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Notas de la palabra clave

Jesucristo predicando en Cafarnaúm

Tema: Hechos sobre la vida pública de Jesucristo

Comodidad de lectura

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ECR 49.6

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

49.6 Henos aquí delante de la sinagoga. Yo entro; tú vendrás después con tus amigos».

Juan se va y Jesús entra en una estancia cuadrada que tiene el típico aparato de luces colocadas en triángulo y de atriles con rollos de pergamino. Ya hay una multitud que espera y ora. También Jesús ora. La multitud bisbisea y hace comentarios detrás de Él. Jesús se inclina para saludar al jefe de la sinagoga y luego pide un rollo, tomado al azar.

Jesús empieza la lección. Dice:

«El Espíritu me mueve a leer esto para vosotros. Al principio del séptimo libro de Jeremías se lee: “Esto dice el Señor de los ejércitos, el Dios de Israel: ‘Enmendad vuestros hábitos y vuestros sentimientos, y entonces habitaré con vosotros en este lugar. No os hagáis falsas ilusiones con esas palabras vanas que repetís: aquí está el Templo del Señor, el Templo del Señor, el Templo del Señor. Porque si vosotros mejoráis vuestros hábitos y sentimientos, si hacéis justicia entre el hombre y su prójimo, si no oprimís al extranjero, al huérfano y a la viuda, si no esparcís en este lugar la sangre inocente, si no seguís a los dioses extranjeros, para desventura vuestra, entonces Yo habitaré con vosotros en este lugar, en la tierra que di a vuestros padres para siempre’ ”.

Oíd, vosotros, de Israel. Yo vengo a iluminaros las palabras de luz que vuestra alma ofuscada ya no sabe ni ver ni entender. Oíd. Mucho llanto cae sobre la tierra del pueblo de Dios: lloran los ancianos al recordar las antiguas glorias, lloran los adultos bajo el peso del yugo, lloran los niños sin porvenir de gloria. Mas la gloria de la Tierra no es nada respecto a una gloria que ningún opresor, aparte de Satanás y la mala voluntad, puede arrebatar.

¿Por qué lloráis? ¿Cómo es que el Altísimo, que siempre fue bueno para con su pueblo, ahora ha vuelto hacia otro lugar su mirada y niega a sus hijos la visión de su Rostro? ¿Ya no es el Dios que abrió el mar y por él hizo pasar a Israel y por arenas le condujo y nutrió, y le defendió contra los enemigos y, para que no perdiese la pista del camino del Cielo, como dio a los cuerpos la nube, les dio la Ley a las almas? ¿Ya no es el Dios que dulcificó las aguas y proporcionó el maná a los que estaban extenuados? ¿Ya no es el Dios que quiso estableceros en esta tierra y estrechó con vosotros una alianza de Padre a hijos? Y entonces, ¿por qué ahora el pueblo extranjero os ha abatido?

Muchos entre vosotros murmuran: “¡Y, sin embargo, aquí está el Templo!”. No basta tener el Templo e ir a él a rezar a Dios. El primer templo está en el corazón de cada hombre y en él se debe llevar a cabo una santa oración. Pero no puede ser santa si antes el corazón no se enmienda, y con el corazón los hábitos, los afectos, las normas de justicia respecto a los pobres, respecto a los siervos, respecto a los parientes, respecto a Dios.

Mirad. Yo veo ricos de duro corazón que depositan pingües ofrendas en el Templo, pero no saben decirle al pobre: “Hermano, toma un pan y un denario. Acéptalo. De corazón a corazón. Que esta ayuda no te humille a ti, y no me ensoberbezca a mí el dártela”. Veo que hay quien ora y se lamenta ante Dios de que no le escucha prontamente; y después, al mísero — en ocasiones, de su propia sangre — que le dice: “Escúchame”, le responde con corazón de piedra: “No”. Veo que lloráis porque quien os domina desangra vuestra bolsa. Pero luego vosotros sacáis la sangre a quien odiáis, y no os horroriza el vaciar un cuerpo de sangre y de vida.

¡Oh, israelitas! El tiempo de la Redención ha llegado. Mas, preparad sus vías en vosotros con la buena voluntad. Sed honestos, buenos; amaos los unos a los otros. Ricos, no despreciéis; comerciantes, no cometáis fraudes; pobres, no envidiéis. Sois todos de una sangre y de un Dios. Todos estáis llamados a un destino. No os cerréis con vuestros pecados el Cielo que el Mesías os va a abrir. ¿Que hasta ahora habéis errado? Ya no más. Caiga todo error.

Simple, buena, fácil es la Ley que vuelve a los diez mandamientos iniciales; pero deben estar inmersos en luz de amor. Venid. Yo os mostraré cuáles son: amor, amor, amor. Amor de Dios a vosotros, de vosotros a Dios. Amor entre vosotros. Siempre amor, porque Dios es Amor y son hijos del Padre los que saben vivir el amor. Yo estoy aquí para todos y para dar a todos la luz de Dios. He aquí la Palabra del Padre que se hace alimento en vosotros. Venid, gustad, cambiad la sangre del espíritu con este alimento. Todo veneno desaparezca, toda concupiscencia muera. Se os ofrece una gloria nueva, la eterna; la alcanzarán los que hagan de la Ley de Dios estudio verdadero de su corazón. Empezad por el amor. No hay nada más grande. Cuando sepáis amar, sabréis ya todo, y Dios os amará; y amor de Dios quiere decir ayuda contra toda tentación.

La bendición de Dios descienda sobre quien le eleva un corazón lleno de buena voluntad».

Jesús ha terminado de hablar. Se oye el bisbiseo de la gente. Después de himnos muy salmodiados, la asamblea se disuelve.

Detalle

Jesús está con Juan y van a la sinagoga. Cristo dijo a su discípulo:

ECR 59.1-8

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

59.1 Veo la sinagoga de Cafarnaúm. Ya está llena de gente que está esperando. Algunos en la puerta miran furtivamente a la plaza, todavía soleada aunque esté cayendo la tarde.

Por fin un grito: «¡Ha llegado el Rabí!». Toda la gente se vuelve hacia la puerta, los más bajos se ponen de puntillas o tratan de pasar adelante. Se produce algún pequeño altercado y hay algunos empujones a pesar de las amonestaciones de los encargados de la sinagoga y personalidades de la ciudad.

«La paz esté con todos aquellos que buscan la Verdad». Jesús está en el umbral de la puerta y saluda bendiciendo con los brazos tendidos hacia delante. La luz vivísima de la plaza soleada recorta su alta figura aureolándola de luz. Ha dejado el cándido vestido y viste el color azul oscuro que lleva normalmente. Avanza entre la muchedumbre, que se abre y cierra en torno a Él como las olas en torno a una nave.

59.2 «¡Estoy enfermo, cúrame!» gime un joven, que, por el aspecto, yo diría que está tísico, agarrándole a Jesús por el vestido.

Jesús le pone la mano en la cabeza y dice: «Ten confianza. Dios te escuchará. Déjame ahora que hable al pueblo, luego volveré».

El joven le suelta y se tranquiliza.

«¿Qué te ha dicho?» le pregunta una mujer con un niño en brazos.

«Me ha dicho que después de hablar al pueblo volverá».

«¿Te cura entonces?».

«No lo sé. Me ha dicho: “Ten confianza”. Yo confío».

«¿Qué ha dicho? ¿Qué ha dicho?». La muchedumbre está deseosa de saber. Entre el pueblo se repite la respuesta de Jesús.

«Entonces yo voy por mi niño».

«Y yo traigo aquí a mi padre anciano».

«¡Si Ageo quisiera venir! Yo lo intento... pero no vendrá».

59.3 Jesús ha llegado a su puesto. Saluda al jefe de la sinagoga, el cual le devuelve el saludo (es un hombre pequeño, grueso y bastante anciano). Para hablarle, Jesús se inclina. Parece una palma plegándose hacia un arbusto más ancho que alto.

«¿Qué quieres que te dé?» pregunta el jefe de la sinagoga.

«Lo que te parezca bien, o si no al azar. El Espíritu guiará».

«Pero... ¿y estarás preparado?».

«Estoy preparado. Venga, al azar. Repito: el Espíritu del Señor guiará la mano para el bien de este pueblo».

El jefe de la sinagoga alarga un brazo hacia el montón de rollos, toma uno, lo abre y se detiene en un punto concreto. «Esto» dice.

Jesús toma el rollo y lee el punto señalado: «Josué: “¡Levántate y santifica al pueblo!, y diles: ‘Santificaos para mañana porque, afirma el Señor Dios de Israel, la maldición está entre vosotros, ¡oh, Israel!; tú no podrás hacer frente a tus enemigos hasta que sea extirpado de ti quien se ha contaminado con tal delito’ ”». Se detiene, lo enrolla y lo devuelve.

La muchedumbre está atentísima. Sólo bisbisea alguno: «¡Verás lo que oímos contra los enemigos!». «¡Es el Rey de Israel, el Prometido, y recoge a su pueblo!».

59.4 Jesús extiende los brazos en la posición típica de los oradores. El silencio es completo.

«Quien ha venido para santificaros se ha levantado. Ha dejado la intimidad de la casa en que se ha preparado para esta misión. Se ha purificado para daros ejemplo de purificación, se ha colocado en su lugar ante los poderosos del Templo y ante el pueblo de Dios y ahora está entre vosotros: soy Yo. No como, con mente obnubilada e inquietud en el corazón, algunos de entre vosotros piensan y esperan. Más alto y más grande es el Reino del cual Yo soy el Rey futuro y al cual os llamo.

Os llamo, ¡oh vosotros de Israel!, antes que a cualquier otro pueblo, porque vosotros sois los que en los padres de los padres recibisteis la promesa de esta hora y la alianza con el Señor Altísimo. Mas no se formará este Reino con turbas de soldados ni con crueldades sangrientas, y en él no tendrán cabida ni los violentos, ni los déspotas, ni los soberbios, ni los iracundos, ni los envidiosos, o los lujuriosos, o los avaros; sí los buenos, los mansos, los continentes, los misericordiosos, los humildes, los que se muestran amantes del prójimo y de Dios, los pacientes.

¡Israel! No estás llamado a combatir contra los enemigos de fuera, sino contra los enemigos de dentro, contra los que están en cada uno de tus corazones, en el corazón de los miles y miles de hijos tuyos. Alejad de todos y cada uno de vuestros corazones la maldición del pecado, si queréis que mañana Dios os reúna y os diga: “Pueblo mío, tuyo es el Reino que ya nunca será derrotado, ni invadido, ni insidiado por enemigos”.

Mañana. ¿Cuál mañana? ¿Dentro de un año, dentro de un mes? ¡Oh, no busquéis, no busquéis conocer el futuro con sed malsana, con medios que saben a brujería culpable! Dejad a los paganos el espíritu pitón. Dejad al Dios Eterno el secreto de su tiempo. Vosotros venid a purificaros en la verdadera penitencia desde mañana, el mañana que nacerá después de esta hora de la tarde y de la que vendrá de la noche, el mañana que surgirá con el canto del gallo.

Arrepentíos de vuestros pecados para que seáis perdonados y estéis preparados para el Reino. Alejad de vosotros la maldición de la culpa. Cada uno tiene la suya. Cada uno tiene eso que es contrario a los diez mandamientos de salvación eterna. Esaminaos cada uno con sinceridad y encontraréis el punto en que habéis errado. Humildemente arrepentíos de ello con sinceridad. Desead arrepentiros. No de palabra (de Dios nadie se burla, no se le engaña), sino con la voluntad firme que os lleve a cambiar de vida, a volver a la Ley del Señor. El Reino de los Cielos os espera. Mañana.

¿Mañana?, os preguntáis. La hora de Dios, aunque venga al final de una vida longeva como la de los Patriarcas, es siempre un mañana solícito. La eternidad no tiene como medida de tiempo el lento discurrir de la clepsidra. Esas medidas de tiempo que vosotros llamáis días, meses, años, siglos, son latidos del Espíritu Eterno que os mantiene en vida. Mas vosotros sois eternos en vuestro espíritu, y debéis tener para el espíritu el mismo método de medida del tiempo que tiene vuestro Creador. Debéis decir, por tanto: “Mañana será el día de mi muerte”; que no es tal muerte para el fiel, sino reposo de espera, en espera del Mesías que abra las puertas del Cielo.

En verdad os digo que entre los presentes sólo veintisiete deberán esperar cuando mueran. Los otros serán juzgados ya antes de la muerte, y ésta será el paso inmediato a Dios o a Satanás, porque el Mesías ha venido, está entre vosotros, y os llama para daros la Buena Nueva, para instruiros en la Verdad, para llevaros al Cielo.

¡Haced penitencia! El “mañana” del Reino de los Cielos es inminente. Que os encuentre limpios para pasar a ser posesores del eterno día.

La paz sea con vosotros».

59.5 Se levanta a rebatirle un israelita togado y de barba abundante. Habla así: «Maestro, cuanto dices me parece en contraste con lo que está escrito en el libro segundo de los Macabeos, gloria de Israel. En él puede leerse: “Efectivamente, es signo de gran benevolencia el no permitir a los pecadores que sigan durante largo tiempo sus caprichos, sino pasar en seguida al castigo. El Señor no hace como con las otras naciones, que las espera con paciencia, para castigarlas en el día del juicio, colmada ya la medida de los pecados”. Sin embargo Tú hablas como si el Altísimo pudiera ser muy tardo a la hora de castigarnos, esperándonos, como a los otros pueblos, para el tiempo del Juicio, cuando esté colmada la medida de los pecados. Verdaderamente los hechos te desmienten. Israel sufre el castigo, como dice el historiógrafo de los Macabeos. Si fuera como Tú dices, ¿no habría desacuerdo entre tu doctrina y la contenida en la frase que te he mencionado?».

«No sé quién eres, pero quienquiera que seas te respondo. No hay desacuerdo en la doctrina, sino en el modo de interpretar las palabras. Tú las interpretas según el modo humano, Yo según el del espíritu. Tú, representante de la mayoría, ves todo con referencia a lo presente y caduco. Yo, representante de Dios, todo lo explico, y aplico, a lo eterno y sobrenatural. Sí, Yeohveh os ha castigado en lo temporal, en la soberbia y en la justicia de ser un “pueblo” según la tierra. Pero, ¡cuánto os ha amado y cuánta paciencia tiene con vosotros — más que con cualquier otro — concediéndoos el Salvador, su Mesías, para que le escuchéis y os salvéis antes de la hora de la ira divina! No quiere que seáis pecadores. Pero, si os ha castigado en lo caduco, viendo que la herida no se cura, antes al contrario insensibiliza cada vez más vuestro espíritu, he aquí que os manda no castigo sino salvación. Os manda a Aquel que os cura y os salva, Yo, quien os está hablando».

59.6 «¿No te parece que eres audaz al profesarte representante de Dios? Ninguno de los Profetas se atrevió a tanto y Tú... ¿Quién eres Tú, que así hablas?, y ¿por orden de quién hablas?».

«Los Profetas no podían decir de sí mismos lo que Yo digo de mí. ¿Que quién soy? El Esperado, el Prometido, el Redentor. Ya le habéis oído decir a su Precursor: “Preparad el camino del Señor... El Señor Dios viene... Como un pastor apacentará a su rebaño, aun siendo el Cordero de la verdadera Pascua”. Entre vosotros están los que han oído del Precursor estas palabras, y han visto el cielo resplandecer por una luz que bajaba en forma de paloma, y han oído una voz que hablaba diciendo quién era Yo. ¿Que por orden de quién hablo? De Aquel que es y que me envía».

«Tú puedes decir lo que quieras, pero quién nos dice que no seas un mentiroso o un iluso. Tus palabras son santas, pero algunas veces Satanás profiere palabras engañosas teñidas de santidad para inducir al error. Nosotros no te conocemos».

«Yo soy Jesús de José de la tribu de David, nacido en Belén Efratá, según las promesas, llamado nazareno porque tengo casa en Nazaret. Esto según el mundo. Según Dios soy su Mensajero. Mis discípulos lo saben».

«¡Oh, ellos!... Pueden decir lo que quieran, o lo que Tú les hagas decir».

«Hablará otro, que no me ama, y dirá quién soy. Espera que llame a uno de los presentes».

59.7 Jesús mira a la muchedumbre (asombrada de la disputa, enfrentada y dividida en corrientes opuestas), la mira, buscando a alguno con sus ojos de zafiro, y dice con fuerte voz: «¡Ageo! ¡Pasa adelante! ¡Te lo ordeno!».

Se oye un gran murmullo entre la multitud, que se abre para dejar pasar a un hombre todo convulso, sujetado por una mujer.

«¿Conoces a este hombre?».

«Sí. Es Ageo de Malaquías, de aquí, de Cafarnaúm, poseído por un espíritu malvado que le arrastra a repentinos y furiosos estados de locura».

«¿Todos le conocen?».

La multitud grita: «¡Sí, sí!».

«¿Puede alguien decir que haya hablado conmigo, aunque sólo sea durante algunos minutos?».

La multitud grita: «No, no, es casi un idiota; no sale nunca de su casa y nadie te ha visto en ella».

«Mujer, acércamelo».

La mujer le empuja y le arrastra, y el pobrecillo tiembla aún más fuerte.

El jefe de la sinagoga le advierte a Jesús: «¡Ten cuidado! El demonio está para atormentarle de un momento a otro... y entonces se lanza hacia uno, araña y muerde».

La gente deja paso comprimiéndose contra las paredes.

Los dos están ya frente a frente. Un instante de lucha interior. Parece que el hombre, acostumbrado al mutismo, encuentra dificultad en hablar; gime... la voz se forma en palabras: «¿Qué hay entre nosotros y Tú, Jesús de Nazaret? ¿Por qué has venido a atormentarnos? ¿Por qué has venido a exterminarnos, Tú, Señor del Cielo y de la Tierra? Sé quién eres: el Santo de Dios. Ninguno, en la carne, fue más grande que Tú, porque tu carne de hombre encierra el Espíritu del Vencedor Eterno. Ya me has vencido en...».

«¡Calla! Sal de este hombre. Te lo ordeno».

Una especie de extraño paroxismo se apodera del hombre. Se revuelve entre convulsiones, como si hubiera alguien que le maltratase con bruscos golpes y empujones; chilla con voz deshumana, echa espuma y luego cae arrojado al suelo para levantarse sorprendido y curado.

59.8 «¿Has oído? ¿Qué respondes ahora?» le pregunta Jesús a su oposi­tor.

El hombre togado y de abundante barba se encoge de hombros y, vencido, se va sin responder. La multitud se mofa de él y aplaude a Jesús.

«¡Silencio, el lugar es sagrado!» dice Jesús, y ordena: «Que se acerque el joven a quien he prometido ayuda de Dios».

Viene el enfermo. Jesús le acaricia: «¡Has tenido fe! Queda curado. Vete en paz y sé justo».

El joven lanza un grito. ¡Quién sabe lo que siente! Se postra a los pies de Jesús y los besa con agradecimiento: «¡Gracias por mí y por mi madre!».

Vienen otros enfermos: un niño con las piernecitas paralizadas. Jesús le coge en brazos, le acaricia y le pone en el suelo... y le deja. Y el niño no se cae, sino que corre hacia su mamá, la cual le recibe, llorando, en su corazón y bendice a voz en grito a «el Santo de Israel». Viene un viejecito ciego, guiado por su hija. También él queda curado con una caricia en las órbitas enfermas.

La muchedumbre rompe a bendecir a Jesús.

Él se hace paso sonriendo y, aunque es alto, no lograría hacer una fisura en la multitud si Pedro, Santiago, Andrés y Juan no lo intentaran generosamente por su parte, y se abrieran un canal desde su ángulo hasta Jesús, y después le protegieran hasta la salida a la plaza, donde ya no hay sol.

La visión termina así.

Anotación

Marcos 1:21-28

Entraron en Cafarnaúm. Inmediatamente, en sábado, Jesús fue a la sinagoga y allí enseñaba. Estaban asombrados de su enseñanza, porque enseñaba como hombre de autoridad y no como los escribas.

Había en la sinagoga un hombre atormentado por un espíritu inmundo, que se puso a gritar: "¿Qué quieres de nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a perdernos? Yo sé quién eres: tú eres el Santo de Dios". Jesús le gritó: "¡Cállate! Sal de ese hombre. El espíritu inmundo lo convulsionó y luego, con un fuerte grito, salió de él. Todos se quedaron atónitos y se preguntaban: "¿Qué significa esto? Es una enseñanza nueva, dada con autoridad. Incluso ordena a los espíritus inmundos, y éstos le obedecen. Inmediatamente se difundió su fama por toda la región de Galilea.

Lucas 4:33-37

Había en la sinagoga un hombre poseído por el espíritu de un demonio inmundo, que gritaba a gran voz: "¿Qué quieres de nosotros, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a perdernos? Yo sé quién eres: tú eres el Santo de Dios. Jesús le amenazó: "¡Silencio! ¡Sal de este hombre! Entonces el demonio arrojó al hombre por el medio y salió de él sin hacerle ningún daño. Todos estaban aterrorizados y se decían unos a otros: "¿Qué dice éste? Manda a los espíritus inmundos con autoridad y poder, ¡y salen! Y la fama de Jesús se extendió por toda la región.

ECR 61.1-2

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Jesús se ha subido a un montón de cestos y corderías a la entrada del huerto de la casa de la suegra de Pedro. El huerto está abarrotado de gente, y además hay más gente en la orilla guijarrosa del lago, parte sentada en el suelo, parte en las barcas sacadas a tierra. Da la impresión de que esté hablando ya desde hace algo de tiempo, porque el discurso está empezado. Yo oigo:

«... Seguro que muchas veces en vuestro corazón habréis pensado así, pero no es así. El Señor no se ha mostrado falto de benignidad para con su pueblo, a pesar de que éste le haya sido infiel miles y miles de veces.

Escuchad esta parábola. Os ayudará a entender.

Un rey tenía muchos y muy espléndidos caballos en sus caballerizas, pero a uno de ellos le estimaba especialmente. Le había soñado aún antes de tenerle. Una vez conseguido, le había puesto en un lugar de delicias, adonde iba con el ojo y con el corazón, mimando a ese predilecto suyo, soñando con hacer de él la maravilla de su reino. Y cuando el caballo, rebelándose a las órdenes, había desobedecido y había huido yendo a otro dueño, aun con dolor y rigor, el rey había prometido al rebelde perdón después del castigo. Y, fiel a esto, incluso desde lejos cuidaba de su predilecto con solicitud, mandándole dones y guardianes que le mantuvieran su recuerdo en el corazón.

Pero el caballo, aunque sufriera por su destierro, no era constante, como lo era el rey, en amar y en desear el perdón completo: a veces era bueno, a veces malo, y lo bueno no superaba a lo malo; es más, sucedía lo contrario. No obstante, el rey tenía paciencia y con reprensiones y caricias trataba de hacer de su más estimado caballo un dócil amigo. Cuanto más pasaba el tiempo, más reacio se volvía el animal. Deseaba vivamente a su rey, lloraba por el látigo de los otros dueños, pero no quería ser verdaderamente de su rey. No tenía la voluntad de serlo. Derrengado, angustiado, gimiendo, no decía: “Lo que soy es por culpa mía”, sino que le echaba la culpa a su rey.

Éste, después de haber intentado todo, recurrió a su última prueba. “Hasta ahora — dijo — he mandado mensajeros y amigos. Ahora mandaré a mi propio hijo. Él tiene mi mismo corazón y hablará con mi mismo amor y tendrá para con él caricias y dones como los míos, es más, aún más dulces, porque mi hijo es yo mismo pero sublimado por el amor”. Y mandó al hijo.

Ésta es la parábola.

61.2

Ahora decid: ¿os parece que ese rey quería a su animal preferido?».

La gente dice a una voz: «Infinitamente le quería».

«¿Podía el animal quejarse de su rey por todo el mal que había sufrido por haberle dejado?».

«No, no podía» responde la multitud.

«Responded también a esto: ese caballo cómo os parece que habrá acogido al hijo de su rey, que venía para rescatarle, curarle y llevarle de nuevo al lugar de delicias?».

«Con alegría, es natural, con gratitud y afecto».

«Y si el hijo del rey le ha referido al caballo: “Yo he venido para esto y esto, pero tú ahora debes ser bueno, obediente, lleno de buena voluntad, fiel a mí”, ¿qué decís que habrá respondido el caballo?».

«¡Eso ni se pregunta! Habrá contestado — ahora que sabía lo que le costaba estar segregado del reino — que quería ser como decía el hijo del rey».

«Entonces, según vosotros, ¿cuál era el deber de ese caballo?».

«Ser aun más bueno de lo que se le pedía, más afectuoso, más dócil, para que le fuera perdonado el mal pasado, por gratitud por el bien recibido».

«¿Y si no hubiera actuado así?».

«Merecería la muerte, porque sería peor que una fiera salvaje».

«Amigos, habéis juzgado bien. Comportaos vosotros como querríais que hubiera actuado ese caballo. Vosotros, hombres, criaturas predilectas del Rey de los Cielos, Dios, Padre mío y vuestro; vosotros, a quienes, después de los Profetas, Dios envía a su propio Hijo, sed, ¡oh! sed — os lo pido por lo que más queráis, por vuestro bien, y porque os amo como sólo un Dios puede amar, ese Dios que está en mí para obrar el milagro de la Redención —, sed al menos como juzgáis que debe ser ese animal. ¡Ay de quien se rebaja a sí mismo, hombre, a un grado inferior al animal! Si podía haber disculpa todavía para aquellos que hasta el momento presente pecaban — porque demasiado tiempo y demasiado polvo del mundo han transcurrido desde que la Ley fue dada, y sobre ésta el polvo se ha posado —, ahora ya no. Yo he venido para traeros de nuevo la palabra de Dios. El Hijo del hombre está entre los hombres para llevarlos de nuevo a Dios. Seguidme. Yo soy el Camino, la Verdad, la Vida».

Detalle

Parábola del caballo amado por el rey. El hombre es la criatura amada de Dios

ECR 64.4

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

64.4 Jesús empieza a hablar. En primera fila — se han abierto paso sirviéndose de su actitud avasalladora y del temor que siente hacia ellos la plebe — hay cinco personas... de elevada condición social; paludamentos, riqueza de vestidos y soberbia denuncian que son fariseos y doctores. Sin embargo, Jesús quiere tener en torno a sí a sus pequeños: una corona de caritas inocentes, ojos luminosos y sonrisas angelicales, mirando hacia arriba, a Él. Jesús habla, acariciando cada cierto rato la cabecita rizada de un niño que se ha sentado a sus pies y tiene apoyada la cabeza en las rodillas de Él, sobre el bracito doblado. Jesús está sentado encima de un gran montón de cestos y redes.

«“Mi amado ha bajado a su jardín, al pensil de los aromas, a deleitarse entre los jardines y a recoger lirios... él, que se sacia entre los lirios”, dice Salomón de David de quien provengo Yo, Mesías de Israel.

¡Mi jardín! ¿Qué jardín más hermoso y más digno de Dios que el Cielo, donde son flores los ángeles creados por el Padre?... Y, sin embargo, otro jardín ha querido el Hijo unigénito del Padre, el Hijo del hombre, porque por el hombre Yo tengo carne, sin la cual no podría redimir las culpas de la carne del hombre; un jardín que habría podido ser poco inferior al celeste, si desde el Paraíso terrestre se hubieran efuso, como dulces abejas desde un arna, los hijos de Adán, los hijos de Dios, para poblar la tierra de santidad destinada toda al Cielo. Pero el Enemigo sembró tribulaciones y espinas en el corazón de Adán, y tribulaciones y espinas desde este corazón se derramaron sobre la tierra, no ya jardín, sino selva áspera y cruel en que se estanca la fiebre y anida la serpiente.

Pero el Amado del Padre tiene todavía un jardín en esta tierra en que impera Satanás: el jardín al que va a saciarse de su alimento celeste: amor y pureza; el pensil del que coge las flores que aprecia, en las cuales no hay mancha de sentido, de avaricia, de soberbia: éstos — Jesús acaricia a todos los niños que puede, pasando su mano sobre la corona de cabecitas atentas (una única caricia que apenas los toca y les hace sonreír de alegría) —; éstos son mis lirios.

No tuvo Salomón, en su riqueza, vestidura más hermosa que el lirio que perfuma la hoya, ni diadema de más aérea y espléndida gracia que la que tiene el lirio en su cáliz de perla. Y, no obstante, para mi corazón no hay lirio que valga lo que uno de éstos; no hay jardín, no hay jardín de ricos, todo cultivado de lirios, que me valga cuanto uno sólo de estos puros, inocentes, sinceros, sencillos párvulos.

¡Oh hombres, oh mujeres de Israel, oh vosotros, grandes y humildes por riqueza o por cargo, oíd! Vosotros estáis aquí porque queréis conocerme y amarme. Pues bien, debéis saber cuál el la condición primera para ser míos. Mirad que no os digo palabras difíciles, ni os pongo ejemplos aún más difíciles; os digo: tomad a éstos como ejemplo.

¿Quién hay, entre vosotros, que no tenga en casa en la edad de la puericia, de la niñez, a un hijo, a un nieto o sobrino, a un hermano? ¿No es un descanso, un alivio, un motivo de unión entre esposos, entre familiares, entre amigos, uno de estos inocentes, cuya alma es pura como alba serena, cuyo rostro aleja las nubes y crea esperanzas, cuyas caricias secan las lágrimas e infunden fuerza vital? ¿Por qué tienen tanto poder ellos, que son débiles, inermes, ignorantes todavía?: porque tienen en sí a Dios, tienen la fuerza y la sabiduría de Dios, la verdadera sabiduría: saben amar y creer, creer y querer, vivir en este amor y en esta fe. Sed como ellos: sencillos, puros, amorosos, sinceros, creyentes.

No hay sabio en Israel que sea mayor que el más pequeño de éstos, cuya alma es de Dios y de cuya alma es el Reino. Benditos del Padre, amados del Hijo del Padre, flores de mi jardín, mi paz esté con vosotros y con quienes os imiten por mi amor».

Jesús ha terminado.

ECR 64.7

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

64.7 Vuelve a la orilla, seguido, precedido, bendecido por muchos que le suplican: «Nosotros no te hemos oído. No podíamos entrar. Háblanos también a nosotros».

Jesús hace un gesto de aceptación y, dado que la multitud le oprime hasta casi ahogarle, monta en la barca de Pedro. No es suficiente. El asedio es sofocante. «Mete la barca en el mar y sepárate bastante».

La visión cesa aquí.

Detalle

Jesús pronunció un sermón en casa de Pedro, dedicado en particular a los niños. El sermón se encuentra en EMV 65 porque la visión está dividida en dos.

ECR 65.1

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«Cuando en primavera todo florece, el hombre del campo dice contento: “Obtendré mucho fruto”, y se regocija su corazón por esta esperanza. Pero, desde la primavera al otoño, desde el mes de las flores al de la fruta, ¡cuántos días, cuántos vientos y lluvias y sol y temporales vendrán! A veces la guerra, o la crueldad de los poderosos, o enfermedades de las plantas, o del campesino. Así es que los árboles, que prometían mucho fruto, — al no cavárselos o recalzarlos, regarlos, podarlos, sujetarlos o limpiarlos — se ponen mustios y mueren totalmente, o muere su fruto.

Vosotros me seguís. Me amáis. Vosotros, como plantas en primavera, os adornáis de propósitos y amor. Verdaderamente Israel en esta alba de mi apostolado es como nuestros dulces campos en el luminoso mes de Nisán. Pero, escuchad. Como quemazón de sequía, vendrá Satanás a abrasaros con su hálito envidioso de mí. Vendrá el mundo con su viento helado a congelar vuestro florecer. Vendrán las pasiones como temporales. Vendrá el tedio como lluvia obstinada. Todos los enemigos míos y vuestros vendrán para hacer estéril lo que debería brotar de esta tendencia santa vuestra a florecer en Dios. Yo os lo advierto, porque sé las cosas.

Pero, ¿entonces todo se perderá cuando Yo, como el agricultor enfermo — más que enfermo, muerto —, ya no pueda ofreceros palabras y milagros? No. Yo siembro y cultivo mientras dura mi tiempo; crecerá y madurará en vosotros, si vigiláis bien.

Mirad esa higuera de la casa de Simón de Jonás. Quien la plantó no encontró el punto justo y propicio. Trasplantada junto a la húmeda pared de septentrión, habría muerto si no hubiera deseado tutelarse a sí misma para vivir. Y ha buscado sol y luz. Vedla ahí: toda retorcida, pero fuerte y digna, bebiendo de la aurora el sol con el que se procura el jugo para sus cientos y cientos de dulces frutos. Se ha defendido por sí misma. Ha dicho: “El Creador me ha proyectado para alegrar y alimentar al hombre. ¡Yo quiero que mi deseo acompañe al suyo!”. ¡Una higuera! ¡Una planta sin habla! ¡Sin alma! Y vosotros, hijos de Dios, hijos del hombre, ¿vais a ser menos que esa leñosa planta?

Vigilad bien para dar frutos de vida eterna. Yo os cultivo y al final os daré la savia más poderosa que existe. No hagáis, no hagáis que Satanás ría ante las ruinas de mi trabajo, de mi sacrificio y también de vuestra alma. Buscad la luz. Buscad el sol. Buscad la fuerza. Buscad la vida. Yo soy Vida, Fuerza, Sol, Luz de quien me ama. Estoy aquí para llevaros al lugar del que provengo. Hablo aquí para llamaros a todos e indicaros la Ley de los diez mandamientos que dan la vida eterna. Y con consejo amoroso os digo: “Amad a Dios y al prójimo”; es condición primera para cumplir cualquier otro bien, es el más santo de los diez santos mandamientos. Amad. Aquellos que amen en Dios, a Dios y al prójimo y por el Señor Dios tendrán en la Tierra y en el Cielo la paz como tienda y corona».

La gente, después de la bendición de Jesús, se aleja, pero como no queriendo marcharse. No hay ni enfermos ni pobres.

Detalle

Al comienzo de su vida pública en Cafarnaún, Jesús habla de plantas y cosechas, comparándose con los hombres, y luego habla de la figuer de Pedro, que intentaba sobrevivir. Luego lo aplica a las almas.

Aprendemos que las plantas no tienen alma.