Se alzan y se ponen en camino en dirección a Hebrón, hacia la casa de Juan el Bautista. Cuando les falta poco para llegar, se ve venir hacia ellos a un grupo compacto de gente de la ciudad. Se acercan un poco vacilantes, curiosos, cohibidos. Pero Jesús los saluda con una sonrisa, lo cual hace que se sientan más seguros. El grupo entonces se escinde, con lo cual deja ver al arquisinagogo irrespetuoso del año anterior.
«¡Paz a ti!» saluda inmediatamente Jesús. «¿Nos permites detenernos en tu ciudad? Vienen conmigo mis discípulos predilectos y las madres de algunos de ellos».
«Maestro, ¿pero no nos guardas rencor, al menos a mí?».
«¿Rencor? No lo conozco, ni sé por qué motivo debería sentirlo?».
«El año pasado fui violento contigo...».
«Fuiste violento con el Desconocido, creyéndote en el derecho de serlo. Luego viste claro y te arrepentiste de lo que habías hecho. Mira, son cosas pasadas, y, de la misma forma que el arrepentimiento anula la culpa, el presente anula el pasado; ahora, para ti, Yo ya no soy el Desconocido. ¿Qué sentimientos tienes, pues, respecto a mí en este momento?».
«De respeto, Señor. De... deseo de...».
«¿Deseo? ¿Qué quieres de mí?».
«Quiero conocerte más de lo que te conozco».
«¿Cómo? ¿De qué forma?».
«A través de tu palabra y de tu obra. Nos ha llegado noticia de ti, de tu doctrina y poder; se ha dicho incluso que contribuiste a la liberación de Juan... Significa que no le odiabas, que no tratabas de suplantar a nuestro Juan. Él mismo no ha negado que por ti volvió a ver el valle del santo Jordán. Hemos ido a verle y le hemos hablado de ti. Nos ha dicho: “No sabéis lo que habéis rechazado. Debería maldeciros, pero os perdono porque Él me ha enseñado a perdonar y a ser manso. No obstante, si no queréis ser anatemas ante el Señor y ante mí, su siervo, amad al Mesías. Y no dudéis. Su testimonio es éste: espíritu de paz, amor perfecto, sabiduría que supera a cualquier otra, doctrina celestial, mansedumbre absoluta, poder sobre todas las cosas, humildad total, castidad angelical. No podréis equivocaros: cuando respiréis paz ante un hombre que se dice Mesías, cuando bebáis amor (el amor que emana de Él), cuando paséis de vuestras tinieblas a la Luz, cuando veáis la redención de los pecadores y la curación de los cuerpos, decid: ‘¡Éste es verdaderamente el Cordero de Dios!’ ”. Pues bien, nosotros sabemos que tus obras son las que dice nuestro Juan; por tanto, perdónanos, ámanos, danos eso que el mundo espera de ti».
«Estoy aquí para esto. Vengo de muy lejos para dar también a la ciudad de Juan lo que ofrezco en todos los lugares en que se me recibe. ¿Qué deseáis de mí? Hablad».
«Nosotros también tenemos enfermos y somos ignorantes, especialmente en lo que concierne al amor y a la bondad. Juan, en su amor total a Dios, tiene mano férrea y palabra de fuego; quiere doblegar a todos como un gigante comba un tallito de hierba; muchos se desaniman porque el hombre es más pecador que santo. ¡Es difícil ser santo!... Se dice que Tú no sometes, sino que elevas; que no cauterizas, sino que aplicas bálsamos; que no trituras, sino que acaricias. Se sabe que eres paternal con los pecadores, que dominas las enfermedades, cualesquiera que sean, sobre todo las del corazón. Los rabíes ya no lo saben hacer».
211.4
«Traedme a vuestros enfermos; luego reuníos en este jardín que fue elevado a templo por la Gracia que en él habitó, y que después quedó abandonado y fue profanado por el pecado».
Los hebronitas se esparcen en todas las direcciones, como golondrinas; se queda el arquisinagogo, que atraviesa con Jesús y sus discípulos la cerca del jardín, para ir a la sombra de una vasta pérgola recubierta de una maraña de rosas y parras que han crecido según su beneplácito. Regresan pronto, trayendo a un paralítico recostado en una camilla, a una joven ciega, a un mudito y a otros dos enfermos de no sé qué que vienen apoyándose en los que los acompañan.