Ir al contenido

Notas de la palabra clave

Aglaé (mujer con velo de Belle-Eau)

Tema: Personajes del Evangelio tal como me fue revelado · Página 5 de 5

Comodidad de lectura

Aa

ECR 200.1-7 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Jesús vuelve, solo, a casa de Simón Zelote. La tarde cae, apacible y serena después de tanto sol. Jesús se asoma a la puerta de la cocina, saluda, y sube a meditar a la habitación de arriba, que ya está preparada para la cena.

El Señor no parece muy contento. Suspira bastante y pasea de un lado para otro por la sala, lanzando de vez en cuando una mirada hacia las tierras de los alrededores, visibles desde las muchas puertas de esta amplia habitación, que es un cubo construido encima del piso bajo. Sale también a pasear por la terraza, dando la vuelta a toda la casa, y se queda inmóvil, en el lado posterior, mirando a Juan de Endor, el cual, amablemente, está sacando agua de un pozo para ofrecérsela a Salomé, que está muy atareada. Mira, menea la cabeza y suspira.

La potencia de su mirada despierta la atención de Juan, que se vuelve a mirar, y pregunta: «Maestro, ¿me quieres para algo?».

«No, sólo te estaba mirando».

«Juan es bueno. Me ayuda» dice Salomé.

«Dios le recompensará también esa ayuda».

Jesús, después de estas palabras, entra de nuevo en la habitación y se sienta.

200.2

Está tan absorto, que no advierte el rumor de muchas voces y numerosos pasos en el pasillo de entrada, y luego una pisada ligera que sube la escalerita exterior y se acerca a la sala. Sólo cuando María le llama, levanta la cabeza.

«Hijo, ha llegado a Jerusalén Susana y ha venido inmediatamente acompañando a Áglae. ¿Quieres escucharla ahora que estamos solos?».

«Sí, Madre. En seguida. Y que no suba nadie hasta que haya terminado todo, lo cual espero que sea antes del regreso de los demás. Te ruego que vigiles para que no haya curiosidades indiscretas... en ninguno... y especialmente por lo que se refiere a Judas de Simón».

«Vigilaré con esmero...».

María sale, y vuelve poco después trayendo de la mano a Áglae, que ya no está arrebozada en su grueso manto gris y en su velo echado que le cubría el rostro; ya no lleva las sandalias altas, con su complicado sistema de hebillas y correas. Ahora está transformada; parece en todo una hebrea, con sus sandalias bajas y lisas, simplísimas como las de María; con su túnica azul oscura, y el manto encima formando elegantes pliegues; con un velo blanco colocado como lo usan las mujeres hebreas de clase llana (sencillamente sobre la cabeza y con uno de los extremos echado hacia atrás, de forma que cubre el rostro pero no del todo). Este indumento (como el de una infinidad de mujeres) y el hecho de estar en un grupo de galileos, la han guardado a Áglae de ser reconocida.

Entra con la cabeza baja. Cada paso que da se pone más colorada. Si María no tirase delicadamente de ella hacia Jesús, creo que se habría arrodillado en el umbral de la puerta.

«Mira, Hijo, aquí está la mujer que desde hace tanto tiempo te está buscando. Escúchala» dice María cuando llega adonde Jesús; y se retira, corriendo las cortinas para cubrir los vanos de las puertas, que están abiertas de par en par, y cierra la puerta más cercana a la escalera.

200.3

Áglae deja a un lado el fardo que llevaba a la espalda, se arrodilla a los pies de Jesús, rompe a llorar impetuosamente. Se curva hasta el suelo y sigue llorando con la cabeza apoyada sobre los brazos cruzados.

«No llores de ese modo. Ya no es momento de llanto. Sí debías haberlo hecho cuando estabas enemistada con Dios; no ahora, que le amas y te ama».

Pero Áglae sigue llorando...

«¿No crees que es así?».

La voz se abre paso entre los sollozos: «Le amo, es verdad, como sé hacerlo, como puedo... Pero, a pesar de que yo sepa y crea que Dios es Bondad, no puedo atreverme a esperar recibir su amor. He pecado demasiado... Un día, quizás, lo tendré, pero todavía me queda mucho que llorar... Por ahora estoy sola en mi amor. Estoy sola. No es la desesperada soledad de estos años. Es una soledad llena del deseo de Dios, y, por tanto, ya no es soledad desesperada... Pero, es tan triste, tan triste...».

«Áglae, ¡qué mal conoces todavía al Señor! Este deseo que tienes de Él te es prueba de que Dios responde a tu amor, es amigo tuyo, te llama, te invita, le interesas. Dios es incapaz de permanecer inerte ante el deseo de una criatura, porque ese deseo lo ha encendido Él — Creador y Señor de toda criatura — en ese corazón. Y lo ha encendido Él porque ha amado con privilegiado amor a esa alma que ahora le anhela. El deseo de Dios siempre precede al deseo de la criatura, porque Él es el Perfectísimo y, por tanto, su amor es mucho más diligente e intenso que el de la criatura».

«Pero, ¿cómo puede amar Dios mi fango?».

«No trates de entender con tu inteligencia. Es una inmensidad de misericordia, incomprensible para la mente humana. Pero lo que no puede ser comprendido por la inteligencia del hombre, lo comprende la inteligencia del amor, el amor del espíritu. Éste comprende y entra seguramente en el misterio de Dios y en el de las relaciones del alma con Dios. Entra, Yo te lo digo. Entra, porque Dios lo quiere».

«¡Oh, Salvador mío! Pero entonces... ¿estoy realmente perdonada? ¿Me ama verdaderamente Dios? ¿Debo creerlo?».

«¿Te he mentido alguna vez?».

«¡Oh, no, Señor! Todo lo que me dijiste en Hebrón se ha cumplido. Me has salvado, como dice tu Nombre. Yo era una pobre alma perdida y Tú me has buscado. Llevaba mi propia alma muerta y Tú me la has devuelto a la vida. Me dijiste que si te buscaba te encontraría. Y fue verdad. Me dijiste que estás dondequiera que el hombre tenga necesidad de un médico y de medicinas. Y es verdad. Todo lo que le dijiste a la pobre Áglae, desde las palabras de aquella mañana de junio hasta las otras de Agua Especiosa...».

«Debes creer, entonces, también en éstas».

«¡Sí! ¡Creo! ¡Creo! ¡Pero, dime: “Yo te perdono”!».

«Yo te perdono en nombre de Dios y de Jesús».

«Gracias...

200.4

Y... ¿ahora qué tengo que hacer? Dime, Salvador mío, ¿qué tengo que hacer para obtener la Vida eterna? Los hombres se corrompen sólo con mirarme... No puedo vivir temblando continuamente por el miedo a ser descubierta y asediada... Durante el viaje que he hecho para venir aquí, me he sentido temblar a cada mirada de hombre... No quiero ni pecar ni hacer pecar. Indícame el camino que debo seguir; el que sea, que lo seguiré. Como puedes ver, soy fuerte incluso en la penuria... Si por excesiva penuria encontrase la muerte, no por ello tendría miedo: la llamaré “amiga mía” porque me alejará de los peligros de este mundo, y para siempre. Habla, Salvador mío».

«Ve a un lugar desierto».

«¿A dónde, Señor?».

«A donde quieras. A donde te conduzca tu espíritu».

«¿Será capaz de tanto mi espíritu apenas formado?».

«Sí, porque Dios te guía».

«¿Y quién me va a hablar en lo sucesivo de Dios?».

«Por ahora, tu alma resucitada».

«¿Te volveré a ver?».

«No en este mundo. Pero dentro de poco te redimiré del todo y entonces visitaré tu espíritu para prepararte a la ascensión hacia Dios».

«¿Cómo se producirá mi completa redención si no te voy a volver a ver? ¿Cómo me la vas a dar?».

«Muriendo por todos los pecadores».

«¡Oh,... morir!... ¡No, Tú no!».

«Para daros la Vida debo darme la muerte. Por esto he venido en cuerpo humano. No llores... Vendrás conmigo pronto después de nuestro sacrificio».

«¡Mi Señor! ¿Voy a morir yo también por ti?».

«Sí; pero de otra forma. Hora a hora morirá tu carne por deseo de tu voluntad. Hace ya casi un año que está muriendo. Cuando haya muerto del todo, te llamaré».

«¿Tendré la fuerza suficiente para destruir mi carne culpable?».

«En la soledumbre donde estarás — y donde Satanás, en la medida en que tú vayas siendo cada vez más del Cielo, te atacará, cada vez más, rencoroso y violento —, encontrarás a un apóstol mío, primero pecador, luego redimido».

«Entonces no es aquel hombre bendito que me hablaba de ti, ¿no? Demasiado honesto es como para haber sido pecador».

«No es él, es otro. Irá a ti en su momento. Entonces te hablará de lo que ahora no puedes conocer. Ve en paz. Y que la bendición de Dios te acompañe».

200.5

Áglae ha estado de rodillas durante todo el tiempo, se curva para besar los pies del Señor. No se atreve a más. Luego coge su fardo y lo vuelca: caen al suelo unos vestidos sencillos, un saquito pequeño, que suena al chocar contra el suelo, y un frasco de un delicado alabastro rosa.

Áglae vuelve a meter los vestidos en el fardo, recoge del suelo el saquito y dice: «Esto es para tus pobres. Es el resto de mis joyas. Sólo me he reservado algunas monedas como viático... Aunque no me lo hubieras dicho, ya tenía pensado irme lejos. Y esto es para ti. No es tan suave como el perfume de tu santidad, pero es lo mejor que puede dar la tierra, aunque me servía para hacer lo peor... Que Dios me conceda perfumar al menos como esto en tu presencia en el Cielo» y, quitando el tapón precioso del frasco, esparce su contenido por el suelo. La preciosa esencia impregna las baldosas, sube a oleadas un penetrante olor a rosas.

Áglae retira el frasco vacío: «Como recuerdo de este momento» dice; luego se agacha una vez más a besar los pies de Jesús; se levanta, se retira caminando hacia atrás, sale, cierra la puerta...

Se oye su paso alejándose en dirección a la escalera, y su voz, que intercambia unas pocas palabras con María, luego el ruido de las sandalias contra los escalones... y nada más. De Áglae sólo queda, a los pies de Jesús, el saquito y, por toda la sala, el intensísimo aroma.

Jesús se alza... recoge el saquito y se lo lleva al pecho; va a uno de los vanos que mira al camino, y sonríe al ver a la mujer, sola, alejándose, con su manto hebreo, en dirección a Belén. Hace un gesto de bendición; luego va a la terraza y desde allí llama a su Madre.

María sube ágilmente la escalera: «La has hecho feliz, Hijo mío. Se ha marchado con fortaleza y paz».

«Sí, Madre. Mándame, el primero, a Andrés, cuando vuelva».

200.6

Pasa un tiempo y se oye la voz de los apóstoles, que vuelven hablando...

Andrés va donde Jesús: «¿Maestro, me has llamado?».

«Sí. Ven. Ninguno lo va a saber, pero a ti es de justicia decírtelo. Andrés, gracias en nombre de Dios y de un alma».

«¿Gracias? ¿Por qué?».

«¿No hueles este perfume? Es el recuerdo de la Velada. Ha venido. Está salvada».

Andrés se pone colorado como una fresa, se derrumba de rodillas, y no encuentra ni una palabra... Por fin dice: «Ahora estoy contento. ¡Bendito sea el Señor!».

«Sí. Levántate. No les digas a los demás que ha estado aquí».

«Guardaré silencio, Señor».

«Ahora puedes marcharte. Escucha... ¿Está todavía Judas de Simón?».

«Sí, ha querido acompañarnos... diciendo... muchas mentiras. ¿Por qué actúa así, Señor?».

«Porque es un muchacho consentido. Dime la verdad: ¿habéis reñido?».

«No. Mi hermano está demasiado contento con su hijo como para tener ganas de discutir. Los demás... ya sabes... son más prudentes. Pero, eso sí, en nuestro interior estamos todos molestos. De todas formas, después de la cena se vuelve a marchar... Otros amigos... dice. ¡Oh, y desprecia a las meretrices!...».

«Tranquilo, Andrés, que tú también te debes sentir feliz esta tarde...».

«Sí, Maestro. Yo también tengo mi invisible pero tierna paternidad. Hasta luego».

200.7

Pasa todavía otro rato más y suben en grupo los apóstoles con el niño y Juan de Endor. Los siguen las mujeres con las viandas y las candelas. Por último, Lázaro y Simón.

Nada más entrar en la sala exclaman: «¡¡Ah,... entonces provenía de aquí!!» y olfatean el ambiente saturado de perfume de rosas, saturado a pesar de que las puertas estén abiertas de par en par. «Pero, ¿quién ha perfumado de este modo esta habitación? ¿Marta, quizás?» preguntan muchos de los presentes.

«Mi hermana no se ha movido de casa hoy después de la comida» responde Lázaro.

«¿Y quién ha sido entonces? ¿Algún sátrapa asirio?» dice Pedro bromeando.

«El amor de una redimida» dice serio Jesús.

«Podía haberse ahorrado esta inútil ostentosidad de redención y haber dado el coste a los pobres. Son muchos, y saben que nosotros damos. Yo no tengo ya ni un ochavo» dice enfadado Judas Iscariote. «Y tenemos que comprar el cordero, alquilar la sala para el Cenáculo y...».

«Pero si os he ofrecido yo todo...» dice Lázaro.

«No es justo. Pierde su belleza el rito. La Ley dice: “Tomarás el cordero para ti y para tu casa”. No dice: “Aceptarás el cordero”».

Bartolomé se vuelve como movido por un resorte, abre la boca, pero... la cierra. Pedro se pone carmesí por el esfuerzo de guardar silencio. Pero Simón Zelote, que está en su casa, siente que puede hablar y dice: «Eso son sutilezas rabínicas... Te ruego que las olvides y que, eso sí, guardes respeto a mi amigo Lázaro».

«¡Sí señor, Simón!». Pedro, si no habla, explota. «¡Sí señor! Me parece, además, que nos olvidamos demasiado de que el Maestro es el único que tiene derecho a enseñar...». Pedro dice ese “nos olvidamos” haciendo un esfuerzo heroico por no decir “Judas se olvida”.

«Es verdad... pero... es que estoy nervioso. Perdona, Maestro».

«Sí. Y también te respondo. La gratitud es una gran virtud. Yo le estoy agradecido a Lázaro. Como también esta mujer redimida me ha dado las gracias. Derramo sobre Lázaro el perfume de mi bendición, incluso por aquellos, de entre mis apóstoles, que no lo saben hacer; Yo, que soy cabeza de todos vosotros. Esta mujer ha derramado a mis pies el perfume de la alegría por su redención. Ha reconocido al Rey y a Él ha venido, antes que otros muchos, sobre quienes el Rey ha derramado mucho más amor que no sobre ella. Dejadla actuar libremente y no la critiquéis. No podrá estar presente en el momento que me aclamen, como tampoco en el momento de mi unción. Ya lleva sobre sus espaldas su cruz. Pedro, has preguntado que si había venido aquí un sátrapa asirio. Pues bien, en verdad te digo que ni siquiera el incienso de los Magos — tan puro y precioso como era — igualaba en suavidad y valor a éste. La esencia está diluida en el llanto; por eso es tan penetrante: la humildad sostiene al amor y le hace perfecto. Sentémonos a la mesa, amigos...».

Con el ofrecimiento de la comida la visión concluye.

Anotación

Todo lo que me dijiste en Hebrón se ha hecho realidad. En EMV 77.

Encontrarás a uno de mis apóstoles que una vez fue pecador y luego redimido. Probablemente Mateo.

¿Así que no era el bendito apóstol quien me hablaba de ti? Andrés.

Yo también tengo mi invisible, pero dulce paternidad. Me voy. Referencia a la paternidad de Pedro hacia Marziam. Jesús le concedió el derecho de ser su padre adoptivo en EMV 199.

Podría prescindir de este inútil despliegue de redención y dar a los pobres lo que ha gastado. ¡Son tantos! Argumento esgrimido por Judas en la unción de Betania EMV 586,7.

Libro del Éxodo 12, 3

Ex 12, 3: Habla a toda la congregación de Israel y di: El día diez de este mes, que cada uno tome un cordero de cada familia, un cordero de cada casa

ECR 204.10 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«¿Qué piensas, Maestro?» pregunta Lázaro.

«Que hay muchos infelices en el mundo».

«Y yo soy uno de ellos».

«¿Por qué, amigo mío?».

«Porque todos vienen a ti, pero María no. Será que su miseria es mayor, ¿no?».

Jesús le mira y sonríe.

«¿Sonríes! ¿No te duele que María sea inconvertible y que yo sufra! Marta no ha dejado de llorar desde la tarde del lunes. ¿Quién era aquella mujer? ¿Sabes que durante todo el día tuvimos la esperanza de que fuera ella?».

«Sonrío porque eres un niño impaciente... y porque pienso que malgastáis energías y lágrimas; si hubiera sido ella, habría ido inmediatamente a decíroslo».

«¿Entonces?... ¡No era ella!».

«¡Lázaro!».

«Tienes razón. ¡Paciencia!, ¡más paciencia!... Mira, Maestro, las joyas que me diste para venderlas: aquí está el dinero que me han dado por ellas, para los pobres. Eran muy bonitas. De mujer».

«Eran de “esa” mujer».

«Lo había imaginado. ¡Ah, si hubieran sido de María...! ¡Pero ella... pero ella!... ¡Mi Señor, pierdo la esperanza!...».

Jesús le abraza y guarda silencio durante unos momentos. Luego dice: «Te ruego que no hables a nadie de esas joyas. Esa mujer debe desaparecer de admiraciones y apetitos, como una nube trasportada por el viento sin que quede rastro de ella en el cielo».

«Puedes estar tranquilo, Maestro... A cambio tráeme a María, a nuestra pobre María...».

«La paz descienda sobre ti, Lázaro. Haré lo que he prometido».

ECR 205.1 · Volume 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Juan de Endor, ven aquí, que tengo que hablarte» dice Jesús asomándose a la puerta.

El hombre estaba enseñando algo al niño. Le deja y va inmediatamente. Pregunta: «¿Qué me quieres decir, Maestro?».

«Ven conmigo aquí arriba».

Suben a la terraza y se sientan en la parte más protegida, porque, a pesar de que sea por la mañana, ya el sol calienta fuerte. Jesús recorre con su mirada los campos cultivados en que los cereales se van dorando más cada día que pasa y los árboles frutales van llenando sus frutos; parece como si quisiera extraer su pensamiento de esa metamorfosis vegetal.

«Mira, Juan. Hoy creo que va a venir Isaac para traerme a los campesinos de Jocanán antes de que regresen a sus campos. Ya le he dicho a Lázaro que le preste a Isaac un carro para que puedan acelerar su regreso sin miedo a llegar con un retardo que les acarreara un castigo. Lázaro lo va a hacer, porque Lázaro hace todo lo que digo. Ahora bien, de ti quiero otra cosa. Tengo aquí una suma que una persona me ha dado para los pobres del Señor. Generalmente el encargado de guardar las monedas y de distribuir los óbolos es uno de los apóstoles; generalmente es Judas de Keriot, aunque alguna vez son los otros. Judas no está aquí. Por lo que se refiere a los otros apóstoles, no quiero que sepan lo que tengo intención de hacer. Tampoco Judas debería saberlo esta vez. Lo harás tú, en mi nombre...».

«¡Yo, Señor?... ¡Yo? ¡No soy digno de ello!...».

«Debes irte acostumbrando a trabajar en mi nombre. ¿No has venido para esto?».

«Sí, pero pensaba que en lo que tenía que trabajar era en reconstruir mi pobre alma».

«Pues Yo te procuro el medio para hacerlo. ¿En qué has pecado? Contra la misericordia y el amor. ¿Con odio demoliste tu alma?... Pues con amor y misericordia la reconstruirás. Te doy el material necesario. Te voy a destinar de forma especial a las obras de misericordia y amor. Tienes capacidad para el cuidado y la palabra, así que estás en condiciones de cuidar desdichas físicas y morales, tienes capacidad para hacerlo. Empezarás con esta obra. Ten la bolsa. Se la darás a Miqueas y a sus amigos. Divídelo en partes iguales, siguiendo estas instrucciones: divide el total en diez partes; da cuatro a Miqueas, una para él, una para Saulo, una para Joel y una para Isaías; las otras seis partes, se las das a Miqueas para el anciano padre de Yabés y sus compañeros. Así recibirán al menos un consuelo».

«De acuerdo, pero ¿qué razón les doy?».

«Dirás: “Esto es para que os acordéis de orar por un alma que se está redimiendo”».

«¡A lo mejor piensan que soy yo! ¡No sería justo!».

«¿Por qué? ¿No quieres redimirte?».

«Lo que no sería justo es que creyeran que yo soy el donador».

«No te preocupes. Haz como te digo».

«Obedezco... Concédeme, al menos, aportar algo también yo. Total... ahora ya no tengo ninguna necesidad. Ya no compro más libros, ya no tengo pollos que alimentar, a mí con muy poco me basta, así que... nada. Ten, Maestro. Me quedo sólo con una mínima cantidad, para el gasto de las sandalias...» y saca de una bolsa que llevaba en la cintura muchas monedas, y las añade a las monedas de Jesús.

«Que Dios te bendiga por tu misericordia...»

Anotación

Le pedí a Lázaro que le prestara a Isaac un carro para que pudieran regresar a casa más rápidamente. No debían temer un retraso que pudiera acarrearles un castigo. Yokhanan (Giocana) sólo les dio seis días para ir y volver para la Pascua. Cf. EMV 190.

Tengo aquí una suma que me han dado para los pobres del Señor. Aglaia. Cf. EMV 200.

ECR 211.1-2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Están todos en un bosquecillo de las cercanías de Hebrón. Conversan, sentados en círculo, mientras comen.

Judas, ahora que está seguro de que María irá a ver a su madre, ha vuelto a sus mejores disposiciones de espíritu, y trata de borrar con mil atenciones el recuerdo de sus malhumores para con sus compañeros y las mujeres. Debe haber ido él al pueblo para comprar. Está contando que lo ha encontrado muy cambiado respecto al año anterior: «La noticia de la predicación y milagros de Jesús ha llegado hasta aquí. La gente ha empezado a recapacitar sobre muchas cosas. ¿Sabes, Maestro, que en esta zona hay una propiedad de Doras? También la mujer de Cusa posee aquí, por estos montes, unas tierras y un castillo propio, de su dote. Se ve que un poco ella y otro poco los campesinos de Doras han preparado el terreno, porque debe haber aquí alguno de los de Esdrelón. Doras ordena que guarden silencio, pero ellos... ¡yo creo que ni ante el tormento callarían! Ha causado estupor la muerte del fariseo, ¿sabes?, así como la excelente salud de Juana, que vino aquí antes de la Pascua. ¡Ah, y también te ha sido útil el amante de Áglae. ¿Sabes que ella se escapó poco después de haber pasado nosotros por aquí? Bueno pues él ha sido un demonio para con muchos inocentes, para vengarse. Así que la gente al final ha pensado en ti como en un vengador de los oprimidos, y desea tu presencia. Quiero decir los mejores...».

«¡Vengador de los oprimidos? Sí, lo soy, pero sobrenaturalmente. Ninguno de los que me ven con el cetro y la segur en la mano, como rey y justiciero según el espíritu de la tierra, juzga con acierto. Sí, claro que he venido a liberar de las opresiones: la del pecado — la más grave —, la de las enfermedades y el desconsuelo; como también de la ignorancia y del egoísmo. Muchos aprenderán que no es justa la tiranía porque el destino le haya colocado a uno arriba; y que, más bien, se debe usar de las posiciones privilegiadas para elevar al que está abajo».

«Lázaro lo hace, y también Juana; pero son dos contra centenares...» dice Felipe lleno de desconsuelo.

«Los ríos, en el nacimiento, no tienen la anchura que presentan en el estuario; son unas gotas, un hilo de agua... pero luego... hay ríos que en la desembocadura parecen mares».

«¡El Nilo, ¿no?! Tu Madre me contaba cosas de cuando fuisteis a Egipto. Siempre me decía: “Créeme: es un mar, un mar verde-azul. ¡Verle durante las crecidas es realmente un sueño!”. Y me hablaba de las plantas que parecían nacer del agua, y de esa abundancia de hierba que parecía nacer también del agua cuando se retiraba...» dice María de Alfeo.

«Pues os digo que, de la misma forma que el Nilo en su nacimiento es un hilo de agua y luego se transforma en un verdadero gigante, esto que ahora es sólo un hilito (Juana, Lázaro, Marta) inclinado con amor y por amor hacia los más pequeños llegará a ser una multitud: ¡cuántos!, ¡oh, cuántos!». Jesús parece como si estuviera viendo a estos que serán misericordiosos para con sus hermanos... y sonríe, absorto en su visión.

211.2

Judas confía que el arquisinagogo quería venir con él, pero que no se ha atrevido a tomar por sí solo la decisión: «¿Te acuerdas, Juan, cómo nos rechazó el año pasado?».

«Sí... pero vamos a decírselo al Maestro».

Le preguntan a Jesús, y responde que entrarán en Hebrón (si desean su presencia y los llaman, se detendrán un tiempo; si no, pasarán sin detenerse). «Así veremos también la casa de Juan el Bautista. ¿De quién es ahora?».

«Creo que de quien quiere. Samay se marchó y no ha vuelto. Ha quitado el mobiliario y la servidumbre. Los habitantes de la ciudad, para vengarse de sus vejaciones, han abierto una brecha en el muro de protección y ahora la casa es de todos; al menos el jardín. Se reúnen allí para venerar a su Juan. Se dice que Samay ha sido asesinado. No sé por qué motivo... parece que por una cuestión de mujeres...».

«¡Alguna trama podrida de la corte, sin duda!» masculla Natanael entre dientes.

Anotación

Judas, ahora que está seguro de que María irá con su madre, ha vuelto a un mejor estado de ánimo. Judas estaba de un humor terrible en laEMV 210.

Incluso la mujer de Kuzah tiene tierras y un castillo aquí, en estas montañas, que le pertenecen personalmente, como parte de su dote. Probablemente el castillo de Béther.

La muerte del viejo fariseo dejó atónito al pueblo. Cf. la dramática muerte de Doras en EMV 126.10.

Igual que la excelente salud de Juana. Cf. la curación de Juana de Kouza en EMV 102.7.

Judas confió que el jefe de la sinagoga quería venir con él, pero que no se atrevía a tomar esta decisión por su cuenta: "¿Recuerdas, Juan, cómo nos echó el año pasado?". Cf. EMV 77.8.