Jesús está en el campo, en una zona de tierras opimas: magníficas parcelas de árboles frutales, viñedos espléndidos con racimos cargados de uvas, que tienden ya a teñirse de oro y de rubí... Está sentado entre frutales comiendo algo de fruta que le ha ofrecido un campesino.
Quizás poco antes ha estado hablando, porque el campesino dice: «Me alegro de poder aliviar tu sed, Maestro. Tu discípulo ya nos había hablado de tu sabiduría, pero aun así nos hemos quedado asombrados al escucharte. Cerca como estamos de la Ciudad Santa, se va frecuentemente a ella para vender fruta y verduras. Se sube entonces también al Templo y se escucha a los rabíes. Pero no hablan, no, como Tú. Uno vuelve diciendo: “Si es así, ¿quién se salva?”. Tú, por el contrario... ¡oh, a uno le parece sentir el corazón aligerado! Un corazón que vuelve a ser niño, aunque se siga siendo hombre. Soy un hombre rudo... no sé explicarme, pero Tú, sin duda, entiendes».
«Sí. Te entiendo. Quieres decir que, con la seriedad y el conocimiento de las cosas, propios de quien es adulto, sientes, después de haber escuchado la Palabra de Dios, que la simplicidad, la fe, la pureza te renacen en el corazón, y te parece como si volvieras a ser niño, sin culpas ni malicia, con mucha fe, como cuando de la mano de tu madre subías al templo por primera vez u orabas sobre sus rodillas. Esto quieres decir».
«Esto, sí, exactamente esto. ¡Dichosos vosotros que estáis siempre con Él!» dice luego a Juan, Simón y Judas, que comen jugosos higos, sentados en una tapia baja. Y termina: «Y dichoso yo por tenerte como huésped durante una noche.»