Ir al contenido

Notas del tema

Temas de la A a la Z

Página 12 de 297

Comodidad de lectura

Aa

ECR 15.5

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

No sólo cuidamos el espíritu, sino que sabemos también cuidar la materia, que no es reina, sino sierva útil al espíritu en el cumplimiento de su misión.

ECR 16

El Evangelio como me ha sido revelado

Detalle

Título del capítulo : La Anunciación

Fecha de la visión: Miércoles 8 de marzo de 1944

Calendario: miércoles 21 de febrero 5 d.C. (15 Adar I 3756).

Lugar (mapa) : Nazaret

Ciclo: Nacimiento e infancia de Jesucristo

Resumen: Este capítulo narra la Anunciación. María está orando en Nazaret: ruega a Dios por la venida de su Mesías. Mientras lo hace, llega el arcángel Gabriel. Todo sucede como nos cuentan los Evangelios.

Contenido del capítulo: 16.1: María sale corriendo con una sonrisa en la cara. 16.2: Canta y reza por la venida del Mesías. 16.3: Aparece el arcángel Gabriel. 16.4: Diálogo entre Gabriel y María.

ECR 16.1-4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Lo que veo. María, muchacha jovencísima (al máximo quince años a juzgar por su aspecto), está en una pequeña habitación rectangular; verdaderamente, una habitación de jovencita. Contra una de las dos paredes más largas, está el lecho: una cama baja, sin cuja, cubierta por gruesas esteras o tapetes — diríase que éstos están extendidos sobre una tabla o sobre un entramado de cañas porque están muy rígidos y sin pliegues como los de nuestras camas —. Contra la otra pared, un estante con una lámpara de aceite, unos rollos de pergamino y una labor de costura — parece un bordado — cuidadosamente doblada.

A uno de los lados del estante, hacia la puerta, que da al huerto, abierta ahora, aunque tapada por una cortina que palpita movida por un ligero vientecillo, en un taburete bajo está sentada la Virgen. Está hilando un lino candidísimo y suave como la seda. Sus manitas, sólo un poco más oscuras que el lino, hacen girar rápidamente el huso. Su carita juvenil, preciosa, está ligeramente inclinada y ligeramente sonriente, como si estuviera acariciando o siguiendo algún dulce pensamiento.

Hay un gran silencio en la casita y en el huerto. Y mucha paz, tanto en la cara de María como en el espacio que la rodea. Paz y orden. Todo está limpio y ordenado. La habitación, de humildísimo aspecto y mobiliario, casi desnuda como una celda, tiene un aire austero y regio, debido a su gran limpieza y a la cuidadosa colocación de la cobertura del lecho, de los rollos, de la lámpara y del jarroncito de cobre que está cerca de ésta con un haz de ramitas floridas dentro, ramitas de melocotonero o de peral, no lo sé; lo que sí está claro es que son de árboles frutales, de un blanco ligeramente rosado.

16.2 María comienza a cantar en voz baja. Luego alza ligeramente la voz. No llega al pleno canto, pero su voz ya vibra en la habitación, sintiéndose en aquélla una vibración del alma. No entiendo la letra, que sin duda es en hebreo, pero, dado que, de vez en cuando repite “Yeohvah”, intuyo que se trata de algún canto sagrado, acaso un salmo. Quizás María recuerda los cantos del Templo. Debe tratarse de un dulce recuerdo. Efectivamente, deja sobre su regazo sus manos, y con ellas el hilo y el huso, y levanta la cabeza para apoyarla en la pared, hacia atrás. Su rostro está encendido de un lindo rubor; los ojos, perdidos tras algún dulce pensamiento, brillantes por un golpe de llanto, que no los rebosa pero sí los agranda. Y, a pesar de todo, los ojos ríen, sonríen ante ese pensamiento que ven y que los abstrae de lo sensible. Resaltando de su vestido blanco sencillísimo, circundado por las trenzas, que lleva recogidas como corona en torno a la cabeza, el rostro rosado de María parece una linda flor.

El canto pasa a ser oración: «Señor Dios Altísimo, no te demores más en mandar a tu Siervo para traer la paz a la tierra. Suscita el tiempo propicio y la virgen pura y fecunda para la venida de tu Cristo. Padre, Padre santo, concédele a tu sierva ofrecer su vida para esto. Concédeme morir tras haber visto tu Luz y tu Justicia en la Tierra, sabiendo que la Redención se ha cumplido. ¡Oh, Padre Santo, manda a la Tierra el Suspiro de los Profetas! Envía el Redentor a tu sierva. Que cuando cese mi día se me abra tu Casa por haber sido abiertas sus puertas por tu Cristo para todos aquellos que en ti hayan esperado. Ven, ven, Espíritu del Señor. Ven a los fieles tuyos que te esperan. ¡Ven, Príncipe de la Paz!...». María se queda así ensimismada...

16.3 La cortina late más fuerte, como si alguien la estuviera aventando con algo o quisiera descorrerla. Y una luz blanca de perla fundida con plata pura hace más claras las paredes tenuemente amarillentas, hace más vivos los colores de las telas, más espiritual el rostro alzado de María. En la luz se prosterna el Arcángel. La cortina no ha sido descorrida ante el misterio que se está verificando; es más, ya no late: pende, rígida, pegada a las jambas, separando, como una pared, el interior del exterior.

El Arcángel necesariamente debe adquirir un aspecto humano; pero es un aspecto ultra-humano. ¿De qué carne está compuesta esta figura bellísima y fulgurante? ¿Con qué substancia la ha materializado Dios para hacerla sensible a los sentidos de la Virgen? Sólo Dios puede poseer estas substancias y usarlas de esa manera perfecta. Es un rostro, es un cuerpo, son ojos, boca, cabellos y manos como los nuestras; pero no se trata de nuestra opaca materia: es una luz que ha tomado color de carne, de ojos, de cabellera, de labios, una luz que se mueve y sonríe y mira y habla.

16.4 «¡Salve, María, llena de Gracia, salve!». La voz es un dulce arpegio como de perlas chocadas contra un metal precioso.

María se estremece y baja la mirada. Su estremecimiento aumenta cuando ve a la fúlgida criatura arrodillada aproximadamente a un metro de distancia de Ella, con las manos cruzadas sobre el pecho, mirándola con una veneración infinita.

María, repentinamente, se pone en pie y aprieta su cuerpo contra la pared. Palidece y se ruboriza alternativamente. Su rostro expresa estupor y turbación. Inconscientemente aprieta sus manos contra el pecho escondiéndolas en las anchas mangas. Se recoge sobre sí misma como queriendo esconder lo más posible su cuerpo: un acto de delicado pudor.

«No. No temas. ¡El Señor está contigo! ¡Bendita tú entre todas las mujeres!».

A pesar de estas palabras, María sigue temiendo. ¿De dónde viene ese ser extraordinario? ¿Es un enviado de Dios, o del Engañador?

«¡No temas, María!» insiste el Arcángel. «Yo soy Gabriel, el Ángel de Dios. Mi Señor me ha enviado a ti. No temas, porque has hallado gracia ante Dios. Tú concebirás en tu seno y darás a luz un Hijo, y le pondrás por nombre “Jesús”. Será grande, será llamado Hijo del Altísimo, y verdaderamente lo será. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y reinará para siempre en la casa de Jacob, y su Reino no tendrá fin nunca. Comprende, santa Virgen amada del Señor, Hija bendita suya, llamada a ser Madre de su Hijo, comprende qué Hijo vas a engendrar».

«¿Cómo puede suceder esto si yo no conozco hombre? ¿Acaso el Señor ya no acoge el ofrecimiento de su sierva? ¿Es que ya no quiere que sea virgen por amor a Él?».

«No vas a ser madre por obra de varón, María. Tú eres la eterna Virgen, la Santa de Dios. El Espíritu Santo descenderá sobre ti y la potencia del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso, Santo se llamará el que nacerá de ti, e Hijo de Dios. Todo lo puede el Señor, Dios nuestro. Isabel, la estéril, en su vejez ha concebido un hijo que será el Profeta de tu Hijo, el que preparará sus caminos. El Señor la ha liberado de su oprobio y su memoria quedará en las gentes unida a tu nombre, como el nombre de su hijo al de tu Hijo Santo, y hasta el final de los siglos las gentes os llamarán bienaventuradas por la gracia del Señor que habéis recibido, y a ti especialmente, María, porque habrán recibido la Gracia por medio de ti. Isabel está ya en su sexto mes, y su peso, paradójicamente, la regocija, y más aún la regocijará cuando conozca el motivo de tu gozo. Para Dios nada es imposible, María, llena de Gracia. ¿Qué debo responderle a mi Señor? No te turbe ningun tipo de pensamiento. Él tutelará tus intereses si te pones en sus manos. ¡El mundo, el Cielo, Dios eterno esperan tu respuesta!».

María, cruzando a su vez sus manos sobre el pecho e inclinándose con gesto reverente dice: «He aquí la esclava de Dios. Hágase de mí según su palabra».

El Ángel resplandece de alegría y se pone en actitud adorante, puesto que, sin duda, ve al Espíritu de Dios descender sobre la Virgen, inclinada en gesto de adhesión; luego desaparece sin mover la cortina, dejándola cerrada cubriendo el Misterio santo.

Anotación

Lucas 1,26-38

En el sexto mes, el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una joven virgen que había sido dada en matrimonio a un hombre de la casa de David llamado José; y el nombre de la joven era María. El ángel se le acercó y le dijo: "Dios te salve, llena eres de gracia, el Señor es contigo". Al oír esto, se quedó muy sorprendida y se preguntaba qué podía significar aquel saludo.

Entonces el ángel le dijo: "No temas, María, porque has hallado gracia ante Dios. Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin. María dijo al ángel: "¿Cómo puede ser esto, si no conozco a nadie? El ángel le respondió: "El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que va a nacer será santo y será llamado Hijo de Dios. Isabel, tu pariente, ya anciana, también ha concebido un hijo y está ahora en su sexto mes, aunque la llamaban la mujer estéril. Porque nada hay imposible para Dios. Entonces María dijo: "He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra". Entonces el ángel la dejó.

ECR 17.1.2-7

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

17.1 Dice Jesús:

«¿No se lee en el Génesis que Dios hizo al hombre dominador de todo lo que había sobre la tierra, es decir, de todo excepto de Dios y de sus ángeles ministros? ¿No se lee que hizo a la mujer como compañera del hombre en la alegría y en el dominio sobre todos los seres vivos? ¿No se lee que de todo podían comer excepto del árbol de la ciencia del Bien y del Mal? ¿Por qué? ¿Cuál es el sentido que subyace en las palabras “para que domine”; cuál, en el árbol de la ciencia del Bien y del Mal? ¿Os habéis preguntado alguna vez esto, vosotros, que os hacéis tantas preguntas inútiles y que no sabéis preguntarle nunca a vuestra alma acerca de las celestes verdades? (...)

17.2

Si supierais preguntar a vuestra alma, ella os diría que el significado verdadero, exacto, vasto cuanto la creación, de la palabra “domine” es éste: “Para que el hombre domine todo: sus tres estratos (el inferior, animal; el estrato intermedio, moral; el estrato superior, espiritual), y oriente los tres hacia un único fin: poseer a Dios”. Poseerlo mereciéndolo con este férreo dominio que tiene sujetas todas las fuerzas del yo haciéndolas esclavas de esta única finalidad: merecer poseer a Dios. Vuestra alma os diría que Dios había prohibido el conocimiento del Bien y del Mal, porque el Bien lo había donado con generosidad y gratuitamente a sus criaturas, y el Mal no quería que lo conocierais, porque es un fruto dulce al paladar, pero que, una vez que baja con su jugo a la sangre, ocasiona una fiebre que mata y produce ardiente sequedad en la garganta, por lo cual, cuanto más se bebe de su jugo traidor, más sed de él se tiene.

17.3

Vuestra objeción será: “¿Y por qué lo ha puesto?”. ¿Por qué! El Mal es una fuerza que ha nacido sola, como ciertos males monstruosos en el más sano de los cuerpos.

Lucifer era un ángel, el más hermoso de los ángeles. Espíritu perfecto. Sólo Dios era superior a él. Pues bien, con todo, en su ser luminoso nació un vapor de soberbia, y Lucifer no lo dispersó, sino que, por el contrario, lo condensó dándole vida en su interior. De esta incubación nació el Mal. Éste ya existía antes del hombre. Dios había arrojado fuera del Paraíso al Incubador maldito del Mal, al que ensuciaba el Paraíso. Pero ha seguido siendo y es el eterno Incubador del Mal, y, no pudiendo seguir ensuciando el Paraíso, ha ensuciado la Tierra.

17.4

Ese metafórico árbol pone en evidencia esta verdad. Dios había dicho al hombre y a la mujer: “Conoced todas las leyes y los misterios de la creación. Pero no pretendáis usurparme el derecho de ser el Creador del hombre. Para propagar la estirpe humana bastará el amor mío que circulará por vosotros, y, sin libídine sensual, sólo por latido de caridad, dará vida a los nuevos hombres como Adán de la estirpe. Todo os lo doy; sólo me reservo este misterio de la formación del hombre”.

17.5

Satanás quiso quitarle al hombre esta virginidad intelectual y, con su lengua serpentina, hechizó y halagó miembros y ojos de Eva, suscitando en ellos reflejos y sutilezas que antes no tenían porque no estaban intoxicados de Malicia.

Ella “vio”, y, viendo, quiso probar. Había sido despertada la carne. ¡Ah, si hubiera llamado a Dios¡ Si hubiera corrido a decirle: “¡Padre, estoy enferma; la serpiente me ha halagado y me siento turbada!”. El Padre la habría purificado, la habría curado con su aliento, pues lo mismo que le había infundido la vida podía infundirle de nuevo la inocencia, quitándole el recuerdo del tóxico serpentino, es más, introduciendo en ella una repugnancia hacia la Serpiente (como les sucede a los que han sufrido una enfermedad, que, una vez curados, sienten hacia ella una instintiva repugnancia). Pero no, Eva no va al Padre, Eva vuelve donde la Serpiente. Esa sensación le es dulce. “Viendo que el fruto del árbol se podía comer y que era bonito y de aspecto agradable, lo cogió y comió de él”.

Y “comprendió”. Ya la malicia había penetrado y le mordía las entrañas. Vio con ojos nuevos y oyó con oídos nuevos los usos y la voz de las bestias; y los deseó febrilmente.

17.6

Inició sola el pecado. Lo consumó con su compañero. Por eso sobre la mujer pesa una condena mayor. Por ella el hombre se hizo rebelde a Dios, y por ella conoció la lujuria y la muerte. Por ella perdió el dominio sobre sus tres reinos: el del espíritu, porque permitió que el espíritu desobedeciera a Dios; el de lo moral, porque permitió que las pasiones le sometieran a su señorío; el de la carne, porque la rebajó a las leyes instintivas de las bestias. “La Serpiente me ha seducido” dice Eva. “La mujer me ha ofrecido el fruto y yo he comido de él” dice Adán. Y el triple, desenfrenado apetito, desde entonces, tiene entre sus garras los tres reinos del hombre.

17.7

Sólo la Gracia logra aflojar la presa de este monstruo despiadado; y, si vive, si está vivísima, si la voluntad del hijo fiel la mantiene cada vez más viva, llega incluso a estrangular al monstruo. Ya no habrá nada que temer: ni a los tiranos internos (o sea, la carne y las pasiones), ni a los tiranos externos (el mundo y los que en el mundo tienen poder), ni a las persecuciones, ni a la muerte. Es como dice el apóstol Pablo: “Nada de esto yo temo, y no considero ya mía mi vida, con tal de cumplir mi misión y llevar a cabo el ministerio recibido del Señor Jesús para dar testimonio del Evangelio de la Gracia de Dios”».

ECR 17.1

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Esa alma que, cuando está en gracia, es como una flor entre las manos de vuestro ángel; esa alma que, cuando está en gracia, es como una flor besada por el sol y asperjada por el rocío, besada y asperjada por el Espíritu Santo, que le da calor y la ilumina, que la riega y la adorna de celestes luces.

ECR 17.1

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

¿No dije Yo: “Quien me ama observará mi palabra y el Padre mío le amará e iremos a él y haremos morada en él”? El alma que está en gracia posee el amor y, poseyéndolo, posee a Dios, o sea, al Padre que la conserva, al Hijo que la instruye, al Espíritu que la ilumina. Posee, por tanto, el Conocimiento, la Ciencia, la Sabiduría. Posee la Luz. Imaginaos, pues, qué conversaciones más sublimes podría establecer con vosotros vuestra alma, que son las conversaciones que han llenado los silencios de las cárceles, los silencios de las celdas, los silencios del yermo, los silencios de las habitaciones de los enfermos santos; las que han confortado a los presos que en la cárcel esperaban el martirio, a los cenobitas, que habían elegido el claustro en pos de la Verdad, a los eremitas, que anhelaban conocer anticipadamente a Dios, a los enfermos, para que soportaran o, mejor dicho, amaran su cruz.

Palabras clave

ECR 17.1

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

El alma que está en gracia posee el amor y, poseyéndolo, posee a Dios, o sea, al Padre que la conserva, al Hijo que la instruye, al Espíritu que la ilumina. Posee, por tanto, el Conocimiento, la Ciencia, la Sabiduría. Posee la Luz.

ECR 17.1

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

¡Cuántas verdades os manifestaría vuestra alma, si supierais conversar con ella, si la amarais como a quien os proporciona la semejanza con Dios, que es Espíritu, como espíritu es vuestra alma! ¡Qué gran amiga tendríais, si amarais a vuestra alma en vez de odiarla hasta matarla; qué grande, sublime amiga con quien hablar de cosas celestes; vosotros que tenéis tanta avidez de hablar y os destruís los unos a los otros con amistades que, aun no siendo indignas (alguna vez lo son), sí son casi siempre inútiles, y se os transforman en un bullicio vano o nocivo de palabras y sólo palabras, todas terrenas!

¿No dije Yo: “Quien me ama observará mi palabra y el Padre mío le amará e iremos a él y haremos morada en él”? El alma que está en gracia posee el amor y, poseyéndolo, posee a Dios, o sea, al Padre que la conserva, al Hijo que la instruye, al Espíritu que la ilumina. Posee, por tanto, el Conocimiento, la Ciencia, la Sabiduría. Posee la Luz. Imaginaos, pues, qué conversaciones más sublimes podría establecer con vosotros vuestra alma, que son las conversaciones que han llenado los silencios de las cárceles, los silencios de las celdas, los silencios del yermo, los silencios de las habitaciones de los enfermos santos; las que han confortado a los presos que en la cárcel esperaban el martirio, a los cenobitas, que habían elegido el claustro en pos de la Verdad, a los eremitas, que anhelaban conocer anticipadamente a Dios, a los enfermos, para que soportaran o, mejor dicho, amaran su cruz.

Palabras clave

ECR 17.1-2.6-7

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

17.1 Dice Jesús:

«¿No se lee en el Génesis que Dios hizo al hombre dominador de todo lo que había sobre la tierra, es decir, de todo excepto de Dios y de sus ángeles ministros? ¿No se lee que hizo a la mujer como compañera del hombre en la alegría y en el dominio sobre todos los seres vivos? ¿No se lee que de todo podían comer excepto del árbol de la ciencia del Bien y del Mal? ¿Por qué? ¿Cuál es el sentido que subyace en las palabras “para que domine”; cuál, en el árbol de la ciencia del Bien y del Mal? ¿Os habéis preguntado alguna vez esto, vosotros, que os hacéis tantas preguntas inútiles y que no sabéis preguntarle nunca a vuestra alma acerca de las celestes verdades? (...)

17.2 Si supierais preguntar a vuestra alma, ella os diría que el significado verdadero, exacto, vasto cuanto la creación, de la palabra “domine” es éste: “Para que el hombre domine todo: sus tres estratos (el inferior, animal; el estrato intermedio, moral; el estrato superior, espiritual), y oriente los tres hacia un único fin: poseer a Dios”. Poseerlo mereciéndolo con este férreo dominio que tiene sujetas todas las fuerzas del yo haciéndolas esclavas de esta única finalidad: merecer poseer a Dios. Vuestra alma os diría que Dios había prohibido el conocimiento del Bien y del Mal, porque el Bien lo había donado con generosidad y gratuitamente a sus criaturas, y el Mal no quería que lo conocierais, porque es un fruto dulce al paladar, pero que, una vez que baja con su jugo a la sangre, ocasiona una fiebre que mata y produce ardiente sequedad en la garganta, por lo cual, cuanto más se bebe de su jugo traidor, más sed de él se tiene. (..)

17.6 [Eva] Inició sola el pecado.

Por eso sobre la mujer pesa una condena mayor. Por ella el hombre se hizo rebelde a Dios, y por ella conoció la lujuria y la muerte. Por ella perdió el dominio sobre sus tres reinos: el del espíritu, porque permitió que el espíritu desobedeciera a Dios; el de lo moral, porque permitió que las pasiones le sometieran a su señorío; el de la carne, porque la rebajó a las leyes instintivas de las bestias. “La Serpiente me ha seducido” dice Eva. “La mujer me ha ofrecido el fruto y yo he comido de él” dice Adán. Y el triple, desenfrenado apetito, desde entonces, tiene entre sus garras los tres reinos del hombre.

17.7 Sólo la Gracia logra aflojar la presa de este monstruo despiadado; y, si vive, si está vivísima, si la voluntad del hijo fiel la mantiene cada vez más viva, llega incluso a estrangular al monstruo. Ya no habrá nada que temer: ni a los tiranos internos (o sea, la carne y las pasiones), ni a los tiranos externos (el mundo y los que en el mundo tienen poder), ni a las persecuciones, ni a la muerte. Es como dice el apóstol Pablo: “Nada de esto yo temo, y no considero ya mía mi vida, con tal de cumplir mi misión y llevar a cabo el ministerio recibido del Señor Jesús para dar testimonio del Evangelio de la Gracia de Dios”».

ECR 17.2

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Dios había prohibido el conocimiento del Bien y del Mal, porque el Bien lo había donado con generosidad y gratuitamente a sus criaturas, y el Mal no quería que lo conocierais, porque es un fruto dulce al paladar, pero que, una vez que baja con su jugo a la sangre, ocasiona una fiebre que mata y produce ardiente sequedad en la garganta, por lo cual, cuanto más se bebe de su jugo traidor, más sed de él se tiene.

Palabras clave