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Notas de la palabra clave

Predicación de Jesucristo en los Cuernos de Hattin

Tema: Jesucristo

Comodidad de lectura

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ECR 173.2-7 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

173.2«¡La paz sea con todos vosotros!

Ayer he hablado de la oración, del juramento, del ayuno. Hoy quiero instruiros acerca de otras perfecciones, que son también oración, confianza, sinceridad, amor, religión.

La primera de que voy a hablar es el justo uso de las riquezas, que se transforman, por la buena voluntad del siervo fiel, en correlativos tesoros en el Cielo. Los tesoros de la tierra no perduran; los del Cielo son eternos. ¿Amáis vuestros bienes? ¿Os da pena morir porque tendréis que dejarlos y no podréis ya dedicaros a ellos? ¡Pues transferidlos al Cielo! Diréis: “En el Cielo no entran las cosas de la tierra. Tú mismo enseñas que el dinero es la más inmunda de estas cosas. ¿Cómo podremos transferirlo al Cielo?”. No. No podéis llevar las monedas, siendo — como son — materiales, al Reino en que todo es espíritu; lo que sí podéis llevar es el fruto de las monedas.

Cuando dais a un banquero vuestro oro, ¿para qué lo dais? Para que le haga producir, ¿no? Ciertamente no os priváis de él, aunque sea momentáneamente, para que os lo devuelva tal cual: queréis que de diez talentos os devuelva diez más uno, o más; entonces os sentís satisfechos y elogiáis al banquero. En caso contrario, decís: “Será honrado, pero es un inepto”. Y si se da el caso de que, en vez de los diez más uno, os devuelve nueve diciendo: “He perdido el resto”, le denunciáis y le mandáis a la cárcel. ¿Qué es el fruto del dinero? ¿Siembra, acaso, el banquero vuestros denarios y los riega para que crezcan? No. El fruto se produce por una sagaz negociación, de modo que, mediante hipotecas y préstamos a interés, el dinero se incremente en el beneficio justamente requerido por el favor del oro prestado. ¿No es así?

Pues bien, escuchad: Dios os da las riquezas terrenas — a quién muchas, a quién apenas las que necesita para vivir — y os dice: “Ahora te toca a ti. Yo te las he dado. Haz de estos medios un fin como mi amor desea para tu bien. Te las confío, mas no para que te perjudiques con ellas. Por la estima en que te tengo, por reconocimiento hacia mis dones, haz producir a tus bienes para esta verdadera Patria”.

173.3Os voy a explicar el método para alcanzar este fin.

No deseéis acumular en la Tierra vuestros tesoros, viviendo para ellos, siendo crueles por ellos; que no os maldigan el prójimo y Dios a causa de ellos. No merece la pena. Aquí abajo están siempre inseguros. Los ladrones pueden siempre robaros; el fuego puede destruir las casas; las enfermedades de las plantas o del ganado, exterminaros los rebaños, destruiros los pomares. ¡Cuántos peligros se celan contra vuestros bienes! Ya sean estables y estén protegidos, como las cosas o el oro; ya estén sujetos a sufrir lesión en su naturaleza, como todo cuanto vive, como son los vegetales y los animales; ya se trate, incluso, de telas preciosas... todos ellos pueden sufrir merma: las casas, por el rayo, el fuego y el agua; los campos, por ladrones, roya, sequía, roedores o insectos; los animales, por vértigo, fiebres, descoyuntamientos o mortandades; las telas preciosas y muebles de valor, por la polilla o los ratones; las vajillas preciadas, lámparas y cancelas artísticas... Todo, todo puede sufrir merma.

Mas si de todo este bien terreno hacéis un bien sobrenatural, se salvará de toda lesión producida por el tiempo, por los propios hombres o la intemperie. Atesorad en el Cielo, donde no entran ladrones ni suceden infortunios. Trabajad sintiendo amor misericordioso hacia todas las miserias de la Tierra. Acariciad, sí, vuestras monedas, besadlas incluso si queréis, regocijaos por la prosperidad de las mieses, por los viñedos cargados de racimos, por los olivos plegados por el peso de infinitas aceitunas, por las ovejas fecundas y de turgentes ubres... haced todo esto, pero no estérilmente, no humanamente, sino con amor y admiración, con disfrute y cálculo sobrenatural.

“¡Gracias, Dios mío, por esta moneda, por estos sembrados y plantas y ovejas, por estas compraventas! ¡Gracias, ovejas, plantas, prados, transacciones, que tan bien me servís! ¡Benditos seáis todos, porque por tu bondad, oh Eterno, y por vuestra bondad, oh cosas, puedo hacer mucho bien a quien tiene hambre o está desnudo o no tiene casa o está enfermo o solo!... El año pasado proveí a las necesidades de diez. Este año — dado que, a pesar de que haya distribuido mucho como limosna, tengo más dinero y más pingües son las cosechas y numerosos los rebaños — daré dos o tres veces más de cuanto di el año pasado, a fin de que todos, incluso quienes no tienen nada propio, gocen de mi alegría y te bendigan conmigo Señor Eterno”. Ésta es la oración del justo, la oración que, unida a la acción, transfiere vuestros bienes al Cielo, y, no sólo os los conserva allí eternamente, sino que os los aumenta con los frutos santos del amor.

Tened vuestro tesoro en el Cielo para que esté allí vuestro corazón, por encima, y más allá, del peligro, no sólo de infortunios que perjudiquen al oro, casas, campos o rebaños, sino también de asechanzas contra vuestro corazón, y de que sea expoliado o agredido por el óxido o el fuego, asesinado por el espíritu de este mundo. Si así lo hacéis, tendréis vuestro tesoro en vuestro corazón, porque tendréis a Dios en vosotros, hasta que llegue el día dichoso en que vosotros estéis en Él.

173.4No obstante, para no disminuir el fruto de la caridad, poned atención a ser caritativos con espíritu sobrenatural. Lo que he dicho respecto a la oración y al ayuno valga para la beneficencia y para cualquier otra obra buena que podáis hacer.

Proteged el bien que hagáis de la violación de la sensualidad del mundo, conservadlo virgen respecto a toda humana alabanza. No profanéis la rosa perfumada — verdadero incensario de perfumes gratos al Señor — de vuestra caridad y recto actuar. El espíritu de soberbia, el deseo de ser uno visto cuando hace el bien, la búsqueda de alabanzas, profanan el bien: las babosas del saciado orgullo ensucian con su secreción la rosa de la caridad y la van excavando con su boca; en el incensario caen hediondas pajas de la cama en que el soberbio, cual atiborrada bestia, retoza.

¡Ah, esas limosnas ofrecidas para que se hable de nosotros!... Mejor sería no darlas. El que no las da peca de insensibilidad; pero quien las ofrece dando a conocer la suma entregada y el nombre del destinatario, mendigando además alabanzas, peca de soberbia (al dar a conocer la dádiva, porque es como si dijera: “¿Veis cuánto puedo?”), pero peca también contra la caridad, porque humilla al destinatario de la limosna al publicar su nombre; y peca también de avaricia espiritual al querer acumular alabanzas humanas... que no son más que paja, paja, sólo paja. Dejad a Dios que os alabe con sus ángeles.

Cuando deis limosna, no vayáis tocando la trompeta delante de vosotros para atraer la atención de los que pasan y recibir alabanzas, como los hipócritas, que buscan el aplauso de los hombres (por eso dan limosna sólo cuando los pueden ver muchos). Éstos también han recibido ya su compensación y Dios no les dará ninguna otra. No incurráis vosotros en la misma culpa y presunción. Antes bien, cuando deis limosna, sea ésta tan pudorosa y celada que vuestra mano izquierda no sepa lo que hace la derecha; y luego olvidaos. No os detengáis a remiraros el acto realizado, hinchándoos con él como hace el sapo, que se remira en el pantano con sus ojos velados y, al ver reflejadas en el agua detenida las nubes, los árboles, el carro parado junto a la orilla, y a él mismo — tan pequeñito respecto a esas cosas tan grandes —, se hincha de aire hasta estallar. Del mismo modo vuestra caridad es nada respecto al Infinito que es la Caridad de Dios, y, si pretendierais haceros como Él convirtiendo vuestra reducida caridad en una caridad enorme para igualar a la suya, os llenaríais de aire de orgullo para terminar muriendo.

Olvidaos. Del acto en sí mismo, olvidaos. Quedará siempre en vosotros una luz, una voz, una miel, que harán vuestro día luminoso, dichoso, dulce. Pues la luz será la sonrisa de Dios; la miel, paz espiritual — Dios también—; la voz, voz del Padre-Dios diciéndoos: “Gracias”. Él ve el mal oculto y el bien escondido, y os recompensará por ello. Os lo...».

173.5«¡Maestro, contradices tus propias palabras!».

La ofensa, rencorosa y repentina, proviene del centro de la multitud. Todos se vuelven hacia el lugar de donde ha surgido la voz. Hay confusión.

Pedro dice: «¡Ya te lo había dicho... cuando hay uno de ésos, no va bien nada!».

De la muchedumbre se elevan silbidos y protestas contra el ofensor. Jesús es el único que conserva la calma. Ha cruzado sus brazos a la altura del pecho: alto, herida su frente por el sol, erguido sobre la piedra, con su indumento azul oscuro...

El que ha lanzado la ofensa, haciendo caso omiso de la reacción de la multitud, continúa: «Eres un mal maestro porque enseñas lo que no haces y...».

«¡Cállate! ¡Vete! ¡Deberías avergonzarte!» grita la multitud. «¡Vete con tus escribas! A nosotros nos basta el Maestro. ¡Los hipócritas con los hipócritas! ¡Falsos maestros! ¡Usureros!...». Y seguirían, si Jesús no elevase su voz potente: «¡Silencio! Dejadle hablar». La gente entonces deja de chillar, pero sigue bisbiseando sus improperios, sazonados con miradas furiosas.

«Sí, enseñas lo que no haces. Dices que se debe dar limosna, pero sin ser vistos, y Tú, ayer, delante de toda una multitud, dijiste a dos pobres: “Quedaos, que os daré de comer”».

«Dije: “Que se queden los dos pobres. Serán los benditos huéspedes que darán sabor a nuestro pan”. Nada más. No he dicho que quería darles de comer. ¿Qué pobre no tiene al menos un pan? Mi alegría consistía en ofrecerles buena amistad».

«¡Ya!, ¡ya! ¡Eres astuto y sabes pasar por cordero!...».

El anciano pobre se pone en pie, se vuelve y, alzando su bastón, grita: «Lengua infernal. Tú acusas al Santo. ¿Crees, acaso, saber todo y poder acusar por lo que sabes? De la misma forma que ignoras quién es Dios y aquel a quien insultas, así ignoras sus acciones. Sólo los ángeles y mi corazón exultante lo saben; oíd, hombres, oíd todos y juzgad después si Jesús es el embustero y soberbio de que habla este desecho del Templo. Él...».

«¡Calla, Ismael! ¡Calla por amor a mí! Si he alegrado tu corazón, alegra tú el mío guardando silencio» dice Jesús en tono suplicante.

«Te obedezco, Hijo santo. Déjame decir sólo esto: la boca del anciano israelita fiel le ha bendecido; a Él, que me ha concedido favor de parte de Dios. Dios ha puesto en mis labios la bendición por mí y por Sara, mi nueva hija; no así contigo: sobre tu cabeza no descenderá la bendición. No te maldigo, no ensuciaré con una maldición mi boca, que debe decir a Dios: “Acógeme”. No maldije a quien me renegó y ya he recibido la recompensa divina. Mas habrá quien haga las veces del Inocente acusado y de Ismael, amigo de este Dios que le concede su favor».

Gritos en coro cierran las palabras del anciano, que se sienta de nuevo, mientras un hombre, seguido de improperios, a hurtadillas, se aleja.

La muchedumbre grita: «¡Continúa, continúa, Maestro santo! Sólo te escuchamos a ti. Escúchanos a nosotros: ¡No queremos a esos malditos pájaros de mal agüero! ¡Son envidiosos! ¡Te preferimos a ti! Tú eres santo; ellos, malos. ¡Síguenos hablando, sigue! Ya ves que estamos sedientos sólo de tu palabra. ¿Casas?, ¿negocios?... No son nada en comparación con escucharte a ti».

«Seguiré hablando, pero orad por esos desdichados. No os exasperéis. Perdonad, como Yo perdono. Porque si perdonáis a los hombres sus fallos también vuestro Padre del Cielo os perdonará vuestros pecados; pero si sois rencorosos y no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras faltas. Todos tienen necesidad de perdón.

173.6Os decía que Dios os recompensará aunque no le pidáis que premie el bien que hayáis hecho. Ahora bien, no hagáis el bien para obtener una recompensa, para disponer de un aval para el futuro. Que vuestras buenas obras no tengan la medida y límite del temor de si os quedará algo para vosotros, o de si, quedándoos sin nada, no va a haber nadie que os ayude a vosotros, o de si encontraréis a alguien que haga con vosotros lo que vosotros habéis hecho, o de si os seguirán queriendo cuando ya no podáis dar nada.

Mirad: tengo amigos poderosos entre los ricos y amigos entre los pobres de este mundo. En verdad os digo que no son los amigos poderosos los más amados; a éstos me acerco no por amor a mí mismo o por interés personal, sino porque de ellos puedo obtener mucho para quienes nada tienen. Yo soy pobre. No tengo nada. Quisiera tener todos los tesoros del mundo y convertirlos en pan para quienes padecen hambre, o en casas para quienes carecen de ellas; en vestidos para los desnudos, en medicinas para los enfermos. Diréis: “Tú puedes curar”. Sí, y más cosas. Pero no siempre tienen fe, y no puedo hacer lo que haría, lo que quisiera hacer de encontrar en los corazones fe en mí. Quisiera agraciar incluso a estos que no tienen fe; quisiera, dado que no le piden el milagro al Hijo del hombre, ayudarlos como hombre que soy Yo también. Pero no tengo nada; por ello tiendo la mano a quienes tienen y les pido ayuda en nombre de Dios. Por eso tengo amigos entre los poderosos. El día de mañana, una vez que haya dejado esta Tierra, seguirá habiendo pobres; Yo no estaré ya aquí para realizar milagros en favor de quien tiene fe, ni podré dar limosna para guiar hacia la fe; pero mis amigos ricos, para entonces, ya habrán aprendido por el contacto conmigo el modo de ayudar a los necesitados; y mis apóstoles, igualmente por el contacto conmigo, habrán aprendido a solicitar limosna por amor a los hermanos. Así, los pobres siempre tendrán una ayuda.

Pues bien, ayer he recibido, de una persona que no tenía nada, más de cuanto me han dado todos los que sí tienen. Es un amigo tan pobre como Yo, pero me ha dado una cosa que no se paga con moneda alguna, y que me ha sido motivo de dicha trayendo a mi memoria muchas horas serenas de mi niñez y juventud, cuando todas las noches el Justo imponía sus manos sobre mi cabeza y Yo me iba a descansar con su bendición como custodia de mi sueño. Ayer este amigo mío pobre me ha hecho rey con su bendición. Ved, pues, cómo ninguno de mis amigos ricos me ha dado jamás lo que él. No temáis, por tanto: aunque perdáis el poder del dinero, os bastará el amor y la santidad para poder favorecer al pobre, al cansado o al afligido.

173.7Por tanto, os digo: no os afanéis demasiado por temor a la escasez. Siempre tendréis lo necesario. No os apuréis demasiado por el futuro. Nadie sabe cuánto futuro tiene por delante. No os preocupéis de qué comeréis para mantener la vida, ni de qué vestiréis para mantener caliente vuestro cuerpo. La vida de vuestro espíritu es mucho más valiosa que el vientre y los miembros, vale mucho más que la comida y el vestido, así como la vida material es más que la comida y el cuerpo más que el vestido. El Padre lo sabe, sabedlo también vosotros. Mirad los pájaros del aire: no siembran ni cosechan, no recogen en los graneros, y, sin embargo, no mueren de hambre, porque el Padre celeste los nutre. Vosotros, hombres, criaturas predilectas del Padre, valéis mucho más que ellos.

¿Quién de vosotros, con todo su ingenio, podrá añadir a su estatura un solo codo? Si no lográis elevar vuestra estatura ni siquiera un palmo, ¿cómo pensáis que vais a poder cambiar vuestra condición futura, aumentando vuestras riquezas para garantizaros una larga y próspera vejez? ¿Podéis, acaso, decirle a la muerte: “Vendrás por mí cuando yo quiera”? No, no podéis. ¿Para qué, pues, preocuparos por el mañana?, ¿por qué ese gran dolor del temor a quedaros sin nada con que vestiros? Mirad cómo crecen los lirios del campo: no trabajan, no hilan, ni van a los vendedores de vestidos a comprar. Y, sin embargo, os aseguro que ni Salomón con toda su gloria se vistió jamás como uno de ellos. Pues bien, si Dios viste así la hierba del campo, que hoy existe y mañana sirve para calentar el horno o como pasto de los rebaños — al final, ceniza o estiércol —, ¡cuánto más os proveerá a vosotros, hijos suyos, de lo necesario!

No seáis hombres de poca fe. No os angustiéis por un futuro incierto, diciendo: “¿Cuando sea viejo, qué comeré?, ¿qué beberé?, ¿con qué me vestiré?”. Dejad estas preocupaciones para los gentiles, que no tienen la sublime certeza de la paternidad divina. Vosotros la tenéis, y sabéis que el Padre conoce vuestras necesidades y que os ama. Confiad, pues, en Él. Buscad primero las cosas verdaderamente necesarias: fe, bondad, caridad, humildad, misericordia, pureza, justicia, mansedumbre, las tres y las cuatro virtudes principales, y todas las demás; de forma que seáis amigos de Dios y tengáis derecho a su Reino. Os aseguro que todo lo demás se os dará por añadidura sin necesidad siquiera de pedirlo. No hay mayor rico que el santo, ni hombre más seguro que él. Dios está con el santo y el santo está con Dios. Por su cuerpo no pide, y Dios le provee de lo necesario; trabaja, antes bien, para su espíritu, y Dios mismo se da a él ya aquí, y después de esta vida le dará el Paraíso.

No os acongojéis, pues, por lo que no merece vuestra aflicción. Doleos de ser imperfectos, no de tener pocos bienes terrenos. No os atormentéis por el mañana: el mañana tendrá su propia preocupación, y vosotros tendréis que preocuparos por el mañana cuando lo viváis. ¿Por qué pensar en el mañana hoy? ¿Es que, acaso, la vida no está ya suficientemente llena de recuerdos penosos del ayer y de pesadumbres del hoy como para sentir la necesidad de cargarla además con las angustias de los “¿qué sucederá?” mañana? Dejadle a cada día su afán. Habrá siempre más penas en la vida de las que querríamos tener. No añadáis penas presentes a penas futuras. Decid siempre la gran palabra de Dios: “Hoy”. Sois sus hijos, creados a su semejanza; decid, pues, con Él: “Hoy”.

Y hoy os doy mi bendición. Que os acompañe hasta el comienzo del nuevo hoy, o sea, mañana; es decir, cuando os dé nuevamente la paz en nombre de Dios».

Detalle

Durante el discurso de Jesús, fue interrumpido por un fariseo. El fariseo se refirió a un pasaje del EMV 172, en el que Jesús invita al anciano Ismael y a la mujer Sara a compartir su pan.

ECR 174.8-10 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«La paz esté con vosotros.

Si os enseño los caminos del Señor es para que los sigáis. ¿Podéis, acaso, recorrer el sendero que baja por la derecha y el que baja por la izquierda juntos? No podéis porque, si tomáis uno, debéis dejar el otro. Ni siquiera tratándose de dos senderos adyacentes podríais manteneros caminando siempre con un pie en cada uno. Acabaríais cansándoos, y equivocándoos, aunque se tratara de una apuesta. Pero es que entre el sendero de Dios y el de Satanás hay una gran distancia, que además cada vez se ahonda más, exactamente como sucede con esos dos senderos que terminan aquí: a medida que van descendiendo se alejan el uno del otro; uno en dirección a Cafarnaúm, el otro en dirección a Tolemaida.

La vida es así, fluye como arco a caballo entre el pasado y el futuro, entre el mal y el bien. En el centro está el hombre con su voluntad y su libre albedrío. En los extremos están: en una parte, Dios con su Cielo; en la otra, Satanás con su Infierno. El hombre puede elegir. Nadie lo obliga.

Que no se me diga: “Pero Satanás tienta” como disculpa de bajar hacia el sendero bajo. Dios también tienta con su amor, que es bien fuerte; con sus palabras, que son muy santas; con sus promesas, que son muy seductoras. ¿Por qué, entonces, dejarse tentar por uno sólo de los dos, y además por el que no merece ser escuchado? Palabras, promesas, amor de Dios: ¿no son suficientes para neutralizar el veneno de Satanás? Fijaos que ello no testifica a favor de vosotros. Una persona que tenga fuerte salud física supera con facilidad los contagios aun no siendo inmune a ellos. Sin embargo, si uno está ya de por sí enfermo, y por tanto débil, es casi seguro que perecerá si cae en una nueva infección, o, si sobrevive, quedará más enfermo que en el estadio precedente, porque no tiene fuerza en su sangre para destruir completamente los gérmenes infecciosos. Pues lo mismo sucede con la parte superior. Si una persona está moral y espiritualmente sana y fuerte, no es que esté exenta de ser tentada, creedlo, pero el mal no echará raíces en ella.

Cuando oigo a alguno que me dice: “He conocido a tal o cual persona, he leído tal o cual libro, he tratado de llevar a éste o a aquél al bien, pero ha sucedido que el mal que había en su mente y en su corazón, el mal que había en el libro, ha entrado en mí”, Yo concluyo: “Lo que demuestra que ya habías creado en ti el terreno favorable para que entrase; lo que demuestra que eres una persona débil, completamente carente de nervio moral y espiritual. Porque incluso de nuestros enemigos debemos sacar cosas buenas. Observando sus errores debemos aprender a no caer en ellos. El hombre inteligente no es juguete de la primera doctrina que llega a sus oídos. Quien está saturado de una doctrina no puede hacer espacio dentro de sí para otras. Esto explica las dificultades que uno encuentra cuando trata de persuadir de seguir la verdadera Doctrina a quienes están convencidos de otras. Pero, si me confiesas que tu pensamiento cambia al mínimo soplo del viento, veo que estás lleno de vacíos, veo que tu fortaleza espiritual está llena de fisuras, los diques de tu pensamiento están agrietados en mil puntos por los que salen las aguas buenas y entran las contaminadas. Y eres tan necio y apático, que ni siquiera te das cuenta y no pones el necesario remedio. Eres un desdichado”.

Sabed elegir, pues, entre los dos senderos, el bueno; y proseguir en él, resistiendo, resistiendo, oponiendo resistencia a las seducciones de la carne, del mundo, de la ciencia y del demonio. Las fes a medias, compromisos o pactos hechos con dos (el uno contrario al otro), dejádselos a los hombres del mundo. Ni siquiera en ellos deberían existir, si los hombres fueran honestos. Pero, al menos vosotros, hombres de Dios, no los tengáis. Ni con Dios ni con Satanás, podríais tenerlos; pero es que ni con vosotros mismos debéis tenerlos, porque no tendrían valor. Vuestras acciones, compuestas de bien y mal, no tendrían valor alguno. Además, las que fueran enteramente buenas quedarían anuladas por las no buenas. Las malas os conducirían directamente a los brazos del Enemigo. No sean, por tanto, así vuestras acciones; antes bien, sed leales en vuestro servicio. Nadie puede servir a dos señores que piensan de forma distinta: amará a uno y odiará al otro, o viceversa. No podéis ser, al mismo tiempo, de Dios y de Satanás. El espíritu de Dios no puede conciliarse con el espíritu del mundo: el uno sube, el otro baja; el uno santifica, el otro corrompe. Y, si estáis corrompidos, ¿cómo podréis actuar con pureza?

174.9

Ya sabéis cómo se corrompió Eva, y Adán por ella. Satanás besó los ojos de la mujer y los embrujó, de modo que todo lo que veía puro hasta ese momento para ella tomó aspecto impuro y despertó curiosidades extrañas. Luego Sanatás le besó los oídos, y se los abrió a palabras de una ciencia ignota, la suya. También la mente de Eva quiso conocer lo que no era necesario. Luego Satanás mostró a los ojos y a la mente, despertados al Mal, aquello que antes no habían visto ni entendido, y todo en Eva quedó despertado y corrompido; y la Mujer fue al Hombre y le reveló su secreto, y persuadió a Adán de que saborease el nuevo fruto, tan hermoso para la vista, tan prohibido hasta ese momento. Y le besó y le miró, con la boca y las pupilas, estando ya presente la mezquindad de Satanás. Y la corrupción penetró en Adán, que vio, y que a través del ojo sintió el apetito de lo prohibido, y lo mordió con su compañera, y cayó desde tanta altura al lodo.

Cuando uno está corrompido arrastra hacia la corrupción, a menos que el otro sea un santo en el verdadero sentido de la palabra.

Atención, hombres, con la mirada, la del ojo y la de la mente: una vez corrompidas, por fuerza corromperán lo demás. El ojo es faro del cuerpo; del corazón, tu pensamiento. Si tu ojo no es puro — ten en cuenta que por la sujección de los órganos al pensamiento los sentidos se corrompen por un pensamiento corrompido — todo en ti será tenebroso, seductores velos crearán impuros fantasmas en ti. Todo es puro en quien tiene pensamiento puro, que a su vez da una mirada pura; entonces la luz de Dios, señora, desciende donde no encuentra el obstáculo de la carne. Mas si por mala voluntad has educado tu ojo a torpes imágenes, todo en ti se transformará en tinieblas. Inútilmente mirarás incluso a las cosas más santas; en la oscuridad no serán sino tinieblas, y harás obras de tinieblas.

174.10

Por tanto, hijos de Dios, tutelaos contra vosotros mismos. Vigilaos atentamente contra todas las tentaciones. No hay mal en el hecho de ser tentados. El atleta se prepara para la victoria con la lucha. El mal está en ser vencidos por falta de preparación o de atención. Sé que todo puede servir de tentación. Sé que defenderse debilita. Sé que la lucha cansa. De todas formas, ¡ánimo!; pensad en lo que conseguís por estas cosas. ¿Estaríais dispuestos a perder una eternidad de paz por una hora de placer, del tipo que sea? ¿Qué os deja el placer de la carne, del oro y del pensamiento? Nada. ¿Qué conseguís de repudiarlos? Todo. Hablo a pecadores, porque el hombre es pecador. Bien, decidme, de verdad: ¿una vez aquietado el apetito de la carne o el orgullo o la avaricia, os sentís más lozanos, contentos, seguros? ¿En el tiempo que sigue a la satisfacción del deseo — que es siempre tiempo de reflexión — verdaderamente os habéis sentido felices? Yo no he probado este pan de la carne, pero respondo por vosotros: no; lo que habéis sentido es decaimiento, desagrado, incertidumbre, náusea, miedo, desasosiego: ése ha sido el contenido sacado a la hora transcurrida.

Ahora bien, de la misma forma que os digo: “No hagáis eso nunca”, os digo también: “No seáis crueles para con los que yerran”, os lo ruego. Recordad que todos sois hermanos, hechos de una carne y de un alma. Pensad que muchas son las causas que inducen a pecar. Sed misericordiosos para con los pecadores; levantadlos bondadosamente y conducidlos a Dios, mostrando que el camino que han recorrido está erizado de peligros para la carne, la mente y el espíritu. Si hacéis esto, obtendréis un alto premio, porque el Padre que está en los cielos es misericordioso con los buenos y sabe dar el céntuplo por uno. Por lo cual os digo...».

(Y en este momento Jesús me dice que usted me debe copiar la visión-dictado del 12 de agosto de 1944 B 961 desde el renglón 35 de la visión hasta el final de ella, o sea, hasta la partida de la Magdalena, en las palabras: “y ríe de rabia y por burla”. Posteriormente continuará con cuanto sigue, naturalmente omitiendo este inciso.)[1]

12 de agosto de 1944.

174.11

Dice Jesús: «Mira y escribe: es Evangelio de la Misericordia[7] para todos, pero especialmente para las mujeres que se identifiquen en la pecadora, a las cuales invito a que la sigan en la redención».

Jesús está en pie, subido a una voluminosa piedra. Está hablando a una gran muchedumbre. El paisaje es alpestre. Una colina solitaria entre dos valles. La cima de la colina tiene forma de yugo, o, aún más exactamente, forma de joroba de camello; de forma que a pocos metros de la cumbre tiene un anfiteatro natural donde la voz retumba neta como en una sala de conciertos muy bien construida. La colina está toda florida. Debe ser el final de la primavera; los cereales de las llanuras tienden ya a dorarse y a madurar para la siega. Al Norte, un alto monte resplandece con su nevero expuesto al sol. Inmediatamente más abajo, al Este, el Mar de Galilea parece un espejo reducido a innumerables fragmentos (cada uno de ellos, un zafiro encendido por el sol). Deslumbra con su cabrilleo azul y oro, y no se refleja en su superficie sino alguna que otra esponjosa nube que surca el purísimo cielo, o la furtiva sombra de alguna barca de vela. Al otro lado del lago de Genesaret, un alejarse de llanuras que, debido a una leve niebla al ras del suelo (quizás vaporación de rocío, pues deben ser todavía las primeras horas de la mañana, dado que la hierba montana tiene todavía algún diamante de rocío disperso entre sus tallitos), parecen continuar el lago, aunque con tonalidades casi de ópalo veteado de verde; más lejos todavía, una cadena montañosa de perfil muy caprichoso, que hace pensar en un diseño de nubes en el cielo sereno.

La gente está sentada, quién en la hierba, quién en gruesas piedras; otros están de pie. El colegio apostólico no está completo. Veo a Pedro y a Andrés, a Juan y a Santiago, y oigo llamar a otros dos, Natanael y Felipe. Luego hay otro, que está y no está en el grupo; quizás es el último llegado: le llaman Simón. Los otros no están, a menos que sea que no los veo entre la masa de gente.

El discurso ha empezado ya hace un rato. Me doy cuenta de que es el discurso de la Montaña. Pero las bienaventuranzas han sido ya predicadas. Es más, creo que el discurso está entrando en sus últimas fases, porque Jesús dice: «Haced esto y recibiréis una gran recompensa, porque el Padre que está en los cielos es misericordioso con los buenos y sabe dar el céntuplo por uno. Por lo cual os digo...».

Detalle

Esta es la primera predicación de Cristo en el MTS 174. Hay tres en total.

ECR 174.13-15 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Jesús continúa:

«He hablado de fidelidad a la Ley, humildad, misericordia, amor, no sólo hacia los hermanos de sangre sino hacia quien por el simple hecho de haber nacido, como vosotros, de hombre, es hermano vuestro. Os he dicho que el perdón es más útil que el rencor, que la compasión es mejor que la intransigencia. Mas ahora os digo que no se debe condenar si no se está exento del pecado por el que se tiende a condenar. No hagáis como los escribas y fariseos, que son severos con todos pero no consigo mismos; que llaman impuro a lo externo, que sólo puede contaminar lo externo, y luego dan cabida a la impureza en su más profundo interior: su corazón.

Dios no está con los impuros, porque la impureza corrompe lo que es propiedad de Dios: las almas, especialmente las de los pequeñuelos, que son los ángeles dispersos por la faz de la tierra. ¡Ay de aquellos que les arrancan las alas con crueldad de fieras demoníacas y abaten a estas flores del Cielo para hundirlas en el lodo, haciéndoles así conocer el sabor de la materia! ¡Ay de ellos!... ¡Mejor sería que muriesen abrasados por un rayo antes que cometer tal pecado!

¡Ay de vosotros, los ricos, los que os gozáis la vida y nada más, porque precisamente entre vosotros fermenta la mayor impureza, recostada sobre el ocio y el dinero! Ahora estáis ahítos; hasta la garganta os llega el alimento de las concupiscencias, y os estrangula. Un día sentiréis hambre, una hambre espantosa, insaciable, sin posibilidad de ser atenuada, para toda la eternidad. Ahora sois ricos. ¡Cuánto bien podríais hacer con vuestra riqueza! Sin embargo, con ella hacéis un gran daño, a vosotros y a los demás. Un día sin final conoceréis una pobreza atroz. Ahora reís; os creéis los triunfadores; sin embargo, vuestras lágrimas llenarán los estanques de la Gehena, y no se enjugarán jamás.

¿Dónde anida el adulterio? ¿Dónde, la corrupción de muchachas? ¿Quién tiene dos o tres lechos licenciosos, además del suyo propio como esposo, en los cuales disipa su dinero y el vigor de un cuerpo dado por Dios para que trabaje para su familia y no para debilitarse en repelentes uniones que le rebajan a nivel inferior al de una bestia inmunda? Habéis oído que se dijo: “No cometas adulterio”. Pues Yo os digo que quien mire a una mujer con concupiscencia, o quien vaya a un hombre con deseo, aun sólo con esto, ha cometido ya adulterio en su corazón. Ninguna razón justifica la fornicación. Ninguna; ni el abandono o repudio del marido, ni la conmiseración hacia la repudiada. Tenéis sólo un alma: no mienta, una vez que se ha unido a otra por pacto de fidelidad; pues, de ser así, ese hermoso cuerpo a través del cual pecáis irá con vosotros, almas impuras, a las inexhaustas llamas. Mutiladlo, antes que matarlo eternamente condenándolo. Vosotros, los ricos, sentinas de vicio llenas de gusanos, sed de nuevo hombres, para que el Cielo no sienta repulsa de vosotros...».

174.14

María, que al principio ha estado escuchando con una expresión que era todo un cuadro de seducción e ironía, con risitas de burla de vez en cuando, en llegando el discurso a su final, muestra una cara hosca de despecho. Ha comprendido que Jesús le está hablando a ella sin mirarla. Su enfado se hace cada vez más hosco y rebelde y a lo último no resiste: desdeñosa, se arrolla en su velo y, seguida por las miradas escarnecedoras de la muchedumbre y perseguida por la voz de Jesús, se echa a correr hacia abajo por la pendiente, dejando jirones de su vestido en los cardos y en las matas de escaramujo de los lados del sendero; y va riéndose, rabiosa y burlona.

No veo nada más, pero Jesús dice: «Seguirás viendo».

29 de mayo de 1945.

174.15

Jesús reanuda su discurso: «Estáis indignados por lo sucedido. Ya hace dos días que el pitido de Satanás turba nuestro refugio, que está muy por encima del fango; por tanto ya no es un refugio. Así que lo abandonaremos. Pero antes quisiera completaros este código de “lo más perfecto” en el marco de esta amplitud de luces y horizontes. Aquí realmente Dios se muestra en su majestad de Creador; viendo sus maravillas, podemos llegar a creer firmemente que el Dueño es Él y no Satanás. El Maligno no podría crear ni siquiera un tallito de hierba. Por el contrario, Dios lo puede todo. Que esto nos sea motivo de consuelo. Pero... ya estáis todos al sol. Puede haceros daño. Esparcíos hacia arriba por las laderas; ahí hay sombra y frescor. Comed, si queréis. Yo, mientras, os seguiré hablando sobre el mismo tema. La hora se ha hecho tarde por muchos motivos. De todas formas no os duela, que aquí estáis con Dios».

La muchedumbre grita: «Sí, sí, contigo». Y cambia de sitio, hacia la sombra de los bosquecillos diseminados que hay en el lado oriental, de modo que la pared montañosa y el follaje protegen del Sol, que ya calienta demasiado.

Detalle

María Magdalena, entonces una gran pecadora, interrumpió el discurso de Cristo. Finalmente reanudó el discurso, estando presente la hermana de Lázaro.

ECR 174.18-22 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

Jesús sonríe y empieza a hablar:

«Habéis oído que fue dicho antiguamente: “No cometerás adulterio”. Los que, de vosotros, ya me han oído en otros lugares saben que en varias ocasiones he hablado de este pecado. Pues bien, fijaos, para mí se trata de un pecado que no toca sólo a una persona sino a dos y tres. Me explico. El adúltero peca respecto a sí mismo, peca respecto a su cómplice, peca al llevar a su mujer al pecado, o al marido traicionado, el cual, o la cual, pueden a su vez desesperarse o cometer un delito. Esto por lo que se refiere al pecado ya consumado. Pero digo más; digo que no sólo el pecado consumado, sino el deseo de consumarlo, es ya pecado.

¿Qué es el adulterio? Es desear febrilmente a aquel que no es nuestro, o a aquella que no es nuestra. Se empieza a pecar con el deseo, se continúa con la seducción, se completa con la persuasión, se corona con el acto.

¿Cómo se empieza? Generalmente con una mirada impura. Esto se enlaza con lo que antes decía. El ojo impuro ve lo que a los puros les está celado; por el ojo entra la sed en la garganta, el hambre en el cuerpo, la fiebre en la sangre: sed, hambre, fiebre carnales. Comienza el delirio. Ahora bien, el que padece este delirio, si el otro — la persona objeto de la mirada — es honesto, se queda sólo, revolcándose en sus carbones encendidos, o termina difamando, para vengarse; pero si el otro es deshonesto responderá a la mirada, empezando así el descenso hacia el pecado.

Por tanto, os digo: “El que haya mirado a una mujer con concupiscencia ha cometido ya adulterio con ella, porque su pensamiento ha cometido ya el acto de su deseo”. Antes que esto, si tu ojo derecho te ha sido motivo de escándalo, sácatelo y arrójalo lejos de ti. Más te vale quedarte tuerto que hundirte en las tinieblas infernales para siempre. Y si tu mano derecha ha pecado, ampútala y arrójala. Más te vale tener un miembro menos que pertenecer entero al infierno. Es verdad que ha sido dicho que los deformes no podrán seguir sirviendo a Dios en el Templo; pero, pasada esta vida, los deformes de nacimiento santos, o los deformes por virtud, serán más hermosos que los ángeles y servirán a Dios amándole en el gozo del Cielo.

174.19

Se os dijo también: “Quienquiera que repudie a su mujer le dará libelo de divorcio”. Pues bien, esto debe ser reprobado. No viene de Dios. Dios dijo a Adán: “Ésta es la compañera que te he formado. Creced y multiplicaos sobre la tierra, llenadla y dominadla”. Y Adán, lleno de inteligencia superior porque el pecado todavía no había ofuscado su razón — que había salido de Dios perfecta —, exclamó: “¡Por fin el hueso de mis huesos y la carne de mi carne! Ésta se llamará Varona, o sea, otro yo, porque fue sacada del hombre. Por eso el hombre dejará a su padre y a su madre y serán los dos una sola carne”. Y la eterna Luz, en un creciente esplendor de luces, aprobó con una sonrisa lo que había dicho Adán, lo cual vino a ser la primera, imborrable ley. Pues bien, el hecho de que, por la dureza cada vez mayor del hombre, el legislador tuviera que estatuir un nuevo código; el hecho de que, por la versatilidad cada vez mayor del hombre, tuviera que poner un freno y decir: “Pero si la has repudiado no puedes volver a tomarla”; ello no cancela la primera, genuina ley, nacida en el Paraíso terrenal y aprobada por Dios.

Os digo: “Quienquiera que repudie a su propia mujer, excepto el caso de probada fornicación, la expone al adulterio”. Porque, efectivamente, ¿qué hará en el noventa por ciento de los casos la mujer repudiada? Se casará de nuevo. ¿Con qué consecuencias? ¡Mucho habría que decir acerca de esto! ¿No sabéis que podéis provocar con este sistema incestos involuntarios? ¡Cuántas lágrimas derramadas por la lujuria! Sí, lujuria. No tiene otro nombre. Sed francos. Todo se puede superar cuando el espíritu es recto, mas todo se presta a ser motivo de satisfacción de la carnalidad cuando el espíritu es lujurioso. La frigidez femenina, la pesadez de ella, la falta de habilidad respecto a las labores de la casa, la lengua criticona, el amor al lujo... todo se supera, incluso las enfermedades, e incluso la irascibilidad, si se ama santamente. Pero, dado que después de un tiempo no se ama como el primer día, lo que es más que posible se ve imposible, y se pone en la calle a una pobre mujer, abocada a la perdición. Comete adulterio quien la rechaza. Comete adulterio quien se casa con ella después del repudio.

Sólo la muerte rompe el matrimonio. Recordad esto. Y, si vuestra elección ha sido desafortunada, cargad con las consecuencias como cruz, siendo dos infelices, pero santos, y sin hacer de los hijos — que, siendo inocentes, son los que más sufren por estas situaciones desgraciadas — unos infelices aún mayores que vosotros. El amor a los hijos debería haceros meditar muchas veces, muchas, incluso en el caso de la muerte del cónyuge. ¡Oh, si supierais contentaros con aquel que habéis tenido y al que Dios ha dicho: “Basta”! ¡Oh, si supierais, vosotros viudos, vosotras viudas, ver en la muerte no una mengua sino una elevación a mayor perfección como procreadores! Ser padre o madre — además de lo que ya se es — en lugar de la madre o el padre muertos. Ser dos almas en una. Recoger el amor hacia los hijos del labio helado del cónyuge agonizante y decir: “Ve en paz. No temas por los que de ti vinieron. Yo los seguiré amando por ti y por mí, amándolos doblemente. Seré padre y madre. No se sentirán infelices bajo el peso de su orfandad, ni sentirán los innatos celos de los hijos de cónyuges unidos en segundas nupcias respecto a aquel, o a aquella, que ocupa el sagrado lugar de la madre, o del padre, que Dios llamó a otra morada”.

174.20

Hijos, mi discurso comienza a declinar, como está para declinar el día que se pone, con el sol, hacia occidente. Quiero que de este encuentro en el monte conservéis estas palabras. Esculpidlas en vuestros corazones; en él leedlas a menudo. Que os sean guía perenne. Mas, sobre todo, sed buenos para con los débiles. No juzguéis, para no ser juzgados. Acordaos de que podría llegar el momento en que Dios os recordase: “Así juzgaste. Por tanto, sabías que estaba mal hecho. Cometiste, entonces, pecado teniendo conciencia de lo que hacías. Paga ahora tu pena”.

La caridad es ya absolución. Tened la caridad en vosotros para todos y hacia todo. No os enorgullezcáis por el hecho de que Dios os mantenga en pie con abundantes ayudas; tratad, más bien, de subir toda la larga escalera de la perfección, y ofreced la ayuda de vuestra mano a los que están cansados, al que no sabe, a quienes se encuentran en las redes de súbitas desilusiones. ¿Por qué observar con tanta atención la pajuela en el ojo de tu hermano, si antes no te preocupas de quitar la viga del tuyo? ¿Cómo puedes decir a tu prójimo “deja que te quite del ojo esta pajuela”, cuando te ciega la viga que tienes en el tuyo? No seas hipócrita, hijo. Quítate primero la viga de tu ojo; sólo entonces podrás quitar la pajuela a tu hermano sin malograrlo del todo.

No tengáis anticaridad, pero tampoco imprudencia. Os acabo de decir: “Extended vuestra mano a los que están cansados, a los que no saben, a los que se encuentran en las redes de súbitas desilusiones”. Mas si es caridad enseñar a los que no saben, infundir ánimo a los que están cansados, dar nuevas alas a aquellos que por muchas cosas las han quebrantado, es imprudencia revelar las verdades eternas a los que están infectados de satanismo, que se apoderan de ellas para pasarse por profetas, infiltrarse entre las personas sencillas, corromper, descarriar, ensuciar sacrílegamente las cosas de Dios. Respeto absoluto, saber hablar y callar, saber reflexionar y actuar: éstas son las virtudes del verdadero discípulo para hacer prosélitos y servir a Dios. Tenéis una razón. Si sois justos, Dios os dará todas sus luces para guiar aún mejor vuestra razón. Pensad que las verdades eternas son semejantes a perlas, y nunca se ha visto arrojar las perlas a los cerdos, que prefieren las bellotas y una papilla fétida antes que perlas preciosas: las pisotearían sin piedad, para, después, con la furia propia de quien hubiera sido objeto de burla, revolverse contra vosotros para despedazaros. No deis las cosas santas a los perros. Esto vale para ahora y para el futuro.

174.21

Muchas cosas os he dicho, hijos míos. Escuchad mis palabras: quien las escucha y las pone en práctica es comparable a un hombre reflexivo que, queriendo construir una casa, eligió un lugar rocoso. Sin duda le costó construir los cimientos. Tuvo que trabajar a base de pico y cincel, hacerse callos en las manos, cansar sus lomos. Pero luego pudo colar su argamasa en los huecos abiertos en la roca, y meter en ellos los ladrillos bien apretados, como en muralla de baluarte, y así la casa se fue alzando sólida como un monte. Vinieron las inclemencias del tiempo, los turbiones; las lluvias desbordaron los ríos, silbaron los vientos, azotaron las olas... y la casa resistió todo. Así es el hombre que tiene una fe bien cimentada. Sin embargo, quien escucha con superficialidad y no se esfuerza en grabar en su corazón mis palabras — porque sabe que para hacerlo debería esforzarse, padecer dolor, extirpar demasiadas cosas — es semejante a aquel hombre que por pereza y necedad edifica su casa sobre la arena. En cuanto llegan las inclemencias, la casa, pronto construida, cae pronto, y el necio se queda mirando, desolado, sus ruinas y la quiebra de su capital. Pues bien, en nuestro caso es peor que un derrumbamiento — que se podría, no sin gastos y esfuerzos, reparar todavía—; en este caso, una vez derrumbado el edificio mal construido de un espíritu, nada queda para volver a edificarlo. En la otra vida no se construye. ¡Ay de quien se presente allí con escombros!

174.22

He terminado. Me encamino hacia abajo, hacia el lago. Os bendigo en nombre de Dios uno y trino. Mi paz descienda sobre vosotros».

ECR 176.3-5 · Volumen 3

El Evangelio como me ha sido revelado

Cita

«La voluntad de Dios nos ha retenido en este lugar porque alargar el camino ya recorrido hubiera sido lesivo contra los preceptos, con el correspondiente escándalo; tal cosa no debe suceder jamás hasta que no se escriba el nuevo Pacto.

Justo es santificar las fiestas y alabar al Señor en los lugares de oración, mas toda la creación puede ser lugar de oración si la criatura sabe convertirla en eso con su elevación hacia el Padre. Lugar de oración fue el Arca de Noé, a la deriva sobre las olas; y el vientre de la ballena de Jonás; lugar de oración fue la casa del Faraón cuando José vivió en ella; y la tienda de Holofernes para la casta Judit. ¿Y no era, acaso, sagrado para el Señor el lugar corrompido en que, esclavo, vivía el profeta Daniel; sagrado por la santidad de su siervo, que santificaba el lugar, hasta el punto de merecer las altas profecías del Cristo y el Anticristo, clave de estos momentos y de los últimos tiempos? Pues con mayor razón será santo este lugar que, con los colores, los perfumes, la pureza del aire, la riqueza de los cereales, las perlas del rocío, habla de Dios Padre y Creador y dice: “Creo; quered creer vosotros, pues de Dios damos testimonio”. Sea, por tanto, la sinagoga de este sábado; leamos en ella las páginas eternas escritas sobre las corolas y las espigas, teniendo como sagrada lámpara el Sol.

He nombrado a Daniel. Os he dicho: “Sea este lugar nuestra sinagoga”. Esto trae a la memoria el gozoso “benedicite” de los tres santos jóvenes entre las llamas del horno: “Cielos y aguas, rocío y escarcha, hielos y nieves, fuegos y colores, luces y tinieblas, relámpagos y nubes, montes y colinas, todo vegetal nacido, pájaros, peces, animales todos, alabad y bendecid al Señor, junto con los hombres de humilde y santo corazón”. Éste es el resumen de este cántico santo que tanto enseña a los humildes y santos. Podemos orar y merecer el Cielo en cualquier lugar. Lo merecemos cuando hacemos la voluntad del Padre.

176.4

Hoy al amanecer se me ha hecho la observación de que, si todo viene de voluntad divina, también ésta quiere los errores de los hombres. Es un error, un error además muy difundido. ¿Puede, acaso, un padre querer que el hijo se haga merecedor de condena? No, no puede. Y, a pesar de ello, vemos en las familias que algunos hijos se hacen tales, incluso teniendo un padre justo que les señala el bien que hay que hacer y el mal que hay que evitar: ninguna persona recta acusará a ese padre de haber estimulado al hijo al mal.

Dios es el Padre, los hombres son los hijos. Dios señala el bien, y dice: “Mira, te pongo en esta circunstancia para tu bien”; o también, cuando el Maligno y los hombres que le sirven procuran desgracias a los hombres, Dios dice: “Mira, en esta hora penosa actúa así, de forma que este mal sirva para eterno bien”. Os aconseja, pero no os fuerza. Pues bien, entonces, si uno, aun conociendo lo que sería la voluntad de Dios, prefiere hacer todo lo contrario, ¿se puede decir que tal cosa contraria es voluntad de Dios? No, no se puede.

Amad la voluntad de Dios; amadla más que a la vuestra, y seguidla contra las seducciones y los poderes de las fuerzas del mundo, de la carne y el demonio. También estas cosas tienen su voluntad, mas en verdad os digo que bien infeliz es quien ante ellas se doblega. Me llamáis Mesías y Señor. Decís que me amáis y me entonáis alabanzas. Me seguís, y tal cosa parece amor. Y, sin embargo, en verdad os digo que no todos de entre vosotros entrarán conmigo en el Reino de los Cielos. Incluso entre mis más próximos y antiguos discípulos habrá quien no entre, porque muchos harán su voluntad, o la de la carne, el mundo y el demonio; no la de mi Padre. No quien me dice: “¡Señor! ¡Señor!” entrará en el Reino de los Cielos, sino aquellos que hacen la voluntad del Padre mío; sólo éstos entrarán en el Reino de Dios.

176.5

Llegará un día en que Yo, quien os está hablando, tras haber sido Pastor, seré Juez. No os confiéis ilusamente en mi aspecto actual. Ahora mi cayado congrega a todas las almas dispersas y se muestra dulce para invitaros a venir a los pastos de la Verdad; entonces, el cayado será substituido por el cetro del Juez Rey y muy distinta será mi potencia. Entonces, separaré, no con dulzura sino con justicia inexorable, las ovejas que se alimentaron de Verdad de aquellas otras que mezclaron Verdad y Error o se nutrieron sólo de Error. Una primera vez y luego otra haré esto. ¡Ay de aquellos que entre la primera y la segunda comparecencia ante el Juez no se hayan purgado, no puedan purgarse de los venenos. La tercera categoría no se purgará. Ninguna pena podría purgarla. Ha querido sólo el Error. En el Error permanezca.

Pues en ese momento habrá incluso, entre éstos, quien gima: “¿Cómo es esto, Señor? ¿No hemos profetizado en tu nombre, no hemos arrojado demonios y realizado muchos prodigios en tu nombre?”. Pero Yo, en ese momento, muy claramente les diré: “Sí, habéis osado revestiros de mi Nombre para aparecer como no erais; habéis querido hacer pasar por vida en Jesús vuestro satanismo. El fruto de vuestras obras os acusa. ¿Dónde están los salvados por vosotros? ¿Dónde se cumplieron vuestras profecías? ¿A qué llevaron vuestros exorcismos? ¿Quién fue el cómplice de vuestros prodigios? ¡Oh, sí, muy potente es mi Enemigo, pero no está por encima de mí! Os ayudó, sí, para aumentar su botín; por obra vuestra se ensanchó el círculo de los que fueron arrastrados a la herejía. Realizasteis prodigios, sí, incluso aparentemente mayores que los de los verdaderos siervos de Dios, que no son histriones que dejan estupefactas a las muchedumbres, sino que son humildad y obediencia que dejan estupefactos a los ángeles. Mis siervos verdaderos, con sus inmolaciones, no crean fantasmas, sino que los cancelan de los corazones; ellos, mis verdaderos siervos, no se imponen a los hombres, sino que muestran a Dios a los corazones de los hombres; lo único que hacen es cumplir la voluntad del Padre y llevan a otros a cumplirla (de la misma forma que una ola impulsa a la que la precede y atrae a la que la sigue), sin colocarse sobre un trono para decir: ‘Mirad’. Ellos, mis siervos verdaderos, hacen lo que Yo digo, sin pensar sino en hacerlo, y sus obras llevan ese signo mío de paz inconfundible, de mansedumbre, de orden. Por tanto puedo deciros: éstos son mis siervos; a vosotros no os conozco. Alejaos de mí todos vosotros, obradores de iniquidad”.

Esto diré entonces. Tremenda palabra será. Estad atentos a no merecérosla. Id por el camino seguro de la obediencia — aunque sea penoso — hacia la gloria del Reino de los Cielos.

176.6

Ahora gozaos vuestro reposo del sábado alabando a Dios con todo vuestro ser. La paz sea con todos vosotros».

Y Jesús bendice a la muchedumbre antes de que ésta se disperse en busca de sombra, hablando en grupos, comentando las palabras oídas.

Con Jesús se quedan los apóstoles y el escriba Juan, que no habla pero medita profundamente, escudriñando todos los gestos de Jesús.

Concluye así el ciclo del Monte.