ECR 201.4-6 · Volumen 3
El Evangelio como me ha sido revelado
Cita
Entran en la misma sala en que años atrás entrara Jesús. Un joven, que está escribiendo en uno de los ángulos, se pone repentinamente en pie al ver a José, y se prosterna.
«Dios sea contigo, Zacarías. Ve rápidamente a llamar a Asrael y a Jacob».
El joven sale y, casi inmediatamente, vuelve con dos rabinos, o arquisinagogos, o escribas... no sé. Son dos desabridos personajes que sólo deponen su altivez ante José. Tras ellos entran otros ocho menos solemnes. Se sientan, dejando en pie a los aspirantes, incluido José de Arimatea.
«¿Qué quieres, José?» pregunta el más anciano.
«Presentar a vuestra perspicacia a este hijo de Abraham, que ha cumplido el tiempo prescrito para entrar en la Ley y en ella regirse por sí mismo».
«¿Es pariente tuyo?» y miran con gesto de estupor.
«En Dios todos somos parientes. Este niño es huérfano. Este hombre, de cuya honestidad me hago garante, le ha tomado, para que su tálamo no quede sin descendencia».
«¿Quién es este hombre? Que responda él».
«Simón de Jonás, de Betsaida de Galilea, casado, sin hijos, pescador para el mundo, para el Altísimo hijo de la Ley».
«Y tú, siendo galileo, te asumes esta paternidad? ¿Por qué?».
«Está escrito en la Ley que se debe mostrar amor hacia el huérfano y la viuda. Yo lo hago».
«¿Puede, acaso, conocer éste la Ley hasta el punto de merecer...? Mas... tú, niño, responde, ¿quién eres?».
«Yabés Margziam de Juan, de los campos de Emaús, nacido hace doce años».
«Entonces, eres judío. ¿Es lícito que se responsabilice de él un galileo? Escudriñemos las leyes».
«Pero, ¿qué soy?: ¿un leproso?, ¿una persona maldita?». Le empieza a hervir la sangre en las venas a Pedro.
«Calla, Simón. Hablaré yo por él. Os he dicho que me hago garante de este hombre. Le conozco como si fuera de mi casa. El anciano José no propondría jamás algo contrario a la Ley, y, ni siquiera, a las leyes. Examinad, pues, al niño con justicia y sin dilación; el patio está lleno de niños que esperan el examen. Por amor a todos, no seáis lentos».
«¿Quién probará que este niño tiene doce años y que fue rescatado del Templo?».
«Lo puedes probar con las escrituras. Es una investigación latosa, pero se puede hacer. Niño, ¿me has dicho que eres el primogénito?».
«Sí, señor. Puedes verlo porque estuve consagrado al Señor y fui rescatado con los debidos diezmos».
«Busquemos entonces estos datos...» dice José.
«No hace falta» responden cortantes los dos hombres insidiosos.
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«Ven aquí, niño. Di el Decálogo» y el niño lo dice seguro. «Dame ese rollo, Jacob. Lee si sabes».
«¿Dónde, rabí?».
«Donde quieras. Donde te caiga la mirada» dice Asrael.
«No. Aquí. Dámelo» dice Jacob. (Y abre hasta un determinado punto el rollo y dice: «Aquí»).
«“Entonces él les dijo secretamente: ‘Bendecid al Dios del Cielo, dadle gloria ante todos los seres vivos, porque ha sido misericordioso con vosotros. Ciertamente bueno es mantener celado el secreto del rey, pero es honorífico revelar...’ ”».
«¡Basta, basta! ¿Qué es esto?» pregunta Jacob señalando las franjas de su manto.
«Las franjas sagradas, señor; las llevamos para no olvidarnos de los preceptos del Señor altísimo».
«¿Le es lícito a un israelita nutrirse con cualquier tipo de carne?...» pregunta Asrael.
«No, señor; sólo con las que hayan sido declaradas puras».
«Dime los preceptos...».
Y el niño, dócilmente, empieza a decir la letanía de los: «No harás...».
«¡Basta, basta!, para ser un galileo sabe hasta demasiado. Hombre, ahora te toca a ti jurar que tu hijo es mayor de edad».
Pedro, con el mejor donaire después de tanto desaire, pronuncia su breve discurso paterno: «Como habéis visto, mi hijo, llegado a la edad prescrita, conociendo la Ley, los preceptos, las usanzas, las tradiciones, las ceremonias, las bendiciones, las oraciones..., es capaz de guiarse a sí mismo. Por tanto, como habéis podido constatar, estamos en condiciones, yo y él, de pedir la mayoría de edad. La verdad es que debía haberlo dicho antes esto, pero aquí han sido violadas — y no por nosotros, galileos — las usanzas, y se le ha preguntado al hijo antes que al padre. Y ahora os digo: dado que le habéis juzgado apto, desde este momento no soy ya responsable de sus acciones, ni ante Dios ni ante los hombres».
«Pasad a la sinagoga».
El pequeño cortejo entra en la sinagoga, entre los adustos rostros de los rabinos a los que Pedro ha puesto firmes.
Erguido, frente a los ambones y a las lámparas, cortan los cabellos a Margziam; antes le llegaban hasta los hombros, ahora quedan a la altura de las orejas. Pedro abre su taleguillo y saca un bonito cinturón de lana roja, bordada en amarillo oro, y con él ciñe la cintura del niño, luego, mientras los sacerdotes hacen lo propio en la frente y el brazo con cintas de cuero, Pedro está tratando de prender en el manto — Margziam se lo ha pasado — las sagradas franjas. ¡Qué emocionado está Pedro cuando entona la alabanza al Señor!...
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Con esto se pone fin a la ceremonia. Ahuecan el ala ligeros; Pedro dice: «¡Menos mal! ¡No podía más! ¿Has visto, José? Ni siquiera han completado el rito. No importa. Tú... tú, hijo mío, tienes a otro que te consagra... Vamos a adquirir un corderito para el sacrificio de alabanza al Señor; un corderito encantador, como tú. ¡Gracias, José! Dile tú también “gracias” a este gran amigo. Sin ti, nos hubieran tratado mal del todo».
«Simón, me siento contento de haber sido útil a un justo como tú. Te ruego que vengas a mi casa de Beceta, para el banquete, y contigo todos, como es lógico».
«Vamos a decírselo al Maestro. Para mí... ¡demasiado honor!» dice, humilde, Pedro (pero se le ve radiante de alegría).
Cruzan en sentido inverso claustros y atrios hasta llegar al patio de las mujeres; allí todas felicitan a Margziam. Luego los hombres pasan al atrio de los israelitas, donde está Jesús acompañado de los suyos. Se reúnen todos — armónica comunión de felicidad — y, mientras Pedro va a sacrificar el cordero, se encaminan entre pórticos y patios hasta el muro exterior.