«Pedidle algún milagro. Es poderoso. Cura. Lee los corazones. Da respuesta a todos los porqués».
«Háblale; para mí, que estoy enfermo. El ojo derecho está muerto, el izquierdo se está secando...».
«Maestro».
«Judas». Jesús, que estaba acariciando a una niña pequeña, se vuelve.
«Maestro, este hombre está casi ciego y quiere ver. Le he dicho que Tú puedes curarle».
«Puedo para quien tiene fe. Hombre, ¿tienes fe?».
«Yo creo en el Dios de Israel. Vengo aquí para meterme en Betesda, pero siempre hay uno que me precede».
«¿Puedes creer en mí?».
«Si creo en el ángel de la piscina, ¿no voy a creer en ti, de quien tu discípulo dice que eres el Mesías?».
Jesús sonríe. Se moja el dedo con saliva y roza apenas el ojo enfermo. «¿Qué ves?».
«Veo las cosas sin la niebla de antes. Y el otro, ¿no me lo curas?».
Jesús sonríe de nuevo. Vuelve a hacer lo mismo, esta vez con el ojo ciego. «¿Qué ves?» le pregunta, levantando del párpado caído la yema del dedo.
«¡Ah, Señor de Israel, veo tan bien como cuando de niño corría por los prados! ¡Bendito Tú, eternamente!». El hombre llora postrado a los pies de Jesús.
«Ve. Sé bueno ahora por gratitud hacia Dios».
68.7 Un levita, que había llegado cuando estaba concluyéndose el milagro, pregunta: «¿Con qué facultad haces estas cosas?».
«¿Tú me lo preguntas? Te lo diré, si me respondes a una pregunta. Según tu parecer, ¿es más grande un profeta que profetiza al Mesías o el Mesías mismo?».
«¡Qué pregunta! El Mesías es el más grande: ¡es el Redentor que el Altísimo ha prometido!».
«Entonces, ¿por qué los profetas hicieron milagros? ¿Con qué facultad?».
«Con la facultad que Dios les daba para probar a las multitudes que Él estaba con ellos».
«Pues bien, con esa misma facultad Yo hago milagros. Dios está conmigo, Yo estoy con Él. Yo les pruebo a las multitudes que es así, y que el Mesías bien puede, con mayor razón y en mayor medida, lo que podían los profetas».
El levita se marcha pensativo y todo termina.