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Notas de la palabra clave

Idolatría

Tema: El Decálogo y los Mandamientos · Página 4 de 4

Comodidad de lectura

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ECR 211.6-8 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

¿Es que ya no hay siervos de Dios en Israel? Sí los hay. Lo que pasa es que son “ídolos”.

En la carta de Jeremías a los exiliados están escritas entre muchas cosas éstas. Quiero que pongáis atención en ellas, porque toda palabra del Libro es una enseñanza que, desde que el Espíritu la hace escribir por un hecho presente, se refiere a un hecho futuro. Así pues, está escrito: ...“Cuando entréis en Babilonia veréis dioses de oro, plata, piedra, madera... Cuidaos de no imitar las obras de los extranjeros. Y no tengáis miedo a sus ídolos... Decid en vuestro corazón: ‘Sólo a ti se te debe adorar, Señor’ ”.

La carta enumera las particularidades de estos ídolos, que tienen lengua fabricada por un artífice, de la que no se sirven contra sus falsos sacerdotes, que los despojan de su oro para ataviar a las meretrices y luego toman el oro profanado por el sudor de la prostitución para volver a componer al ídolo; de estos ídolos que pueden ser corroídos por la herrumbre o la polilla y que están limpios y ordenados solamente cuando el hombre los lava y los compone, pues por sí mismos nada pueden hacer a pesar de tener en la mano el cetro o la segur.

Y termina el Profeta diciendo: “Por tanto, no los temáis”. Luego añade: “Estos dioses son inútiles como vasijas rotas. Sus ojos están llenos del polvo que levantan los pies de los que entran en el templo. Están bien custodiados: como en una tumba, o como quien hubiera ofendido al rey, porque cualquier persona podría despojarlos de sus valiosas vestiduras. No ven la luz de las lámparas; son, en el templo, como las vigas. Las lámparas lo único que hacen es ahumarlos, mientras lechuzas, golondrinas u otros pájaros vuelan sobre sus cabezas y los motean de excrementos, y los gatos se guarecen entre sus vestiduras y las rompen. Por tanto, no hay que tenerles miedo, son cosas muertas. El oro no les sirve para nada, sólo es una cosa externa; si no se limpia, no brillan. Tampoco sintieron nada cuando los fabricaron. El fuego no los despertó. Los compraron a precios fabulosos. Los llevan a donde el hombre quiere, porque son vergonzosamente impotentes... ¿Y por qué, pues, se les llama dioses? Porque se les dedica adoración, ofrendas y la pantomima de falsas ceremonias (los que las celebran no las sienten, quienes las ven no creen en ellas). Si se les hace algún mal, como si es un bien, no responden. Son incapaces de elegir o destronar a un rey. No pueden devolver las riquezas, ni tampoco el mal. No pueden salvar a un hombre de la muerte, ni al débil de las manos del déspota. No sienten piedad ni por las viudas ni por los huérfanos. Asemejan a las piedras de la montaña...”.

Así, más o menos, dice la carta.

211.7

Mirad, ya no tenemos santos, sino ídolos, en las filas del Señor; por este motivo el mal es capaz de alzarse contra el bien: el mal que motea de excremento el intelecto y el corazón de los que ya no son santos, y anida entre sus falsas vestiduras de bondad.

Ya no saben pronunciar las palabras de Dios. Es lógico: su lengua es obra humana y hablan, por tanto, palabras de hombre — ¡cuando no de Satanás! —. Sólo saben arremeter insensatamente contra inocentes y pobres; pero guardan silencio ante la corrupción grave. En efecto, habiéndose corrompido todos, no pueden acusar al otro de las mismas culpas propias: con ambición — no por el Señor sino por Satanás —, trabajan aceptando el oro de la lujuria y del desmán, y lo trafican y substraen, en manos de un frenesí que desborda todo límite y arrasa cuanto encuentra a su paso. Sin cesar, se les deposita encima el polvo, que fermenta sobre ellos. Externamente, su rostro está limpio, pero el ojo de Dios ve muy sucio su corazón. La herrumbre del odio y el gusano del pecado los corroe. No saben cómo hacer para salvarse. Blanden maldiciones, como cetros o hachas, sin saber que sobre ellos pesa la maldición. Están encerrados en su pensamiento y en su odio, cual cadáveres en sus sepulcros o prisioneros en sus cárceles, y permanecen ahí, agarrándose a las barras, pues temen que una mano los aleje de ese lugar: en efecto, donde están, estos muertos son todavía algo (momias, nada más que momias, de aspecto humano, y sólo el aspecto, pues su cuerpo está reducido a madera seca), mientras que afuera serían objetos desechados por el mundo que busca la Vida, que necesita la Vida como el niño el pecho materno y que acepta a quien le da Vida y no hedor de muerte.

Están en el Templo, sí, y el humo de las lámparas — de los honores — los ahuma, pero la luz no les llega; todas las pasiones — los pájaros y gatos — anidan en ellos, pero el fuego de la misión no les da el místico tormento de ser consumidos por el fuego de Dios. Son refractarios al Amor. El fuego de la caridad no los enciende, la caridad no los viste con sus áureos esplendores: la caridad de dúplice forma y origen: caridad para con Dios y para con el prójimo, la forma; caridad de Dios y del hombre, el origen. Dios se aleja, en efecto, del hombre que no ama, siendo así que el origen divino cesa; el hombre se aleja del malvado, cesando así el segundo origen. La Caridad arrebata todo al hombre que no tiene amor. Se dejan comprar con precio maldito, se dejan llevar a donde quieren la ganancia y el poder.

¡No, no es lícito! Ninguna moneda puede comprar la conciencia, y menos aún la de los sacerdotes y maestros. No es lícito mostrarse sumisos ante las cosas fuertes de la tierra cuando quieren conducirnos a obrar en contra de lo que Dios ha establecido: esto no es sino impotencia espiritual, y está escrito: “El eunuco no entrará en la asamblea del Señor”. Si, pues, no puede ser del pueblo de Dios el impotente por naturaleza, ¿podrá ser su ministro el impotente de espíritu? En verdad os digo que muchos sacerdotes y maestros, habiendo perdido su virilidad espiritual, han venido a ser, culpablemente, eunucos espirituales. Muchos. ¡Demasiados!

211.8

Meditad, observad, comparad, y os daréis cuenta de que tenemos muchos ídolos y pocos ministros del Bien, que es Dios. Ahora se ve por qué sucede que las ciudades-refugio no son ya tales. Ya no se respeta nada en Israel. Los santos mueren por el odio hacia ellos de los no santos.

Pues bien, mi propuesta es una llamada. (...) Venid a servir a Dios. El tiempo está cercano. No os coja desapercibidos la Redención. Haced que llueva en terreno sembrado; si no, en vano caerá la lluvia. (...) La Salud está en seguir la Voz del Señor y creer en su Palabra. Venid en masa, (...) al servicio de Dios. Yo paso y os llamo. No seáis menos que las meretrices, a las cuales les es suficiente una palabra de misericordia para abandonar el camino recorrido precedentemente y tomar el del Bien.

Cuando he llegado me han preguntado: “Pero, ¿no nos guardas rencor?”. ¿Rencor! ¡No; antes bien, amor! Espero incluso veros entre las filas de mi pueblo, del pueblo que guío hacia Dios en el nuevo éxodo hacia la verdadera Tierra Prometida (el Reino de Dios), al otro lado del Mar Rojo de los sentidos, más allá de los desiertos del pecado, libres ya de todo tipo de esclavitud, hacia la Tierra eterna, de pingües delicias, colma de paz...

¡Venid! Es el Amor que pasa; quien quiera puede seguirle, porque para ser acogidos por Él se requiere solamente buena voluntad.

Anotación

En la carta de Jeremías a los exiliados dice, entre otras cosas, lo siguiente. Carta de Jeremías 1,1-72 (a veces insertada en Baruc 6). El extracto bíblico figura a continuación.

Dice: "El eunuco no entrará en la congregación del Señor. "En Deuteronomio 23,2.

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Libro del Deuteronomio 23, 2

Deut 23,2: El que tenga los testículos aplastados o la uretra cortada no entrará en la asamblea de Yahvé.

Libro de Jeremías 1, 1-72 (a veces transpuesto en el Libro de Baruc 6, 1-72) - Sobre los ídolos

Jeremías 1, 1-72 | Ba 6, 1-72 : Copia de la carta que Jeremías envió a los que estaban a punto de ser llevados cautivos a Babilonia por el rey de los babilonios, para decirles lo que Dios le había mandado decirles. A causa de los pecados que habéis cometido ante Dios, vais a ser llevados cautivos a Babilonia por Nabucodonosor, rey de los babilonios. Cuando lleguéis a Babilonia, permaneceréis allí muchos años y durante mucho tiempo, hasta siete generaciones, y luego os sacaré en paz. Pero en Babilonia veréis dioses de plata, oro y madera, que se llevan a hombros y que causan temor entre las naciones. Tened cuidado, pues, de no imitar también vosotros a esos extranjeros y dejaros dominar por el temor a esos dioses. Cuando veáis multitudes que se reúnen delante y detrás de ellos y les rinden homenaje, decid en vuestro corazón: "Es a ti, Maestro, a quien hay que adorar. Porque mi ángel está contigo y cuida de tu vida.

Pues la lengua de estos dioses ha sido pulida por un obrero; está recubierta de oro y plata, pero son mentira y no pueden hablar. En cuanto a una muchacha que ama las galas, han cogido oro y han hecho coronas para ponerlas en las cabezas de estos dioses. Los sacerdotes llegan a robar el oro y la plata de sus dioses y lo utilizan para sus propios fines; incluso se lo dan a las prostitutas de sus casas. Adornan a estos dioses de plata, oro y madera con ricas vestiduras como los hombres, pero no pueden protegerse de la herrumbre ni de los gusanos. Cuando se han vestido de púrpura, todavía tienen que limpiarse la cara, porque el polvo de la casa los cubre espesamente. Aquí hay uno que sostiene un cetro, como un gobernador de provincia: no matará a nadie que lo ofenda. Otro lleva una espada o un hacha en la mano, pero no puede defenderse del enemigo ni de los ladrones. Esto demuestra que no son dioses, así que no les temas.

Igual que el vaso de un hombre, cuando se rompe, se vuelve inútil, lo mismo ocurre con sus dioses. Si los colocas en una casa, sus ojos se llenan del polvo de los pies de los que entran. Así como se cierran cuidadosamente las puertas de la cárcel a un hombre que ha ofendido al rey, o a un hombre que está a punto de ser ejecutado, así los sacerdotes defienden la morada de sus dioses con puertas fuertes, con cerraduras y cerrojos, para que no sean asaltados por ladrones. Encienden lámparas, incluso más que para ellos mismos, y estos dioses no pueden ver ninguna de ellas. Son como una de las vigas de la casa, y se dice que sus corazones son devorados por las alimañas que salen de la tierra y los devoran a ellos y a sus ropas sin que lo sientan. Sus rostros se vuelven negros por el humo que sale de la casa. Búhos, golondrinas y otras aves revolotean alrededor de sus cuerpos y cabezas, y los propios gatos retozan del mismo modo. Por esto sabrás que no son dioses; así que no les temas.

El oro con que están recubiertos para embellecerlos, si alguien no les quita el óxido, no lo harán brillar; pues ni siquiera sintieron nada cuando los fundieron. Estos ídolos fueron comprados al precio más alto, y no hay aliento de vida en ellos. Al no tener pies, son llevados a hombros, mostrando así a los hombres su vergonzosa impotencia. ¡Que quienes los sirven se confundan con ellos! Si caen al suelo, no se levantan por sí mismos; y si alguien los levanta, no se mueven por sí mismos; y si se inclinan, no se enderezan. Las ofrendas se colocan ante ellos como ante los muertos. Los sacerdotes venden las víctimas que se les ofrecen y se lucran con ellas; sus esposas las salan y no dan nada a los pobres ni a los enfermos. Las mujeres parturientas o en estado impuro tocan sus sacrificios. Sabiendo, pues, por estas cosas, que no son dioses, no les temáis.

¿Y por qué llamarlos dioses? Porque son las mujeres las que vienen a traer sus ofrendas a estos dioses de plata, oro y madera. Y en sus templos se sientan los sacerdotes con las túnicas rasgadas, las cabezas y los rostros afeitados y las cabezas descubiertas. Rugen y gritan ante sus dioses, como en un banquete fúnebre. Sus sacerdotes los despojan de sus vestiduras y visten con ellas a sus mujeres e hijos. Tanto si se les hace mal como si se les hace bien, no pueden hacer ni lo uno ni lo otro; no pueden establecer un rey ni derrocarlo. Tampoco pueden dar riquezas, ni siquiera una moneda. Si alguien que les ha hecho un voto no lo cumple, no les pedirán nada. No salvarán a un hombre de la muerte; no arrebatarán al débil de la mano del poderoso. No darán vista al ciego, ni librarán al angustiado. No se apiadarán de la viuda, ni harán bien al huérfano. Estos ídolos de madera, recubiertos de oro y plata, son como rocas cortadas de una montaña, y los que les sirven serán avergonzados. ¿Cómo podemos creer o decir que son dioses?

Los propios caldeos los deshonran cuando, al ver a un hombre que no puede hablar, se lo presentan a Bel, pidiéndole al mudo que hable, como si el dios pudiera oír algo. Y aunque se dan cuenta, no pueden abandonar a estos ídolos, pues no tienen sentimientos. Las mujeres, envueltas en cuerdas, van y se sientan en los caminos, quemando harina gruesa; y cuando una de ellas, arrastrada por algún transeúnte, se ha acostado con él, reprocha a su vecina no haber sido juzgada digna del mismo honor, y no haber visto rota su trenza de junco. Todo lo que se dice de los ídolos es mentira. ¿Cómo, pues, podemos creer o decir que son dioses?

Han sido modelados por artesanos y orfebres; no pueden ser de otro modo que lo que los obreros quieren que sean. Y a los obreros que los crearon no les queda mucho tiempo de vida: ¿cómo podrían ser sus obras de larga duración? No han dejado a la posteridad más que mentiras y desgracias. Cuando viene la guerra, o alguna otra calamidad, los sacerdotes deliberan entre sí dónde se esconderán con sus dioses: ¿cómo, pues, no se entiende que no son dioses, que no pueden salvarse de la guerra o de alguna otra calamidad?

Estos ídolos de madera, recubiertos de oro y plata, serán reconocidos más tarde como una mentira; para todas las naciones y reyes será evidente que no son dioses, sino obras de hombres, y que no hay en ellos ninguna obra divina. ¿Para quién, pues, no será evidente que no son dioses?

Nunca establecerán un rey sobre una tierra, ni darán lluvia a los hombres. No podrán juzgar sus propios asuntos, ni protegerán contra la injusticia, pues nada pueden hacer, como cuervos que se interponen entre el cielo y tu tierra. Y cuando el fuego caiga sobre la casa de estos dioses de madera, recubierta de oro y plata, sus sacerdotes huirán y se salvarán; pero ellos se consumirán como vigas en medio de las llamas. No resistirán a un rey ni a un ejército enemigo. ¿Cómo podemos admitir o pensar que son dioses?

No escaparán a ladrones y salteadores, estos dioses de madera, cubiertos de plata y oro. Hombres más poderosos que ellos les quitarán la plata y el oro y se irán con las ricas vestiduras con que han sido cubiertos, y estos dioses no podrán valerse por sí mismos. Así que es mejor ser un rey que muestra su fuerza, o un recipiente útil en la casa que el amo usa, que ser estos falsos dioses; o una puerta en una casa que guarda lo que hay en ella, que ser estos falsos dioses; o un pilar de madera en la casa de un rey, que ser estos falsos dioses. El sol, la luz y las estrellas, que son brillantes y enviados en beneficio de los hombres, obedecen a Dios. Asimismo el relámpago, cuando aparece, es hermoso de contemplar; el viento también sopla sobre toda la tierra; y las nubes, cuando Dios les ordena que cubran toda la tierra, hacen lo que se les ordena. También el fuego, cuando es enviado desde lo alto para consumir las montañas y los bosques, hace lo que se le ordena. Pero los ídolos no son comparables, ni en belleza ni en poder, a todas estas cosas. Por eso no debemos pensar ni decir que son dioses, ya que no pueden discernir lo que es justo ni hacer el bien a los hombres. Sabiendo, pues, que no son dioses, no los temáis.

No pueden maldecir ni bendecir a los reyes. No muestran a las naciones señales en el cielo; no brillan como el sol ni dan luz como la luna. Las bestias son mejores que ellos, porque pueden huir y encontrar refugio y ser útiles para sí mismos. Por eso, de ninguna manera nos parece evidente que sean dioses; así que no les temáis.

Igual que un espantapájaros en un campo de pepinos no te protege de nada, así sucede con sus dioses de madera, cubiertos de oro y plata. Igual que un arbusto espinoso en un jardín sobre el que se posan todos los pájaros, o un muerto arrojado a un lugar oscuro, así son sus dioses de madera, recubiertos de oro y plata. Incluso la púrpura y la escarlata que se destiñen sobre ellos muestran que no son dioses. Ellos mismos acabarán siendo devorados y se convertirán en una vergüenza en la tierra. Mejor es el justo que no tiene ídolos; no tendrá que temer la confusión.

ECR 212.5 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

En verdad, en verdad os digo que Moisés rompió con ira las tablas de la Ley al ver a su pueblo en la idolatría y luego volvió a lo alto del monte; oró, adoró y obtuvo. Ello sucedió hace siglos. Pero todavía no ha cesado, ni cesará — es más, crece, como levadura en la harina — la idolatría en el corazón de los hombres. Ahora casi todos los hombres tienen su propio becerro de oro. La tierra es una selva de ídolos, cada corazón es un altar sobre el que raramente está Dios; quien no tiene una mala pasión tiene otra, quien no tiene una concupiscencia tiene otra con otro nombre; quien no vive sólo para el oro vive sólo para obtener una posición, quien no vive sólo para la carne vive sólo para el egoísmo. ¡Cuántos yoes reducidos a becerros de oro reciben adoración en los corazones! Llegará, pues, el día en que, compungidos, llamarán al Señor, y oirán la respuesta: “Invoca a tus dioses. Yo no te conozco”.

Tremenda palabra ésta, si la pronuncia Dios dirigida a un hombre. Dios ha creado al Hombre raza y conoce a cada individuo humano, así que, si dice: “Yo no te conozco”, es señal de que ha borrado con la fuerza de su voluntad a ese hombre de su memoria. ¡Yo no te conozco! ¿Será Dios demasiado severo por pronunciar este veredicto? No. El hombre ha gritado al Cielo: “Yo no te conozco” y el Cielo ha respondido al hombre: “Yo no te conozco”. Fiel como el eco...

Detalle

Idolatría del becerro de oro y sus consecuencias.

Anotación

En verdad, en verdad os digo que Moisés rompió las Tablas de la Ley con ira a la vista del pueblo idólatra, luego volvió a la montaña, oró, adoró y obtuvo misericordia. Recordando lo que leemos en Éxodo, capítulos 32 a 34.

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Libro del Éxodo, 32-34

Éxodo 32-34:

(Capítulo 32) Cuando el pueblo vio que Moisés tardaba en bajar de la montaña, se reunieron en torno a Aarón y le dijeron: "Vamos, haznos un dios que vaya delante de nosotros. En cuanto a este Moisés, el hombre que nos sacó de la tierra de Egipto, no sabemos qué ha sido de él". Aarón les dijo: "Quitaos los aros de oro de las orejas de vuestras mujeres, hijos e hijas, y traédmelos". Todos se quitaron los aros de oro de las orejas y se los trajeron a Aarón. Él se los quitó de las manos, trabajó el oro con un cincel e hizo con él un becerro de fundición. Y dijeron: "Este es tu Dios, Israel, que te sacó de la tierra de Egipto". Al verlo, Aarón construyó un altar ante la imagen, y exclamó: "Mañana habrá fiesta en honor de Yahvé". Al día siguiente, habiéndose levantado temprano por la mañana, ofrecieron holocaustos y presentaron ofrendas de paz; y el pueblo se sentó a comer y a beber, y luego se levantaron a divertirse.

Entonces Yahvé dijo a Moisés: "Baja, porque tu pueblo, al que sacaste de la tierra de Egipto, se ha portado muy mal. Pronto se apartaron del camino que yo les había mandado, y se hicieron un becerro de fundición, lo adoraron y le ofrecieron sacrificios, y dijeron: Este es vuestro Dios, Israel, que os sacó del país de Egipto." Yavé dijo a Moisés: "Veo que este pueblo es un pueblo de dura cerviz. 10Ahora déjamelos a mí: ¡que arda mi ira contra ellos y los consuma! Pero yo haré de ti una gran nación.

Moisés suplicó a Yahvé, su Dios, y le dijo: "¿Por qué, Yahvé, ha de encenderse tu ira contra tu pueblo, al que sacaste de la tierra de Egipto con gran poder y mano fuerte? ¿Por qué han de decir los egipcios: 'Él los sacó para su propio mal, para destruirlos en las montañas y borrarlos de la faz de la tierra'? Vuelve del ardor de tu ira y arrepiéntete del mal que quieres hacer a tu pueblo. Acuérdate de Abraham, Isaac e Israel, tus siervos, a quienes juraste: 'Multiplicaré vuestra descendencia como las estrellas del cielo, y toda esta tierra de la que he hablado la daré a vuestros descendientes, y la poseerán para siempre'.

Y Yahvé se arrepintió del mal que había hablado de hacer a su pueblo. Moisés volvió y bajó de la montaña con las dos tablas del testimonio en la mano, escritas por ambos lados. Las tablas eran obra de Dios, y la escritura era escritura de Dios, grabada en las tablas. Josué oyó el ruido de los gritos del pueblo, y dijo a Moisés: "¡Hay un grito de guerra en el campamento!". Moisés respondió: "No es ni el sonido de gritos de victoria ni el sonido de gritos de derrota; oigo la voz del pueblo cantando". Cuando estuvo cerca del campamento, vio el becerro y las danzas. La cólera de Moisés se encendió, arrojó las tablas con las manos y las rompió al pie de la montaña. Luego tomó el becerro que habían hecho, lo quemó con fuego, lo molió hasta hacerlo polvo, echó el polvo en el agua y se la dio a beber a los hijos de Israel.

Moisés dijo a Aarón: "¿Qué te ha hecho este pueblo para que hayas traído sobre ellos un pecado tan grande?". Aarón respondió: "¡Que no se encienda la ira de mi señor! Tú mismo sabes que este pueblo es inclinado al mal. 23Ellos me dijeron: 'Haznos un dios que vaya delante de nosotros; pues en cuanto a este Moisés, el hombre que nos sacó de la tierra de Egipto, no sabemos qué ha sido de él'. Yo les dije: "¡Que se despojen del oro los que lo tengan! Me lo dieron, lo arrojé al fuego y de él salió este becerro.

Moisés vio que el pueblo no tenía freno, porque Aarón les había quitado todo freno, exponiéndolos a convertirse en el hazmerreír de sus enemigos. Entonces Moisés se paró a la puerta del campamento y dijo: "¡A mí me pertenecen los que están por Yahvé!". Y todos los hijos de Leví se reunieron a su alrededor. Y les dijo: "Así ha dicho Yahvé, el Dios de Israel: 'Que cada uno de vosotros ponga su espada al cinto y recorra el campamento de puerta en puerta, matando cada uno a su hermano, cada uno a su amigo, cada uno a su pariente'". Los hijos de Leví hicieron lo que Moisés les mandó, y aquel día perecieron unos tres mil hombres. Moisés dijo: "Consagraos hoy a Yahvé, ya que cada uno de vosotros ha estado en contra de su hijo y de su padre, para que os dé hoy una bendición."

Al día siguiente, Moisés dijo al pueblo: "Habéis cometido un gran pecado. Ahora subiré a Yahvé: tal vez obtenga el perdón de vuestro pecado". Moisés volvió a Yahvé y dijo: "¡Ah, este pueblo ha cometido un gran pecado! Se han hecho un dios de oro. Perdona ahora su pecado; si no, bórrame de tu libro que has escrito". Yahvé dijo a Moisés: "Al que ha pecado contra mí lo borraré de mi libro. Ve ahora y conduce al pueblo adonde te he dicho. He aquí que mi ángel irá delante de ti, pero el día de mi visitación los castigaré por su pecado." Así golpeó Yahvé al pueblo, porque habían hecho el becerro que había hecho Aarón.

(Capítulo 33) Yahvé dijo a Moisés: "Vete de aquí, tú y el pueblo que sacaste de la tierra de Egipto; sube a la tierra que prometí con juramento a Abraham, a Isaac y a Jacob, diciendo: La daré a tus descendientes. Enviaré un ángel delante de ti y expulsaré al cananeo, al amorreo, al heteo, al ferezeo, al heveo y al jebuseo. Subid a una tierra que mana leche y miel; pero yo no subiré entre vosotros, porque sois un pueblo de dura cerviz, para no destruiros en el camino."

Cuando el pueblo oyó estas duras palabras, se lamentó, y nadie se puso sus ornamentos. Entonces Yahvé dijo a Moisés: "Di a los hijos de Israel: 'Sois un pueblo de dura cerviz; si subiera entre vosotros un momento, os destruiría. Y ahora, quitaos los ornamentos de encima, y sabré lo que tengo que haceros". 6Los hijos de Israel se despojaron de sus ornamentos en el monte Horeb.

Moisés tomó la tienda y la levantó fuera del campamento, a cierta distancia; la llamó la tienda del encuentro; y todos los que buscaban a Yavé iban a la tienda del encuentro, que estaba fuera del campamento. Cuando Moisés fue a la tienda, todo el pueblo se puso en pie, cada uno a la puerta de la tienda, y siguieron a Moisés con la mirada hasta que entró en la tienda. En cuanto Moisés entró en la tienda, la columna de nube descendió y se detuvo a la entrada de la tienda, y Yahvé habló con Moisés. Y todo el pueblo vio la columna de nube que estaba a la entrada de la Tienda; y todo el pueblo se levantó, y cada uno se postró a la entrada de su Tienda. Y Yahvé habló a Moisés cara a cara, como habla un hombre a su amigo. Entonces Moisés regresó al campamento, pero su criado Josué hijo de Nun, un joven, no se apartó de en medio de la Tienda.

Moisés dijo a Yahvé: "Tú me dices: Haz subir a este pueblo, pero no me dices a quién enviarás conmigo. Sin embargo, dijiste: 'Te conozco por tu nombre y has hallado gracia ante mis ojos. Y ahora, si he hallado gracia ante tus ojos, hazme conocer tus caminos, para que te conozca y halle gracia ante tus ojos. Considera que esta nación es tu pueblo. Yahvé respondió: "Mi rostro irá contigo y te daré descanso". Moisés dijo: "Si tu rostro no viene, no nos despidas de aquí. ¿Cómo se sabrá que yo y tu pueblo hemos hallado gracia a tus ojos, si no caminas con nosotros? Esto es lo que nos distinguirá a mí y a tu pueblo de todos los pueblos sobre la faz de la tierra. Yahvé respondió a Moisés: "Aun así haré lo que me pides, pues has hallado gracia ante mis ojos y te conozco por tu nombre".

Moisés dijo: "Déjame ver tu gloria". Yahvé respondió: "Haré pasar toda mi bondad delante de ti, y pronunciaré el nombre de Yahvé delante de ti; porque seré clemente con quien quiera ser clemente, y misericordioso con quien quiera ser misericordioso." Dijo Yahvé: "No podrás ver mi rostro, porque el hombre no puede verme y vivir." Dijo Yahvé: "Aquí hay un lugar cerca de mí; tú estarás sobre la roca. Cuando pase mi gloria, te pondré en el hueco de la roca y te cubriré con mi mano hasta que haya pasado. Entonces retiraré mi mano y me verás por detrás; pero mi rostro no se verá".

(Capítulo 34) Yahvé dijo a Moisés: "Corta dos tablas de piedra como las primeras, y escribiré en ellas las palabras que estaban en las primeras tablas que rompiste. Prepárate para subir mañana por la mañana al monte Sinaí y preséntate ante mí en la cima del monte. Que nadie suba contigo, y que no se vea a nadie en ninguna parte del monte, y que ni ovejas ni bueyes pasten en la ladera de este monte. Entonces Moisés cortó dos tablas de piedra como las primeras y, levantándose temprano, subió al monte Sinaí, como Yahvé le había ordenado, y tomó las dos tablas de piedra en la mano.

El Señor descendió en la nube, se detuvo junto a él y pronunció el nombre del Señor. Y Yahvé pasó por delante de él y gritó: "¡Yahvé! ¡Yahvé! Dios misericordioso y compasivo, lento a la cólera, rico en bondad y fidelidad, que conserva su gracia hasta mil generaciones, que perdona la iniquidad, la rebelión y el pecado; ¡pero no los deja sin castigo, visitando la iniquidad de los padres en los hijos y en los hijos de los hijos hasta la tercera y hasta la cuarta generación!". Inmediatamente Moisés se postró en tierra y adoró, 9diciendo: "Si he hallado gracia ante tus ojos, Señor, dígnate Yahvé caminar entre nosotros, pues son un pueblo de dura cerviz; perdona nuestras iniquidades y nuestros pecados, y tómanos como herencia."

Yavé dijo: "He aquí, yo hago un pacto: en presencia de todo tu pueblo haré maravillas que no se han hecho en ninguna tierra ni entre ninguna nación; y todos los pueblos que te rodean verán la obra de Yavé, porque terribles son las cosas que haré contigo.

Presta atención a lo que te ordeno hoy. He aquí que yo expulso delante de vosotros al amorreo, al cananeo, al heteo, al ferezeo, al heveo y al jebuseo. Guardaos de pactar con los habitantes de la tierra contra la que marcháis, no sea que se conviertan en una trampa en medio de vosotros. 13Pero derribaréis sus altares, quebraréis sus columnas y derribaréis sus bosques. No adoraréis a otros dioses, porque Yavé se llama Celoso, un Dios celoso. Por tanto, no hagáis alianza con los habitantes de la tierra, no sea que cuando ellos se prostituyan con sus dioses y les ofrezcan sacrificios, os inviten a entrar y comáis de sus sacrificios; no sea que toméis de sus hijas para vuestros hijos, y sus hijas, prostituyéndose con sus dioses, hagan que también vuestros hijos se prostituyan con sus dioses.

No haréis dioses de metal fundido.

La Fiesta de los Panes sin Levadura: siete días comeréis panes sin levadura, como yo os he mandado, a la hora señalada en el mes de Abib, porque en el mes de Abib salisteis de Egipto.

Todo primogénito macho de vuestros rebaños, sea buey u oveja, es mío. Redimirás al primogénito del asno con un cordero; y si no lo redimieres, le romperás el pescuezo. Redimirás a todo primogénito de tus hijos, y no vendrán ante mí con las manos vacías.

Trabajaréis seis días, pero descansaréis el séptimo, incluso en la labranza y la siega.

Celebraréis la fiesta de las Semanas, de la primera cosecha de trigo, y la fiesta de la Siega al final del año.

Tres veces al año comparecerán todos los varones ante el Señor Yahvé, Dios Israel. Porque echaré a las naciones de delante de ti y extenderé tus fronteras; y nadie codiciará tu tierra mientras subas a presentarte ante Yahvé, tu Dios, tres veces al año.

No ofrecerás la sangre de mi víctima con pan leudado, y el sacrificio de la fiesta pascual no se guardará hasta la mañana.

Traerás las primicias de los primeros frutos de tu tierra a la casa del Señor, tu Dios.

No cocerás el cabrito en la leche de su madre.

Yahvé dijo a Moisés: "Escribe tú estas palabras, porque conforme a ellas hago alianza contigo y con Israel."

Moisés estuvo allí con Yahvé cuarenta días y cuarenta noches, sin comer pan ni beber agua. Y Yahvé escribió en las tablas las palabras de la alianza, las diez palabras.

Moisés bajó del monte Sinaí; Moisés tenía las dos tablas del testimonio en la mano cuando bajó del monte; y Moisés no sabía que la piel de su rostro se había vuelto radiante mientras hablaba con Yahvé. Aarón y todos los hijos de Israel vieron a Moisés, y he aquí que la piel de su rostro resplandecía; y tuvieron miedo de acercarse a él. Moisés los llamó, y Aarón y todos los jefes de la congregación se acercaron a él, y él les habló. Entonces se acercaron todos los hijos de Israel, y él les dio todas las órdenes que había recibido de Yahvé en el monte Sinaí.

Cuando Moisés terminó de hablarles, se puso un velo sobre el rostro. Cuando Moisés se presentó ante Yavé para hablar con él, se quitó el velo hasta que salió; entonces salió y contó a los hijos de Israel lo que se le había ordenado. 35Y cuando los hijos de Israel vieron el rostro de Moisés, vieron que la piel del rostro de Moisés estaba radiante; y Moisés volvió a ponerse el velo sobre el rostro, hasta que entró a hablar con Yavé.