ECR 84.3
El Evangelio como me ha sido revelado
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ECR 198.8.10 · Volumen 3
La cuñada le dice: «Esta lana es de calidad — y toca el pequeño manto de Yabés —; pero... ¡el color!... Yo la teñiría de rojo muy oscuro. Quedaría bien. ¿Qué opinas?».
«Mañana por la tarde lo hacemos, porque mañana tendrá su prenda nueva. Ahora no se lo podemos quitar».
Marta dice: «¿Quieres venir conmigo, niño? Te llevo aquí cerca a ver muchas cosas. Después volvemos...».
Yabés no se opone. Nunca dice que no a nada... pero se le ve un poco asustado por la idea de ir con esta mujer casi desconocida. Dice, tímido y educado: «¿Podría venir conmigo Juan?».
«¡Pues claro!...».
Se marchan. (...)
Regresan Marta, Juan y el niño; éste lleva un vestidito de lino blanco y una sobreveste roja; en el brazo, un manto, también rojo.
«¿Los reconoces, Lázaro? ¿Te das cuenta como todo sirve?».
Los dos hermanos se sonríen mutuamente.
Jesús dice: «Gracias, Marta».
«Señor mío, tengo la enfermedad de guardar todo. Es herencia de mi madre. Conservo todavía muchas prendas de mi hermano, prendas a las que guardo afecto porque fueron tocadas por nuestra madre. De vez en cuando cojo una de ellas para algún niño. Ahora para Margziam. Son un poco largas, pero se pueden remeter. Lázaro, alcanzada la mayoría de edad, ya no los quiso... Fue un capricho en toda regla, verdaderamente de niño... Y se salió con la suya, porque mi madre adoraba a su Lázaro».
La hermana le acaricia, amorosa; Lázaro, por su parte, le coge su bellísima mano, se la besa y dice: «¿Y tú no?». Se sonríen de nuevo.
«Ha sido providencial» observan muchos de los presentes.
«Sí, mi capricho ha servido para un bien; quizás me será perdonado por esto».
La cena está ya preparada. Cada uno va a su sitio...