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Notas de la palabra clave

Sangre de Jesucristo

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Comodidad de lectura

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ECR 217.2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Otra encrucijada de caminos: un camino secundario que atraviesa el camino de primer orden. Parados en ese punto, hay un grupo de desabridos fariseos, que, sin duda, vuelven de haber asistido a las funciones del sábado en el pueblo ancho y achatado que se ve en el fondo de este camino secundario: parece un animal grande acochado en su madriguera.

Jesús los ve, los mira manso y sonriente, y los saluda: «Paz a vosotros».

En vez de la respuesta al saludo, uno de los fariseos, arrogantemente, pregunta: «¿Quién eres?».

«Jesús de Nazaret».

«¿Veis como es Él?» dice uno de ellos a los otros.

Entretanto, Natanael y Simón se han acercado al Maestro. Los demás, caminando por los surcos, están viniendo hacia el camino; todavía vienen masticando y tienen en el cuenco de la mano granos de trigo.

Jesús se para para acabar de escuchar el resto de lo que quieren decirle. El primer fariseo que ha hablado — quizás el más representativo — le habla otra vez: «¡Ah!, ¿entonces eres el famoso Jesús de Nazaret?; ¿y cómo es que estás por aquí?».

«Porque también aquí hay almas que salvar».

«Para eso nos bastamos nosotros; sabemos salvar las nuestras y las de nuestros súbditos».

«Si es así, hacéis bien. Pero Yo he sido enviado para evangelizar y salvar».

«¡Enviado! ¡Enviado! ¿Y quién nos lo prueba? ¡Tus obras no!».

«¿Por qué dices eso? ¿No te preocupa tu vida?».

«¡Ah! ¡Ya! Tú eres ese que administra la muerte a quienes no le adoran. De forma que quieres matar a toda la clase sacerdotal, ¿no?, y a la de los fariseos, y a la de los escribas, y a muchas otras, porque ni te adoran ni te adorarán nunca; nunca, ¿comprendes? Nunca te adoraremos nosotros, los elegidos de Israel, ni te amaremos».

«No os fuerzo a amarme; os digo: “Adorad a Dios” porque...».

«O sea, a ti, porque Tú eres Dios, ¿no es así? Pero se da el caso de que nosotros no somos ni los piojosos paletos galileos ni esos estúpidos de Judá que te siguen olvidando a nuestros rabíes...».

«No te agites. Yo no pido nada. Cumplo mi misión. Enseño a amar a Dios y repito el Decálogo porque está muy olvidado, y se aplica peor. Lo que quiero ofrecer es la Vida, la eterna; no le deseo a nadie la muerte corporal, y menos todavía la espiritual. La vida sobre la que te preguntaba si no te preocupaba perderla era la de tu alma, porque amo tu alma a pesar de que ella no me ame, y me apena el ver que la estás matando al ofender al Señor con el desprecio de su Mesías».

Tanto se agita el fariseo que parece víctima de una convulsión: se descoloca sus vestiduras, se arranca las cintas, se quita la prenda que cubre su cabeza y se alborota los pelos, y grita: «¡Oíd! ¡Oíd! ¡Esto se me dice a mí, a Jonatán de Uziel, descendiente directo de Simón el Justo, a mí!... ¡Ofender yo al Señor! ¡No se quién me frena para que no te maldiga, pero...».

«Es el miedo. Hazlo, si quieres, que no quedarás por ello reducido a cenizas. A su debido tiempo, sí; entonces me invocarás, pero entre tú y Yo habrá, entonces, un arroyo rojo: mi Sangre».

Detalle

Jesús habla con Jonatás de Uziel. Al final, le transmitirá una profecía y le hablará de su Sangre.

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