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Notas de la palabra clave

Dictados de Jesús y la Virgen María en la EMV

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ECR 24.6-10

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

24.6 Dice María:

«A quien reconoce su error arrepintiéndose y acusándose con humildad y corazón sincero, Dios le perdona; no sólo le perdona, sino que le recompensa. ¡Oh, qué bueno es mi Señor con los humildes y sinceros, con los que creen en Él y en Él se abandonan!

24.7 Arrojad de vuestro espíritu todo lo que le traba y le hace perezoso. Disponedle para que acoja la Luz, que es, cual faro en las tinieblas, guía y santo conforto.

¡Amistad con Dios, beatitud de sus fieles, riqueza no igualada por nada, quien te posee nunca está solo ni siente la amargura de la desesperación! No anulas el dolor, santa amistad, porque el dolor fue destino de un Dios encarnado y puede ser destino del hombre; eso sí, le haces dulce en su amargura, y añades una luz y una caricia que, cuales celestes toques, alivian la cruz.

Y, cuando la Bondad divina os dé una gracia, usad el bien recibido para dar gloria a Dios. No seáis como esos insensatos que de un objeto bueno se hacen un arma dañosa, o como los gastadores que de la abundancia acaban haciendo miseria.

24.8 Me causáis demasiado dolor, hijos tras cuyos rostros veo aparecer al Enemigo, a aquel que arremete contra mi Jesús. ¡Demasiado dolor! Yo quisiera ser para todos el Manantial de la Gracia, pero hay demasiados entre vosotros que no quieren la Gracia. Pedís “gracias”, pero con el alma privada de Gracia. ¿Cómo podrá la Gracia socorreros si sois enemigos suyos?

24.9 El gran misterio del Viernes santo se aproxima. Todo en los templos le recuerda y le celebra. Pero es necesario que le celebréis y le recordéis en vuestros corazones, y que os deis golpes de pecho, como los que bajaban del Gólgota, y que digáis: “Éste es realmente el Hijo de Dios, el Salvador”, y que digáis: “Jesús, por tu Nombre, sálvanos”, y que digáis: “Padre, perdónanos”, y, en fin, es necesario decir: “Señor, yo no soy digno; pero, si Tú me perdonas y vienes a mí, mi alma quedará curada. Yo no quiero, no, no quiero pecar ya más, para no volver a enfermarme y para no ser de nuevo detestado por ti”.

Orad, hijos, con las palabras de mi Hijo. Decidle al Padre por vuestros enemigos: “Padre, perdónalos”. Invocad al Padre, que se ha apartado indignado por vuestros errores: “Padre, Padre, ¿por qué me has abandonado? Yo soy pecador, pero, si me abandonas, moriré. Vuelve, Padre santo, que yo me salve”. Poned vuestro eterno bien, vuestro espíritu, en manos del Único que lo puede conservar ileso del demonio: “Padre, en tus manos dejo mi espíritu”. Si humilde y amorosamente cedéis vuestro espíritu a Dios, Él ciertamente le guiará como hace un padre con su pequeñuelo; no permitirá que nada dañe vuestro espíritu.

Jesús, en sus agonías, oró para enseñaros a orar. Os lo recuerdo en estos días de Pasión.

24.10 Y tú, María, tú que ves mi gozo de Madre y te extasías con ello, piensa y recuerda que he poseído a Dios a través de un dolor progresivamente más intenso, que bajó a mí con la Semilla de Dios y, cual árbol gigante, fue creciendo hasta tocar el Cielo con su copa y el infierno con sus raíces, cuando recibí en mi regazo el despojo exánime de la Carne de mi carne, y vi y conté sus laceraciones, y toqué su Corazón desgarrado, para apurar aquél hasta su última gota».

ECR 25.8-12

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

25.8 Dice María:

«Es la víspera de Jueves santo. A algunos les parecerá que la visión está fuera de lugar. Y, sin embargo, tu dolor de amante de mi Jesús Crucificado está en tu corazón, y permanece aunque se presente una dulce visión. Ésta es como el calorcillo producido por una llama: por una parte, fuego todavía; por otra, ya no. El fuego es la llama, no su calor, que no es sino una derivación de ella. Ninguna visión beatífica o pacífica podrá quitar de tu corazón ese dolor. Considéralo más valioso que tu misma vida, porque es el don mayor que Dios puede conceder a quien cree en su Hijo. Además, mi visión, dentro de su paz, no desentona con las solemnidades de esta semana.

25.9 Mi José sufrió también su Pasión, que comenzó en Jerusalén cuando notó mi estado; y duró algunos días, como en el caso de Jesús y mío. No fue, espiritualmente, poco dolorosa. Sólo fue la santidad de mi justo esposo lo que la contuvo, y en tal modo, tan digno y secreto, que ha pasado los siglos siendo poco notada.

¡Oh, nuestra primera Pasión! ¿Quién podrá referir su íntima y silenciosa intensidad, y mi dolor al constatar que aún no me había llegado del Cielo la ayuda que esperaba, de revelarle a José el Misterio?

Comprendí que lo ignoraba al verle conmigo con la misma actitud respetuosa que de costumbre. Si él hubiera sabido que llevaba en mí al Verbo de Dios, habría adorado a ese Verbo cerrado en mi seno con actos de veneración propios de Dios. Sí, José habría realizado esos actos, y yo no habría rehusado recibirlos, no por mí, sino por Aquel que estaba en mí y que yo llevaba, de la misma forma que el Arca de la alianza llevaba el código de piedra y los vasos de maná.

¿Quién podrá describir mi batalla contra el desánimo que pretendía subyugarme para persuadirme de que había esperado en vano en el Señor? ¡Oh, creo que fue la rabia de Satanás! Sentí surgirme la duda a las espaldas, y sentí cómo alargaba ésta sus gélidas zarpas para aprisionarme el alma y detener su oración. La duda... tan peligrosa, letal para el espíritu. Letal, porque es el primer elemento agente de la enfermedad mortal que tiene por nombre “desesperación”; contra él se debe reaccionar con todas las fuerzas, para no perecer en el alma y perder a Dios.

¿Quién podrá exponer con exacta verdad el dolor de José, sus pensamientos, la turbación de sus sentimientos? Él se encontraba, cual barquichuela en medio de una gran tempestad, en un remolino de ideas contrapuestas, en un torbellino de reflexiones a cuál más mordiente y penosa. Era un hombre aparentemente traicionado por su mujer. Veía que se derrumbaban juntos su buen nombre y la estima del mundo; por causa de Ella se veía ya señalado con el dedo y compadecido por el pueblo. Ante la evidencia de un hecho, veía caer muertos el afecto y la estima puestos en mí.

25.10 Su santidad aquí resplandece aún más alta que la mía. De ello doy testimonio con afecto de esposa, porque quiero que améis a mi José, a este hombre sabio y prudente, a este hombre paciente y bueno, el cual no está desligado del misterio de la Redención, antes bien, está íntimamente relacionado con él, porque por este misterio apuró el dolor y se consumió, salvándoos al Salvador con su sacrificio y santidad.

Si hubiera sido menos santo, hubiera actuado humanamente, denunciándome como adúltera para que me hubieran lapidado y pereciera conmigo el hijo de mi pecado. Si hubiera sido menos santo, Dios no le habría concedido la guía de su luz en tan ardua prueba. Pero José era santo. Su espíritu puro vivía en Dios, y tenía una caridad encendida y fuerte, y por la caridad os salvó al Salvador, tanto cuando no me acusó ante los ancianos, como cuando, dejándolo todo con diligente obediencia, salvó a Jesús en Egipto.

25.11 Aunque breves numéricamente, los tres días de la Pasión de José fueron de tremenda intensidad; como también la mía, esta primera pasión mía. En efecto, yo comprendía su sufrimiento, y no podía aliviarle en modo alguno, por obediencia al decreto de Dios que me había dicho: “¡Guarda silencio!”.

¡Ay, y, llegados a Nazaret, cuando le vi marcharse, tras un lacónico saludo, cabizbajo y como envejecido en poco tiempo, y no volver por la tarde como solía hacer, os digo, hijos, que mi corazón lloró con grandísima aflicción! Sola, cerrada en mi casa, en la casa en que todo me recordaba el Anuncio y la Encarnación, y donde todo me recordaba a José, desposado conmigo en intachable virginidad, tuve que resistir contra el abatimiento y las insinuaciones de Satanás, y esperar, esperar, tener esperanza, y orar, orar, orar, y perdonar, perdonar, perdonar la sospecha de José, su movimiento interior de justa indignación.

Hijos, es necesario esperar, orar, perdonar, para obtener que Dios intervenga en favor nuestro. Vivid también vosotros vuestra pasión, merecida por vuestras culpas. Yo os enseño a superarla y convertirla en gozo. Esperad sin medida, orad con confianza, perdonad para ser perdonados; el perdón de Dios será, hijos, la paz que deseáis.

25.12 Por ahora no os digo nada más. Hasta pasado el triunfo pascual, silencio. Es la Pasión. Sed compasivos para con vuestro Redentor. Oíd sus quejidos, contad sus heridas y sus lágrimas, cada una de las cuales fue vertida por vosotros, fue padecida por vosotros. Desaparezca cualquier otra visión ante esta que os recuerda la Redención que por vosotros se ha cumplido».

Detalle

María acaba de presenciar el reencuentro de María y José en Jerusalén, tras tres meses de ausencia. Se ha dado cuenta de que María está embarazada.

ECR 26.6-9

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

26.6 Dice María:

«Que nadie interprete erróneamente mi palidez. No provenía de miedo humano. Humanamente no podía esperar sino la lapidación. Pero no temía por eso. Sufría por el dolor de José. Y, en cuanto al pensamiento de que me acusara, no me turbaba tampoco por mí; lo único que me contrariaba era que él, insistiendo en acusarme, hubiera podido faltar a la caridad. Cuando le vi, por este motivo, la sangre me fue toda al corazón; era el momento en que un justo, ofendiendo a la Caridad, habría podido ofender a la Justicia. Y el hecho de que un justo hubiera cometido una falta — él, que no la cometía nunca — me hubiera producido un dolor supremo.

26.7 Si yo no hubiera sido humilde hasta el extremo límite — como he dicho a José — no habría merecido llevar en mí a Aquel que, para borrar la soberbia en la raza, siendo Dios, se anonadaba a sí mismo hasta la humillación de ser hombre.

26.8 Te he mostrado esta escena, no recogida por ningún Evangelio, porque quiero atraer la atención, demasiado extraviada, de los hombres hacia las condiciones esenciales para agradar a Dios y para recibir su continuo hacerse presente en los corazones.

Fe. José creyó ciegamente en las palabras del enviado celeste. No pedía otra cosa sino creer, porque tenía la convicción sincera de que Dios era bueno y de que el Señor no le depararía el dolor de ser un hombre traicionado, defraudado por su prójimo, un hombre de quien su prójimo se burlara, pues esperaba en el Señor. No pedía otra cosa sino creer en mí, porque, siendo honesto como era, sólo con dolor podía pensar que otro no lo fuera. Él vivía la Ley, y la Ley dice: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”. Nuestro amor hacia nosotros mismos es tanto que nos creemos perfectos aun cuando no lo somos; y, ¿por qué, entonces, vamos a desamar al prójimo pensándole imperfecto?

Caridad absoluta. Caridad que sabe perdonar, que quiere perdonar: perdonar de antemano, disculpando dentro del propio corazón las faltas del prójimo; perdonar en el momento, concediendo todos los atenuantes al culpable.

Humildad tan absoluta como la caridad. Saber reconocer que se ha cometido falta incluso con el simple pensamiento, y no tener ese orgullo, que es más nocivo que la culpa antecedente, de no querer decir: “He cometido un error”. Menos Dios, todos cometen errores. ¿Quién podrá decir: “Yo nunca cometo errores”? Y esa humildad aún más difícil de saber callar las maravillas de Dios en nosotros — cuando el darle gloria no requiera proclamarlas — para que el prójimo, que no tiene esos dones especiales de Dios, no se sienta menos. ¡Oh, si quiere Dios, si quiere, se manifestará en su siervo! Isabel me “vio” como yo era cuando llegó la hora, y mi esposo supo lo que yo real­mente era cuando le llegó la hora de saberlo.

26.9 Dejad que sea el Señor quien se preocupe de proclamaros siervos suyos. Él tiene amorosa prisa de hacerlo, porque toda criatura elevada a una misión especial es una nueva gloria que se añade a la suya, ya infinita, porque es testimonio de lo que el hombre es en el estado en que Dios le quería: una perfección subordinada que refleja a su Autor. ¡Permaneced en la sombra y en el silencio, oh vosotros, predilectos de la Gracia, para poder oír las únicas palabras de “vida” que existen, para poder merecer el tener sobre vosotros y en vosotros el Sol que, eterno, resplandece!

¡Oh, Luz beatísima que eres Dios, que eres la alegría de tus siervos, resplandece sobre estos siervos tuyos y así exulten en su humildad, alabándote a ti, sólo a ti, que dispersas a los soberbios y en cambio elevas a los esplendores de tu Reino a los humildes que te aman».

ECR 27.5-7

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

27.5 Dice María:

«No añado mucho, porque mis palabras son ya enseñanza.

Eso sí, reclamo la atención de las mujeres casadas sobre un punto. Demasiadas uniones se transforman en desuniones por culpa de las mujeres, las cuales no tienen hacia el marido ese amor que es todo (amabilidad, compasión, consuelo). Sobre el hombre no pesa el sufrimiento físico que oprime a la mujer, pero sí todas las preocupaciones morales: necesidad de trabajo, decisiones que hay que tomar, responsabilidades ante el poder establecido y ante la propia familia... ¡Oh, cuántas cosas pesan sobre el hombre, y cuánta necesidad tiene también él de consuelo! Pues bien, es tal el egoísmo, que la mujer le añade al marido cansado, desilusionado, abrumado, preocupado, el peso de inútiles quejas, e incluso a veces injustas. Y todo porque es egoísta; no ama.

Amar no significa satisfacer los propios sentidos o la propia conveniencia. Amar es satisfacer a la persona amada, por encima de los sentidos y conveniencias, ofreciéndole a su espíritu esa ayuda que necesita para poder tener siempre abiertas las alas en el cielo de la esperanza y de la paz.

27.6 Hay otro punto en el que querría que centrarais vuestra atención. Ya he hablado de ello; no obstante, insisto. Se trata de la confianza en Dios.

La confianza compendia las virtudes teologales. Si uno tiene confianza, es señal de que tiene fe; si tiene confianza, es señal de que espera y de que ama. Cuando uno ama, espera y cree en una persona, tiene confianza. Si no, no. Dios merece esta confianza nuestra. Si se la damos a veces a pobres hombres capaces de cometer faltas, ¿por qué negársela a Dios, que no comete falta alguna?

La confianza es también humildad. El soberbio dice: “Voy a actuar por mí mismo. No me fío de éste, que es un incapaz, un embustero y un avasallador”. El humilde dice: “Me fío. ¿Por qué no me voy a fiar? ¿Por qué debo pensar que yo soy mejor que él?”. Y así, con mayor razón, de Dios dice: “¿Por qué voy a tener que desconfiar de Aquel que es bueno? ¿Por qué voy a tener que pensar que me basto por mí mismo?”. Dios se dona al humilde, del soberbio se retira.

La confianza es, además, obediencia; y Dios ama al obediente. La obediencia es signo de que nos reconocemos hijos suyos, de que le reconocemos como Padre; y un padre, cuando es verdadero padre, no puede hacer otra cosa sino amar. Dios es para nosotros Padre verdadero y perfecto.

27.7

Hay un tercer punto que quiero que meditéis. Se funda también en la confianza.

Ningún hecho puede acaecer si Dios no lo permite. Por lo cual, ya tengas poder, ya seas súbdito, será porque Dios lo ha permitido. Preocúpate, pues, ¡oh tú que tienes poder!, de no hacer de este poder tuyo tu mal. En cualquier caso sería “tu mal”, aunque en principio pareciese que lo fuera de otros. En efecto, Dios permite, pero no sin medida; y, si sobrepasas el punto señalado, asesta el golpe y te hace pedazos. Preocúpate, pues, tú que eres súbdito, de hacer de esta condición tuya una calamita para atraer hacia ti la celeste protección. No maldigas nunca. Deja que Dios se ocupe de ello. A Él, Señor de todos, le corresponde bendecir o maldecir a los seres que ha creado.

Ve en paz».

ECR 28.6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

28.6 «No hay dictado» dice María. «La visión habla por sí sola. Tarea vuestra es entender la lección de caridad, humildad y pureza que de ella emana. Descansa. Velando, descansa, como yo velaba esperando a Jesús. Vendrá a traerte su paz».

Detalle

María y José van a Belén por el edicto del censo. Era invierno y habían encontrado el pesebre en Belén. Después de la visión, María se lo cuenta a María:

ECR 29.6-13

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

29.6 Dice María:

«Te había prometido que Él vendría a traerte su paz. ¿Te acuerdas de la paz que tenías durante los días de Navidad, cuando me veía­s con mi Niño? Entonces era tu tiempo de paz, ahora es tu tiempo de sufrimiento. Pero ya sabes que es en el sufrimiento donde se conquista la paz y toda gracia para nosotros y para el prójimo. Jesús-Hombre tornó a ser Jesús-Dios después del tremendo sufrimiento de la Pasión; tornó a ser Paz, Paz en el Cielo del que había venido y desde el cual, ahora, derrama su paz sobre aquellos que en el mundo le aman. Mas durante las horas de la Pasión, Él, Paz del mundo, fue privado de esta paz. No habría sufrido si la hubiera tenido, y debía sufrir, sufrir plenamente.

29.7 Yo, María, redimí a la mujer con mi Maternidad divina, mas se trataba sólo del comienzo de la redención de la mujer. Negándome, con el voto de virginidad, al desposorio humano, había rechazado toda satisfacción concupiscente, mereciendo gracia de parte de Dios. Pero no bastaba, porque el pecado de Eva era árbol de cuatro ramas: soberbia, avaricia, glotonería, lujuria. Y había que quebrar las cuatro antes de hacerle estéril en sus raíces.

29.8 Vencí la soberbia humillándome hasta el fondo.

Me humillé delante de todos. No hablo ahora de mi humildad respecto a Dios; ésta deben tributársela al Altísimo todas las criaturas. La tuvo su Verbo. Yo, mujer, debía también tenerla. ¿Has reflexionado, más bien, alguna vez, en qué tipo de humillaciones tuve que sufrir de parte de los hombres y sin defenderme en manera alguna? Incluso José, que era justo, me había acusado en su corazón. Los demás, que no eran justos, habían pecado de murmuración sobre mi estado, y el rumor de sus palabras había venido, como ola amarga, a estrellarse contra mi humanidad.

Y éstas fueron sólo las primeras de las infinitas humillaciones que mi vida de Madre de Jesús y del género humano me procuraron. Humillaciones de pobreza; la humillación de quien debe abandonar su tierra; humillaciones a causa de las reprensiones de los familiares y de las amistades, que, desconociendo la verdad, juzgaban débil mi forma de ser madre respecto a mi Jesús, cuando empezaba ya a ser un hombre; humillaciones durante los tres años de su ministerio; crueles humillaciones en el momento del Calvario; humillaciones hasta en el tener que reconocer que no tenía con qué comprar ni sitio ni perfumes para enterrar a mi Hijo.

29.9 Vencí la avaricia de los Progenitores renunciando con antelación a mi Hijo.

Una madre no renuncia nunca a su hijo, si no se ve obligada a ello. Ya sea la patria, o el amor de una esposa, o el mismo Dios quienes piden el hijo a su corazón, ella se resiste a la separación. Es natural que sea así. El hijo crece dentro de nosotras, y el vínculo de su persona con la nuestra jamás queda completamente roto. A pesar de que el conducto del vital ombligo haya sido cortado, siempre permanece un nervio que nace en el corazón de la madre (un nervio espiritual, más vivo y sensible que un nervio físico) y arraiga en el corazón del hijo, y que siente como si le estiraran hasta el límite de lo soportable, si el amor de Dios o de una criatura, o las exigencias de la patria alejan al hijo de la madre; y que se rompe, lacerando el corazón, si la muerte arranca un hijo a su madre.

Yo renuncié, desde el momento en que le tuve, a mi Hijo. A Dios se lo di, a vosotros os lo di. Me despojé del Fruto de mi vientre para dar reparación al hurto de Eva del fruto de Dios.

29.10 Vencí la glotonería, tanto de saber como de gozar, aceptando saber únicamente lo que Dios quería que supiera, sin preguntarme a mí misma, sin preguntarle a Él, más de cuanto se me dijera. Creí sin indagar. Vencí la gula de gozar porque me negué todo deleite del sentido. Mi carne la puse bajo las plantas de mis pies. Puse la carne, instrumento de Satanás, y con ella al mismo Satanás, bajo mi calcañar para hacerme así un escalón para acercarme al Cielo. ¡El Cielo!... Mi meta. Donde estaba Dios. Mi única hambre. Hambre que no es gula sino necesidad bendecida por Dios, por este Dios que quiere que sintamos apetito de Él.

29.11 Vencí la lujuria, que es la gula llevada a la exacerbación. En efecto, todo vicio no refrenado conduce a un vicio mayor. Y la gula de Eva, ya de por sí digna de condena, la condujo a la lujuria; efectivamente, no le bastó ya el satisfacerse sola sino que quiso portar su delito a una refinada intensidad; así conoció la lujuria y se hizo maestra de ella para su compañero. Yo invertí los términos y, en vez de descender, siempre subí; en vez de hacer bajar, atraí siempre hacia arriba; y de mi compañero, que era un hombre honesto, hice un ángel.

Es ese momento en que poseía a Dios, y con Él sus riquezas infinitas, me apresuré a despojarme de todo ello diciendo: “Que por Él se haga tu voluntad y que Él la haga”. Casto es aquel que controla no sólo su carne, sino también los afectos y los pensamientos. Yo tenía que ser la Casta para anular a la Impúdica de la carne, del corazón y de la mente. Me mantuve comedida sin decir ni siquiera de mi Hijo, que en la tierra era sólo mío, como en el Cielo era solamente de Dios: “Es mío y para mí le quiero”.

29.12 Y a pesar de todo no era suficiente para que la mujer pudiera poseer la paz que Eva había perdido. Esa paz os la procuré al pie de la Cruz, viendo morir a Aquel que tú has visto nacer. Y, cuando me sentí arrancar las entrañas ante el grito de mi Hijo, quedé vacía de toda feminidad de connotación humana: ya no carne sino ángel. María, la Virgen desposada con el Espíritu, murió en ese momento; quedó la Madre de la Gracia, la que os generó la Gracia desde su tormento y os la dio. La hembra, a la que había vuelto a consagrar mujer la noche de Navidad, a los pies de la Cruz conquistó los medios para venir a ser criatura del Cielo.

Esto hice yo por vosotras, negándome toda satisfacción, incluso las satisfacciones santas. De vosotras, reducidas por Eva a hembras no superiores a las compañeras de los animales, he hecho — basta con que lo queráis — las santas de Dios. Por vosotras subí, y, como a José, os elevé. La roca del Calvario es mi Monte de los Olivos. Ése fue mi impulso para llevar al Cielo, santificada de nuevo, el alma de la mujer, junto con mi carne, glorificada por haber llevado al Verbo de Dios y anulado en mí hasta el último vestigio de Eva, la última raíz de aquel árbol de las cuatro ramas venenosas, aquel árbol que tenía hincada su raíz en el sentido y que había arrastrado a la caída a la humanidad, y que hasta el final de los siglos y hasta la última mujer os morderá las entrañas. Desde allí, donde ahora resplandezco envuelta en el rayo del Amor, os llamo y os indico cuál es la Medicina para venceros a vosotras mismas: la Gracia de mi Señor y la Sangre de mi Hijo.

29.13 Y tú, voz mía, haz descansar a tu alma con la luz de esta alborada de Jesús para tener fuerza en las futuras crucifixiones que no te van a ser evitadas, porque te queremos aquí, y aquí se viene a través del dolor; porque te queremos aquí, y más alto se viene cuanto mayor ha sido la pena sobrellevada para obtener Gracia para el mundo.

Ve en paz. Yo estoy contigo».

ECR 30.10-11

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

30.10 Dice Jesús:

«Hoy hablo Yo. Estás muy cansada, pero ten paciencia todavía durante un poco.

Es la víspera del Corpus Christi. Podría hablarte de la Eucaristía y de los santos que se hicieron apóstoles de su culto, del mismo modo que te he hablado de los santos que fueron apóstoles del Sagrado Corazón. Pero quiero referirme a otra cosa y a una categoría de adoradores de mi Cuerpo, que son los precursores del culto al mismo, los pastores; ellos son los primeros adoradores de mi Cuerpo de Verbo hecho Hombre.

Una vez te dije — y esto mismo lo dice también mi Iglesia — que los Santos Inocentes son los protomártires de Cristo.

Ahora te digo que los pastores son los primeros adoradores del Cuerpo de Dios. En ellos se encuentran todos los requisitos que se necesitan para ser adoradores del Cuerpo mío, para ser almas eucarísticas.

Fe segura: ellos creen pronta y ciegamente en el ángel.

Generosidad: dan todo lo que poseen a su Señor.

Humildad: se acercan a otros más pobres que ellos, humanamente, con una modestia de actos que hace que no se sientan rebajados; y se profesan siervos de ellos.

Deseo: lo que no pueden dar por sí mismos, se las ingenian para procurarlo con apostolado y esfuerzo.

Prontitud de obediencia: María desea que sea avisado Zacarías, y Elías va en seguida. No lo deja para otro momento.

Amor, en fin: no saben irse de ese lugar. Tú dices: “dejan allí su corazón”. Dices bien.

¿Y no habría que comportarse así también con mi Sacramento?

30.11 Otra cosa. Ésta enteramente para ti. Observa a quién se revela el ángel en primer lugar, y quién es el que merece escuchar las efusiones del ánimo de María. Leví: el niño.

A quien tiene alma de niño Dios se le manifiesta, y le muestra sus misterios y permite que escuche las palabras divinas y de María. Y quien tiene alma de niño tiene también la santa intrepidez de Leví y dice: “Déjame besar el vestido de Jesús”. Se lo dice a María, porque es siempre María la que os da a Jesús. Ella es la Portadora de la Eucaristía. Ella es la Píxide Viva.

Quien va a María me encuentra a mí. Quien me pide a Ella de Ella me recibe. La sonrisa de mi Madre, cuando una criatura le dice: “Dame a tu Jesús para que yo le ame” — tan feliz se siente —, hace que el color del Cielo se cambie en un esplendor más vivo de júbilo.

Dile pues: “Déjame besar el vestido de Jesús, déjame besar sus llagas”. Atrévete incluso a más. Di: “Déjame reclinar mi cabeza en el Corazón de tu Jesús para sentirme así beata”.

Ven. Descansa. Como Jesús en la cuna, entre Jesús y María».

ECR 31.6-10

El Evangelio como me ha sido revelado

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31.6 Dice luego María:

«Sé que comprendes mi llanto. De todas formas, me verás llorar más intensamente.

Por el momento voy a aliviar tu espíritu mostrándote la santidad de José, que era hombre, o sea, que no tenía más ayuda de su espíritu que su santidad. Yo, en mi condición de Inmaculada, tenía todos los dones de Dios; no sabía que lo era, pero en mi alma éstos eran acti­vos y me daban fuerza espiritual. Él, sin embargo, no era in­macu­lado. La humanidad estaba en él con todo su peso gravoso, y debía elevarse hacia la perfección con todo ese peso, a costa del esfuerzo continuo de todas sus facultades por querer alcanzar la perfección y ser agradable a Dios.

¡Oh, sí, verdaderamente santo era mi esposo! Santo en todo, incluso en las cosas más humildes de la vida: santo por su castidad de ángel, santo por su honestidad de hombre, santo por su paciencia, por su laboriosidad, por su serenidad siempre igual, por su modestia, por todo.

Esa santidad brilla también en este hecho acaecido. Un sacerdote le dice: “Conviene que te establezcas aquí”; y él, aun sabiendo que su decisión le acarreará el tener que trabajar mucho más, dice: “Por mí no es nada. Lo que me preocupa es el sufrimiento de María. Si no fuera por esto, yo, por mí, no me afligiría; es suficiente con que le sea útil a Jesús”. Jesús, María: sus angélicos amores. Mi santo esposo no tuvo otro amor en este mundo... y se hizo a sí mismo siervo de este amor.

Le han hecho protector de las familias cristianas, de los trabajadores, de muchas otras categorías (moribundos, esposos...); pues bien, a mayor razón, debería hacérsele protector de los consagrados. Entre los consagrados de este mundo al servicio de Dios, quienquiera que sea, ¿habrá alguno que se haya ofrecido como él al servicio de su Dios, aceptando todo, renunciando a todo, soportándolo todo, llevando todo a cabo con prontitud, con espíritu gozoso, con constancia de ánimo como él? No, no lo hay.

31.7 Y observa otra cosa; o, mejor, dos.

Zacarías es un sacerdote; José, no. Y, sin embargo, observa cómo él, que no lo es, tiene su espíritu en el Cielo más que quien lo es. Zacarías piensa humanamente, y humanamente interpreta las Escrituras, porque — no es la primera vez que lo hace — se deja guiar demasiado por su buen sentido humano. Ya fue castigado por ello, pero vuelve a caer en lo mismo, aunque menos gravemente. Ya respecto al nacimiento de Juan había dicho: “¿Cómo podrá ser esto, si yo soy viejo y mi mujer estéril?”. Ahora dice: “Para allanarse el camino, el Cristo debe crecer aquí”; y piensa — con esa pequeña raíz de orgullo que persiste incluso en los mejores — que él le puede ser útil a Jesús — no útil como quiere serlo José (sirviéndole), sino útil siendo maestro suyo (!) —. Dios le perdonó de todas formas por la buena intención; pero, ¿necesitaba, acaso, maestros el “Maestro”?

Traté de hacerle ver la luz en las profecías, mas él se sentía más docto que yo y usaba a su modo esta impresión suya. Yo habría podido insistir y vencer, pero — y ésta es la segunda observación que te presento — respeté al sacerdote; por su dignidad, no por su saber.

31.8 Por lo general, Dios ilumina siempre al sacerdote. Digo “por lo general”. Es iluminado cuando es un verdadero sacerdote. No es el hábito el que consagra; consagra el alma. Para juzgar si uno es un verdadero sacerdote, debe juzgarse lo que sale de su alma. Como dijo mi Jesús: del alma salen las cosas que santifican o que contaminan, las que informan todo el modo de actuar de un individuo. Pues bien, cuando uno es un verdadero sacerdote, generalmente siempre Dios le inspira. ¿Y los otros, que no son tales?: tener con ellos caridad sobrenatural, orar por ellos.

Y mi Hijo te ha puesto ya al servicio de esta redención, y no digo más. Alégrate de sufrir porque aumenten los verdaderos sacerdotes. Descansa en la palabra de aquel que te guía. Cree y presta obediencia a su consejo.

31.9 Obedecer salva siempre. Aunque no sea en todo perfecto el consejo que se recibe.

Tú has visto que nosotros obedecimos, y el fruto fue bueno. Verdad es que Herodes se limitó a ordenar el exterminio de los niños de Belén y de los alrededores. Pero, ¿no habría podido, acaso, Satanás llevar estas ondas de odio, propagarlas, mucho más allá de Belén, y persuadir a un simil delito a todos los poderosos de Palestina para lograr matar al futuro Rey de los judíos? Sí, habría podido. Y esto habría sucedido en los primeros tiempos del Cristo, cuando el repetirse de los prodigios ya había despertado la atención de las muchedumbres y el ojo de los poderosos. Y, si ello hubiera sucedido, ¿cómo habríamos podido atravesar toda Palestina para ir, desde la lejana Nazaret, a Egipto, tierra que daba asilo a los hebreos perseguidos, y, además, con un niño pequeño y en plena persecución? Más sencilla la fuga de Belén, aunque — eso sí — igualmente dolorosa.

La obediencia salva siempre, recuérdalo;

31.10 y el respeto al sacerdote es siempre señal de formación cristiana. ¡Ay — y Jesús lo ha dicho — ay de los sacerdotes que pierden su llama apostólica! Pero también ¡ay de quien se cree autorizado a despreciarlos!, porque ellos consagran y distribuyen el Pan verdadero que del Cielo baja. Este contacto los hace santos cual cáliz sagrado, aunque no lo sean. De ello deberán responder a Dios. Vosotros consideradlos tales y no os preocupéis de más. No seáis más intransigentes que vuestro Señor Jesucristo, el cual, ante su imperativo, deja el Cielo y desciende para ser elevado por sus manos. Aprended de Él. Y, si están ciegos, o sordos, o si su alma está paralítica y su pensamiento enfermo, o si tienen la lepra de unas culpas que contrastan demasiado con su misión, si son Lázaros en un sepulcro, llamad a Jesús para que les devuelva la salud, para que los resucite.

Lamadle, almas víctimas, con vuestro orar y vuestro sufrir. Salvar un alma es predestinar al Cielo la propia. Pero salvar un alma sacerdotal es salvar un número grande de almas, porque todo sacerdote santo es una red que arrastra almas hacia Dios, y salvar a un sacerdote, o sea, santificar, santificar de nuevo, es crear esta mística red. Cada una de sus capturas es una luz que se añade a vuestra eterna corona.

Vete en paz».

Detalle

María acaba de ver el encuentro entre Zacarías, José y María. El sacerdote les aconseja que se queden en Belén y ellos obedecen. La visión termina con las lágrimas de María, que le dicta después.

ECR 32.7-9

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Dice Jesús:

«De la descripción que has hecho, brotan para todos dos enseñanzas.

Primera: no se manifiesta la verdad a aquel sacerdote que, aun estando inmerso en los ritos, tiene su espíritu ausente; antes bien, se revela a un simple fiel.

El sacerdote — siempre en contacto con la Divinidad, orientado al cuidado de cuanto concierne a Dios, dedicado a todo aquello que es superior a la carne — habría debido intuir en seguida quién era el Niño que ofrecían al Templo esa mañana. Mas, para poder intuir, necesitaba tener un espíritu vivo, y no solamente una vestidura externa de un espíritu que, si no estaba muerto, sí al menos muy soñoliento.

El Espíritu de Dios puede, si quiere, tronar como un rayo y sacudir como un terremoto al espíritu más cerrado; puede hacerlo. Pero, generalmente — porque es Espíritu de orden como es Orden Dios en cada una de sus Personas y en su modo de actuar —, se efunde y habla, no digo donde existe mérito suficiente para recibir su manifestación — en ese caso, muy pocas veces se manifestaría, y tú no conocerías tampoco sus luces —, sino en donde ve la “buena voluntad” de merecer su manifestación.

¿Cómo se hace notoria esta buena voluntad? Con una vida hecha toda de Dios hasta donde os es posible. En la fe, en la obediencia, en la pureza, en la caridad, en la generosidad, en la oración. No en las prácticas. En la oración. Hay menos diferencia entre la noche y el día que entre las prácticas y la oración. Ésta es comunión de espíritu con Dios, de la cual salís con vigor nuevo y decididos a ser cada vez más de Dios. Aquéllas son una costumbre cualquiera, con objetivos diversos pero siempre egoístas, y que os deja como erais; es más, os agrava con culpa de embuste o de desidia.

32.8 Simeón tenía esta buena voluntad. La vida no le había escatimado ni trabajos ni pruebas. Pero él no había perdido su buena voluntad. Los años y las vicisitudes no habían mellado, ni removido, su fe en el Señor, en sus promesas, como tampoco habían cansado su buena voluntad de ser cada vez más digno de Dios. Y Dios, antes de que los ojos de su siervo fiel se cerrasen a la luz del Sol — en espera de volver a abrirse al Sol de Dios rutilante desde los Cielos, abiertos a mi ascensión después del Martirio — le mandó el rayo de luz del Espíritu para que le guiara al Templo y ver así la Luz que había venido al mundo.

“Movido por el Espíritu Santo” dice el Evangelio. ¡Oh! ¡si los hombres supieran qué perfecto Amigo es el Espíritu Santo; qué Guía, qué Maestro! ¡Oh, si amaran los hombres, e invocaran, a este Amor de la Santísima Trinidad, a esta Luz de la Luz, a este Fuego del Fuego, a esta Inteligencia, a esta Sabiduría! ¡Cuánto más sabrían de aquello que es necesario saber!

Mira, María; mirad, hijos. Simeón esperó durante toda una larga vida “ver la Luz”; saber que se había cumplido la promesa de Dios. Pero no dudó nunca. Nunca se dijo a sí mismo: “Es inútil que persevere en esperar y en orar”. Perseveró. Y obtuvo “ver” lo que no vieron ni el sacerdote ni los miembros del Sanedrín, que estaban llenos de soberbia y completamente ofuscados: al Hijo de Dios, al Mesías, al Salvador en esa carne infantil que le daba calor y sonrisas. Recibió, a través de mis labios de Niño, la sonrisa de Dios, como primer premio por su vida honrada y pía.

32.9 Segunda lección: las palabras de Ana. Ella, profetisa, también ve en mí, recién nacido, al Mesías. Esto, dada su capacidad de profecía, sería natural; pero, escucha, escuchad lo que, impulsada por la fe y la caridad, dice a mi Madre... e iluminad con ello vuestro espíritu, ese espíritu vuestro que tiembla en este tiempo de tinieblas y en esta Fiesta de la Luz. Dice: “A Aquel que ha otorgado un Salvador no le faltará el poder de enviar a su ángel para confortar tu llanto, el vuestro”.

Considerad que Dios se ha dado para cancelar la obra de Satanás en los espíritus. ¿No va a poder derrotar ahora a los diablos que os torturan? ¿No va a poder enjugar vuestro llanto, dispersando a estos diablos y volviendo a enviar de nuevo la paz de su Cristo? ¿Por qué no se lo pedís con fe? Pero con fe verdadera, impetuosa, una fe ante la cual el rigor de Dios — indignado por tantas culpas vuestras — caiga con una sonrisa, y llegue el perdón, que es ayuda, y venga su bendición, como arco iris, a esta tierra que se hunde en un diluvio de sangre querido por vosotros mismos.

Considerad que el Padre, después de haber castigado a los hombres con el diluvio, se dijo a sí mismo y dijo a su Patriarca: “No volveré a maldecir la tierra a causa de los hombres, porque los sentidos y los pensamientos del corazón humano están inclinados al mal ya desde la adolescencia; por tanto no volveré a castigar a todo ser vivo, como he hecho”. Y se ha mostrado fiel a su palabra; no ha vuelto a mandar el diluvio. Sin embargo, vosotros ¿cuántas veces os habéis dicho, y habéis dicho a Dios: “Si nos salvamos esta vez, si nos salvas, no volveremos jamás a hacer guerras, nunca jamás”, para hacerlas luego y cada vez más tremendas? ¿Cuántas veces, ¡oh falsos!, y sin respeto hacia el Señor y hacia vuestra palabra? Y, no obstante, Dios os ayudaría una vez más si la gran masa de los fieles le llamase con fe y amor impetuoso.

¡Oh, vosotros — demasiado pocos para contrapesar a los muchos que mantienen vivo el rigor de Dios — vosotros, los que, a pesar del tremendo presente amenazador, que crece por momentos, permanecéis de todas formas devotos a Él, depositad vuestras fatigas a los pies de Dios! Él sabrá enviaros a su ángel, como envió al Salvador al mundo. No temáis. Estad unidos a la Cruz, que siempre ha vencido las insidias del demonio, el cual viene, con la crueldad de los hombres y con las tristezas de la vida, a tratar de reducir a la desesperación — o sea, a que queden separados de Dios — a los corazones a los que no puede atrapar de otra manera».

Detalle

María acaba de ver la presentación de Jesús en el Templo.