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Notas de la palabra clave

Lugares - Palestina

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ECR 4.6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

En abril, la tierra de Palestina parecía un enorme jardín. Fragancias y colores deleitaban el corazón de los hombres.

Palabras clave

ECR 174.1 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Es una mañana espléndida. El aire tiene una nitidez aún más viva de la habitual; debido a ello, parece que las distancias se acortan o que las cosas se ven a través de un ocular, que hace nítidos incluso sus más pequeños detalles. En este ambiente, la muchedumbre se prepara a escuchar a Jesús.

Cada día que pasa, la naturaleza se va haciendo más hermosa, cubriéndose con el vestido opulento de la plena primavera, que en Palestina me parece que es justamente entre marzo y abril, porque después adquiere aspecto estivo, con las mieses maduras y las hojas ya abundantes y completas. Ahora está todo florido. Desde lo alto del monte, vestido de flores incluso en los puntos aparentemente menos aptos para florecer, se ve la llanura, con su cimbrear de cereales todavía flexibles movidos por el viento, que les imprime un vaivén de glauca ola, apenas teñida de oro pálido en los ápices de las espigas, que granan bajo sus ásperas aristas. Por encima de este ondear de cereales al viento leve, vense enhiestos, vestidos de pétalos (parecen numerosas, enormes borlas de tocador, o bolas de gasa blanca, o de color rosa tenuísimo, o rosa fuerte, o rojo vivo), los árboles frutales. Recogidos, como ascetas penitentes, los olivos oran, y su oración se transforma en una nieve de florecillas blancas que cae, por ahora todavía incierta.

El Hermón es, en su cima, alabastro rosa que el Sol besa y del que descienden dos hilos de diamante (desde aquí parecen hilos). De ellos el astro arranca fulgores casi irreales. Luego se hunden por debajo de las galerías verdes de los bosques y dejan de verse hasta que llegan abajo, al valle, donde forman cursos de agua, que sin duda desembocan en el lago Merón (no visible desde aquí), del que, a su vez, salen en las bellas aguas del Jordán, para hundirse nuevamente, ésta vez en el zafiro claro del mar de Galilea, que es todo un rielar de lascas — piedras preciosas — a las que el sol hace de engaste y llama. Parece como si las barcas de vela que surcan este lago, sereno y espléndido con su marco de jardines y campos maravillosos, estuvieran guiadas por las nubecillas ligeras que navegan en el otro mar del cielo.

Verdaderamente la creación ríe en este día de primavera, a esta hora de la mañana.