ECR 24.1-5
El Evangelio como me ha sido revelado
Cita
24.1 Veo ambiente de fiesta en la casa. Es el día de la circuncisión.
María se ha preocupado de que todo esté lindo y en orden. Las habitaciones resplandecen de luz. Lucen por todas partes los más bellos paños, los más bellos atavíos. Hay mucha gente. María se mueve ágil entre los grupos, toda hermosa con su más bonito vestido blanco.
Isabel, reverenciada como una matrona, goza feliz su fiesta. El niño está en su regazo, saciado ya de leche.
24.2 Llega la hora de la circuncisión.
«Zacarías le llamaremos. Tú eres anciano. Justo sería ponerle tu nombre al niño» dicen unos hombres.
«¡De ninguna manera!». exclama la madre. «Su nombre es Juan. Su nombre debe dar testimonio de la potencia de Dios».
«¿Pero se puede saber cuándo ha habido un Juan en nuestra parentela?».
«No importa. Tiene que llamarse Juan».
«¿Tú qué dices, Zacarías? ¿Quieres tu nombre, no es verdad?».
Zacarías dice que no, con gestos. Coge una tablilla y escribe: «Su nombre es Juan», y, nada más terminar de escribir, añade, ya su liberada lengua: «porque Dios nos ha hecho objeto de una gran gracia, a mí, su padre, y a su madre, como también a este nuevo siervo suyo, el cual consumirá su vida en aras de la gloria del Señor y será llamado grande por los siglos y ante los ojos de Dios, porque pasará convirtiendo a los corazones al Señor altísimo. Lo dijo el ángel y yo no lo creí. Mas ahora creo y entra la Luz en mí. La Luz está entre nosotros y vosotros no la veis. Su destino es el de no ser vista, pues el espíritu de los hombres está lleno de estorbos, y además es perezoso. Pero mi hijo sí que la verá y hablará de Ella y hará que a Ella se vuelvan los corazones de los justos de Israel. ¡Bienaventurados los que crean en Ella y crean siempre en la Palabra del Señor! Y bendito seas Tú, Señor eterno, Dios de Israel, porque has visitado y redimido a tu pueblo, suscitando en él un poderoso Salvador en la casa de su siervo David. Como prometiste por boca de los santos Profetas, ya desde los tiempos antiguos: librarnos de nuestros enemigos y de las manos de los que nos odian, para ejercitar tu misericordia hacia nuestros padres y mostrar que te acuerdas de tu santa alianza. Éste es el juramento que hiciste a Abraham, nuestro padre: concedernos que, sin temor, de las manos de nuestros enemigos libres, te sirviéramos con santidad y justicia en presencia tuya toda la vida» y continúa así hasta el final. (He escrito hasta aquí porque, como usted puede ver, Zacarías ahora se dirige directamente a Dios).
Los presentes se quedan estupefactos, tanto del nombre como del milagro, como de las palabras de Zacarías.
Isabel, que al oír la primera palabra de Zacarías ha gritado de alegría, ahora está llorando abrazada a María, que la acaricia contenta.
24.3 No veo la circuncisión. Veo sólo que traen a Juan y que chilla desesperado. No le calma ni siquiera la leche de su mamá. Tira patadas como un potrillo. Pero María le toma en sus brazos y le acuna, y él se calla y se queda tranquilo.
«¡Fijaos!» dice Sara, «¡sólo se calla cuando le coge en brazos Ella!».
La gente se va marchando lentamente. En la habitación se quedan únicamente María, con el pequeñín en sus brazos, e Isabel, dichosa.
24.4 Entra Zacarías y cierra la puerta. Mira a María con lágrimas en los ojos. Hace ademán de hablar. Guarda silencio. Continúa adelante. Se arrodilla ante María y le dice: «Bendice al mísero siervo del Señor. Bendícele. Tú puedes hacerlo, tú que le llevas en tu seno. La palabra de Dios me ha hablado cuando he reconocido mi error, cuando he creído en todo cuanto me había sido dicho. Yo te veo a ti y veo tu destino feliz. Adoro en ti al Dios de Jacob. Tú, mi primer Templo, donde el sacerdote, regresado, puede de nuevo orar al Eterno. Bendita tú, que has obtenido gracia para el mundo y le traes el Salvador. Perdona a tu siervo si no ha visto antes tu majestad. Con tu venida nos has traído todas las gracias. En efecto, doquiera que vas, ¡oh Llena de Gracia!, Dios obra sus prodigios; santas son las paredes en que tú entras, santos se hacen los oídos que oyen tu voz y la carne que tú tocas, santos los corazones, porque tú confieres Gracia, Madre del Altísimo, Virgen profetizada y esperada para darle al pueblo de Dios el Salvador».
24.5 María sonríe, encendida de humildad, y habla: «Gloria al Señor, a Él sólo. De Él y no de mí viene toda gracia, y Él te la dona para que le ames y sirvas con perfección en los años que te quedan, para merecer su Reino, que será abierto por mi Hijo a los Patriarcas, a los Profetas, a los justos del Señor. Y tú, ahora que puedes orar ante el Santo, ora por la sierva del Altísimo; que, si ser Madre del Hijo de Dios es destino dichoso, ser Madre del Redentor debe ser destino de atroz sufrimiento. Ora por mí, que hora a hora siento crecer mi peso de dolor, y durante toda una vida tendré que llevarlo; no lo veo en sus detalles particulares, pero sí siento que será un peso mayor que si sobre estos hombros míos de mujer se posase el mundo y tuviera que ofrecérsele al Cielo. ¡Yo, yo sola, una pobre mujer! ¡Mi Niño! ¡El Hijo mío! El tuyo no llora si yo le acuno; pero, ¿voy a poder acunar yo al mío para calmarle el dolor?... Ora por mí, sacerdote de Dios. Mi corazón tiembla como una flor en medio de un temporal. Miro a los hombres y los amo, pero detrás de sus rostros veo aparecer al Enemigo, y veo cómo los hace enemigos de Dios, de Jesús, de mi Hijo...».
Y la visión cesa con la palidez de María y esas lágrimas suyas que hacen luciente su mirada.
Anotación
Lucas 1, 59-79:
Al octavo día vinieron a circuncidar al niño. Querían llamarle Zacarías, como su padre. Pero su madre dijo: "No, se llamará Juan". Le dijeron: "En tu familia no hay nadie con ese nombre. Preguntaron al padre por señas cómo quería llamarle. Hizo que le dieran una tablilla y escribió en ella: "Juan es su nombre". Y todos se quedaron asombrados. Inmediatamente se le abrió la boca, se le soltó la lengua: habló y bendijo a Dios. El miedo se apoderó de todos los vecinos, y todos estos acontecimientos se contaron por toda la región montañosa de Judea. Todos los que oían hablar de ellos los guardaban en su corazón y decían: "¿Qué será este niño? Ciertamente, la mano del Señor estaba con él.
Zacarías, su padre, se llenó del Espíritu Santo y pronunció estas palabras proféticas:
"Bendito sea el Señor, Dios de Israel, que visita y redime a su pueblo. En la casa de David, su siervo, ha hecho brotar la fuerza que nos salva, como ha dicho por boca de los santos, por medio de sus profetas, desde la antigüedad: la salvación que nos arrebata del enemigo, de la mano de todos nuestros opresores, el amor que muestra hacia nuestros padres, el recuerdo de su santa alianza, el juramento hecho a nuestro padre Abraham de hacernos intrépidos, para que, librados de la mano de nuestros enemigos, le sirvamos en justicia y santidad, en su presencia, todos nuestros días. Tú también, hijito, serás llamado profeta del Altísimo; caminarás ante la faz del Señor y prepararás sus caminos para que su pueblo conozca la salvación mediante el perdón de sus pecados, gracias a la ternura y al amor de nuestro Dios, cuando visitemos la estrella de lo alto, para iluminar a los que habitan en tinieblas y sombras de muerte, para guiar nuestros pies por el camino de la paz".