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Notas de la palabra clave

Biblia - Libro de Josué

Tema: Libros históricos

Comodidad de lectura

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ECR 59.3-8

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

59.3 Jesús ha llegado a su puesto. Saluda al jefe de la sinagoga, el cual le devuelve el saludo (es un hombre pequeño, grueso y bastante anciano). Para hablarle, Jesús se inclina. Parece una palma plegándose hacia un arbusto más ancho que alto.

«¿Qué quieres que te dé?» pregunta el jefe de la sinagoga.

«Lo que te parezca bien, o si no al azar. El Espíritu guiará».

«Pero... ¿y estarás preparado?».

«Estoy preparado. Venga, al azar. Repito: el Espíritu del Señor guiará la mano para el bien de este pueblo».

El jefe de la sinagoga alarga un brazo hacia el montón de rollos, toma uno, lo abre y se detiene en un punto concreto. «Esto» dice.

Jesús toma el rollo y lee el punto señalado: «Josué: “¡Levántate y santifica al pueblo!, y diles: ‘Santificaos para mañana porque, afirma el Señor Dios de Israel, la maldición está entre vosotros, ¡oh, Israel!; tú no podrás hacer frente a tus enemigos hasta que sea extirpado de ti quien se ha contaminado con tal delito’ ”». Se detiene, lo enrolla y lo devuelve.

La muchedumbre está atentísima. Sólo bisbisea alguno: «¡Verás lo que oímos contra los enemigos!». «¡Es el Rey de Israel, el Prometido, y recoge a su pueblo!».

59.4 Jesús extiende los brazos en la posición típica de los oradores. El silencio es completo.

«Quien ha venido para santificaros se ha levantado. Ha dejado la intimidad de la casa en que se ha preparado para esta misión. Se ha purificado para daros ejemplo de purificación, se ha colocado en su lugar ante los poderosos del Templo y ante el pueblo de Dios y ahora está entre vosotros: soy Yo. No como, con mente obnubilada e inquietud en el corazón, algunos de entre vosotros piensan y esperan. Más alto y más grande es el Reino del cual Yo soy el Rey futuro y al cual os llamo.

Os llamo, ¡oh vosotros de Israel!, antes que a cualquier otro pueblo, porque vosotros sois los que en los padres de los padres recibisteis la promesa de esta hora y la alianza con el Señor Altísimo. Mas no se formará este Reino con turbas de soldados ni con crueldades sangrientas, y en él no tendrán cabida ni los violentos, ni los déspotas, ni los soberbios, ni los iracundos, ni los envidiosos, o los lujuriosos, o los avaros; sí los buenos, los mansos, los continentes, los misericordiosos, los humildes, los que se muestran amantes del prójimo y de Dios, los pacientes.

¡Israel! No estás llamado a combatir contra los enemigos de fuera, sino contra los enemigos de dentro, contra los que están en cada uno de tus corazones, en el corazón de los miles y miles de hijos tuyos. Alejad de todos y cada uno de vuestros corazones la maldición del pecado, si queréis que mañana Dios os reúna y os diga: “Pueblo mío, tuyo es el Reino que ya nunca será derrotado, ni invadido, ni insidiado por enemigos”.

Mañana. ¿Cuál mañana? ¿Dentro de un año, dentro de un mes? ¡Oh, no busquéis, no busquéis conocer el futuro con sed malsana, con medios que saben a brujería culpable! Dejad a los paganos el espíritu pitón. Dejad al Dios Eterno el secreto de su tiempo. Vosotros venid a purificaros en la verdadera penitencia desde mañana, el mañana que nacerá después de esta hora de la tarde y de la que vendrá de la noche, el mañana que surgirá con el canto del gallo.

Arrepentíos de vuestros pecados para que seáis perdonados y estéis preparados para el Reino. Alejad de vosotros la maldición de la culpa. Cada uno tiene la suya. Cada uno tiene eso que es contrario a los diez mandamientos de salvación eterna. Esaminaos cada uno con sinceridad y encontraréis el punto en que habéis errado. Humildemente arrepentíos de ello con sinceridad. Desead arrepentiros. No de palabra (de Dios nadie se burla, no se le engaña), sino con la voluntad firme que os lleve a cambiar de vida, a volver a la Ley del Señor. El Reino de los Cielos os espera. Mañana.

¿Mañana?, os preguntáis. La hora de Dios, aunque venga al final de una vida longeva como la de los Patriarcas, es siempre un mañana solícito. La eternidad no tiene como medida de tiempo el lento discurrir de la clepsidra. Esas medidas de tiempo que vosotros llamáis días, meses, años, siglos, son latidos del Espíritu Eterno que os mantiene en vida. Mas vosotros sois eternos en vuestro espíritu, y debéis tener para el espíritu el mismo método de medida del tiempo que tiene vuestro Creador. Debéis decir, por tanto: “Mañana será el día de mi muerte”; que no es tal muerte para el fiel, sino reposo de espera, en espera del Mesías que abra las puertas del Cielo.

En verdad os digo que entre los presentes sólo veintisiete deberán esperar cuando mueran. Los otros serán juzgados ya antes de la muerte, y ésta será el paso inmediato a Dios o a Satanás, porque el Mesías ha venido, está entre vosotros, y os llama para daros la Buena Nueva, para instruiros en la Verdad, para llevaros al Cielo.

¡Haced penitencia! El “mañana” del Reino de los Cielos es inminente. Que os encuentre limpios para pasar a ser posesores del eterno día.

La paz sea con vosotros».

59.5 Se levanta a rebatirle un israelita togado y de barba abundante. Habla así: «Maestro, cuanto dices me parece en contraste con lo que está escrito en el libro segundo de los Macabeos, gloria de Israel. En él puede leerse: “Efectivamente, es signo de gran benevolencia el no permitir a los pecadores que sigan durante largo tiempo sus caprichos, sino pasar en seguida al castigo. El Señor no hace como con las otras naciones, que las espera con paciencia, para castigarlas en el día del juicio, colmada ya la medida de los pecados”. Sin embargo Tú hablas como si el Altísimo pudiera ser muy tardo a la hora de castigarnos, esperándonos, como a los otros pueblos, para el tiempo del Juicio, cuando esté colmada la medida de los pecados. Verdaderamente los hechos te desmienten. Israel sufre el castigo, como dice el historiógrafo de los Macabeos. Si fuera como Tú dices, ¿no habría desacuerdo entre tu doctrina y la contenida en la frase que te he mencionado?».

«No sé quién eres, pero quienquiera que seas te respondo. No hay desacuerdo en la doctrina, sino en el modo de interpretar las palabras. Tú las interpretas según el modo humano, Yo según el del espíritu. Tú, representante de la mayoría, ves todo con referencia a lo presente y caduco. Yo, representante de Dios, todo lo explico, y aplico, a lo eterno y sobrenatural. Sí, Yeohveh os ha castigado en lo temporal, en la soberbia y en la justicia de ser un “pueblo” según la tierra. Pero, ¡cuánto os ha amado y cuánta paciencia tiene con vosotros — más que con cualquier otro — concediéndoos el Salvador, su Mesías, para que le escuchéis y os salvéis antes de la hora de la ira divina! No quiere que seáis pecadores. Pero, si os ha castigado en lo caduco, viendo que la herida no se cura, antes al contrario insensibiliza cada vez más vuestro espíritu, he aquí que os manda no castigo sino salvación. Os manda a Aquel que os cura y os salva, Yo, quien os está hablando».

59.6 «¿No te parece que eres audaz al profesarte representante de Dios? Ninguno de los Profetas se atrevió a tanto y Tú... ¿Quién eres Tú, que así hablas?, y ¿por orden de quién hablas?».

«Los Profetas no podían decir de sí mismos lo que Yo digo de mí. ¿Que quién soy? El Esperado, el Prometido, el Redentor. Ya le habéis oído decir a su Precursor: “Preparad el camino del Señor... El Señor Dios viene... Como un pastor apacentará a su rebaño, aun siendo el Cordero de la verdadera Pascua”. Entre vosotros están los que han oído del Precursor estas palabras, y han visto el cielo resplandecer por una luz que bajaba en forma de paloma, y han oído una voz que hablaba diciendo quién era Yo. ¿Que por orden de quién hablo? De Aquel que es y que me envía».

«Tú puedes decir lo que quieras, pero quién nos dice que no seas un mentiroso o un iluso. Tus palabras son santas, pero algunas veces Satanás profiere palabras engañosas teñidas de santidad para inducir al error. Nosotros no te conocemos».

«Yo soy Jesús de José de la tribu de David, nacido en Belén Efratá, según las promesas, llamado nazareno porque tengo casa en Nazaret. Esto según el mundo. Según Dios soy su Mensajero. Mis discípulos lo saben».

«¡Oh, ellos!... Pueden decir lo que quieran, o lo que Tú les hagas decir».

«Hablará otro, que no me ama, y dirá quién soy. Espera que llame a uno de los presentes».

59.7 Jesús mira a la muchedumbre (asombrada de la disputa, enfrentada y dividida en corrientes opuestas), la mira, buscando a alguno con sus ojos de zafiro, y dice con fuerte voz: «¡Ageo! ¡Pasa adelante! ¡Te lo ordeno!».

Se oye un gran murmullo entre la multitud, que se abre para dejar pasar a un hombre todo convulso, sujetado por una mujer.

«¿Conoces a este hombre?».

«Sí. Es Ageo de Malaquías, de aquí, de Cafarnaúm, poseído por un espíritu malvado que le arrastra a repentinos y furiosos estados de locura».

«¿Todos le conocen?».

La multitud grita: «¡Sí, sí!».

«¿Puede alguien decir que haya hablado conmigo, aunque sólo sea durante algunos minutos?».

La multitud grita: «No, no, es casi un idiota; no sale nunca de su casa y nadie te ha visto en ella».

«Mujer, acércamelo».

La mujer le empuja y le arrastra, y el pobrecillo tiembla aún más fuerte.

El jefe de la sinagoga le advierte a Jesús: «¡Ten cuidado! El demonio está para atormentarle de un momento a otro... y entonces se lanza hacia uno, araña y muerde».

La gente deja paso comprimiéndose contra las paredes.

Los dos están ya frente a frente. Un instante de lucha interior. Parece que el hombre, acostumbrado al mutismo, encuentra dificultad en hablar; gime... la voz se forma en palabras: «¿Qué hay entre nosotros y Tú, Jesús de Nazaret? ¿Por qué has venido a atormentarnos? ¿Por qué has venido a exterminarnos, Tú, Señor del Cielo y de la Tierra? Sé quién eres: el Santo de Dios. Ninguno, en la carne, fue más grande que Tú, porque tu carne de hombre encierra el Espíritu del Vencedor Eterno. Ya me has vencido en...».

«¡Calla! Sal de este hombre. Te lo ordeno».

Una especie de extraño paroxismo se apodera del hombre. Se revuelve entre convulsiones, como si hubiera alguien que le maltratase con bruscos golpes y empujones; chilla con voz deshumana, echa espuma y luego cae arrojado al suelo para levantarse sorprendido y curado.

59.8 «¿Has oído? ¿Qué respondes ahora?» le pregunta Jesús a su oposi­tor.

El hombre togado y de abundante barba se encoge de hombros y, vencido, se va sin responder. La multitud se mofa de él y aplaude a Jesús.

«¡Silencio, el lugar es sagrado!»

Anotación

Josué 7, 13

Jos 7, 13 : "Levantaos y santificad al pueblo. Diréis: 'Santificaos para mañana, porque así dice el Señor, Dios de Israel: Hay un anatema en medio de vosotros, Israel. No podréis hacer frente a vuestros enemigos hasta que hayáis quitado el anatema de en medio de vosotros'".

Segundo libro de los Macabeos

2 M 6, 13-14 : Porque es señal de gran bondad no tolerar por mucho tiempo a los que cometen impiedades, sino infligirles el castigo sin demora. En efecto, con respecto a las demás naciones, el Maestro espera con gran paciencia, antes de castigarlas, hasta que hayan llegado al colmo de sus pecados.

ECR 211.5-8 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Una vez que se ha calmado el griterío, Jesús empieza a hablar.

«“El Señor dijo a Josué: ‘Habla a los hijos de Israel y diles: Separad las ciudades de que os hablé por medio de Moisés para los fugitivos, para que en ellas se puedan refugiar los que involuntariamente hayan matado a una persona, pudiendo evitar así la ira del pariente próximo, del vengador de la sangre’ ”. Pues bien, Hebrón es una de estas ciudades. También está escrito: “Los ancianos de la ciudad no entregarán al inocente en manos de quien le busca para matarle; antes bien, le acogerán, le darán morada, y permanecerá allí hasta el juicio y hasta la muerte del sumo sacerdote de entonces, después de lo cual podrá volver a su ciudad y a su casa”.

En esta ley está ya presente y establecido el amor misericordioso hacia el prójimo. Dios ha impuesto esta ley porque no es lícito condenar al acusado sin haberle escuchado, ni matar en un momento de ira. Lo mismo puede decirse también para los delitos y las acusaciones de orden moral. No es lícito acusar si no se conoce, ni juzgar sin haber oído al acusado. Mas, hoy día, a las acusaciones y condenas debidas a culpas supuestas en todos, o a culpas imaginadas, se ha añadido una nueva serie: la que se dirige y se pronuncia contra los que se presentan en nombre de Dios. Durante los siglos pasados, se ha repetido contra los Profetas; ahora es contra el Precursor del Cristo y contra el Cristo.

Ya lo habéis visto. Juan, atraído con engaño fuera del territorio de Siquem, espera la muerte en las prisiones de Herodes, porque nunca se doblegará ante ninguna mentira ni amaño alguno; de todas formas, se podrá troncar su vida, cortarle la cabeza, mas no podrán quebrar su honestidad, ni separar su alma de la Verdad, a la que él ha servido fielmente en sus más distintas formas (divinas, sobrenaturales o morales). De la misma forma, se persigue al Cristo, con furia doble, diez veces mayor, porque Él no se limita a decir: “No te es lícito” a Herodes, sino que, con vehemencia, va diciendo, en nombre de Dios y por el honor de Dios, esto mismo por todos aquellos lugares donde entra y encuentra pecado o sabe que hay pecado, sin excluir a ninguna categoría.

211.6

¿Cómo es posible esto?, ¿es que ya no hay siervos de Dios en Israel? Sí los hay. Lo que pasa es que son “ídolos”.

En la carta de Jeremías a los exiliados están escritas entre muchas cosas éstas. Quiero que pongáis atención en ellas, porque toda palabra del Libro es una enseñanza que, desde que el Espíritu la hace escribir por un hecho presente, se refiere a un hecho futuro. Así pues, está escrito: ...“Cuando entréis en Babilonia veréis dioses de oro, plata, piedra, madera... Cuidaos de no imitar las obras de los extranjeros. Y no tengáis miedo a sus ídolos... Decid en vuestro corazón: ‘Sólo a ti se te debe adorar, Señor’ ”.

La carta enumera las particularidades de estos ídolos, que tienen lengua fabricada por un artífice, de la que no se sirven contra sus falsos sacerdotes, que los despojan de su oro para ataviar a las meretrices y luego toman el oro profanado por el sudor de la prostitución para volver a componer al ídolo; de estos ídolos que pueden ser corroídos por la herrumbre o la polilla y que están limpios y ordenados solamente cuando el hombre los lava y los compone, pues por sí mismos nada pueden hacer a pesar de tener en la mano el cetro o la segur.

Y termina el Profeta diciendo: “Por tanto, no los temáis”. Luego añade: “Estos dioses son inútiles como vasijas rotas. Sus ojos están llenos del polvo que levantan los pies de los que entran en el templo. Están bien custodiados: como en una tumba, o como quien hubiera ofendido al rey, porque cualquier persona podría despojarlos de sus valiosas vestiduras. No ven la luz de las lámparas; son, en el templo, como las vigas. Las lámparas lo único que hacen es ahumarlos, mientras lechuzas, golondrinas u otros pájaros vuelan sobre sus cabezas y los motean de excrementos, y los gatos se guarecen entre sus vestiduras y las rompen. Por tanto, no hay que tenerles miedo, son cosas muertas. El oro no les sirve para nada, sólo es una cosa externa; si no se limpia, no brillan. Tampoco sintieron nada cuando los fabricaron. El fuego no los despertó. Los compraron a precios fabulosos. Los llevan a donde el hombre quiere, porque son vergonzosamente impotentes... ¿Y por qué, pues, se les llama dioses? Porque se les dedica adoración, ofrendas y la pantomima de falsas ceremonias (los que las celebran no las sienten, quienes las ven no creen en ellas). Si se les hace algún mal, como si es un bien, no responden. Son incapaces de elegir o destronar a un rey. No pueden devolver las riquezas, ni tampoco el mal. No pueden salvar a un hombre de la muerte, ni al débil de las manos del déspota. No sienten piedad ni por las viudas ni por los huérfanos. Asemejan a las piedras de la montaña...”.

Así, más o menos, dice la carta.

211.7

Mirad, ya no tenemos santos, sino ídolos, en las filas del Señor; por este motivo el mal es capaz de alzarse contra el bien: el mal que motea de excremento el intelecto y el corazón de los que ya no son santos, y anida entre sus falsas vestiduras de bondad.

Ya no saben pronunciar las palabras de Dios. Es lógico: su lengua es obra humana y hablan, por tanto, palabras de hombre — ¡cuando no de Satanás! —. Sólo saben arremeter insensatamente contra inocentes y pobres; pero guardan silencio ante la corrupción grave. En efecto, habiéndose corrompido todos, no pueden acusar al otro de las mismas culpas propias: con ambición — no por el Señor sino por Satanás —, trabajan aceptando el oro de la lujuria y del desmán, y lo trafican y substraen, en manos de un frenesí que desborda todo límite y arrasa cuanto encuentra a su paso. Sin cesar, se les deposita encima el polvo, que fermenta sobre ellos. Externamente, su rostro está limpio, pero el ojo de Dios ve muy sucio su corazón. La herrumbre del odio y el gusano del pecado los corroe. No saben cómo hacer para salvarse. Blanden maldiciones, como cetros o hachas, sin saber que sobre ellos pesa la maldición. Están encerrados en su pensamiento y en su odio, cual cadáveres en sus sepulcros o prisioneros en sus cárceles, y permanecen ahí, agarrándose a las barras, pues temen que una mano los aleje de ese lugar: en efecto, donde están, estos muertos son todavía algo (momias, nada más que momias, de aspecto humano, y sólo el aspecto, pues su cuerpo está reducido a madera seca), mientras que afuera serían objetos desechados por el mundo que busca la Vida, que necesita la Vida como el niño el pecho materno y que acepta a quien le da Vida y no hedor de muerte.

Están en el Templo, sí, y el humo de las lámparas — de los honores — los ahuma, pero la luz no les llega; todas las pasiones — los pájaros y gatos — anidan en ellos, pero el fuego de la misión no les da el místico tormento de ser consumidos por el fuego de Dios. Son refractarios al Amor. El fuego de la caridad no los enciende, la caridad no los viste con sus áureos esplendores: la caridad de dúplice forma y origen: caridad para con Dios y para con el prójimo, la forma; caridad de Dios y del hombre, el origen. Dios se aleja, en efecto, del hombre que no ama, siendo así que el origen divino cesa; el hombre se aleja del malvado, cesando así el segundo origen. La Caridad arrebata todo al hombre que no tiene amor. Se dejan comprar con precio maldito, se dejan llevar a donde quieren la ganancia y el poder.

¡No, no es lícito! Ninguna moneda puede comprar la conciencia, y menos aún la de los sacerdotes y maestros. No es lícito mostrarse sumisos ante las cosas fuertes de la tierra cuando quieren conducirnos a obrar en contra de lo que Dios ha establecido: esto no es sino impotencia espiritual, y está escrito: “El eunuco no entrará en la asamblea del Señor”. Si, pues, no puede ser del pueblo de Dios el impotente por naturaleza, ¿podrá ser su ministro el impotente de espíritu? En verdad os digo que muchos sacerdotes y maestros, habiendo perdido su virilidad espiritual, han venido a ser, culpablemente, eunucos espirituales. Muchos. ¡Demasiados!

211.8

Meditad, observad, comparad, y os daréis cuenta de que tenemos muchos ídolos y pocos ministros del Bien, que es Dios. Ahora se ve por qué sucede que las ciudades-refugio no son ya tales. Ya no se respeta nada en Israel. Los santos mueren por el odio hacia ellos de los no santos.

Pues bien, mi propuesta es una llamada. Os llamo en nombre de vuestro Juan, que se está consumiendo por haber sido santo, que sufre ahora la acción punitiva por ser precursor mío y por haber tratado de quitar de los caminos del Cordero las inmundicias. Venid a servir a Dios. El tiempo está cercano. No os coja desapercibidos la Redención. Haced que llueva en terreno sembrado; si no, en vano caerá la lluvia. Vosotros, habitantes de Hebrón, debéis ir a la cabeza, porque habéis convivido aquí con Zacarías y Elisa, los santos que merecieron del Cielo a Juan; aquí Juan ha esparcido el perfume de su Gracia con verdadera inocencia de párvulo, y, desde su desierto, os ha enviado el incienso anticorruptor de su Gracia, prodigio de penitencia. No defraudéis a vuestro Juan, que ha llevado el amor al prójimo hasta una altura casi divina, de forma que ama al último habitante del desierto cuanto a vosotros, paisanos suyos. Estad seguros de que impetra la Salud para vosotros, y la Salud está en seguir la Voz del Señor y creer en su Palabra. Venid en masa, de esta ciudad sacerdotal, al servicio de Dios. Yo paso y os llamo. No seáis menos que las meretrices, a las cuales les es suficiente una palabra de misericordia para abandonar el camino recorrido precedentemente y tomar el del Bien.

Cuando he llegado me han preguntado: “Pero, ¿no nos guardas rencor?”. ¿Rencor! ¡No; antes bien, amor! Espero incluso veros entre las filas de mi pueblo, del pueblo que guío hacia Dios en el nuevo éxodo hacia la verdadera Tierra Prometida (el Reino de Dios), al otro lado del Mar Rojo de los sentidos, más allá de los desiertos del pecado, libres ya de todo tipo de esclavitud, hacia la Tierra eterna, de pingües delicias, colma de paz...

¡Venid! Es el Amor que pasa; quien quiera puede seguirle, porque para ser acogidos por Él se requiere solamente buena voluntad».

Anotación

El Señor se dirigió a Josué con estas palabras: "Habla a los hijos de Israel y diles: 'Estableced las ciudades de refugio de las que os hablé por medio de Moisés, para que quien haya matado involuntariamente encuentre refugio en ellas y escape así de la ira del pariente más próximo, el vengador de la sangre. " Cf. Josué 20, 1-9 y Éxodo 21, 12-13. Véanse los extractos a continuación.

Continúa diciendo: "Y los ancianos de la ciudad no entregarán al inocente en manos del que intente matarlo, sino que lo recibirán y le permitirán habitar allí, y permanecerá allí hasta el juicio y hasta la muerte del sumo sacerdote entonces en funciones; después de lo cual podrá volver a su ciudad y a su casa. " Cf. Jos 20,1-9 y Núm 35,25-28. Véase más adelante.

En esta ley se observa y organiza el amor misericordioso hacia el prójimo. Es la ley de las ciudades de refugio y la ley de las ciudades levíticas.

Ciudades derefugio: Esta ley, a la que se refiere la cita precedente (Jos 20,1-6), se refiere a las ciudades de refugio, que servían de asilos para los homicidas involuntarios. De este modo, quedaban exentas de la ley de venganza (que Judas menciona en las últimas líneas de EMV 566.8, quizá refiriéndose a Génesis 9:6 y a ciertos pasajes que recordaremos más adelante). Había seis de estas ciudades de refugio, entre ellas Hebrón (como aquí) y Cedes (como en EMV 342.1.2.7.9).

Ciudades levíticas: Estas eran algunas de las 48 ciudades levíticas, donde vivían los levitas. Véase el extracto bíblico más abajo, en el Libro de Josué, capítulo 21.

Las prescripciones relativas a ambas se encuentran en Éxodo 21:12-13 | Números 35 | Deuteronomio 4:41-43 | Deuteronomio 19:1-13 | Josué 20-21. Véanse los extractos a continuación.

La carta de Jeremías a los exiliados incluye lo siguiente. Carta de Jeremías 1,1-72 (a veces insertada en Baruc 6). A continuación se ofrece el extracto bíblico.

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Libro de Josué 20, 1-9 (ciudades de refugio)

Josué20, 1-9: Yahvé habló a Josué, diciendo: "Habla a los hijos de Israel y diles: 'Como os ordené por medio de Moisés, designaos ciudades de refugio, adonde pueda huir el homicida que haya matado a alguien por error sin saberlo, y ellas serán vuestro refugio contra el vengador de la sangre. El asesino huirá a una de estas ciudades; se detendrá a la entrada de la puerta de la ciudad y explicará su caso a los ancianos de esa ciudad; ellos lo acogerán con ellos en la ciudad y le darán un lugar donde vivir con ellos. Si el vengador de la sangre le persigue, no entregarán al homicida en sus manos, pues sin saberlo ha matado a su prójimo, al que antes no odiaba. El homicida permanecerá en esa ciudad hasta que comparezca ante la congregación para ser juzgado, hasta la muerte del sumo sacerdote que estará en funciones en esos días. Entonces el asesino dará media vuelta y regresará a su ciudad y a su hogar, a la ciudad de la que huyó."

Consagraron a Cedes en Galilea, en la región montañosa de Neftalí; a Siquem, en la región montañosa de Efraín; y a Cariath-arbe, que es Hebrón, en la región montañosa de Judá. Al otro lado del Jordán, frente a Jericó por el este, eligieron Bosor, en el desierto, en la llanura, ciudad de la tribu de Rubén; Ramot en Galaad, de la tribu de Gad, y Gaulón en Basán, de la tribu de Manasés. Estas fueron las ciudades asignadas a todos los hijos de Israel y al extranjero que moraba entre ellos, para que quien hubiera matado a alguien por error pudiera refugiarse allí, y no muriera a manos del vengador de la sangre antes de comparecer ante la asamblea.

Libro de los Números 35, 25-28

Núm 35:25-28 : Y la asamblea librará al homicida del vengador de la sangre, y lo hará volver a la ciudad de refugio a la que huyó; y morará allí hasta la muerte del sumo sacerdote ungido con el óleo santo. Si el homicida sale antes de ese tiempo del territorio de la ciudad de refugio adonde huyó, y si el vengador de la sangre lo encuentra fuera del territorio de su ciudad de refugio, y si el vengador de la sangre mata al homicida, éste no será culpable de homicidio; porque el homicida deberá permanecer en su ciudad de refugio hasta la muerte del sumo sacerdote; y, después de la muerte del sumo sacerdote, el homicida podrá regresar a la tierra donde está su posesión.

Libro del Éxodo 21, 12-13

Éx 21, 12-13 : El que hiera de muerte a un hombre deberá ser condenado a muerte. Pero si no le ha tendido una trampa y Dios se lo ha presentado en su mano, yo le señalaré un lugar donde pueda refugiarse.

Libro del Deuteronomio 4, 41-43

Deut 4, 41-43 : Entonces Moisés apartó tres ciudades al otro lado del Jordán, al este, para que si un homicida mataba por descuido a su prójimo y no había sido antes su enemigo, pudiera refugiarse en una de estas ciudades y salvar la vida. Estas eran: Bosor, en el desierto, en la llanura, para los rubenitas; Ramot, en Galaad, para los gaditas, y Golán, en Basán, para los manasitas.

Libro del Deuteronomio 19, 1-13

Deut 19, 1-13: Cuando el Señor tu Dios haya eliminado a las naciones cuya tierra te da el Señor tu Dios, y tú las hayas expulsado y estés viviendo en sus ciudades y en sus casas, entonces separarás tres ciudades en medio de la tierra que el Señor tu Dios te da para que la poseas. Repararás los caminos que conducen a ellas, y dividirás en tres partes la tierra que el Señor tu Dios te da en herencia, para que todo homicida huya a estas ciudades. Este es el caso en que un asesino que se refugie allí salvará la vida: si ha matado inadvertidamente a su prójimo, sin haber sido antes su enemigo. Por ejemplo, un hombre va a cortar leña al bosque con otro; su mano levanta el hacha para cortar un árbol; el hierro se escapa del mango, golpea a su compañero y lo mata: este hombre huirá a una de estas ciudades y su vida se salvará. De lo contrario, el vengador de la sangre, persiguiendo al asesino en el ardor de su cólera, le alcanzaría, si el camino fuera demasiado largo, y le asestaría un golpe mortal; y, sin embargo, este hombre no habría merecido la muerte, puesto que no tenía odio previo hacia la víctima. Por eso te doy este mandato: aparta tres ciudades. Y si Yahvé tu Dios ensancha tus fronteras, como juró a tus padres, y te da toda la tierra que prometió a tus padres que te daría, con tal de que guardes y cumplas todos estos mandamientos que hoy te doy, amando a Yahvé tu Dios y andando siempre por sus caminos, añadirás tres ciudades más a estas tres, para que no se derrame sangre inocente en medio de la tierra que Yahvé tu Dios te da en herencia, y no haya sangre sobre ti. Pero si un hombre odia a su prójimo y le tiende una emboscada y lo hiere de muerte, y luego huye a una de estas ciudades, los ancianos de su ciudad enviarán a apresarlo y lo entregarán en manos del vengador de la sangre, para que muera. Tu ojo no tendrá piedad de él, y quitarás la sangre inocente de Israel, y prosperarás.

Libro de Josué 21, 1-43 (ciudades levíticas)

Josué 21, 1-43: Entonces los jefes de las familias de los levitas se presentaron al sacerdote Eleazar, a Josué hijo de Nun y a los jefes de las familias de las tribus de los hijos de Israel, y les hablaron en Silo, en la tierra de Canaán, diciendo: "Yahvé ha ordenado por medio de Moisés que se nos den ciudades para nuestras viviendas, y sus ejidos para nuestros ganados." Y los hijos de Israel dieron a los levitas de su heredad, conforme al mandamiento de Yavé, las siguientes ciudades y sus ejidos.

La suerte se echó primero por las familias de los caatitas; y los hijos del sacerdote Aarón de entre los levitas obtuvieron por suerte trece ciudades de la tribu de Judá, de la tribu de Simeón y de la tribu de Benjamín; los otros hijos de Caat obtuvieron por suerte diez ciudades de las familias de la tribu de Efraín, de la tribu de Dan y de la media tribu de Manasés. Los hijos de Gerson obtuvieron por sorteo trece ciudades de las familias de la tribu de Isacar, de la tribu de Aser, de la tribu de Neftalí y de la media tribu de Manasés en Basán. Los hijos de Merari, según sus familias, obtuvieron doce ciudades de la tribu de Rubén, la tribu de Gad y la tribu de Zabulón. Los hijos de Israel dieron por sorteo estas ciudades y sus suburbios a los levitas, como Yavé lo había ordenado por medio de Moisés.

De la tribu de los hijos de Judá y de la tribu de los hijos de Simeón dieron por nombre las siguientes ciudades, para los hijos de Aarón, de entre las familias de los caatitas, de entre los hijos de Leví; porque a ellos les tocó primero en la suerte. Les dieron, en la región montañosa de Judá, la ciudad de Arbe, padre de Enac, que es Hebrón, y sus alrededores. Pero dieron la campiña alrededor de esta ciudad y sus aldeas a Caleb, hijo de Jefone, para que la poseyera. Y dieron a los hijos del sacerdote Aarón la ciudad de refugio del homicida, Hebrón con sus ejidos, Lebna con sus ejidos, Jeter con sus ejidos, Estemo con sus ejidos, Holón con sus ejidos, Dabir con sus ejidos, Ain con sus ejidos, Jeta con sus ejidos, Bet-sames con sus ejidos: nueve ciudades de estas dos tribus. De la tribu de Benjamín: Gabaón con sus ejidos, Gabaa con sus ejidos, Anatot con sus ejidos, Almón con sus ejidos: cuatro ciudades. Todas las ciudades de los sacerdotes, hijos de Aarón: trece ciudades con sus ejidos.

En cuanto a las familias de los hijos de Caat, los levitas y los otros hijos de Caat, las ciudades que les tocaron por sorteo eran de la tribu de Efraín. Los hijos de Israel les dieron la ciudad de refugio para el homicida, Siquem y sus suburbios, en la región montañosa de Efraín, así como Gezer y sus suburbios, Cibsaim y sus suburbios, Bet-horón y sus suburbios: cuatro ciudades. De la tribu de Dan: Elteco con sus ejidos, Gibatón con sus ejidos, Ajalón con sus ejidos, Geth-regmón con sus ejidos: cuatro ciudades. De la media tribu de Manasés: Thana con sus ejidos y Geth-regmón con sus ejidos: dos ciudades. En total, diez ciudades con sus ejidos, para las familias de los otros hijos de Caat.

A los hijos de Gerson, de las familias de los levitas, dieron, de la media tribu de Manasés, la ciudad de refugio para el homicida, Gaulón en Basán con sus ejidos, y Bosra con sus ejidos: dos ciudades. De la tribu de Isacar: Ceresion con sus ejidos, Daberet con sus ejidos, Jaramot con sus ejidos, En-Gannim con sus ejidos: cuatro ciudades. De la tribu de Aser: Masal con sus ejidos, Abdón con sus ejidos, Helcat con sus ejidos, Rohob con sus ejidos: cuatro ciudades. De la tribu de Neftalí: la ciudad de refugio para el homicida, Cedes en Galilea con sus ejidos, Hamot-dor con sus ejidos, Cartán con sus ejidos: tres ciudades. Todas las ciudades de los Gersonitas, según sus familias: trece ciudades con sus ejidos. A las familias de los hijos de Merari, al resto de los Levitas, dieron de la tribu de Zabulón: Jecnam con sus ejidos, Cartha con sus ejidos, Dama con sus ejidos, Naalol con sus ejidos: cuatro ciudades. De la tribu de Rubén: Bosor con sus ejidos, Jassa con sus ejidos, Cedemot con sus ejidos, Mephaat con sus ejidos: cuatro ciudades. Y de la tribu de Gad: la ciudad de refugio para el homicida, Ramot de Galaad con sus ejidos, Manaim con sus ejidos, Hesbón con sus ejidos, Jaser con sus ejidos: en total, cuatro ciudades. Todas las ciudades asignadas por sorteo a los hijos de Merari según sus familias, constituyendo el resto de las familias de los levitas: doce ciudades.

Todas las ciudades de los levitas en medio de las posesiones de los hijos de Israel: cuarenta y ocho ciudades con sus ejidos. Cada una de estas ciudades tenía sus suburbios a su alrededor; así sucedió con todas estas ciudades. Yavé dio a Israel toda la tierra que había jurado dar a sus padres; ellos tomaron posesión de ella y se establecieron allí. Yavé les dio descanso a su alrededor, como había jurado a sus padres; ninguno de sus enemigos pudo resistirles, y Yavé los entregó a todos en sus manos. Y de todas las cosas buenas que Yahvé había dicho a la casa de Israel, ninguna quedó sin cumplir; todas se cumplieron.

Libro de Jeremías 1, 1-72 (a veces transpuesto en el Libro de Baruc 6, 1-72) - Sobre los ídolos

Jeremías 1, 1-72 | Ba 6, 1-72 : Copia de la carta que Jeremías envió a los que estaban a punto de ser llevados cautivos a Babilonia por el rey de los babilonios, para decirles lo que Dios le había ordenado decirles. A causa de los pecados que habéis cometido ante Dios, vais a ser llevados cautivos a Babilonia por Nabucodonosor, rey de los babilonios. Cuando lleguéis a Babilonia, permaneceréis allí muchos años y durante mucho tiempo, hasta siete generaciones, y luego os sacaré en paz. Pero en Babilonia veréis dioses de plata, oro y madera, que se llevan a hombros y que causan temor entre las naciones. Tened cuidado, pues, de no imitar también vosotros a esos extranjeros y dejaros dominar por el temor a esos dioses. Cuando veáis multitudes que se reúnen delante y detrás de ellos y les rinden homenaje, decid en vuestro corazón: "Es a ti, Maestro, a quien hay que adorar. Porque mi ángel está contigo y cuida de tu vida.

Pues la lengua de estos dioses ha sido pulida por un obrero; está recubierta de oro y plata, pero son mentira y no pueden hablar. En cuanto a una muchacha que ama las galas, han cogido oro y han hecho coronas para ponerlas en las cabezas de estos dioses. Los sacerdotes llegan a robar el oro y la plata de sus dioses y lo utilizan para sus propios fines; incluso se lo dan a las prostitutas de sus casas. Adornan a estos dioses de plata, oro y madera con ricas vestiduras como los hombres, pero no pueden protegerse de la herrumbre ni de los gusanos. Cuando se han vestido de púrpura, todavía tienen que limpiarse la cara, porque el polvo de la casa los cubre espesamente. Aquí hay uno que sostiene un cetro, como un gobernador de provincia: no matará a nadie que lo ofenda. Otro lleva una espada o un hacha en la mano, pero no puede defenderse del enemigo ni de los ladrones. Esto demuestra que no son dioses, así que no les temas.

Igual que el vaso de un hombre, cuando se rompe, se vuelve inútil, lo mismo ocurre con sus dioses. Si los colocas en una casa, sus ojos se llenan del polvo de los pies de los que entran. Así como se cierran cuidadosamente las puertas de la cárcel a un hombre que ha ofendido al rey, o a un hombre que está a punto de ser ejecutado, así los sacerdotes defienden la morada de sus dioses con puertas fuertes, con cerraduras y cerrojos, para que no sean asaltados por ladrones. Encienden lámparas, incluso más que para ellos mismos, y estos dioses no pueden ver ninguna de ellas. Son como una de las vigas de la casa, y se dice que sus corazones son devorados por las alimañas que salen de la tierra y los devoran a ellos y a sus ropas sin que lo sientan. Sus rostros se vuelven negros por el humo que sale de la casa. Búhos, golondrinas y otras aves revolotean alrededor de sus cuerpos y cabezas, y los propios gatos retozan del mismo modo. Por esto sabrás que no son dioses; así que no les temas.

El oro con que están recubiertos para embellecerlos, si alguien no les quita el óxido, no lo harán brillar; pues ni siquiera sintieron nada cuando los fundieron. Estos ídolos fueron comprados al precio más alto, y no hay aliento de vida en ellos. Al no tener pies, son llevados a hombros, mostrando así a los hombres su vergonzosa impotencia. ¡Que quienes los sirven se confundan con ellos! Si caen al suelo, no se levantan por sí mismos; y si alguien los levanta, no se mueven por sí mismos; y si se inclinan, no se enderezan. Las ofrendas se colocan ante ellos como ante los muertos. Los sacerdotes venden las víctimas que se les ofrecen y se lucran con ellas; sus esposas las salan y no dan nada a los pobres ni a los enfermos. Las mujeres parturientas o en estado impuro tocan sus sacrificios. Sabiendo, pues, por estas cosas, que no son dioses, no les temáis.

¿Y por qué llamarlos dioses? Porque son las mujeres las que vienen a traer sus ofrendas a estos dioses de plata, oro y madera. Y en sus templos se sientan los sacerdotes con las túnicas rasgadas, las cabezas y los rostros afeitados y las cabezas descubiertas. Rugen y gritan ante sus dioses, como en un banquete fúnebre. Sus sacerdotes los despojan de sus vestiduras y visten con ellas a sus mujeres e hijos. Tanto si se les hace mal como si se les hace bien, no pueden hacer ni lo uno ni lo otro; no pueden establecer un rey ni derrocarlo. Tampoco pueden dar riquezas, ni siquiera una moneda. Si alguien que les ha hecho un voto no lo cumple, no les pedirán nada. No salvarán a un hombre de la muerte; no arrebatarán al débil de la mano del poderoso. No darán vista al ciego, ni librarán al angustiado. No se apiadarán de la viuda, ni harán bien al huérfano. Estos ídolos de madera, recubiertos de oro y plata, son como rocas cortadas de una montaña, y los que les sirven serán avergonzados. ¿Cómo podemos creer o decir que son dioses?

Los propios caldeos los deshonran cuando, al ver a un hombre que no puede hablar, se lo presentan a Bel, pidiéndole al mudo que hable, como si el dios pudiera oír algo. Y aunque se dan cuenta, no pueden abandonar a estos ídolos, pues no tienen sentimientos. Las mujeres, envueltas en cuerdas, van y se sientan en los caminos, quemando harina gruesa; y cuando una de ellas, arrastrada por algún transeúnte, se ha acostado con él, reprocha a su vecina no haber sido juzgada digna del mismo honor, y no haber visto rota su trenza de junco. Todo lo que se dice de los ídolos es mentira. ¿Cómo, pues, podemos creer o decir que son dioses?

Han sido modelados por artesanos y orfebres; no pueden ser de otro modo que lo que los obreros quieren que sean. Y a los obreros que los crearon no les queda mucho tiempo de vida: ¿cómo podrían ser sus obras de larga duración? No han dejado a la posteridad más que mentiras y desgracias. Cuando viene la guerra, o alguna otra calamidad, los sacerdotes deliberan entre sí dónde se esconderán con sus dioses: ¿cómo, pues, no se entiende que no son dioses, que no pueden salvarse de la guerra o de alguna otra calamidad?

Estos ídolos de madera, recubiertos de oro y plata, serán reconocidos más tarde como una mentira; para todas las naciones y reyes será evidente que no son dioses, sino obras de hombres, y que no hay en ellos ninguna obra divina. ¿Para quién, pues, no será evidente que no son dioses?

Nunca establecerán un rey sobre una tierra, ni darán lluvia a los hombres. No podrán juzgar sus propios asuntos, ni protegerán contra la injusticia, pues nada pueden hacer, como cuervos que se interponen entre el cielo y tu tierra. Y cuando el fuego caiga sobre la casa de estos dioses de madera, recubierta de oro y plata, sus sacerdotes huirán y se salvarán; pero ellos se consumirán como vigas en medio de las llamas. No resistirán a un rey ni a un ejército enemigo. ¿Cómo podemos admitir o pensar que son dioses?

No escaparán a ladrones y salteadores, estos dioses de madera, cubiertos de plata y oro. Hombres más poderosos que ellos les quitarán la plata y el oro y se irán con las ricas vestiduras con que han sido cubiertos, y estos dioses no podrán valerse por sí mismos. Así que es mejor ser un rey que muestra su fuerza, o un recipiente útil en la casa que el amo usa, que ser estos falsos dioses; o una puerta en una casa que guarda lo que hay en ella, que ser estos falsos dioses; o un pilar de madera en la casa de un rey, que ser estos falsos dioses. El sol, la luz y las estrellas, que son brillantes y enviados en beneficio de los hombres, obedecen a Dios. Asimismo el relámpago, cuando aparece, es hermoso de contemplar; el viento también sopla sobre toda la tierra; y las nubes, cuando Dios les ordena que cubran toda la tierra, hacen lo que se les ordena. También el fuego, cuando es enviado desde lo alto para consumir las montañas y los bosques, hace lo que se le ordena. Pero los ídolos no son comparables, ni en belleza ni en poder, a todas estas cosas. Por eso no debemos pensar ni decir que son dioses, ya que no pueden discernir lo que es justo ni hacer el bien a los hombres. Sabiendo, pues, que no son dioses, no los temáis.

No pueden maldecir ni bendecir a los reyes. No muestran a las naciones señales en el cielo; no brillan como el sol ni dan luz como la luna. Las bestias son mejores que ellos, porque pueden huir y encontrar refugio y ser útiles para sí mismos. Por eso, de ninguna manera nos parece evidente que sean dioses; así que no les temáis.

Igual que un espantapájaros en un campo de pepinos no te protege de nada, así sucede con sus dioses de madera, cubiertos de oro y plata. Igual que un arbusto espinoso en un jardín sobre el que se posan todos los pájaros, o un muerto arrojado a un lugar oscuro, así son sus dioses de madera, recubiertos de oro y plata. Incluso la púrpura y la escarlata que se destiñen sobre ellos muestran que no son dioses. Ellos mismos acabarán siendo devorados y se convertirán en una vergüenza en la tierra. Mejor es el justo que no tiene ídolos; no tendrá que temer la confusión.

ECR 215.2 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Ya han llegado a la cima del monte. Allá se abre un amplio panorama. Es hermoso verlo estando a la sombra de los tupidos árboles que coronan la cima: tan variado y luminoso; series de montes entrecruzándose en todas las direcciones, como encrespadas olas petrificadas de un océano recorrido por vientos contrarios; luego, ensenada en calma, todo se aplaca en una luminosidad sin límites que anuncia una vasta llanura en que se ve, solitario cual faro en la embocadura de un puerto, un otero.

«Mirad. Ese pueblo, donde nos detendremos, que se extiende sobre esa cresta casi queriendo acaparar todo el sol, es como el corazón de un verdadero nimbo radiado de lugares históricos. Venid aquí. Allí, a septentrión, está Yermot. ¿Os acordáis del pasaje de Josué? La derrota de los reyes que quisieron asaltar el campamento israelita, fuerte tras la alianza con los gabaonitas. Cerca está Betsemes, la ciudad sacerdotal de Judá, donde los filisteos restituyeron el Arca con los exvotos de oro que los adivinos y sacerdotes habían impuesto al pueblo para obtener la liberación de los castigos que atormentaban a los culpables filisteos. Y allí, toda llena de sol, Sará, patria de Sansón; y, un poco más a oriente, Timnata, donde él tomó esposa e hizo muchas proezas y también muchas estupideces. Y allá, Azeca y Soko, que fue lugar de campamento filisteo. Más abajo está Zanoe, una de las ciudades de Judá. Y aquí, volveos, aquí está el Valle del Terebinto, donde David luchó contra Goliat. Allí está Maquedá, donde Josué derrotó a los amorreos. Volveos hacia aquí. ¿Veis aquel monte solitario en medio de esa llanura que un tiempo fue de los filisteos? Allí está Gat, patria de Goliat y lugar de refugio para David, con Akís, para que no le alcanzara la ira de Saúl, y donde el rey sabio se fingió demente, porque el mundo preserva a los locos de los sanos de mente. Aquel horizonte abierto son las llanuras de la fertilísima tierra de los filisteos. La atravesaremos, hasta Ramlé. Ahora vamos a Bet-Yinna. Tú, precisamente tú, Felipe, que me estás mirando con actitud implorante, irás con Andrés por el pueblo. Nosotros, mientras tanto, esperaremos junto a la fuente o en la plaza del pueblo».

«¡Señor, no nos mandes solos; ven Tú también!» dicen los dos apóstoles en tono suplicante.

«Id, he dicho. La obediencia os socorrerá más que mi muda presencia».

Detalle

Cerca de Bet-Ginna. En cuanto a la defensa de la obra, véase la anotación con los comentarios de Jean-François Lavère.

Anotación

Acérquense: allí (al norte) se encuentra Gerimot. ¿Se acuerdan de Josué? Es el lugar donde sufrieron la derrota los reyes que quisieron asaltar el campamento de Israel, reforzado por su alianza con los gabaonitas. Gerimot, Jarmout, Yarmouth: La descripción que se ofrece concuerda perfectamente con los recientes hallazgos arqueológicos, que han permitido encontrar vestigios de fortificaciones en Khirbit el Yarmuk, a 27 km al oeste-suroeste de Jerusalén y a menos de dos kilómetros de Bet-Semes. Sin embargo, en la época de María Valtorta, la ubicación supuesta se situaba más al este —Jean-François Lavère,Diccionario geográfico del Evangelio según María Valtorta yEl enigma de Valtorta, tomo 1, página101.     

Es el lugar de la derrota de los reyes que quisieron asaltar el campamento de Israel, reforzado por su alianza con los gabaonitas ( Josué 10,1-14): Adonisec, rey de Jerusalén, se enteró de que Josué se había apoderado de Hai y la había consagrado al anatema, que había tratado a Hai y a su rey como había tratado a Jericó y a su rey, y que los habitantes de Gabaón, tras haber hecho las paces con Israel, se encontraban entre ellos. Entonces le invadió un gran temor, pues Gabaón era una gran ciudad, como una de las ciudades reales, incluso más grande que Ai, y todos sus hombres eran valientes. Adonisec, rey de Jerusalén, envió a decir a Oham, rey de Hebrón; a Faram, rey de Jerimot; a Jafia, rey de Laquis; y a Dabir, rey de Eglón: «Subid a mi encuentro y venid en mi ayuda, para que ataquemos a Gabaón, pues ha hecho las paces con Josué y con los hijos de Israel». » Así pues, los cinco reyes de los amorreos —el rey de Jerusalén, el rey de Hebrón, el rey de Jerimot, el rey de Laquis y el rey de Eglón— se reunieron y subieron con todos sus ejércitos; acamparon cerca de Gabaón y la sitiaron. Los habitantes de Gabaón enviaron a decir a Josué, al campamento de Galgala: «No retires tu mano de tus siervos; date prisa en subir a nuestro encuentro, líbranos, socórrenos; pues todos los reyes de los amorreos que habitan en la montaña se han aliado contra nosotros». » Josué partió de Galgala, él y todos los hombres de guerra que le acompañaban, y todos los valientes guerreros. Yahvé dijo a Josué: «No les temas, pues los he entregado en tus manos, y ninguno de ellos te resistirá». Josué se abalanzó sobre ellos de improviso; había subido desde Galgala durante toda la noche. Y Yahvé sembró el pánico entre ellos ante Israel; Israel les infligió una gran derrota cerca de Gabaón, los persiguió por el camino que sube a Bet-horón y los derrotó hasta Azeca y Maceda. Mientras huían ante Israel, en la bajada de Bet-horón, Yahvé hizo caer del cielo sobre ellos grandes piedras hasta Azeca, y murieron; los que murieron por las piedras de granizo fueron más numerosos que los que fueron muertos por la espada de los hijos de Israel. Entonces Josué habló a Yahvé, el día en que Yahvé entregó a los amorreos en manos de los hijos de Israel, y dijo ante los ojos de Israel: «¡Sol, detente sobre Gabaón, y tú, luna, sobre el valle de Ajalón!». Y el sol se detuvo, y la luna se quedó inmóvil, hasta que la nación se vengó de sus enemigos. ¿No está esto escrito en el libro del Justo? Y el sol se detuvo en medio del cielo y no se apresuró a ponerse, casi un día entero. No hubo, ni antes ni después, un día como aquel, en el que Yahvé obedeció la voz de un hombre; pues Yahvé combatía por Israel.  

Y, muy cerca de allí, Bet-Semes, la ciudad sacerdotal de Judá, donde los filisteos devolvieron el Arca junto con la ofrenda de oro que los adivinos y los sacerdotes habían impuesto al pueblo para que fueran liberados de las plagas que atormentaban a los filisteos culpables. 1 Samuel 6,1-15: El arca de Yahvé permaneció siete meses en el país de los filisteos. Y los filisteos convocaron a los sacerdotes y a los adivinos y les dijeron: «¿Qué haremos con el arca de Yahvé? Decidnos cómo debemos devolverla a su lugar». » Ellos respondieron: «Si devolvéis el arca del Dios de Israel, no la devolváis vacía, sino que no dejéis de ofrecerle una ofrenda de expiación; entonces os sanaréis y sabréis por qué su mano no se ha apartado de vosotros». Los filisteos preguntaron: «¿Qué ofrenda de expiación le haremos?». Ellos respondieron: «Cinco tumores de oro y cinco ratones de oro, según el número de los príncipes de los filisteos, pues la misma plaga ha caído sobre vosotros y sobre vuestros príncipes. Haced, pues, figuras de vuestros tumores y figuras de los ratones que asolan el país, y dad así gloria al Dios de Israel: tal vez deje de hacer pesar su mano sobre vosotros, sobre vuestros dioses y sobre vuestro país. ¿Por qué endureceríais vuestro corazón, como lo endurecieron Egipto y el faraón? ¿Acaso no dejó partir a los hijos de Israel cuando les infligió sus castigos? Ahora, pues, preparad un carro nuevo y tomad dos vacas que estén amamantando y que no hayan llevado yugo; enganchad las vacas al carro y llevad a sus crías lejos de ellas, al establo. Tomaréis el arca de Yahvé y la pondréis sobre el carro; luego, tras colocar junto a ella, en un cofre, los objetos de oro que hayáis entregado como ofrenda de expiación, la dejaréis marchar y ella se irá. Seguidla con la mirada: si sube por el camino de su frontera, hacia Bet-Samés, es Yahvé quien nos ha causado este gran mal; de lo contrario, sabremos que no ha sido su mano la que nos ha golpeado, y que esto nos ha sucedido por casualidad».

Aquella gente hizo así; tomaron dos vacas que estaban amamantando, las engancharon al carro y encerraron a sus crías en el establo. Pusieron en el carro el arca de Yahvé y el cofre con los ratones de oro y las figuras de sus tumores. Las vacas se dirigieron directamente hacia Bet-Samés; siguieron siempre el mismo camino, caminando y mugiendo, sin desviarse ni a la derecha ni a la izquierda. Los príncipes de los filisteos las siguieron hasta la frontera de Bet-Samés. La gente de Bet-Samés estaba segando el trigo en el valle. Al levantar la vista, vieron el arca y se alegraron al verla. El carro llegó al campo de Josué, el betsamita, y se detuvo allí. Había allí una gran piedra. Partieron la madera del carro y ofrecieron las vacas en holocausto a Yahvé. Los levitas, tras bajar el arca de Yahvé y el cofre que estaba junto a ella, que contenía los objetos de oro, lo colocaron todo sobre la gran piedra. Los habitantes de Bet-Samés ofrecieron aquel día holocaustos y sacrificios a Yahvé.

Y allí, a plena luz del sol, se encuentra Çoréa, la patria de Sansón. Seráa , Sar’a, Tsor’ah, Tsorea, Çoréa, Soréa. VéaseJueces 13,2: Había un hombre de Saraa, de la tribu de Dan, llamado Manué; su mujer era estéril y no había dado a luz.

Y, un poco más al este, Timna, donde se casó y donde realizó tantas hazañas, pero también tantas tonterías.  Timnata, Timnatha, Timna. Según María Valtorta, Timnatah se situaría, por tanto, un poco al este de Saara, lo cual es totalmente compatible con el contexto bíblico de Jueces 13,1-6 | Jueces 14,1-5 | Josué 15,10-57 | Josué 19,43 | 2 Crónicas 28,18. Lo cual llevaría a situarla a unos veinte kilómetros al oeste de Belén. (Jean-François Lavère,Diccionario geográfico del Evangelio según María Valtorta).        

Donde se casó y donde realizó tantas hazañas, pero también tantas tonterías Jueces 14,1-20: Sansón bajó a Tamna y allí vio a una mujer de entre las hijas de los filisteos. Cuando regresó, se lo contó a su padre y a su madre, diciendo: «He visto en Tamna a una mujer de entre las hijas de los filisteos; tomadla ahora para que sea mi esposa». Su padre y su madre le dijeron: «¿Acaso no hay mujer entre las hijas de tus hermanos y en todo nuestro pueblo, para que vayas a tomar una mujer de entre los filisteos, que son incircuncisos?». Y Sansón dijo a su padre: «Tómala para mí, porque me agrada». » Su padre y su madre no sabían que aquello venía de Yahvé; pues él buscaba un motivo de disputa con los filisteos. — En aquellos tiempos, los filisteos dominaban a Israel. Sansón bajó con su padre y su madre a Tamna. Cuando llegaron a los viñedos de Tamna, he aquí que un león joven que rugía salió a su encuentro. El Espíritu de Yahvé se apoderó de Sansón; y, sin tener nada en la mano, Sansón desgarró al león como se desgarra a un cabrito. Y no contó a su padre ni a su madre lo que había hecho.

Bajó y habló con la mujer, y ella le gustó. Poco después, al volver a Tamna para llevársela, se desvió para ver el cadáver del león, y he aquí que había un enjambre de abejas y miel en el cuerpo del león. Tomó un poco con las manos y la comió mientras caminaba; y cuando llegó junto a su padre y a su madre, les dio un poco y ellos la comieron; pero no les dijo que había tomado la miel del cuerpo del león. El padre de Sansón bajó a casa de la mujer; y allí Sansón ofreció un banquete, pues era costumbre entre los jóvenes. En cuanto lo vieron, invitaron a treinta compañeros para que estuvieran con él.

Sansón les dijo: «Os voy a proponer un acertijo. Si me lo explicáis durante los siete días del banquete y lo adivináis, os daré treinta túnicas y treinta prendas de recambio; pero si no podéis explicármelo, seréis vosotros quienes me daréis treinta túnicas y treinta prendas de recambio. » Le dijeron: «Plantea tu acertijo, para que lo oigamos». Él les dijo: «De quien come ha salido lo que se come; del fuerte ha salido lo dulce». Durante tres días no pudieron resolver el acertijo. Al séptimo día, le dijeron a la mujer de Sansón: «Convence a tu marido para que nos explique el acertijo; si no, te quemaremos a ti y a la casa de tu padre. ¿Acaso nos habéis invitado para despojarnos? » La mujer de Sansón lloraba junto a él y le decía: «Solo sientes odio por mí, y no me quieres. ¡Has planteado un acertijo a los hijos de mi pueblo y no me lo has explicado!». Él le respondió: «No se lo he explicado ni a mi padre ni a mi madre, ¡y te lo voy a explicar a ti!». Ella lloró así ante él durante los siete días que duró el banquete; el séptimo día, como ella lo atormentaba, él le explicó el acertijo, y ella se lo explicó a los hijos de su pueblo. La gente de la ciudad le dijo a Sansón, el séptimo día, antes de la puesta del sol: «¿Qué hay más dulce que la miel, y qué hay más fuerte que el león?». Y él les dijo: «Si no hubierais arado con mi novilla, no habríais adivinado mi acertijo».

El Espíritu de Yahvé se apoderó de él, y bajó a Ascalón. Allí mató a treinta hombres y, tras tomar sus despojos, entregó la ropa de recambio a quienes habían resuelto el acertijo. Luego, encendido por la ira, subió a la casa de su padre. La mujer de Sansón fue entregada a uno de sus compañeros, a quien él había elegido como amigo.

Y allí, en Azeca y Soco, que entonces era un campamento filisteo. 1 Samuel 17,1: Los filisteos, tras reunir sus ejércitos para la guerra, se congregaron en Sojo, que pertenece a Judá; acamparon entre Sojo y Azeqa, en Efes-Dommim.

Más abajo aún, aquí está Zanuah, una de las ciudades de Judea. Szanoé, Zanuah, Zanoah, Zano’akh. Mencionada enJosué 15,56: «Jezreel, Jucadam, Zanoé».  

Y aquí —giren la vista— está el valle de la Terebinto, donde David venció a Goliat. Véase 1 Samuel 17,2-54: Saúl y los hombres de Israel también se reunieron y acamparon en el valle de la Terebinto; se dispusieron en orden de batalla frente a los filisteos. Los filisteos estaban apostados en la montaña de un lado, e Israel en la montaña del otro lado: el valle se extendía entre ellos. Entonces salió de los campamentos de los filisteos un campeón; se llamaba Goliat, era de Gat, y medía seis codos y una palma. Llevaba un yelmo de bronce en la cabeza y una coraza de escamas; y el peso de la coraza era de cinco mil siclos de bronce. Llevaba en los pies calzado de bronce y una jabalina de bronce entre los hombros. El mango de su lanza era como el huso de un tejedor, y la punta de su lanza pesaba seiscientos siclos de hierro; el que le llevaba el escudo caminaba delante de él. Goliat se detuvo y, dirigiéndose a los batallones de Israel, les gritó: «¿Por qué habéis salido a formar en orden de batalla? ¿Acaso no soy yo el filisteo, y vosotros los esclavos de Saúl? Escoged a un hombre que baje a enfrentarse a mí. Si él me vence en combate y me mata, nos someteremos a vosotros; pero si yo le venzco y le mato, vosotros os someteréis a nosotros y nos serviréis».

El filisteo añadió: «Hoy lanzo este desafío al ejército de Israel: Dadme un hombre y lucharemos entre nosotros. » Al oír estas palabras del filisteo, Saúl y todo Israel se asustaron y les invadió un gran temor. Ahora bien, David era hijo de aquel efrateo de Belén de Judá llamado Isaí, que tenía ocho hijos; este hombre, en tiempos de Saúl, era ya anciano, de edad avanzada. Los tres hijos mayores de Isaí habían ido a seguir a Saúl a la guerra; y los nombres de esos tres hijos que habían ido a la guerra eran Eliab, el mayor; Abinadab, el segundo; y Samma, el tercero. David era el más joven. Los tres mayores seguían a Saúl, y David iba y venía de junto a Saúl para pastorear las ovejas de su padre en Belén. El filisteo se acercaba por la mañana y por la tarde, y se presentó durante cuarenta días. Isaí le dijo a David, su hijo: «Lleva a tus hermanos este efa de grano tostado y estos diez panes, y corre al campamento hacia tus hermanos. Y estos diez quesos, llévaselos al jefe de su mil. Visita a tus hermanos para ver si se encuentran bien, y lleva de ellos un presente. Saúl, ellos y todos los hombres de Israel están en el valle de Terrebinto, haciendo la guerra a los filisteos».

David se levantó de madrugada y, tras dejar las ovejas a un pastor, tomó las provisiones y partió, tal y como Isaí le había ordenado. Cuando llegó al campamento, el ejército salía del campamento para formarse en orden de batalla y se oían gritos de guerra. Los israelitas y los filisteos se alinearon, tropa contra tropa. David dejó sus pertenencias en manos del encargado del equipaje y corrió hacia la tropa. Nada más llegar, preguntó a sus hermanos cómo se encontraban. Mientras hablaba con ellos, he aquí que el campeón —se llamaba Goliat, el filisteo de Gat— salió de entre las filas de los filisteos, profiriendo las mismas palabras, y David lo oyó. Al ver a aquel hombre, todos los israelitas se apartaron ante él, presa de un gran temor. Un israelita dijo: «¿Veis a ese hombre que se acerca? Se acerca para desafiar a Israel. El que lo mate, el rey lo colmará de grandes riquezas, le dará a su hija y liberará de toda carga a la casa de su padre en Israel». » David dijo a los hombres que estaban a su lado: «¿Qué se le hará al que mate a este filisteo y quite la afrenta de sobre Israel? ¿Quién es, pues, este filisteo, este incircunciso, para insultar a las tropas del Dios vivo? » El pueblo le repitió las mismas palabras, diciendo: «Esto es lo que se le hará al que lo mate». Eliab, su hermano mayor, le oyó hablar a los hombres, y se encendió la ira de Eliab contra David, y dijo: «¿Por qué has bajado, y a quién le has dejado ese pequeño rebaño en el desierto? Conozco tu orgullo y la malicia de tu corazón; has bajado para ver la batalla».

David respondió: «¿Qué he hecho ahora? ¿No es más que una simple palabra? » Y, apartándose de él para dirigirse a otro, repitió las mismas palabras; y el pueblo le respondió como la primera vez. Cuando se oyeron las palabras pronunciadas por David, se las comunicaron a Saúl, quien mandó que lo trajeran. David dijo a Saúl: «Que nadie se desanime. Tu siervo irá a luchar contra ese filisteo». Saúl dijo a David: «No puedes ir contra ese filisteo para luchar con él, pues tú eres un niño, y él es un guerrero desde su juventud». » David dijo a Saúl: «Cuando tu siervo apacentaba las ovejas de su padre, y venía un león o un oso y se llevaba una oveja del rebaño, yo lo perseguía, lo golpeaba y arrancaba la oveja de sus fauces; si se me enfrentaba, lo agarraba por la mandíbula, lo golpeaba y lo mataba. Tu siervo ha matado tanto al león como al oso, y lo mismo le sucederá al filisteo, a ese incircunciso, como a cualquiera de ellos, pues ha insultado a las tropas del Dios vivo. » David añadió: «Yahvé, que me ha librado del león y del oso, también me librará de la mano de este filisteo». Y Saúl dijo a David: «Ve, y que Yahvé esté contigo».

Saúl hizo que vistieran a David con sus ropas, le puso un casco de bronce en la cabeza y le hizo llevar una coraza; luego David se ciñó la espada de Saúl por encima de su armadura, e intentó caminar, pues nunca antes había probado una armadura. David dijo a Saúl: «No puedo caminar con estas armas, no estoy acostumbrado a ellas». Y, tras deshacerse de ellas, David tomó su bastón, escogió del arroyo cinco guijarros pulidos y los guardó en su bolsa de pastor, en su aljaba. Luego, con la honda en la mano, se adelantó hacia el filisteo. El filisteo se acercó poco a poco a David, precedido por el hombre que llevaba el escudo. El filisteo miró, vio a David y lo despreció, pues era muy joven, rubio y de rostro hermoso. El filisteo le dijo a David: «¿Acaso soy un perro, para que vengas a mí con un palo?». Y el filisteo maldijo a David en nombre de sus dioses. Y el filisteo le dijo a David: «Ven a mí, y daré tu carne a las aves del cielo y a las bestias del campo». » David respondió al filisteo: «Tú vienes a mí con espada, lanza y jabalina; y yo vengo a ti en nombre de Yahvé de los ejércitos, el Dios de las huestes de Israel, a quien tú has insultado. Hoy Yahvé te entregará en mis manos; te heriré y te cortaré la cabeza; hoy entregaré los cadáveres del ejército filisteo a las aves del cielo y a las bestias de la tierra; y toda la tierra sabrá que Israel tiene un Dios; y toda esta multitud sabrá que no es ni con la espada ni con la lanza como Yahvé salva, pues a Yahvé le pertenece la guerra, y él os ha entregado en nuestras manos».

El filisteo, levantándose, se puso en marcha y avanzó al encuentro de David, y David se apresuró a correr hacia el frente de la tropa, para salir al encuentro del filisteo. David metió la mano en su aljaba, sacó una piedra y la lanzó con su honda; alcanzó al filisteo en la frente, y la piedra se le clavó en ella, y cayó boca abajo sobre la tierra. Así, David, con una honda y una piedra, fue más fuerte que el filisteo; lo mató. Y David no llevaba espada en la mano. David corrió, se detuvo junto al filisteo y, tras empuñar su espada y sacarla de la vaina, lo mató y le cortó la cabeza con ella. Al ver a su héroe muerto, los filisteos huyeron. Y los hombres de Israel y de Judá se levantaron, gritando, y persiguieron a los filisteos hasta la entrada de Gat y hasta las puertas de Acarón. Los cadáveres de los filisteos cubrían el camino de Saraim hasta Gath y hasta Askarón. Al regresar de la persecución de los filisteos, los hijos de Israel saquearon su campamento. David tomó la cabeza del filisteo y la hizo llevar a Jerusalén, y puso en su tienda las armas del filisteo.

Allí se encuentra Maqeda, donde Josué derrotó a los amorreos. Maqeda, Makkedah, Maqqeda. VéaseJosué 10,10-41|Josué 15,41.  Josué 10, 10-41: Y Yahvé sembró el pánico entre ellos ante Israel; Israel les infligió una gran derrota cerca de Gabaón, los persiguió por el camino que sube a Bet-horón y los derrotó hasta Azeca y Maceda. Mientras huían ante Israel, en la bajada de Bet-orón, Yahvé hizo caer del cielo sobre ellos grandes piedras hasta Azeca, y murieron; los que murieron por las piedras del granizo fueron más numerosos que los que fueron muertos por la espada de los hijos de Israel. Entonces Josué habló a Yahvé, el día en que Yahvé entregó a los amorreos en manos de los hijos de Israel, y dijo ante los ojos de Israel: «¡Sol, detente sobre Gabaón, y tú, luna, sobre el valle de Ajalón!». Y el sol se detuvo, y la luna se quedó inmóvil, hasta que el pueblo se vengó de sus enemigos. ¿No está esto escrito en el libro del Justo? Y el sol se detuvo en medio del cielo y no se apresuró a ponerse, casi un día entero. No hubo, ni antes ni después, un día como aquel, en el que Yahvé obedeció la voz de un hombre; pues Yahvé combatía por Israel.   

Josué, y todo Israel con él, pasó de Lebna a Laquis; estableció su campamento frente a ella y la atacó. Y Yahvé entregó Laquis en manos de Israel, que la tomó al segundo día y la pasó a cuchillo, junto con todos los seres vivos que había en ella, tal como había hecho con Lebna. — Entonces Horam, rey de Gaser, subió en ayuda de Laquis; Josué lo derrotó a él y a su pueblo, sin dejar escapar a nadie. Josué, y todo Israel con él, pasó de Laquis a Eglón; acamparon frente a ella y la atacaron. La tomaron aquel mismo día y la pasaron a filo de la espada; a todos los seres vivos que había en ella, Josué los consagró al anatema aquel día, tal y como había hecho con Laquis.

Josué, y todo Israel con él, subieron de Eglón a Hebrón, y la atacaron. Tras tomarla, la pasaron a cuchillo, a ella, a su rey, a todas las ciudades de su dominio y a todos los seres vivos que había en ella, sin dejar escapar a nadie, tal y como Josué había hecho con Eglón; y la consagró al anatema, junto con todos los seres vivos que había en ella. Josué, y todo Israel con él, se dirigió a Dabir y la atacó. La conquistó, junto con su rey y todas las ciudades de su dominio; y los mataron a filo de espada, y dedicaron al anatema a todos los seres vivos que había en ella, sin dejar escapar a nadie. Josué hizo con Dabir y su rey lo mismo que había hecho con Hebrón, y lo mismo que había hecho con Lebna y su rey. Josué derrotó a todo el país: la Montaña, el Neguev, la llanura y las colinas, con todos sus reyes, sin dejar escapar a nadie, y consagró al anatema a todo ser viviente, tal y como había ordenado Yahvé, el Dios de Israel. Josué los derrotó desde Cades-Barnea hasta Gaza, y en todo el país de Gosén hasta Gabaón.

Josué 15, 41: Giderot , Bet-Dagón, Naama y Maceda: dieciséis ciudades y sus aldeas.

Volveos de nuevo. ¿Veis esa montaña solitaria en medio de la llanura que antaño perteneció a los filisteos? Allí se encuentra Gat, patria de Goliat y lugar de refugio de David junto a Aquis para huir de la furia desenfrenada de Saúl. Get , Gath, Tel es-Safieh. Mencionada en varias ocasiones en la Biblia (entre ellas, en 1 Samuel 17,4). El yacimiento fue identificado en 1887, pero no fue hasta 2001 cuando las excavaciones confirmaron las hipótesis anteriores. La descripción de María Valtorta resulta aún más notable (Jean-François Lavère,Diccionario geográfico del Evangelio según María Valtorta).         

Allí se encuentra Gat, patria de Goliat y lugar de refugio de David junto a Aquis para huir de la furia desenfrenada de Saúl. Véase 1 Samuel 27,1-4: David se dijo a sí mismo: «Algún día pereceré a manos de Saúl; no hay nada mejor para mí que refugiarme rápidamente en la tierra de los filisteos, para que Saúl deje de buscarme por todo el territorio de Israel; así escaparé de su mano. » Y se levantó David, junto con los seiscientos hombres que estaban con él, y se dirigieron a la casa de Aquis, hijo de Maoc, rey de Gat. David se quedó con Aquis, en Gat, él y sus hombres, cada uno con su familia, y David con sus dos mujeres: Achinoam, de Jezreel, y Abigail, de Carmelo, la mujer de Nabal. Le comunicaron a Saúl que David había huido a Gat, y no volvió a perseguirlo.    

Ese horizonte abierto son las llanuras de la tierra muy fértil de los filisteos. Iremos por allí hasta Ramlé. Ramlé , Ramla, Ramleh. Los historiadores presentan a Ramlé como la única ciudad de Palestina fundada por los árabes, construida hacia los años 705-715 por el califa Suleiman ibn Abed al-Malik. El hecho de que el nombre sea «mencionado por Jesús» parece indicar una existencia muy anterior al sigloVIII(Jean-François Lavère,Diccionario geográfico del Evangelio según María Valtorta).          

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Libro de Josué 10, 1-51 (Gerimot | Magdala)

Jos 10,1-51: Adonisec, rey de Jerusalén, se enteró de que Josué se había apoderado de Hai y la había consagrado al anatema, de que había tratado a Hai y a su rey como había tratado a Jericó y a su rey, y de que los habitantes de Gabaón, tras haber hecho las paces con Israel, se encontraban entre ellos. Entonces le invadió un gran temor, pues Gabaón era una gran ciudad, como una de las ciudades reales, incluso más grande que Hai, y todos sus hombres eran valientes. Adonisec, rey de Jerusalén, envió a decir a Oham, rey de Hebrón; a Faram, rey de Jerimot; a Jafia, rey de Laquis; y a Dabir, rey de Eglón: «Subid a mi encuentro y venid en mi ayuda, para que ataquemos Gabaón, pues ha hecho las paces con Josué y con los hijos de Israel». » Así pues, los cinco reyes de los amorreos —el rey de Jerusalén, el rey de Hebrón, el rey de Jerimot, el rey de Laquis y el rey de Eglón— se reunieron y subieron con todos sus ejércitos; acamparon cerca de Gabaón y la sitiaron. Los habitantes de Gabaón enviaron a decir a Josué, al campamento de Galgala: «No retires tu mano de tus siervos; apresúrate a subir a nuestro encuentro, líbranos, ven en nuestra ayuda; pues todos los reyes de los amorreos que habitan en la montaña se han aliado contra nosotros». » Josué partió de Galgala, él y todos los hombres de guerra que le acompañaban, y todos los valientes guerreros. Yahvé dijo a Josué: «No les temas, pues los he entregado en tus manos, y ninguno de ellos te resistirá». Josué se abalanzó sobre ellos de improviso; había subido desde Galgala durante toda la noche. Y Yahvé sembró el pánico entre ellos ante Israel; Israel les infligió una gran derrota cerca de Gabaón, los persiguió por el camino que sube a Bet-horón y los derrotó hasta Azeca y Maceda. Mientras huían ante Israel, en la bajada de Bet-horón, Yahvé hizo caer del cielo sobre ellos grandes piedras hasta Azeca, y murieron; los que murieron por las piedras de granizo fueron más numerosos que los que fueron muertos por la espada de los hijos de Israel. Entonces Josué habló a Yahvé, el día en que Yahvé entregó a los amorreos en manos de los hijos de Israel, y dijo ante los ojos de Israel: «¡Sol, detente sobre Gabaón, y tú, luna, sobre el valle de Ajalón!». Y el sol se detuvo, y la luna se quedó inmóvil, hasta que la nación se vengó de sus enemigos. ¿No está esto escrito en el libro del Justo? Y el sol se detuvo en medio del cielo y no se apresuró a ponerse, casi un día entero. No hubo, ni antes ni después, un día como aquel, en el que Yahvé obedeció la voz de un hombre; pues Yahvé combatía por Israel.

Josué, y todo Israel con él, pasó de Lebna a Laquis; estableció su campamento frente a ella y la atacó. Y Yahvé entregó Laquis en manos de Israel, que la tomó al segundo día y la pasó a cuchillo, junto con todos los seres vivos que había en ella, tal como había hecho con Lebna. — Entonces Horam, rey de Gaser, subió en ayuda de Laquis; Josué lo derrotó a él y a su pueblo, sin dejar escapar a nadie. Josué, y todo Israel con él, pasó de Laquis a Eglón; acamparon frente a ella y la atacaron. La tomaron aquel mismo día y la pasaron a filo de la espada; a todos los seres vivos que había en ella, Josué los consagró al anatema aquel día, tal y como había hecho con Laquis.

Josué, y todo Israel con él, subieron de Eglón a Hebrón, y la atacaron. Tras tomarla, la pasaron a cuchillo, a ella, a su rey, a todas las ciudades de su dominio y a todos los seres vivos que había en ella, sin dejar escapar a nadie, tal y como Josué había hecho con Eglón; y la consagró al anatema, junto con todos los seres vivos que había en ella. Josué, y todo Israel con él, se dirigió a Dabir y la atacó. La conquistó, junto con su rey y todas las ciudades de su dominio; y los pasaron a filo de espada, y dedicaron al anatema a todos los seres vivos que había en ella, sin dejar escapar a nadie. Josué hizo con Dabir y su rey lo mismo que había hecho con Hebrón, y lo mismo que había hecho con Lebna y su rey. Josué conquistó todo el país: la Montaña, el Négueb, la llanura y las colinas, con todos sus reyes, sin dejar escapar a nadie, y consagró al anatema a todo ser viviente, tal y como había ordenado Yahvé, el Dios de Israel. Josué los derrotó desde Cades-Barnea hasta Gaza, y en toda la tierra de Gosén hasta Gabaón.

Libro de Josué 15, 41 (Maceda)

Jos 15, 41: Giderot, Bet-Dagón, Naama y Maceda: dieciséis ciudades y sus aldeas.

Libro de Josué 15, 56 (Zanuah)

Jos 15,56: « Jezreel, Jucadam, Zanoé»

Primer Libro de Samuel 6, 1-15 (Bet-Semes — El Arca devuelta por los filisteos)

1 S 6,1-15: El arca de Yahvé permaneció siete meses en tierra de los filisteos. Entonces los filisteos convocaron a los sacerdotes y a los adivinos y les dijeron: «¿Qué haremos con el arca de Yahvé? Decidnos cómo debemos devolverla a su lugar». » Ellos respondieron: «Si devolvéis el arca del Dios de Israel, no la devolváis vacía, sino que no dejéis de ofrecerle una ofrenda de expiación; entonces os sanaréis y sabréis por qué su mano no se ha apartado de vosotros». Los filisteos preguntaron: «¿Qué ofrenda de expiación le haremos?». Respondieron: «Cinco tumores de oro y cinco ratones de oro, según el número de los príncipes de los filisteos, pues la misma plaga ha caído sobre vosotros y sobre vuestros príncipes. Haced, pues, figuras de vuestros tumores y figuras de los ratones que asolan el país, y dad así gloria al Dios de Israel: tal vez deje de hacer pesar su mano sobre vosotros, sobre vuestros dioses y sobre vuestro país. ¿Por qué endureceríais vuestro corazón, como lo endurecieron Egipto y el faraón? ¿Acaso no dejó partir a los hijos de Israel cuando les infligió sus castigos? Ahora, pues, preparad un carro nuevo y tomad dos vacas que estén amamantando y que no hayan llevado yugo; enganchad las vacas al carro y llevad a sus crías lejos de ellas, al establo. Tomaréis el arca de Yahvé y la pondréis sobre el carro; luego, tras colocar junto a ella, en un cofre, los objetos de oro que hayáis entregado como ofrenda de expiación, la dejaréis marchar y ella se irá. Seguidla con la mirada: si sube por el camino de su frontera, hacia Bet-Samés, es Yahvé quien nos ha causado este gran mal; de lo contrario, sabremos que no ha sido su mano la que nos ha golpeado, y que esto nos ha sucedido por casualidad».

Aquella gente hizo así; tomaron dos vacas que estaban amamantando, las engancharon al carro y encerraron a sus crías en el establo. Pusieron en el carro el arca de Yahvé y el cofre con los ratones de oro y las figuras de sus tumores. Las vacas se dirigieron directamente hacia Bet-Samés; siguieron siempre el mismo camino, caminando y mugiendo, sin desviarse ni a la derecha ni a la izquierda. Los príncipes de los filisteos las siguieron hasta la frontera de Bet-Samés. La gente de Bet-Samés estaba segando el trigo en el valle. Al levantar la vista, vieron el arca y se alegraron al verla. El carro llegó al campo de Josué, el betsamita, y se detuvo allí. Había allí una gran piedra. Partieron la madera del carro y ofrecieron las vacas en holocausto a Yahvé. Los levitas, tras bajar el arca de Yahvé y el cofre que estaba junto a ella, en el que se guardaban los objetos de oro, lo colocaron todo sobre la gran piedra. Los habitantes de Bet-Samés ofrecieron aquel día holocaustos y sacrificios a Yahvé.

Primer libro de Samuel 17, 1-54 (Gat | Soco | Azeca | Valle de Tebérinte | David y Goliat)

1 S 17,1: Los filisteos, tras reunir sus ejércitos para la guerra, se congregaron en Soco, que pertenece a Judá; acamparon entre Soco y Azeca, en Efes-Dommim.

1 S 17,2-54: Saúl y los hombres de Israel también se reunieron y acamparon en el valle de Terebinto; se dispusieron en orden de batalla frente a los filisteos. Los filisteos estaban apostados en la montaña de un lado, e Israel, en la montaña del otro lado; el valle se extendía entre ellos. Entonces salió de los campamentos de los filisteos un guerrero; se llamaba Goliat, era de Gat, y medía seis codos y una palma. Llevaba un yelmo de bronce en la cabeza y una coraza de escamas; y el peso de la coraza era de cinco mil siclos de bronce. Llevaba en los pies calzado de bronce y una jabalina de bronce entre los hombros. El astil de su lanza era como el rodillo de un tejedor, y la punta de su lanza pesaba seiscientos siclos de hierro; el que le llevaba el escudo caminaba delante de él. Goliat se detuvo y, dirigiéndose a los batallones de Israel, les gritó: «¿Por qué habéis salido a formar en orden de batalla? ¿Acaso no soy yo el filisteo, y vosotros los esclavos de Saúl? Escoged a un hombre que baje a enfrentarse a mí. Si él me vence en combate y me mata, nos someteremos a vosotros; pero si yo le vence y le mato, vosotros os someteréis a nosotros y nos serviréis».

El filisteo añadió: «Hoy lanzo este desafío al ejército de Israel: Dadme un hombre y lucharemos entre nosotros. » Al oír estas palabras del filisteo, Saúl y todo Israel se asustaron y les invadió un gran temor. Ahora bien, David era hijo de aquel efrateo de Belén de Judá llamado Isaí, que tenía ocho hijos; este hombre, en tiempos de Saúl, era ya anciano, de edad avanzada. Los tres hijos mayores de Isaí se habían ido con Saúl a la guerra; y los nombres de esos tres hijos que se habían ido a la guerra eran Eliab, el mayor; Abinadab, el segundo; y Samma, el tercero. David era el más joven. Los tres mayores seguían a Saúl, y David iba y venía de junto a Saúl para pastorear las ovejas de su padre en Belén. El filisteo se acercaba por la mañana y por la tarde, y se presentó durante cuarenta días. Isaí le dijo a David, su hijo: «Toma para tus hermanos este efa de grano tostado y estos diez panes, y corre al campamento hacia tus hermanos. Y estos diez quesos, llévaselos al jefe de su mil. Visita a tus hermanos para ver si están bien, y llévales un regalo. Saúl, ellos y todos los hombres de Israel están en el valle de Teribinto, luchando contra los filisteos».

David se levantó de madrugada y, tras dejar las ovejas a un pastor, tomó las provisiones y partió, tal y como le había ordenado Isaí. Cuando llegó al campamento, el ejército salía del campamento para formarse en orden de batalla y se oían gritos de guerra. Los israelitas y los filisteos se alinearon, tropa contra tropa. David dejó sus pertenencias en manos del encargado del equipaje y corrió hacia la tropa. Nada más llegar, preguntó a sus hermanos cómo se encontraban. Mientras hablaba con ellos, he aquí que el campeón —se llamaba Goliat, el filisteo de Gat— salió de las filas de los filisteos, profiriendo las mismas palabras, y David lo oyó. Al ver a aquel hombre, todos los israelitas se apartaron ante él, presa de un gran temor. Un israelita dijo: «¿Veis a ese hombre que se acerca? Se acerca para desafiar a Israel. A quien lo mate, el rey lo colmará de grandes riquezas, le dará a su hija y liberará de toda carga a la casa de su padre en Israel». » David dijo a los hombres que estaban junto a él: «¿Qué se le hará al que mate a este filisteo y quite la afrenta de sobre Israel? ¿Quién es, pues, este filisteo, este incircunciso, para insultar a las tropas del Dios vivo? » El pueblo le repitió las mismas palabras, diciendo: «Esto es lo que se le hará al que lo mate». Eliab, su hermano mayor, le oyó hablar a los hombres, y se encendió la ira de Eliab contra David, y dijo: «¿Por qué has bajado, y a quién le has dejado ese pequeño rebaño en el desierto? Conozco tu orgullo y la malicia de tu corazón; has bajado para ver la batalla».

David respondió: «¿Qué he hecho ahora? ¿No es más que una simple palabra? » Y, apartándose de él para dirigirse a otro, repitió las mismas palabras; y el pueblo le respondió como la primera vez. Cuando se oyeron las palabras pronunciadas por David, se las comunicaron a Saúl, quien mandó que lo trajeran. David dijo a Saúl: «Que nadie se desanime. Tu siervo irá a luchar contra ese filisteo». Saúl dijo a David: «No puedes ir contra ese filisteo para luchar con él, pues tú eres un muchacho, y él es un guerrero desde su juventud». » David dijo a Saúl: «Cuando tu siervo apacentaba las ovejas de su padre, y venía un león o un oso y se llevaba una oveja del rebaño, yo lo perseguía, lo golpeaba y arrancaba la oveja de sus fauces; si se me enfrentaba, lo agarraba por las mandíbulas, lo golpeaba y lo mataba. Tu siervo ha matado al león como al oso, y lo mismo le sucederá al filisteo, a ese incircunciso, como a cualquiera de ellos, pues ha insultado a las tropas del Dios vivo. » David añadió: «Yahvé, que me ha librado del león y del oso, también me librará de la mano de este filisteo». Y Saúl dijo a David: «Ve, y que Yahvé esté contigo».

Saúl hizo que vistieran a David con sus ropas, le puso un casco de bronce en la cabeza y le hizo llevar una coraza; luego David se ciñó la espada de Saúl por encima de su armadura, e intentó caminar, pues nunca antes había probado una armadura. David dijo a Saúl: «No puedo caminar con estas armas, no estoy acostumbrado a ellas». Y, tras deshacerse de ellas, David tomó su bastón, escogió del arroyo cinco guijarros pulidos y los guardó en su bolsa de pastor, en su aljaba. Luego, con la honda en la mano, se adelantó hacia el filisteo. El filisteo se acercó poco a poco a David, precedido por el hombre que llevaba el escudo. El filisteo miró, vio a David y lo despreció, pues era muy joven, rubio y de rostro hermoso. El filisteo le dijo a David: «¿Acaso soy un perro, para que vengas a mí con un palo?». Y el filisteo maldijo a David en nombre de sus dioses. Y el filisteo le dijo a David: «Ven a mí, y daré tu carne a las aves del cielo y a las bestias del campo». » David respondió al filisteo: «Tú vienes a mí con espada, lanza y jabalina; y yo vengo a ti en nombre de Yahvé de los ejércitos, el Dios de las huestes de Israel, a quien tú has insultado. Hoy Yahvé te entregará en mis manos; te heriré y te cortaré la cabeza; hoy entregaré los cadáveres del ejército filisteo a las aves del cielo y a las bestias de la tierra; y toda la tierra sabrá que Israel tiene un Dios; y toda esta multitud sabrá que no es ni con la espada ni con la lanza como Yahvé salva, pues a Yahvé le pertenece la guerra, y él os ha entregado en nuestras manos».

El filisteo, levantándose, se puso en marcha y avanzó al encuentro de David, y David se apresuró a correr hacia la vanguardia del ejército, para salir al encuentro del filisteo. David metió la mano en su aljaba, sacó una piedra y la lanzó con su honda; alcanzó al filisteo en la frente, y la piedra se le clavó en ella, y cayó boca abajo sobre la tierra. Así, David, con una honda y una piedra, fue más fuerte que el filisteo, y lo mató. Y no había espada en la mano de David. David corrió, se detuvo junto al filisteo y, tras empuñar su espada y sacarla de la vaina, lo mató y le cortó la cabeza con ella. Al ver muerto a su héroe, los filisteos huyeron. Y los hombres de Israel y de Judá se levantaron, gritando, y persiguieron a los filisteos hasta la entrada de Gat y hasta las puertas de Acarón. Los cadáveres de los filisteos cubrían el camino de Saraim hasta Gath y hasta Ascarón. Al regresar de la persecución de los filisteos, los hijos de Israel saquearon su campamento. David tomó la cabeza del filisteo y la hizo llevar a Jerusalén, y puso en su tienda las armas del filisteo.

Primer libro de Samuel 27, 1-4 (Gat, Geth | David, Aquis, Saúl)

1 S 27,1-4: David se dijo a sí mismo: «Algún día pereceré a manos de Saúl; no hay nada mejor para mí que refugiarme rápidamente en la tierra de los filisteos, para que Saúl deje de buscarme por todo el territorio de Israel; así escaparé de su mano. » Y se levantó David, junto con los seiscientos hombres que estaban con él, y se dirigieron a casa de Aquis, hijo de Maoc, rey de Get. David se quedó con Aquis, en Gat, él y sus hombres, cada uno con su familia, y David con sus dos mujeres: Ainoam, de Jezreel, y Abigail, de Carmelo, la mujer de Nabal. Le comunicaron a Saúl que David había huido a Gat, y no volvió a perseguirlo.

Libro de los Jueces 13, 2 (Corea)

Jue 13,2: Había un hombre de Saraa, de la tribu de Dan, llamado Manué; su mujer era estéril y no había tenido hijos.

Libro de los Jueces 14, 1-20 (Sansón - Timna)

Jue 14,1-20: Sansón bajó a Timna y allí vio a una mujer de entre las hijas de los filisteos. Cuando regresó, se lo contó a su padre y a su madre, diciendo: «He visto en Timna a una mujer de entre las hijas de los filisteos; tomadla ahora para que sea mi esposa». Su padre y su madre le dijeron: «¿Acaso no hay mujer entre las hijas de tus hermanos y en todo nuestro pueblo, para que vayas a tomar una mujer de entre los filisteos, que son incircuncisos?». Y Sansón dijo a su padre: «Tómala para mí, porque me agrada». » Su padre y su madre no sabían que aquello venía de Yahvé; pues él buscaba un motivo de disputa con los filisteos. — En aquellos tiempos, los filisteos dominaban a Israel. Sansón bajó con su padre y su madre a Tamna. Cuando llegaron a los viñedos de Tamna, he aquí que un león joven que rugía salió a su encuentro. El Espíritu de Yahvé se apoderó de Sansón; y, sin tener nada en la mano, Sansón desgarró al león como se desgarra a un cabrito. Y no contó a su padre ni a su madre lo que había hecho.

Bajó y habló con la mujer, y ella le gustó. Poco después, al volver a Tamna para llevársela, se desvió para ver el cadáver del león, y he aquí que había un enjambre de abejas y miel en el cuerpo del león. Tomó un poco con las manos y la comió mientras caminaba; y cuando llegó junto a su padre y a su madre, les dio un poco y ellos la comieron; pero no les dijo que había sacado la miel del cuerpo del león. El padre de Sansón bajó a casa de la mujer; y allí Sansón ofreció un banquete, pues era costumbre entre los jóvenes. En cuanto lo vieron, invitaron a treinta compañeros para que estuvieran con él.

Sansón les dijo: «Os voy a proponer un acertijo. Si me lo explicáis durante los siete días del banquete y lo adivináis, os daré treinta túnicas y treinta prendas de recambio; pero si no podéis explicármelo, seréis vosotros quienes me daréis treinta túnicas y treinta prendas de recambio. » Le dijeron: «Plantea tu acertijo, para que lo oigamos». Él les dijo: «De quien come ha salido lo que se come; del fuerte ha salido lo dulce». Durante tres días no pudieron resolver el acertijo. Al séptimo día, le dijeron a la mujer de Sansón: «Convence a tu marido para que nos explique el acertijo; si no, te quemaremos a ti y a la casa de tu padre. ¿Acaso nos habéis invitado para despojarnos, sin duda? » La mujer de Sansón lloraba junto a él y le decía: «Solo sientes odio por mí, y no me quieres. ¡Has planteado un acertijo a los hijos de mi pueblo y no me lo has explicado a mí!». Él le respondió: «¡Ni a mi padre ni a mi madre se lo he explicado, y te lo iba a explicar a ti!». Ella lloró así ante él durante los siete días que duró el banquete; el séptimo día, como ella lo atormentaba, él le explicó el acertijo, y ella se lo explicó a los hijos de su pueblo. La gente de la ciudad le dijo a Sansón, el séptimo día, antes de la puesta del sol: «¿Qué hay más dulce que la miel, y qué hay más fuerte que el león?». Y él les dijo: «Si no hubierais arado con mi novilla, no habríais adivinado mi acertijo». El Espíritu de Yahvé se apoderó de él, y bajó a Ascalón. Allí mató a treinta hombres y, tras tomar sus despojos, entregó la ropa de recambio a quienes habían resuelto el acertijo. Luego, encendido en ira, subió a la casa de su padre. La mujer de Sansón fue entregada a uno de sus compañeros, a quien él había elegido como amigo.