amor conyugal y la paternidad en el mundo, no habría podido existir el prójimo, porque el prójimo está hecho de los hijos nacidos de los hombres.

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Jesús acaba de hablar del amor de Dios, del amor conyugal, del amor paterno y materno. Se detiene especialmente en el amor que tenemos a nuestros hijos y habla de Adán y Eva.

Anotación

"Creced y multiplicaos y llenad la tierra... ", según Génesis 1:28.

El hombre amó a la mujer y la mujer amó al hombre, naturalmente, no naturalmente según la naturaleza como nosotros la entendemos, o más bien como vosotros los hombres la entendéis, sino según la naturaleza de los hijos de Dios: sobrenaturalmente. "Sobrenaturalmente": María Valtorta anota en una copia mecanografiada: sin que el desorden de la malicia se una o incluso "sustituya" a las ordenadas leyes de Dios, inherentes a la multiplicación y población de la tierra. Añade al margen: Mientras el hombre permaneció en este orden, no nació en él el veneno de la triple concupiscencia que lo hizo delirante, luego rebelde, finalmente caído.

El hombre sintió el amor de un padre por su compañera "hueso de sus huesos y carne de su carne", como un hijo por su padre. Según Génesis 2, 23

"Dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne. " Según Génesis 2, 24.

Libro de Génesis 1, 28

Gn 1, 28 : Y los bendijo Dios y les dijo: "Sed fecundos y multiplicaos, llenad la tierra y sometedla, y dominad a los peces del mar, a las aves del cielo y a todo ser viviente que se mueve sobre la tierra."

Libro del Génesis 2, 23-24

Gn 2, 23-24 : Y dijo el hombre: "¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne! Ésta se llamará Mujer, porque del Hombre fue tomada. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y serán una sola carne.

ECR 196.7-8 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Síguenos hablando de tu Madre. ¡Es tan luminosa su infancia!: de reflejo hace vírgenes a nuestras almas. Y yo, ¡pobre de mí, tengo mucha necesidad de ello!» exclama Mateo.

«¿Qué queréis que os diga... si son muchos los episodios, y a cuál más delicioso...!».

«¿Te los ha contado Ella?».

«Alguno sí, pero muchos más José, que me los contaba, siendo Yo niño, como los más bellos cuentos; y también Alfeo de Sara, que, siendo pocos años más mayor que mi Madre, fue amigo suyo durante los breves años en que Ella estuvo en Nazaret».

«¡Háblanos...!» dice Juan en tono suplicante.

Se han colocado todos en círculo, sentados a la sombra de los olivos; Yabés está en el centro, mirando fijamente a Jesús, como si fuera a escuchar una fábula paradisíaca.

«Os voy a narrar la lección de castidad que dio mi Madre, pocos días antes de entrar en el Templo, a su pequeño amigo y a muchos otros.

Aquel día se había casado un joven de Nazaret, pariente de Sara. Joaquín y Ana también habían sido invitados a la boda, y con ellos la pequeña María, que, junto con otros niños, tenía el encargo de echar pétalos deshojados por el camino de la novia. Dicen que era una niña guapísima. Todos se la disputaban después de la festiva entrada de la novia. Era muy difícil ver a María, porque pasaba mucho tiempo en casa (amaba más que cualquier otro lugar una pequeña gruta, que incluso hoy día sigue llamando “la gruta de su desposorio”). Así que, cuando se la veía, rubia, rosada, delicada, la anegaban en caricias. La llamaban “la flor de Nazaret”, o “la perla de Galilea”, o también “la paz de Dios”, en memoria de un enorme arco iris que apareció improvisamente con su primer vagido. En efecto, era, y es, todo eso y más aún: es la Flor del Cielo y de la creación, es la Perla del Paraíso, es la Paz de Dios... Sí, la Paz. Yo soy el Pacífico porque soy Hijo del Padre e hijo de María: la Paz infinita y la Paz suave.

Pues bien, aquel día todos querían besarla y tenerla en el regazo. Entonces Ella, mostrándose reacia a besos y demás contactos, con delicada gravedad, dijo: “Por favor, no me chaféis”. Creyeron que se refería a su vestido de lino, ceñido con una cinta azul en la cintura, en los estrechos puños, en el cuello...; o a la pequeña guirnalda de florecillas azules con que Ana la había coronado para mantener sus leves ricitos. Entonces, le aseguraron que no le iban a chafar ni el vestido ni la guirnalda. Pero Ella, segura, mujercita de tres años, erguida, rodeada de un corro de adultos, dijo seria: “No me refiero a lo que se puede reparar. Estoy hablando de mi alma. Es de Dios y no quiere ser tocada sino por Dios”. Objetaron: “Pero si te besamos a ti, no a tu alma”. Y Ella replicó: “Mi cuerpo es templo del alma y su sacerdote es el Espíritu; el pueblo no es admitido al recinto sacerdotal. Por favor, no entréis en el recinto de Dios”.

A Alfeo, que había superado ya los ocho años y que la quería mucho, le impresionó esta respuesta, y, al día siguiente, habiéndola encontrado junto a su pequeña gruta buscando flores, le preguntó: “María, cuando seas mujer, ¿me querrías por esposo?” (todavía le duraba la emoción de la fiesta nupcial a la que había asistido). Ella respondió: “Yo te quiero mucho, pero no te veo como hombre. Te diré un secreto: yo veo sólo las almas de los seres vivientes, y las amo mucho, con todo mi corazón. Y veo sólo a Dios como ‘verdadero Ser viviente’ a quien ofrecerme”. Bien, éste es un episodio».

«¡¡¡“Verdadero Ser viviente”!!! ¡Sabes que es profunda esa palabra?» exclama Bartolomé.

Y Jesús, humildemente y con una sonrisa: «Era la Madre de la Sabiduría».

«¡Era?... ¡Pero no tenía tres años?».

«Era. Yo vivía ya en Ella, siendo Dios en Ella, desde su concepción, en la Unidad y Trinidad perfectísima».

Detalle

Mateo pide a Jesús que hable de su Madre.

Anotación

Os voy a contar la lección de castidad que mi Madre dio, pocos días antes de entrar en el Templo, a su novio y a muchos otros. Probablemente a Alphée de Sara.

Era Dios en ella, desde el momento de su concepción, en su Unidad y en su perfectísima Trinidad. Dios en ella: María Valtorta anota en una copia mecanografiada: María, santuario perpetuo y purísimo en el que Dios uno y trino hizo su perpetua morada, nunca estuvo separada de la Sabiduría: el Verbo de Dios estuvo siempre en ella, verdadera Arca portadora del Verbo eterno, y ninguna criatura conoció tan bien como ella este Verbo que es la Sabiduría divina, que había de encarnarse en ella, y que aún y siempre había de permanecer en ella.

El dogma de la Inmaculada Concepción fue proclamado por Pío IX el 8 de diciembre de 1854 en la bula Ineffabilis Deus. Había sido objeto de controversia durante siglos y fue una de las razones de la feroz oposición de la teología establecida a María de Ágreda, que expresó esta revelación en sus visiones.

(...) La Toda Hermosa de Dios, coronada de estrellas, vestida con los rayos de la luna menos pura que ella, y sostenida por las estrellas, la Reina de lo creado y de lo increado; porque en su Reino, Dios Rey tiene a María como Reina. Cf. Apocalipsis 12, 1-2.

Libro del Apocalipsis 12, 1-2

Ap 12, 1-2 : "Una gran señal apareció en el cielo: una mujer vestida del sol, la luna bajo sus pies y sobre su cabeza una corona de doce estrellas. Estaba encinta y gritaba con dolores de parto".