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Notas de la palabra clave

Sara de Nazaret (madre de Alfée)

Comodidad de lectura

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ECR 2.2 · Volumen 1

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

­­Oye llamar a la puerta y se levanta. Es alta realmente. Abre.

Una mujer le dice: «Ana, ¿me dejas tu ánfora? Te la lleno».

La mujer trae consigo a un rapacillo de cinco años, que se agarra inmediatamente al vestido de Ana. Ésta le acaricia mientras se dirige hacia otra habitación, de donde vuelve con una bonita ánfora de cobre. Se la da a la mujer diciendo: «Tú siempre eres buena con la vieja Ana. Dios te lo pague, en éste y en los otros hijos que tienes y que tendrás. ¡Dichosa tú!». Ana suspira.

La mujer la mira y no sabe qué decir ante ese suspiro. Para apartar la pena, que se ve que existe, dice: «Te dejo a Alfeo, si no te causa molestias; así podré ir más deprisa y llenarte muchos cántaros».

Alfeo está muy contento de quedarse, y se ve el porqué una vez que se ha ido la madre: Ana le coge en brazos y le lleva al huerto, le aúpa hasta una pérgola de uva de color oro como el topacio y dice: «Come, come, que es buena», y le besa en la carita embadurnada del zumo de las uvas que está desgranando ávidamente. Luego, cuando el niño, mirándola con dos ojazos de un gris azul oscuro todo abiertos, dice: «¿Y ahora qué me das?», se echa a reír con ganas, y, al punto, parece más joven, borrados los años por la bonita dentadura y el gozo que viste su rostro. Y ríe y juega, metiendo su cabeza entre las rodillas y diciendo: «¿Qué me das si te doy... si te doy?... ¡Adivina!». Y el niño, dando palmadas con sus manecitas, todo sonriente, dice: «¡Besos, te doy besos, Ana guapa, Ana buena, Ana mamá!...».

Ana, al sentirse llamar “Ana mamá”, emite un grito de afecto jubiloso y abraza estrechamente al pequeñuelo, diciendo: «¡Oh, tesoro! ¡Amor! ¡Amor! ¡Amor!». Y por cada “amor” un beso va a posarse sobre las mejillitas rosadas. Luego van a un vasar y de un plato bajan tortitas de miel. «Las he hecho para ti, hermosura de la pobre Ana, para ti que me quieres. Dime, ¿cuánto me quieres?». Y el niño, pensando en la cosa que más le ha impresionado, dice: «Como al Templo del Señor». Ana le da más besos: en los ojitos avispados, en la boquita roja. Y el niño se restriega contra ella como un gatito.

La madre va y viene con un jarro colmo y ríe sin decir nada. Les deja con sus efusiones de afecto.

Detalle

Ana está en casa y alguien ha venido a buscarla.

ECR 3.3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Es un niño muy majo. ¿Qué edad tiene?».

«Tres años. Es el penúltimo. Dentro de poco voy a tener otro. Tengo seis niños. Ahora querría una niña... Para una mamá es mucho una niña...».

«¡Grande ha sido el consuelo que has recibido del Altísimo, mujer!». — Ana suspira —.

La otra mujer dice: «Sí. Soy pobre, pero los hijos son nuestra alegría, y ya los más grandecitos ayudan a trabajar. Y tú, señora, — todos los signos son de que Ana es de condición más elevada, y la mujer lo ha visto — ¿cuántos niños tienes?».

«Ninguno».

«¿Ninguno! ¿No es tuyo éste?».

«No. De una vecina muy buena. Es mi consuelo...».

«Se te han muerto, o...».

«No los he tenido nunca».

«¡Oh!». La mujer pobre la mira con piedad.

Ana la saluda con un gran suspiro y se dirige a su tienda.

Detalle

Ana habla con una mujer que tiene un hijo, y la esposa de Joaquín le pregunta cuántos años tiene el niño. En este diálogo nos enteramos de que Sara de Nazaret es vecina de Ana.

Anotación

De adulto, el pequeño Alfée de Sara sería, en efecto, vecino de la Virgen María en Nazaret. Véase, por ejemplo, el capítulo 19, página 81 (EMV 12) o en el volumen 2, capítulo 65 (EMV 100). En el tomo 2, capítulo 74, página 409 (EMV 107), fue a él a quien María confió las llaves de su casa cuando se fue de viaje.

ECR 5.2

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Joaquín tiene además otro motivo de angustia: su esposa, a la que le ha llegado la hora de dar a luz al hijo. La pariente le dice que Ana no sufre en absoluto. Él está, de todas formas, muy inquieto, y, cada vez que la pariente u otras mujeres (entre las cuales la madre de Alfeo) salen de la habitación de Ana para luego volver con agua caliente, barreños y paños secados a la lumbre, que, jovial, brilla en el hogar central en una espaciosa cocina, él va y pregunta, y no le calman las explicaciones tranquilizadoras de las mujeres.

ECR 14.4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

14.4 Ya han llegado. El carro se detiene.

Dos mujeres y dos hombres, respectivamente de unos cuarenta y cincuenta años, están a la puerta, y muchos niños y jovencitos están con ellos.

«Dios te dé paz, María» dice el hombre más anciano. Una de las mujeres se acerca a María, la abraza y la besa.

«Es mi hermano Alfeo, y María, su mujer, y éstos son sus hijos. Han venido expresamente para recibirte y felicitarte y decirte que su casa es tuya, si así lo deseas» dice José.

(...) La otra mujer, que se ha acercado entretanto, dice: «María, quiero saludarte. Soy Lía, la amiga de tu madre. Te vi nacer. Éste es Alfeo, sobrino de Alfeo y muy amigo de tu madre. Lo que hice por tu madre, si quieres, lo haré por ti. Mira, mi casa es la que está más cerca de la tuya y tus parcelas de terreno son ahora nuestras. Pero, si quieres venir hazlo cuando te apetezca, en cualquier momento. Abrimos un paso en el cercado y así estaremos juntas, sin dejar de estar cada una en su casa. Éste es mi marido».

«Os doy las gracias a todos y por todo; por todo el amor que habéis tenido a los míos, y por todo el amor que me tenéis a mí. Que Dios todopoderoso os bendiga por ello».